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Relatos Ardientes

Aquel verano con mi primo terminó por rendirme

Todavía me cuesta contar esto sin que se me acelere el pulso, pero hace tiempo que necesito sacarlo de dentro. Fue el duodécimo día de aquel verano en la casa de la sierra, el que lo cambió todo entre mi primo Adrián y yo. Esa mañana ya habíamos cruzado todas las líneas que yo me había jurado no cruzar, y lo habíamos hecho delante de mis dos mejores amigas, como si fuera la cosa más natural del mundo.

Cuando por fin nos separamos, los cuatro nos quedamos tirados en el salón con esa sensación tonta de bienestar que casi roza la inconsciencia. Nos costó despegarnos, y no solo por el sudor y por el semen que nos mantenía pegados —el de mi primo goteándome todavía entre los muslos, el que Carla se había tragado y el que le brillaba a Daniela por la barbilla—, sino porque el cuerpo se nos había quedado tan adormecido como la cabeza.

—No podemos estar más sucias —dijo Daniela, arrugando la nariz mientras se pasaba la mano por el pecho moreno y brillante, recogiendo con dos dedos una hebra espesa que le colgaba del pezón.

—Mira quién habla —contesté yo, riéndome con maldad, notando cómo a mí también me resbalaba una corrida por la cara interna del muslo.

—Vale ya, por favor —nos cortó Adrián, con voz de queja, tapándose la polla todavía roja y a medio bajar con el dorso de la mano.

—Tiene razón —saltó Carla—. Con lo a gusto que estábamos.

—Y dejad de tratarme como al pequeño de la casa —protestó él. Aquello le molestaba más que cualquier otra cosa, y yo lo sabía perfectamente.

—Vale, vale —corté. No me apetecía que se torciera el buen ambiente—. Mirad, no sé vosotros, pero yo tengo un hambre que no me deja pensar. Y creo que por eso estamos los cuatro un poco a la gresca de repente.

—Ahí no te falta razón —me siguió Carla, ansiosa por dejar atrás aquella tontería.

—Pues yo voto por comer ya —graznó mi primo.

—Antes habrá que ducharse, ¿no? —le dije, señalando su cuerpo, la polla aún pringosa, el vientre marcado por las marcas rojas de las uñas de Daniela—. Que es verdad lo que dice Dani, estamos asquerosos los cuatro. Yo creo que primero nos refrescamos, que con este calor no se aguanta.

—¿Ducharnos… juntos? —preguntó Carla con una sonrisa de pura expectación.

—Ni de broma —zanjé yo, riéndome—, que entonces no probamos bocado hasta la cena. La casa tiene cuatro baños, así que cada uno al suyo y en paz.

Adrián protestó, claro, e intentó negociar para colarse en alguna ducha que no fuera la suya. Daniela le guiñó un ojo con una calma que me puso de los nervios, le dijo que ya tendría tiempo, y mi primo no insistió más. Esa frase suya, «ya tendrá tiempo», se me clavó como una astilla. ¿Quién se había creído que era para repartir así lo que, en teoría, todavía era mío?

Me fui a mi baño con Carla. Ella se duchó deprisa, muerta de hambre, y salió secándose con la primera toalla que pilló, oliendo a jabón y sin un gramo de vergüenza. Yo, en cambio, estiré la ducha mucho más de lo prudente. Necesitaba el agua fría más que la comida. Me pasé la esponja entre las piernas una y otra vez, notando cómo el coño seguía hinchado, los labios abultados y sensibles, la entrada aún dilatada por la polla de mi primo. Cuando me toqué con dos dedos para lavarme por dentro, se me escapó un gemido tan tonto que me dio rabia. Y, sobre todo, necesitaba apagar la idea de que mi primo pudiera estar a solas con cualquiera de ellas mientras yo perdía el tiempo bajo el agua.

