La carta con la que le confesé todo a mi marido
Querido Andrés, como verás he recogido todas mis cosas y me he ido de casa. Dejé mis llaves en el buzón, debajo del montón de propaganda que nunca tiramos. Sé que vas a sorprenderte y que esto es lo último que esperabas de mí, de la mujer tranquila con la que llevabas nueve años casado.
Me da miedo escribir esto. Más miedo me daba decírtelo a la cara. No quería hundirme al verte llorar, no quería sostenerte la mirada mientras me pedías una explicación que no sé dar con palabras bonitas. Por eso elegí el papel. Es de cobardes, lo sé, pero es lo único que puedo hacer sin venirme abajo.
Esto viene de muy atrás, mucho antes de lo que imaginas. Tú lo sabías, aunque te empeñaras en mirar hacia otro lado. Sexualmente dejé de disfrutar contigo hace años, y estoy segura de que lo notabas. Lo notabas en cómo me quedaba quieta cuando me metías la mano por debajo del camisón, en cómo cerraba las piernas cuando buscabas mi coño con esos dedos tuyos que nunca supieron encontrar nada, en las excusas del cansancio que repetí hasta que se volvieron verdad. Cada vez que intenté hablarlo, tú cambiabas de tema, ponías la televisión más fuerte o te dabas la vuelta en la cama. Nunca quisiste tocar ese asunto. Y ahora salta todo por los aires de golpe, sin red.
Ojalá me hubieras preguntado una sola vez qué me pasaba.
Sé que te resultaba raro que subiera tantas tardes a la azotea. Decías en broma que la ropa nunca había estado tan limpia. Y al principio era verdad: subía a tender, nada más. Hasta que dejó de ser verdad. Un día, mientras colgaba las sábanas con las pinzas en la boca, alguien me puso una mano en la cintura por detrás. No me asusté, y eso fue lo primero que me asustó de mí misma. Sentí el bulto duro de su polla apretándose contra el hueco de mi culo por encima de la falda, y en lugar de apartarme me quedé quieta, con las pinzas todavía entre los dientes, dejando que se me marcara ahí atrás.
Era él. Te hablo del hombre del que estoy enamorada, el hombre por el que te dejo hoy, aunque la verdad es que ya me había entregado a él mucho antes. Es nuestro vecino, Babacar, el senegalés del cuarto. Por favor, no se te ocurra ir a buscarlo. Nos hemos ido a vivir juntos, compartimos un alquiler desde esta misma mañana. Nos ha costado meses reunir el dinero, contar billete a billete, y no voy a dejar que lo estropees.
Yo no quería humillarte quedándome en el mismo edificio, cruzándome contigo en el portal con él de la mano. Por eso me marcho lejos. Te mereces no tener que verlo.
***
Recuerdo perfectamente el día que llegaron. Babacar y sus dos hermanos, con maletas enormes y cajas atadas con cuerda. Te molestó que vinieran a vivir al edificio, lo dijiste esa noche en la cena con esa voz tuya de hombre incómodo. Yo me callé. Me callé porque hacía tiempo que había aceptado algo que tú nunca quisiste saber de mí: que esos hombres me gustaban. Me gustaban de una manera que contigo nunca sentí, una manera que me daba calor en la nuca solo de pensarlo, que me humedecía las bragas cuando me cruzaba con ellos en la escalera y me olían el perfume.
Lo probé, Andrés. Probé a ese hombre impresionante y me enamoré como una loca, igual que una cría de quince años, con el estómago revuelto y las manos temblando. La primera vez fue en su piso, una tarde de julio en la que tú te habías ido al fútbol con tus amigos. Subí con la excusa de devolverle una bandeja. Tardé tres horas en bajar.
No te voy a ahorrar los detalles porque creo que te los debo, aunque te duelan. Babacar me desnudó despacio en el pasillo mismo de su piso, mirándome a los ojos, diciéndome cosas en su idioma que yo no entendía y que me ponían la piel de gallina igual. Me bajó la cremallera del vestido con una sola mano y me lo dejó caer a los pies. No llevaba sujetador. Se quedó mirándome las tetas un rato largo, sin tocarlas, y solo con eso ya se me pusieron los pezones tiesos como piedras. Después se agachó y me arrancó las bragas con los dientes, tirando de la goma con la boca hasta partirlas. Me estaba temblando todo cuando me llevó al colchón.
Me abrió las piernas y se metió entre mis muslos con la cabeza. Contigo el sexo oral era una cosa rápida, un trámite de dos minutos antes de subírteme encima. Él estuvo comiéndome el coño casi media hora, Andrés. Media hora con la lengua entrando y saliendo, chupándome el clítoris hasta hacerme aullar contra la almohada para que no nos oyeran los vecinos. Me hizo correrme tres veces con la boca antes de sacarse la polla. Y cuando por fin se la sacó del pantalón entendí por qué las mujeres de sus hermanos gritaban por las noches: la tenía enorme, oscura, gruesa, con las venas marcadas, muy distinta a la tuya. Me la puso delante de la cara y yo abrí la boca sin que me lo pidiera.
