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Relatos Ardientes

Seguí al bromista de la clase hasta su cuarto

Durante mis años de universidad fui, sin pedir perdón por ello, una mujer libre. Vivía en un departamento con tres compañeras, lejos del control de mis padres, y los fines de semana eran míos: bares, discotecas, deporte al aire libre y, sobre todo, la curiosidad de saber qué pasaría después. Salíamos juntas para cuidarnos unas a otras, no de los hombres, sino de los idiotas. Y de esa época guardo varias historias, pero hay una que vuelve a mi cabeza más que ninguna, la que se me mete entre las piernas cada vez que me toco sola pensando en ella.

Tenía un compañero de clase al que llamaré Bruno. Era el alma de cada fiesta, el que hacía reír a todos, el que soltaba comentarios subidos de tono con las mujeres siempre en tono de broma. «Si me dieras chance, no te dejaría caminar al otro día», me decía, y yo me reía y le tiraba una servilleta a la cara. No era mi tipo, ni de lejos. Alto, sí, con labios gruesos, manos enormes y una pancita de buen bebedor de cerveza. Pero de atractivo, según mi criterio de entonces, no tenía mucho.

Lo que no le faltaba era insistencia. Y algo más, algo que yo no había sabido leer hasta esa noche.

Una noche salimos todos a una discoteca que solíamos frecuentar, La Magnolia, en la avenida Libertad. Famosa por el rock en vivo y por mezclar a todo el mundo en la misma barra: extranjeros de paso, gente del barrio, chicas que iban a divertirse. A mí me gustaba jugar pool y conversar de pie con cualquiera. Pasadas las tres de la mañana, cuando el grupo ya se deshacía, Bruno se me acercó con esa sonrisa de siempre.

—Esta noche te vienes conmigo —dijo.

Solté la carcajada, como tantas otras veces. Pero esa madrugada, no sé si por el cansancio o por ese impulso mío de ir siempre por la ruta del riesgo, pensé: le voy a dar una oportunidad a este pobre.

—Está bien —contesté—. Pero te portas como un caballero.

—Contigo no puedo prometer eso —me dijo al oído, y me pasó la mano por la cintura de una manera que no era de amigo.

Subimos a su viejo Corolla y arrancamos. Seguía diciendo incoherencias que me hacían reír, hasta que de pronto me fijé hacia dónde íbamos. La Cantera. Entramos por una calle estrecha llena de casuchas de madera y nos detuvimos frente a una de ellas. Esto es un error, pensé. Pero ya estábamos ahí, y esa parte de mí que siempre quería saber qué venía después pesaba más que el miedo. Y algo más honesto: entre las piernas ya tenía la bombacha húmeda desde que me habló al oído en el auto.

***

Apagó el carro y me abrió la puerta. Había un pasaje apenas iluminado que daba a unas escaleras de madera. Al fondo, un grupo de hombres conversaba y escuchaba música. Cuando vieron a Bruno lo saludaron y se cruzaron palabras que yo no alcanzaba a entender, mientras me mantenía pegada a su espalda con los nervios de punta. Él era mi única salvación en aquel lugar.

Empezó a subir las escaleras con una lentitud exasperante. Me daban ganas de empujarlo. Me sentía como un cervatillo detrás de su madre, con la sensación de tener un reflector encendido sobre la cabeza que me hacía visible a kilómetros. Llegamos arriba, pasamos dos puertas y abrió la tercera. Se oían voces por todas partes; parecía que en ese sitio nadie dormía nunca.

El cuarto era pequeño y desordenado. Una cama vieja sin hacer, dos ventanas sin cortinas, un tocador a punto de caerse repleto de cosas y, al lado de la cama, un equipo de sonido enorme y un televisor. Nada más. Yo seguía parada junto a la puerta, con mi cartera apretada entre las manos, vestida con un pantalón blanco de licra y una blusa azul, repitiéndome que aún estaba a tiempo de pedirle que me llevara de vuelta.