Salí sin ponerme siquiera la ropa interior, imitando a Carla, y crucé la casa completamente desnuda con el cuerpo aún a medio secar. Era una sensación deliciosa, hasta que llegué a la cocina y se me cortó de golpe: Daniela y Carla ya habían preparado el almuerzo y, lo peor, las dos estaban vestidas, con unas braguitas tan discretas que parecían la parte de abajo de un bañador. Me sentí ridícula, expuesta, con los pezones tiesos por el aire fresco y el coño todavía enrojecido a la vista de las dos. Daniela me recorrió de arriba abajo con una mirada seria que no necesitó decir nada, deteniéndose un segundo de más entre mis muslos.

Intenté disimular, hacer como si nada, hasta que apareció Adrián tan desnudo como yo, encantado con su ducha, la polla balanceándose despreocupada entre los muslos.

—¡Qué bien me ha sentado! —dijo. Entonces las vio vestidas y se puso colorado hasta las orejas—. Perdón, perdón… yo pensaba…

—Tranquilo —rio Carla, y se acercó a darle un pico en los labios.

A este se le acaba enseguida el efecto de la ducha, pensé al ver cómo la polla empezaba a moverse sola nada más notar la boca de mi amiga cerca.

—Anda, ve a ponerte algo —le dije, improvisando, y le planté otro beso que dejó el de Carla en una anécdota. Fue un error. Al apretarme contra él noté cómo reaccionaba, cómo se endurecía entre los dos, la verga hinchándose contra mi vientre desnudo, subiendo despacio hasta clavárseme entre el ombligo y el pubis. Le metí la lengua hasta el fondo de la boca y él, casi sin darse cuenta, me agarró un culo con cada mano y me apretó contra su polla ya dura. Sentí la punta caliente resbalar por mi pubis, buscando bajar hacia donde no debía, y el calor se disparó tan rápido que tuvo que separarse de golpe. Un hilo de saliva nos unió un instante antes de romperse, y otro hilo brillante le colgaba a él de la punta del glande.

—Joder con los primos —suspiró Carla, mirándole la polla con la boca entreabierta.

—Y trae unas bragas, por favor —añadí, tratando de sonar normal, aunque tenía el coño chorreando otra vez.

Adrián se retiró con las orejas ardiendo y la verga apuntando al techo, y volvió un rato después con una prenda mía que apenas servía para nada. Aproveché que me había quedado a solas para tomarme una pequeña revancha. Rebusqué en el cajón un conjunto que tenía olvidado, dos tallas más pequeño, y me lo puse. El triángulo de tela se me metía entre los labios del coño, marcándolos uno a uno, y la parte de arriba apenas cubría los pezones, que se escapaban por los laterales. Era una provocación directa, después de cómo lo había dejado en la cocina. Pero al mirarme al espejo ya no era capaz de pensar en otra cosa que en presentarme así ante él.

Para rematar, metí la cabeza bajo el grifo. Estaba acalorada, aunque la verdad es que ya solo quería estarlo todavía más. Salí chorreando y fui hacia el salón. Lo poco que aquel conjunto absurdo no transparentaba se volvió nítido con el agua que me caía del pelo: los pezones oscuros perforaban la tela, y el bulto del pubis se marcaba con una sombra húmeda inconfundible.

Los alcancé justo al salir de la cocina. Adrián iba delante, con las manos libres, y ellas detrás cargadas con las bandejas. Cuando me vio aparecer «vestida» de aquella manera y goteando agua, se quedó clavado. La polla se le hinchó dentro del pantalón corto que se acababa de poner, tan rápido que se le marcó el bulto de golpe.

—Estaba muerta de calor —dije, como si eso justificara algo.

—Joder —fue lo único que acertó a decir él.

Pero ya era tarde. Me había plantado tan cerca que, al frenar él en seco para no chocar conmigo, Carla lo empujó por detrás con su bandeja, y aquel segundo impulso lo empotró contra mí. Nos dimos de cara, de cuerpo y de todo. Sus manos acabaron abiertas sobre mis pechos para no caer, los pulgares clavados directamente sobre los pezones mojados, y al notarme ya caliente perdió el poco control que le quedaba. Antes de que me diera cuenta me buscaba la boca, me sujetaba la cintura, me apretaba contra él. Su polla, dura como un palo, se me hincaba en el bajo vientre a través de la tela. Intenté quejarme, con cierta sinceridad, pero me bastó abrir los labios para que se metiera dentro y me besara con un hambre que me dejó sin defensa. Una de sus manos bajó, me apartó el triángulo de las bragas de un tirón y me metió dos dedos hasta el fondo. Yo estaba tan mojada que entraron sin resistencia, y solté un gemido contra su boca al notar cómo me los curvaba dentro buscándome el punto que él ya conocía tan bien.

