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Relatos Ardientes

La chupada en el coche que casi me marcó

Durante una época me hice fama, entre ciertos hombres, de tener unas manos y una boca que sabían exactamente qué hacer. Lo curioso es que, a pesar de eso, yo seguía guardando mi virginidad como si fuera una línea muy clara dentro de mi cabeza. Me excitaba jugar, tocar, dejarme tocar por encima de la ropa, incluso llegar al borde, pero todavía no quería que nadie me penetrara.

Había salido con varios adultos de mi círculo, hombres que me besaban con hambre y me metían los dedos hasta dejarme temblando, pero siempre encontraba la manera de frenar antes del último paso. A veces era por miedo. Otras, por simple terquedad. Me gustaba sentir el poder de detenerlo todo justo cuando la calentura parecía más fuerte que el sentido común.

La vez que más cerca estuve de perder ese control ocurrió después de una fiesta en una casa enorme, con música demasiado alta, tragos baratos y gente entrando y saliendo del patio como si nadie tuviera que volver temprano. Yo llevaba un vestido negro sencillo y unas ganas absurdas de sentirme deseada. Ahí fue donde me encontré con Darío.

Él era mayor que yo, no exageradamente, pero sí lo suficiente para tener ese aire de hombre seguro que a mí me descolocaba. No era el más guapo del lugar, ni el más simpático, pero tenía esa forma de mirarme como si ya imaginara lo que había debajo de mi ropa. Y yo, en lugar de apartarme, me quedé girando a su alrededor toda la noche.

Primero fueron miradas. Después, roces en la barra improvisada del comedor. Más tarde, cuando la música subió y todos estaban más sueltos, empezó a agarrarme de la cintura al bailar, pegándome el cuerpo con descaro. Yo me hacía la difícil, pero cada vez me movía más cerca de él.

—Te llevo a casa cuando quieras —me dijo al oído, con esa voz grave que me mojaba más de lo que quería admitir.

Yo ya había ido con unas amigas, pero a esa hora ninguna quería irse todavía. Aproveché, llamé a casa y dije que me retrasaría un poco. Me dieron permiso a regañadientes. Colgué con una sonrisa nerviosa, sabiendo que acababa de regalarme el tiempo que Darío necesitaba.

Seguimos bailando y besándonos a ratos, sin escondernos demasiado pero sin dar espectáculo. Había demasiada gente conocida, así que él se conformaba con besarme el cuello, morderme despacio el labio y meterme la mano en la espalda baja cada vez que me acercaba. Yo sentía un calor insoportable entre las piernas.

Cuando por fin le pedí que me llevara, salimos al aire fresco con el cuerpo todavía encendido. El trayecto empezó normal. Hablábamos de tonterías, de la fiesta, de quién estaba demasiado borracho y de quién se había pasado toda la noche mirándonos. Yo iba quieta en el asiento, pero con la atención clavada en su mano derecha cada vez que soltaba el volante.

Entonces se metió por una calle poco iluminada y estacionó junto a un terreno vacío. No me sorprendió. Si soy sincera, había esperado que lo hiciera. Lo que no esperaba era lo rápido que todo iba a cambiar.

Apagó el motor y se giró hacia mí. No dijo nada. Me agarró del mentón y me besó con una urgencia nueva, más dura, más exigente. Yo respondí enseguida. Le abrí la boca con la mía, le metí la lengua y sentí cómo me sujetaba la nuca mientras la otra mano bajaba por mi costado.

Sus dedos me rozaron un pecho por encima del vestido y se me escapó un gemido corto. Él lo oyó y sonrió contra mi boca. Volvió a tocarme, esta vez apretando más, trazando círculos sobre el pezón endurecido a través de la tela. Mi respiración se volvió torpe y rápida.

—Así que te gusta que te toquen —murmuró.

—No hables tanto —le contesté, aunque ya estaba ardiendo.

Le pasé la mano por el pecho, bajé al abdomen y seguí hasta el bulto de su pantalón. Estaba duro, marcado, tenso contra la tela. En cuanto lo apreté, él soltó un resoplido y empujó la cadera hacia mi palma. Eso me dio una sacudida de deseo muy directa, casi animal.

Desabrochó su pantalón sin dejar de besarme, y el sonido del cierre bajando dentro del coche me puso todavía más nerviosa. Tomó mi mano y la metió dentro de su ropa interior. Sentí su polla caliente y completamente erecta, gruesa, viva en mi palma. La sujeté con cautela al principio, solo midiéndola, notando la piel tirante y el glande húmedo.

—Apriétala —me dijo, ronco.

Lo hice. Cerré los dedos y empecé a masturbarlo despacio, de arriba abajo, dejándome lubricar la mano con el líquido que ya le asomaba en la punta. Su respiración cambió al instante. Echó la cabeza hacia atrás un segundo y después me miró con una mezcla de sorpresa y hambre.

—Joder... sí, así.