Se la chupé como no te la chupé a ti en nueve años. La lamí desde los huevos hasta la punta, me la metí en la garganta hasta atragantarme, dejé que me sujetara la cabeza y me follara la boca a su ritmo. Se me caían los mocos y la baba por la barbilla y a él eso le encantaba, me lo decía en su idioma y en el mío, «así, así, mamámela toda». Después me tumbó de espaldas, me abrió las piernas de golpe y se metió dentro de una sola embestida. Grité. Grité tan fuerte que él tuvo que taparme la boca con la mano. Me la clavó hasta el fondo, hasta el tope, y se quedó ahí quieto unos segundos mirándome a los ojos mientras yo me quedaba sin aire.
Y entonces empezó a follarme. A follarme de verdad. Con las manos grandes agarrándome de las caderas y estampándome contra la cama en cada envestida. Me dio la vuelta y me puso a cuatro patas, me agarró del pelo y me la metió por detrás mientras me llamaba puta suya en dos idiomas. Me puso boca arriba en el borde del colchón con las piernas encima de sus hombros y me la clavó tan hondo que le sentí la punta pegando en algún sitio dentro de mí que tú no habías tocado nunca. Me hizo correrme otras dos veces con la polla dentro, cosa que contigo no había pasado en toda mi vida, y cuando por fin se corrió él lo hizo dentro, sin sacarla, llenándome el coño de semen caliente mientras me mordía el cuello. Sabía él y sabía yo que ni siquiera me había preguntado si tomaba algo. Le daba igual y a mí también.
Así que era esto. Esto era lo que me había estado perdiendo.
Lo más raro fue lo poco culpable que me sentí al bajar las escaleras esa tarde, con el semen todavía chorreándome muslo abajo dentro de las bragas que él me había roto y que me tuve que meter en el bolso. Esperaba el remordimiento, el nudo en la garganta, las ganas de confesar. No llegaron. Llegué a casa, te encontré dormido en el sofá con el partido todavía encendido, y me sorprendí pensando que llevaba años durmiendo al lado de un buen hombre al que no deseaba. Me preparé un café y me lo bebí en la cocina, a oscuras, sintiéndome más despierta de lo que me había sentido en mucho tiempo. Todavía con su corrida secándoseme entre las piernas.
A partir de ahí cada encuentro fue distinto al anterior. Había días en que apenas hablábamos, solo nos buscábamos con una urgencia que me dejaba marcas. Me la metía en el ascensor con dos plantas de trayecto, apenas me daba tiempo a bajarme las bragas, y bajaba yo al primero con las piernas temblando y él subía otra vez al cuarto como si nada. Me follaba en el rellano contra la pared, tapándome la boca con una mano y sujetándome un muslo en alto con la otra, con el miedo de que en cualquier momento se abriera una puerta. Otros nos quedábamos abrazados escuchando los ruidos del edificio, y él me contaba de su pueblo, del mar que dejó atrás, de la madre a la que manda dinero cada mes, con su polla todavía blanda y pegajosa apoyada en mi muslo. Me enamoré de las dos cosas a la vez: del cuerpo que me hacía perder la cabeza y del hombre que lloraba al hablar de su casa. Contigo nunca tuve ninguna de las dos.
Después de aquella tarde ya no hubo marcha atrás. Las azoteas, los recados inventados, las siestas que en realidad pasaba en su cama con las rodillas dobladas contra el pecho mientras él me embestía por detrás. Aprendí a mentirte con una facilidad que me da vergüenza. Te decía que iba al supermercado y volvía oliendo a su colonia, con el coño recién follado y el semen fresco dentro, y tú ni siquiera lo notabas. Alguna noche me pediste sexo y yo me tuve que meter al baño antes a lavarme por dentro con el bidé, porque él acababa de correrse dentro de mí dos horas antes y no soportaba la idea de que se mezclara nada tuyo con lo suyo. A veces pienso que una parte de ti prefería no notarlo.
***
Hay algo que necesito que sepas, por tu tranquilidad y por mi conciencia. No debes preocuparte por tu salud. Con Babacar lo hago a pelo, siempre, porque me vuelve loca sentir cómo se corre dentro y porque ya somos una pareja de verdad, pero contigo siempre usé preservativo en las pocas, poquísimas veces que estuvimos juntos estos últimos meses. Lo hacía por él, no por ti, y entiendo que eso te haga más daño todavía. Prefiero decírtelo a que te enteres por un médico.