Para cuando logramos reaccionar, ya era demasiado tarde para fingir que aquello no estaba pasando. Fue Daniela quien lo apartó de mí, después de dejar la bandeja con una tranquilidad pasmosa. Le sacó los dedos del coño con calma, como quien retira una copa de la mano de un borracho, y se los limpió ella misma en el muslo.

—Quietos —ordenó, sin levantar apenas la voz. Y los dos obedecimos.

Me retiré nerviosa, temblando, con el jugo resbalándome por el interior de los muslos y el triángulo torcido dejando el coño medio al aire.

—Lo siento, esto es demasiado para mí ahora —balbuceé—. Necesito un momento.

—No eres la única —contestó Daniela, señalando con la barbilla a Carla antes de darse la vuelta y salir tranquilamente hacia el jardín.

Seguí la indicación de su dedo y vi a Carla sentada en la silla junto a la mesita, con las piernas separadas y la mano metida por encima de las braguitas, la tela oscurecida por lo empapada que estaba, dos dedos moviéndosele en círculo sobre el clítoris a través del algodón. Me miraba sin disimulo. Nos miraba. Dudé. Miré a Adrián, la polla marcada en el pantalón, el gesto tenso. Volví a mirarla a ella.

Me dejé caer de rodillas entre sus piernas. Sé que no debería, me repetía, pero no puedo parar. Le aparté la tela y comprobé que estaba tan deshecha como yo: el coño hinchado, brillante, con un hilo de flujo espeso colgándole entre los labios. Conocía su cuerpo casi tan bien como el mío, y supe enseguida qué necesitaba.

—Mari… —jadeó cuando volví a posar la mano sobre ella y le abrí los labios del coño con dos dedos, dejando el clítoris al aire, gordo y palpitante.

Le saqué las braguitas de un tirón, arrastrándolas por las piernas hasta dejarlas colgando de un tobillo, y empecé a recorrerla con la lengua despacio, pasando la punta por toda la raja, de abajo arriba, deteniéndome en el capullito para chuparlo. Ella arqueó la espalda de golpe. Mientras notaba a mi primo arrodillarse cerca, intentando colarse en el juego, le clavé la lengua en la entrada y se la metí lo más adentro que pude, follándola con la boca. Aparté la cara un segundo, con los labios brillantes.

—Ahora no, Adrián —le pedí—. Por favor.

Al pobre no le quedó otra que cortarse, la polla asomándole por el borde del pantalón, mientras yo no me cortaba en absoluto. Volví a hundir la cara entre los muslos de Carla y le metí dos dedos en el coño al mismo tiempo que le chupaba el clítoris, curvándolos dentro para tocarle esa esponja que la volvía loca. Ella echó el cuerpo hacia mí, resbalando en el asiento, pidiéndome a gritos que no parara, con una mano agarrándome el pelo y empujándome contra su coño.

—Sí, así, chúpamelo, no pares, joder, cómeme el coño, más adentro… —jadeaba ella, sin ningún pudor, con la voz rota.

La trabajé con los dedos primero y con la boca después, saboreándola entera, tragándome todo lo que me chorreaba, hasta que le noté las piernas temblar y el coño apretarse alrededor de mis dedos. Se corrió gritando, con un espasmo que le sacudió todo el cuerpo, y siguió empujándome la cara contra ella hasta la última contracción. Sin saber muy bien cómo, terminamos rodando por el suelo, ella debajo de mí y yo encima, las dos buscándonos a la vez, cara contra coño, en un sesenta y nueve que se armó solo. Le monté la cara y ella me clavó la lengua sin dudarlo, recorriéndome de arriba abajo, mordiéndome el clítoris con los labios, metiéndome los dedos por detrás. El placer me nubló por completo. Me corrí un par de veces sobre su boca antes de darme cuenta de que había dejado de oír a Adrián a nuestro lado.