La sensación me excitó más de lo que esperaba. Había algo muy directo en tener esa polla en la mano, en sentirla endurecerse todavía más con cada pasada, en ver cómo se le tensaba la mandíbula cuando aceleraba. Deslicé la palma por todo el tronco, bajé hasta la base y subí otra vez, apretando un poco más fuerte.

Mientras yo se la meneaba, él metió la mano entre mis muslos. Primero me acarició por encima de la ropa interior, palpando el calor y la humedad que ya la habían empapado. Luego apartó la tela a un lado y encontró mi coño mojado. Me quedé inmóvil un segundo cuando sus dedos tocaron directamente mis labios.

—Estás empapada —susurró—. No me digas que no querías esto.

No le respondí. Me limité a seguir pajeándolo mientras él me abría el coño con dos dedos y jugaba en la entrada, subiendo luego al clítoris para frotarlo con una lentitud que me hacía perder el aire. Sentía el coche pequeño, cargado de respiraciones, olor a perfume, sudor y excitación.

Me besó otra vez y me metió un dedo. Después dos. Los movió dentro de mí con hambre, sin demasiada delicadeza, y yo me arqueé en el asiento. Mi mano no dejó de masturbarlo. Al contrario: cada vez que me metía los dedos más hondo, yo le devolvía el gesto con pasadas más rápidas sobre la polla.

—Así me gusta —decía entre jadeos—. Buena chica. No pares.

Su forma de hablarme me calentó y me molestó a la vez. Había una parte de mí entregada al momento y otra todavía alerta, intentando recordar dónde estaba mi límite. Él debió notarlo, porque apartó los dedos de mi coño solo para agarrarme del muslo y abrirme más las piernas.

Luego sacó la polla por completo. La vi bajo la luz débil que entraba del alumbrado: grande, brillante de humedad, con el glande hinchado y la vena marcada. Me la puso cerca del vientre, rozándome con la punta, como si quisiera que no hubiera dudas de lo que esperaba de mí.

—Quiero metértela —dijo sin rodeos.

Yo dejé de mover la mano.

—No.

—No me jodas, mira cómo estás.

—Te dije que no.

Durante unos segundos hubo un silencio espeso. Yo aún tenía su polla en la mano, pero ya no la movía. Él me miró serio, respirando fuerte, y volvió a besarme, esta vez con menos ternura. Intentó meter la mano otra vez entre mis piernas y yo se la aparté.

—Puedo tocarte, puedo mamártela, lo que sea, pero no voy a dejar que me penetres —dije, tratando de sonar firme aunque me temblaba la voz.

Él apretó los dientes. Me agarró de la nuca y tiró de mí hacia abajo, hacia su entrepierna. No fue un gesto cariñoso ni seductor, y eso me asustó. Ahí entendí que si quería salir de esa situación sin llegar más lejos, tenía que tomar el control de otra manera.

Le quité la mano de encima con suavidad, me acomodé entre los asientos y me incliné sobre su polla por decisión propia, no por obediencia. Quería marcar ese punto, aunque fuera para mí. Lo miré un instante antes de bajar la boca.

—Te la voy a chupar —le dije—. Pero solo eso.

Su respiración cambió de golpe. Aflojó los hombros y separó las piernas. La tensión no desapareció, pero se transformó en otra cosa: expectación, urgencia, hambre pura. Sujetó el volante con una mano y con la otra me acarició el pelo, esta vez menos brusco.

Acerqué la cara y me llenó primero el olor a piel caliente, a sudor masculino, a polla recién liberada del pantalón. Le saqué la lengua y recorrí la punta despacio. Él soltó un gemido grave. El glande estaba mojado, salado, sensible. Lo rodeé con los labios y chupé apenas, probándolo, jugando con la lengua sobre la abertura.

—Joder... sí... métetela más.

Obedecí porque en el fondo también me excitaba hacerlo bien. Fui bajando poco a poco, metiéndome más longitud en la boca, sintiendo cómo la polla me empujaba la lengua y me llenaba el paladar. La sujeté con una mano en la base mientras con la otra le apartaba la ropa para trabajar mejor.

Empecé con un ritmo firme: boca, mano, lengua alrededor de la punta, saliva deslizándose por el tronco. Lo escuchaba jadear encima de mí, mover las caderas con impaciencia contenida y susurrar órdenes entre dientes.

—Más rápido.

Lo hice. Subía y bajaba la cabeza con más decisión, dejando que los labios resbalaran bien abiertos por el glande y el cuerpo de la polla. Cada vez que llegaba arriba, lo chupaba con fuerza antes de volver a bajar. La mano acompañaba el tramo que no me cabía, apretando y soltando.

Me tomó del cabello, no para apartarme sino para marcarme el ritmo. Yo se la mamaba tragándomelo casi hasta donde podía, retirándome justo antes de arcadas y volviendo a hundirlo. La mezcla de sumisión momentánea y control técnico me estaba poniendo muy caliente. Sentía mi coño palpitar solo de oírlo disfrutar.