—¿Quieres algo? —preguntó mientras dejaba sus llaves en el velador.

—No —dije con la voz quebrada.

—Yo sí —contestó, y me miró de arriba abajo como si ya me estuviera desnudando.

Se acercó despacio. Me miró, acarició mi rostro, rozó mis aretes, hundió los dedos en mi cabello y, finalmente, me besó. Sentí que me desfallecían las piernas. Esos labios gruesos que tantas veces me habían parecido cómicos ahora me succionaban entera, me mordían el labio de abajo, me metían la lengua hasta el fondo de la boca. Apoyé las manos en sus brazos, gruesos como troncos, y él se pegó más, empujándome contra la pared. Sentí contra la cadera algo duro, larguísimo, un bulto imposible que me hizo abrir los ojos en medio del beso. La puta madre, pensé. ¿Qué tiene ahí adentro?

Nos besamos así un buen rato. Sus manos enormes me sujetaban de las caderas, y sentía su barriga presionar mi estómago de una forma que, lejos de molestarme, me resultaba extrañamente erótica. De pronto se separó, se quitó la camiseta delante de mí y volvió a atacarme. Su cuerpo caliente, mis mejillas ardiendo. En un movimiento rápido me agarró del trasero y me levantó en peso; yo enrosqué las piernas en su espalda como si fuera lo más natural del mundo. Entre los muslos abiertos sentí de lleno la verga tiesa contra mi coño, separada apenas por la licra, y se me escapó un gemido tonto contra su boca.

—¿Ya estás mojada, chiquita? —me susurró, y bajó una mano entre mis piernas para apretarme la tela pegada a la concha—. Uy, sí. Empapada.

—Cállate —le dije, muerta de vergüenza y de calentura al mismo tiempo.

—No me voy a callar. Voy a hacerte una cosa esta noche.

***

Empezó a comerse mi cuello, despacio, buscando el rastro de mi perfume. La piel se me erizó. Mis aretes bailaban cada vez que él movía la cabeza, y yo me aferraba a sus hombros inmensos. Podía sentir cuánto me deseaba: la polla dura se le clavaba en mi entrepierna cada vez que él movía las caderas hacia adelante, restregándose contra mi coño por encima de la ropa. Entonces, sin avisar, me bajó de nuevo al suelo, y por la forma en que me miró supe lo que quería.

Empecé a besarle el pecho. Le pasé la lengua por una tetilla, después por la otra, mientras oía el ruido de su cinturón desabrochándose. Fui bajando hasta su ombligo, besando esa piel cálida. Él aprovechó mi posición para acariciarme el trasero sin titubeos; su mano abarcaba casi todo. Me metió los dedos por debajo de la licra, buscando la raya del culo, y me hincó la yema del pulgar contra el hueco, sin entrar, solo marcándome.

—Ponte de rodillas —me dijo con la voz ronca—. Quiero verte con mi verga en la boca.

Me puse en cuclillas. El pantalón ya se le había caído, pero todavía quedaba la última frontera. Con el corazón a punto de salírseme del pecho, bajé la ropa que faltaba. Lo que vi me dejó sin aire. Todo en ese hombre era desproporcionado, y aquello no era la excepción. Se le saltó la polla frente a mi cara, enorme, gorda, con las venas marcadas y la cabeza morada, brillante de tan hinchada. Un hilo de líquido preseminal le colgaba de la punta. Me quedé mirándola como una idiota, tratando de calcular cómo iba a hacer para meterme eso en la boca, y sobre todo en el coño, sin partirme.

—No tengas miedo —dijo—. Empieza despacio.

La tomé entre mis manos, dudosa, y lo acaricié mientras él ponía una mano en mi cabeza para guiarme con suavidad. Le pasé la lengua por la punta primero, recogiéndole esa gota espesa. Sabía a hombre, a sudor y sal. Le lamí por debajo, desde los huevos hasta la cabeza, larga y despacio, mientras lo miraba desde abajo. A él se le escapó un gruñido y las caderas se le adelantaron solas.