Levanté la cabeza, con el mentón empapado del flujo de Carla y el pelo pegado a la cara. Daniela había vuelto del jardín, todavía mojada, espléndida, con esa calma felina que tenía siempre, ya sin braguitas. Y nosotras, enredadas en el suelo, follándonos con la boca, le habíamos dejado el camino libre hacia lo único que le interesaba en ese momento: la excitación desbordada que yo misma había provocado en mi primo, la polla hinchada, roja, apuntándole al techo, brillando por la punta.

Se acercó a él, que seguía sentado, encendido y abatido a la vez. Se arrodilló a sus pies con una naturalidad que me dolió, sin que le temblara el pulso, y empezó a desnudarlo del todo, bajándole el pantalón hasta los tobillos como si tuviera todo el derecho del mundo a hacerlo. ¿En qué momento se decidió que ella podía quedarse con él sin contar siquiera conmigo?, pensé. Pero no dije nada. No fui capaz.

Le agarró la polla con una mano, apretándola desde la base, y le pasó la lengua ancha desde los huevos hasta la punta, muy despacio, sin quitarle la vista de encima. Después se la metió entera en la boca, hasta que se le hinchó la garganta, y volvió a subir chupando con las mejillas hundidas. Adrián gimió casi desde el primer instante, echó la cabeza hacia atrás y le agarró el pelo, pero ella le apartó las manos sin dejar de mamársela. Daniela siempre había hecho gala de un control absoluto, y aquella vez no fue distinto: lo llevó al límite con una calma que me desquiciaba, chupándole la polla con una técnica de puta cara, envolviéndosela con la lengua, sacándosela de la boca con un chasquido para lamerle los huevos uno a uno, y volviendo a tragársela hasta el fondo. Cuando lo notaba demasiado cerca, le apretaba la base con el puño para frenarlo, y esperaba a que se le pasara para seguir. Marcaba ella el ritmo. Carla y yo nos acercamos como dos gatas, todavía pegajosas la una a la otra, sabiendo que aquel juego no era para nosotras, que solo nos tocaba mirar, animar y tocar. Me arrodillé al lado de mi primo y le pasé la mano por el pecho, y Carla se puso al otro lado, chupándole un pezón mientras Daniela seguía a lo suyo.

—Córrete en su boca, Adri, córrete —susurré yo, y ni siquiera reconocí mi propia voz, la de la prima que dos días atrás no se atrevía ni a mirarle la polla.

Daniela se separó entonces, se levantó y se le sentó encima a horcajadas. Con la mano se colocó la polla de mi primo en la entrada del coño y bajó despacio, aguantando la mirada de él, tragándose la verga centímetro a centímetro hasta apoyar el culo contra sus muslos. Soltó un jadeo grave, cerró los ojos un instante, y empezó a moverse. Subía y bajaba con una cadencia perfecta, apretando el coño alrededor de la polla, apoyando las manos en los hombros de Adrián, haciendo un movimiento pequeño con las caderas que le arrancaba a él un gemido cada vez. Le follaba ella. Ella era la que decidía cuándo acelerar y cuándo pararse a torturarlo, quedándose quieta con la verga hasta el fondo mientras él intentaba embestir desde abajo, sin conseguirlo. Y miramos, con la boca abierta, cómo lo llevaba al final, magnífico y brutal.

Cuando notó que ya no podía más, se levantó, le sacó la polla del coño, se arrodilló otra vez y se la metió en la boca justo a tiempo. Adrián se corrió con un rugido, agarrándole la cabeza, y ella se tragó la primera descarga sin pestañear, dejó que la segunda le cayera en la lengua para que la viéramos, y usó la tercera para pintarse los labios con la punta de la polla. Después se lo tragó todo, apretándole los huevos con la mano para vaciarlo del todo, y le dio un último lametón a la punta. Adrián se derrumbó en la silla, con la polla todavía palpitando, un hilo de saliva y semen colgándole del glande hasta el vientre.