¿Te acuerdas del susto de hace un mes, cuando se me retrasó la regla y te vi blanco como el papel? Tú creíste que era nuestro. No lo era, ni podía serlo. Para entonces yo ya estaba con él casi a diario, dejando que se corriera dentro de mí dos y tres veces por tarde, y la posibilidad de un embarazo era real. Esa noche tú hablaste de nombres, de pintar el cuarto pequeño, y yo sonreí mientras se me partía algo por dentro. Esa fue la noche en la que decidí que tenía que irme antes de hacerte algo imperdonable.
Porque sí, Andrés, voy a ser sincera hasta el final. He dejado de tomar las pastillas. Quiero quedarme embarazada de Babacar. Quiero que la próxima vez que me la meta y se me corra dentro me deje preñada de verdad. Quiero formar una familia con él, un proyecto de los dos, una vida que tenga sentido y no esta rutina de domingos en silencio. Sé que con eso rompo el juramento que te hice de blanco delante de todos, y no espero que lo entiendas. Pero en los asuntos del corazón y de la cama no se manda, y el mío hace tiempo que dejó de obedecerme.
***
Quiero que entiendas una cosa, aunque solo sea esta: no me marcho porque seas un mal hombre. Eres buena persona, trabajador, ordenado, de esos que pagan las facturas el día uno y nunca levantan la voz. El problema es que conmigo te apagaste. Dejaste de mirarme como se mira a una mujer y empezaste a mirarme como se mira a un mueble que siempre ha estado ahí. En la cama te tumbabas encima de mí, la metías, dabas cuatro embestidas y te corrías, y ni siquiera te dabas cuenta de que yo seguía seca. Tú me descuidaste, y un hombre como Babacar supo ver la oportunidad y se metió en cada célula de mi cuerpo sin pedir permiso, con esa polla suya que me abrió por dentro y me enseñó lo que era correrse hasta ver luces.
Me da rabia que tuviera que ser un desconocido el que me recordara que estaba viva. Que hiciera falta una mano ajena en la cintura, una tarde cualquiera entre sábanas tendidas, para que yo volviera a desear algo. Esa rabia también va dirigida a mí, no te creas que solo a ti.
Quiero sacarlo del semáforo donde se gana la vida vendiendo pañuelos y mecheros bajo el sol. Quiero casarme con él para que tenga sus papeles, para que pueda andar por la calle sin mirar de reojo a cada coche de policía. Quiero darle hijos algún día. Suena a locura escrito así, lo sé, pero es lo único que tengo claro en toda esta tormenta.
***
He borrado nuestras fotos de las redes. Todas. Las del viaje a la costa, las de la boda de mi prima, la del primer piso que compramos juntos con aquella sonrisa de tontos. Te he bloqueado de todo, no por rencor, sino porque le debo respeto al hombre con el que voy a empezar de cero. No sería justo seguir conectada a mi pasado mientras le pido a él que confíe en mi futuro.
Me voy a vivir a las afueras, a un barrio donde nadie nos conoce. Lo hago a propósito. Prefiero que ni nuestros amigos ni mi familia me crucen por la calle empujando un carrito con un bebé de otro color y se queden mirando con la boca abierta. Quería contártelo yo, de mi puño y letra, antes de que las habladurías llegaran a ti deformadas y crueles. Mereces saber la verdad por la única persona que puede dártela entera.
Sé que durante semanas vas a darle vueltas a cada detalle. Vas a recordar mis tardes en la azotea, mis duchas largas de dos horas para quitarme el olor a semen, las veces que llegué tarde con la respiración agitada y las bragas empapadas y te dije que había subido las escaleras corriendo. Vas a atar cabos y vas a odiarme, y harás bien. Solo te pido que ese odio no se convierta en algo que te haga ir a su puerta. Babacar no te ha quitado nada que tú no hubieras soltado ya.
Ojalá hubiéramos hablado a tiempo. Ojalá yo hubiera sido más valiente y tú menos cómodo.
No sé cómo se termina una carta así. No hay una fórmula para despedirse de nueve años en una hoja de papel. Solo puedo decirte que espero, de corazón, que algún día encuentres a alguien que te mire como yo dejé de mirarte. Alguien que te haga sentir lo que Babacar me hizo sentir a mí aquella tarde de julio, con las manos en mi cintura, la polla dura contra el culo y media ciudad tendida al sol.
Cuídate, Andrés. Cierra bien la puerta cuando salgas, que el portero está roto desde marzo y nunca lo arreglaron. Riega el potos del salón, que era lo único que cuidaba con cariño en esa casa. Y perdóname, si puedes, aunque entiendo perfectamente que no puedas.
Adiós.