—Así, puta, así.

Me acerqué lentamente. La ansiedad me devoraba. Cuando por fin lo recibí en mi boca, una corriente de placer me recorrió el cerebro. Apenas podía con una parte; mi lengua jugaba, exploraba, se perdía en él. Le chupaba la cabeza con los labios apretados, le hacía succión, dejaba que el aire silbara al entrar, mientras con la mano le atendía la parte del tronco que no me entraba. Se lo empujaba contra la mejilla, se lo besaba a los lados, le lamía los huevos apretados, se lo volvía a meter en la garganta hasta que me daban arcadas y los ojos se me llenaban de lágrimas.

—Mírame —me pidió, y le clavé los ojos húmedos mientras seguía mamando—. Qué rico chupas, mamita. Qué rico.

Yo me apoyaba en sus piernas firmes, entregada por completo a la tarea, con la baba corriéndome por la barbilla y el coño latiéndome como un tambor, hasta que él tuvo que detenerme, tomarme de las manos y levantarme otra vez.

—Si sigues así me corro en tu boca. Y todavía no.

Volvió a besarme mientras me desabotonaba la blusa y me soltaba el sostén. Los pechos se me cayeron sobre su pecho y él bajó la boca de inmediato a chupármelos, uno y otro, mordiéndome los pezones parados hasta hacerme gritar. Mi piel canela contra la suya, oscura, formaba un contraste que a los dos nos encendía. Me cargó de nuevo y me llevó a la cama. Me estiró la licra y la ropa interior de un solo tirón, sin ningún cuidado, dejándome desnuda. Cerré las piernas por reflejo, pero él me sujetó de las caderas y me arrastró hacia el borde del colchón.

—Ábrete —me ordenó—. Déjame ver esa concha.

Le hice caso, temblando. Me abrí las piernas con las manos, mostrándole todo, y él se relamió como si tuviera hambre de verdad.

Bajó la cabeza y empezó a devorarme con una furia que me dejó atónita. Me preguntaba qué tenía yo para provocar semejante hambre. Me pasaba la lengua entera desde el culo hasta el clítoris, despacio, con toda la anchura, para después cerrarla en punta y clavármela adentro. Me chupaba los labios de la concha uno por uno, me los estiraba con los dientes, me metía la lengua a follarme como si fuera una polla chiquita. Y siempre volvía al clítoris, para chupármelo como un caramelo, con esos labios gruesos succionando sin piedad.

Mis piernas descansaban sobre sus hombros, y yo me sujetaba de las sábanas mientras un orgasmo delicioso me subía sin control. Movía las caderas, convulsionaba contra su boca, y él no se detenía. Me metió dos dedos anchos mientras seguía comiéndome el clítoris, y con esos dedos me tocó un punto adentro que me hizo ver luces.

—Bruno, Bruno, me vengo, me vengo, ay, hijo de puta, me vengoooo —grité, y me exploté encima de su cara.

Él no aflojó. Se tragó todo, gruñendo contra mi coño, hasta que las últimas sacudidas se apagaron y yo quedé jadeando, con las piernas abiertas y el pubis brillante de saliva.

***

Exhausta, me dejé caer hacia atrás. Él subió a la cama, que se hundió con nuestro peso, y se acomodó frente a mí. Sabía lo que venía y me daba algo de miedo. Se agarró la verga con la mano y me la pasó por los labios de la concha, arriba y abajo, empapándose con mis jugos, jugando con el clítoris con la cabeza gorda.

—Pídemelo —me dijo, con esa sonrisa canalla de siempre pero ahora cargada de otra cosa.

—Métemela —susurré, muerta de vergüenza.

—Más fuerte.

—Métemela, por favor, Bruno, métemela ya.