Cuando terminó, Daniela se levantó tan tranquila como si no hubiera pasado nada, se limpió con el dorso del brazo y nos miró a los tres, despatarrados y agotados en el suelo, con una serenidad que terminó de hundirnos.

—Pues estuvo bien el aperitivo —dijo, con una sonrisa cantarina—. ¿Comemos ya? Que ahora sí que tengo hambre de verdad.

No sé cómo lo hacía. Acababa de quedarse con mi primo delante de mis narices, se le había tragado la corrida entera, y aun así conseguía hacernos sentir mal a los tres. Como tontos, empezamos a vestirnos a trompicones. Ella cogió una bandeja y se fue hacia el salón meneando las caderas, con el semen todavía brillándole en la comisura.

—¿Venís? —lanzó, a medio camino entre el reproche y el cariño.

—Sí, sí… ¡vamos! —corrí yo detrás, solícita, como la perrita faldera que siempre había sido con ella. Porque eso era lo que era, y lo sabía.

***

Daniela colocó todo en la mesa baja del salón, cerró el ventanal, bajó las persianas y nos dejó a oscuras. «Si dejamos abierto entra todo el calor a esta hora», sentenció. Tenía razón, pero aquel encierro me cayó encima como una losa. La penumbra trajo un frescor agradable y, al mismo tiempo, una sensación de claustrofobia que me atenazó las entrañas.

Porque Daniela y Adrián habían dejado de ser una amenaza vaga para convertirse en una amenaza real, instalada ya entre nosotros para quedarse. Y lo peor era que yo me moría por que ese par de descarados se dejaran llevar otra vez delante de mí. Nada me había dado nunca tanto morbo como ellos en aquel momento, la polla de mi primo entrando y saliendo del coño de mi mejor amiga. Comimos casi en silencio, los tres todavía sin poder calmarnos, mientras ella charlaba por los cuatro como si tal cosa.

Para cuando terminamos, parecíamos algo más relajados, pero el cansancio nos podía a todos. La noche anterior no habíamos pegado ojo, y la mañana había sido un sinfín. Hasta Daniela pedía tregua.

—Creo que es hora de la siesta —dije, con una voz que a mí misma me sonó rara.

—Sí —afirmó ella—. Yo no pienso hacer nada más que dormir en un buen rato. Ya me he follado bastante por hoy.

Joder con la franqueza. Todavía no me acostumbraba a aquel clima de desinhibición total que habíamos creado. Y, sin embargo, aquella forma tan cruda de decirlo me removió por dentro. Al menos ella ponía nombre a lo que estábamos haciendo. ¿Hasta cuándo iba a seguir yo aparentando normalidad, como si aquello fuesen unas vacaciones cualquiera?

La verdad, estaba harta de mí misma.

—Vamos, Adrián —le ordené de pronto, levantándome con una decisión que ni yo me esperaba—. A dormir.

Él no entendía qué quería yo ahora. Puede que ni yo lo supiera. Daniela se mordió la lengua hasta el último momento; le faltó un pelo para intervenir. Pero mi primo se levantó, cansado, la polla otra vez semihinchada balanceándose entre los muslos, y me siguió sin rechistar.

Cuando llegó a mi habitación, yo ya estaba tumbada en la cama, desnuda, con las piernas ligeramente abiertas, los ojos cerrados y aquel conjunto ridículo tirado a mis pies. Imagino que estaba demasiado agotada para pensar. O quizá quería jugar mi última carta. Usar la siesta, que siempre había sido el momento en que él se atrevía conmigo, para darle yo la estocada final. O para que me la diera él a mí, más bien, para que se metiera en la cama y me follara sin pedir permiso, como llevaba un año soñando.

No soy capaz de explicarlo bien, pero en aquel ambiente opresivo había tenido la certeza de que aquella era mi última oportunidad. La imagen de Daniela rendida a sus pies, con la polla de mi primo hasta el fondo de la garganta, no se me iba de la cabeza. Es ahora o nunca, me repetía.