—Qué boca tienes... mierda... no pares.

Le lamí desde la base hasta la punta. Bajé a los huevos y los chupé uno por uno, húmedos y tensos, antes de regresar al glande para envolverlo otra vez con la lengua. Su mano se cerró más fuerte en mi pelo. No dolía, pero sí dejaba claro lo cerca que estaba de correrse.

Volví a meterme la polla hasta el fondo que mi garganta permitía. Noté cómo se tensaba entera dentro de mi boca, pulsando. Saqué la cabeza, escupí un poco de saliva sobre el tronco y empecé a masturbarlo rápido mientras chupaba la punta con golpes cortos y sucios, dejando que el sonido húmedo llenara el coche.

Él ya no hablaba en frases completas. Solo jadeaba, maldecía, soltaba mi nombre entre dientes y empujaba la cadera hacia mi boca cada vez que yo bajaba más. Yo también estaba perdida en el momento. Tenía la cara caliente, la mandíbula cansándose y un deseo raro de llevarlo justo hasta el borde para sentirlo explotar.

—Me voy a correr —avisó con la voz rota.

En lugar de apartarme, lo apreté más fuerte con la mano y lo chupé con más ansia. La punta se puso todavía más dura, más sensible. Le di varias succiones profundas seguidas y sentí el primer latido fuerte, claro, la señal del orgasmo llegando.

Entonces se corrió.

La primera descarga me cayó en la lengua, espesa y caliente. Gemí alrededor de su polla por la sorpresa del chorro y eso pareció rematarlo, porque empezó a eyacular con más fuerza. Retiré apenas la boca para respirar y los siguientes chorros me salpicaron los labios, la barbilla y parte de la mejilla mientras yo seguía masturbándolo sin aflojar.

—Mierda... mierda... —repetía él, temblando.

Volví a atraparlo con la boca y tragué lo que seguía saliendo, espeso, salado, abundante. No fue una corrida corta. Le duró varios espasmos, cada uno empujando más semen a mi lengua o sobre mis dedos. Yo lo ordeñaba hasta el final, firme, mirando de reojo cómo se le contraía el abdomen.

Cuando por fin aflojó, saqué la polla despacio y la seguí lamiendo. Tenía el glande brillante, manchado de restos blancos y saliva. Pasé la lengua por la abertura, por el borde, por la base, recogiendo todo. Luego chupé mis propios dedos, que estaban cubiertos de semen mezclado con lubricación y baba.

Él soltó un suspiro largo y se dejó caer contra el respaldo. Yo me limpié la comisura de la boca con el dorso de la mano, todavía de rodillas entre los asientos, respirando fuerte. La tensión en el coche había cambiado otra vez. Ya no era amenaza. Era cansancio, alivio y una incomodidad silenciosa.

—Ahora sí llévame a casa —dije, levantando la vista.

Me observó durante unos segundos, como si todavía estuviera bajando del orgasmo. Luego asintió. Se acomodó la ropa, buscó una servilleta en la guantera y me la dio sin decir nada. Yo me limpié la cara, la mano, el antebrazo. Olía a él por todas partes.

***

El resto del camino apenas hablamos. Yo iba con el corazón más sereno, pero con el cuerpo todavía alterado, sensible, húmedo, consciente de cada cosa que había pasado en ese coche oscuro. No me había penetrado. No había cruzado esa línea. Y, sin embargo, tampoco podía fingir que había sido una simple travesura.

Me bajé unas calles antes de llegar para recomponerme. Quería caminar un poco, respirar, sentir otra vez el aire frío en la cara. Él ni siquiera intentó besarme de despedida. Solo me miró, todavía con esa expresión satisfecha y agotada que deja una corrida intensa.

Mientras caminaba, noté que me temblaban las piernas. No solo por el susto que había sentido en cierto momento, sino por el placer brutal de haber tenido una polla en la boca, de haberlo oído gemir, de haber provocado esa corrida con mi lengua y mis manos. Esa mezcla me desordenó durante días.

No fue una noche romántica. No fue una escena bonita ni una fantasía impecable. Fue una confesión incómoda de deseo, límite y calentura. Me salvé de hacer algo que no quería, sí. Pero también descubrí que, incluso asustada, mi cuerpo sabía entregarse al sexo oral con una voracidad que ya no podía negar.

Durante mucho tiempo recordé el peso de aquella polla en mi mano, el sabor espeso de la corrida en mi lengua y el sonido de su respiración acelerándose justo antes de correrse. No como un cuento dulce, sino como una memoria física, cruda, pegada a la piel.

Y aunque nunca volví a subir a su coche, cada vez que alguien me tomaba de la nuca para llevarme hacia su entrepierna, mi cabeza regresaba por un segundo a aquella calle oscura, a ese asiento reclinado y a la forma en que acabé inclinada, mamando con hambre una verga que me dejó la boca y la memoria llenas.

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Comentarios(1)

Silvina_BA

me engancho desde la primera linea, buenisimo!!!

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