Empujó despacio, sin prisa, leyendo cada gesto de mi cara. Al principio parecía no avanzar. La cabeza sola ya me estiraba de una manera que dolía. Probó de otra manera: me tomó de las piernas por debajo de las rodillas y me dobló casi en dos, dejándome del todo expuesta, con el coño abierto en canal para él.

Empujó otra vez, con una presión constante y paciente, y sentí cómo mi cuerpo cedía centímetro a centímetro. Yo respiraba a bocanadas, agarrada de sus brazos, mirándolo casi con súplica. Él sabía exactamente cómo hacerlo. Se detenía, retrocedía, volvía. Y cada regreso me llenaba un poco más, hasta que un orgullo absurdo se mezcló con el placer: era capaz de recibirlo entero. Sentí sus huevos apoyarse contra mi culo y supe que ya la tenía toda adentro.

—Uf, qué apretada estás —jadeó él, quieto, sin salir, dejándome sentir cada centímetro—. Me estás ordeñando ya, chiquita.

—Muévete —le pedí—. Fóllame, por favor.

Cuando por fin nos acompasamos, empezó con embestidas largas y profundas. Salía casi entero y volvía a clavármela hasta el fondo, con un golpe seco que me sacudía todo el cuerpo y hacía saltar mis tetas. Yo apoyaba a veces las manos en su vientre para frenar su ímpetu, pero ya no había vuelta atrás. La cama vieja rechinaba con cada movimiento, y la fricción era total, plena, abrumadora. Sentía cada nuevo recorrido suyo dentro de mí, cómo me abría, cómo me raspaba las paredes, cómo la cabeza gorda me tocaba fondo y me arrancaba un gemido nuevo cada vez.

—Dime que te gusta —me exigió, mordiéndome el cuello sin dejar de embestir.

—Me encanta, me encanta tu verga, no pares.

—¿De quién es esta concha?

—Tuya, tuya, hijo de puta, tuya.

Me soltó las piernas y me dio la vuelta como si no pesara nada. Me puso en cuatro sobre la cama, con la cara contra el colchón sucio y el culo levantado para él. Le vi la sombra enorme atrás mío, se escupió la mano, se agarró la polla y me la volvió a meter de una sola estocada larga y bruta. Grité contra las sábanas.

Empezó a follarme así, en perrito, sujetándome de la cintura con las dos manos y clavándome contra él a cada embestida. Las nalgas me sonaban contra su vientre, ¡plaf, plaf, plaf!, en una cachetada rítmica que se mezclaba con mis gemidos ahogados. Me metió el pulgar mojado en mi propia saliva contra el culo y me lo hundió ahí también, apenas la yema, y yo casi me deshice.

—Aguántame, aguántame —le rogué, pero él ni ganas de aguantar.

Se estiró sobre mi espalda, me agarró de los pelos con una mano y con la otra me buscó el clítoris por debajo. Empezó a frotarlo mientras seguía cogiéndome con esas caderas anchas, y temblaba como una hoja al borde de algo enorme. El orgasmo me partió en dos. Se me cerraron las paredes alrededor de su polla, chupándosela, y me dejé ir con un aullido largo contra la cama.

—Eso, cógete mi verga, cógetela toda —me gruñó al oído—. Ahora me toca a mí.

Mis piernas se sacudían solas mientras él seguía, alargando ese temblor que no terminaba nunca, hasta que también él llegó a su límite. Se enterró hasta el fondo, se quedó ahí y sentí su verga latir dentro de mí, expulsando chorro tras chorro caliente que me llenó por completo. Me mordió el hombro para no gritar, y yo apreté los ojos gozando de la sensación de sentirme rebalsada por adentro. Qué noche más tremenda, pensé, todavía agitada, con la corrida escurriéndoseme por los muslos cuando él por fin se salió.