Lo que no quería reconocer era que ya había cometido un error irreversible. Mi momento no era aquella siesta: había pasado entre mis dedos esa misma mañana, y lo había dejado escapar. Adrián ya no estaba dispuesto a seguir el juego conmigo. Lo que había hecho con Daniela antes de comer me lo había dejado clarísimo.

Y, aun así, lo deseaba con una intensidad que me asustaba. Nunca ningún hombre me había importado tanto. Nunca había deseado a nadie de esa manera. Lo notaba a mi lado, su cuerpo desnudo contra mi muslo, su polla todavía tibia y pegajosa apoyada en mi cadera, su mano recorriéndome despacio, subiendo desde el muslo, rozándome el coño de pasada, tropezando con una humedad que me chorreaba hasta las nalgas y que él, sin embargo, ignoró. Pasó de largo, subiendo por el vientre hasta detenerse bajo mi pecho, con el pulgar rozándome el pezón sin más ganas. No pude evitar gemir, abrí un poco más las piernas, ofreciéndoselo todo, y sé que se dio cuenta, porque ya tenía su aliento cálido en mi cara y la polla se le había puesto dura otra vez contra mi cadera.

Y entonces su mano se quedó quieta. Su cabeza descendió hasta apoyarse en mi hombro, y su respiración se volvió lenta, profunda, regular. La polla, dura como una piedra, se le quedó apoyada en mi muslo, sin buscarme, sin entrar. Por increíble que me pareciera, mi primo se estaba quedando dormido con una erección brutal pegada a mi cuerpo, sin hacer nada con ella.

¿De verdad era posible?

Joder, ¿de qué me sorprendía? Lo sabía de sobra. Llevaba un año detrás de mí, y ahora que me tenía a tiro, desnuda, con el coño empapado y abierto, dispuesta a todo, elegía dormirse abrazado a mí con la polla dura apoyada en mi muslo como si nada. Era su forma de decirme que ya no necesitaba pedirme permiso para nada, que yo me había entregado por completo, y que el último paso era solo cuestión de tiempo, cuando a él le viniera en gana metérmela.

Y lo peor, lo que todavía hoy me cuesta confesar, es que en el fondo aquello me gustaba. Sabía que iba a sufrir por él, más hondo de lo que había sufrido por nadie. Sabía que me iba a dejar tirada otra vez. Y, sin embargo, no era capaz de moverme, ni de apartarlo, ni de querer otra cosa que aquel cuerpo dormido sobre el mío, su peso, su calor, su olor, y aquella verga dura clavada en mi cadera como una promesa.

Me quedé despierta mucho rato, escuchando su respiración y la mía, con aquella humedad resbalándome entre los muslos y empapando las sábanas, apretando los muslos alrededor de nada, deseando bajar la mano y meterme yo misma la polla dormida de mi primo en el coño. No lo hice. Pensé que estaba perdida. Sabiendo que, pasara lo que pasara el resto de aquel verano, yo ya era suya, con polla o sin ella dentro, dormido o despierto. Y, en algún rincón oscuro de mí misma, deseando que él tardara todavía un poco más en venir a reclamarme del todo, solo para saborear la espera.

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Valora este relato

Comentarios(7)

ConfesionK

excelente!!! de lo mejor que lei en mucho tiempo

Lara_Sunshine

Por favor que haya una segunda parte, quede con ganas de mas!!!

RominaGV

Lo lei de un tiron y me trajo recuerdos de cosas que yo tampoco cuento jaja. Muy real todo

NocheSinSueño

La tension que armaste al principio es lo mejor. Uno ya sabe a donde va pero igual no puede dejar de leer

AleGalan_33

¿Esto es real o ficcion? Lo pregunto en serio porque se siente muy autentico, no como la mayoria de los relatos

CarlosF_lector

Se hizo corto, y eso es buena señal. Cuando uno quiere mas es porque esta bien escrito. Sigue asi!

MarceloPA

buenisimo

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