No fue una sola vez. Descansamos un rato, boca arriba, jadeando, mientras él me acariciaba una teta con la mano abierta. En cuanto se le puso dura otra vez —y no tardó nada, apenas la sentí crecerle contra mi cadera— volvió a buscarme con la misma intensidad, ya con la primera luz del sol entrando por las ventanas sin cortinas.

Esta vez me montó ella sobre él. Me hizo sentarme a horcajadas sobre su verga, y yo me clavé sola, despacio, mirándolo a los ojos mientras me atravesaba. Me agarró de las tetas y me las apretó, me pellizcó los pezones, me dijo cosas sucias al oído mientras yo me movía arriba de él, cabalgándolo con las manos apoyadas en su pecho. Después me giró contra la pared, de costado, con una pierna arriba de su hombro, y me la volvió a hundir hasta que se me nubló la vista. Me acomodó a su antojo, y yo se lo permití todo. Aquel hombre me usaba y a mí me encantaba dejarme usar, sentirme pequeña, femenina y entregada de una manera que pocas veces había sentido. Terminó corriéndose una segunda vez sobre mis tetas y mi cuello, marcándome de blanco, y yo me pasé el dedo por la piel y me lo llevé a la boca sin quitarle los ojos de encima.

—Estás loca —me dijo, riéndose por fin.

—Vos me pusiste así.

***

Tipo diez de la mañana de un viernes me tocó salir. Toda sudada, con el cabello hecho un desastre, el pantalón deformado y la dignidad en el bolsillo de la cartera. Ni se me ocurrió pedir el baño. Todavía sentía el semen resbalarme por dentro del muslo al bajar las escaleras, y las tetas me ardían de tantos chupetones. Sentí las miradas de toda la gente que vivía en aquel lugar, esas miradas de juicio que parecían decir: «Mira a esta, con cara de santa, quién lo diría». Parecía que la voz se había corrido durante la noche. Y por qué no: en esas paredes de madera se debía haber oído cada uno de mis gemidos.

Caminé a su lado esquivando los ojos fijos hasta que salimos a la calle y el aire de la mañana me devolvió un poco de orgullo. Hubo tres encuentros más después de aquel, y en cada uno me la volvió a meter con la misma furia, en su cuarto, en el asiento trasero del Corolla, una vez incluso contra el lavamanos del baño de la facultad. Incluso llegué a pensar en quedarme con él. Pero Bruno terminó eligiendo caminos que yo no quería recorrer, y, pese a mis consejos, cada uno acabó tomando su rumbo.

De toda mi época universitaria, esa es la madrugada que más vuelve a mi memoria. La noche en que el más bromista de la clase, el que nadie habría tomado en serio, me demostró que la curiosidad y el riesgo a veces pagan con creces. Y yo, que siempre fui de las que preferían averiguar qué venía después, no me arrepiento ni un segundo. Todavía hoy, cuando paso cerca de La Cantera, aprieto los muslos y me acuerdo del tamaño de esa polla llenándome entera.

Lo que pasa en los relatos también pasa en la vida real: descubrí chicas escort en Córdoba.

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Comentarios(7)

GabrielCba33

buenisimo!! de lo mejor que lei esta semana, sigan asi

PatriciaVR

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber como siguio todo jeje

casporro

jaja la parte del auto me mato, tremendo como arrancan estas historias

Vanina_SF

Me recordo mucho a algo que me paso en la facu. Esas situaciones donde sabes que es mala idea y te subis igual son las mejores. Muy bueno!

NicolasTuc

Lo que mas me gusto es que se siente real, no exagerado ni forzado. Ese tipo de confesiones son las mejores porque uno se identifica facilmente. Espero que sigas escribiendo, tenes buen ritmo

vikingo_55

Increible, muy bien narrado. Corto pero contundente

MarceloViaje

la forma en que describis ese momento de decision, sabiendo que te estas metiendo en quilombo y yendo igual, eso es lo que engancha del relato

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