La duda que me llevó al sex shop
Durante mucho tiempo pensé que mi problema era el cansancio, la rutina o simplemente una mala racha con mi pareja. Me repetía eso para no mirar de frente lo que de verdad me pasaba. La realidad era más simple y más incómoda: yo tenía hambre de sexo, de un sexo crudo, atento, sucio y generoso, y en casa llevaba demasiado tiempo sintiéndome medio apagada.
Trabajo en una oficina, visto bien, hablo con clientes, sonrío, cumplo horarios y aparento tener la vida perfectamente ordenada. Nadie habría imaginado que muchas tardes me encerraba en el baño con el pulso acelerado, no para llorar ni para descansar, sino para abrir un chat y mojarme leyendo mensajes de un hombre al que todavía no conocía en persona. Un hombre que, sin tocarme, había conseguido que yo me tocara más y mejor que en meses.
Todo empezó una noche de otoño, cuando me abrí un perfil en una página de contactos. No buscaba romance ni promesas. Buscaba aire. Buscaba una rendija por la que sacar ese deseo que llevaba demasiado tiempo doblado dentro de mí, como una prenda arrugada al fondo de un cajón.
Entre mensajes torpes, fotos absurdas y tipos demasiado confiados, apareció uno distinto. Decía que él y su mujer tenían una relación abierta, que disfrutaban del juego, de las fantasías compartidas y de la sinceridad. No pedía nada urgente. Solo morbo, conversación y, si se daba, un encuentro sin mentiras. Me llamó la atención porque no sonaba desesperado. Sonaba seguro.
Le respondí casi por impulso. A los pocos días ya hablábamos por una aplicación aparte. Él se presentó como Mauro. Me mandó una foto sencilla, vestido, sonriendo, sin pose ridícula. Después llegó la confianza, y con la confianza llegaron los mensajes que me hicieron arder por dentro.
—Quiero verte abrirte las piernas para mí —me escribió una tarde, mientras yo fingía revisar un informe.
Leí eso, sentí un calor seco en la nuca y tuve que cruzar las piernas debajo del escritorio. Contesté despacio, tratando de no delatar lo temblorosos que tenía los dedos.
—Y yo quiero que me hagas con la lengua todo lo que me estás prometiendo.
A partir de ahí, todo fue a más. Nos mandamos fotos. Primero del cuello, de la boca, de las piernas. Después de mis tetas apretadas dentro del sujetador negro. Después de mis pezones duros, de mi vientre, de mis dedos separándome los labios mojados frente al espejo del baño. Él me mandaba audios con una voz grave, pausada, diciéndome exactamente cómo me pondría de rodillas, cómo me abriría las piernas, cómo me lamería hasta hacerme perder el control.
Yo me corría leyendo eso. A veces en casa, con la puerta del baño cerrada y la ducha abierta para tapar mis gemidos. A veces en la oficina, bajándome las bragas hasta media pierna, sentándome al borde del inodoro y metiéndome dos dedos mientras imaginaba su boca entre mis muslos. Me corría mordiéndome el puño para no hacer ruido, con el clítoris latiéndome y las piernas temblando, y después volvía a mi mesa con la cara ardiendo y la sensación húmeda pegada a la entrepierna.
Hubo días en que desaparecí porque me asustaba lo deprisa que iba todo dentro de mí. Luego volvía a escribirle porque el cuerpo me ganaba. Él nunca me presionó. Solo dejaba una frase precisa, una imagen, una promesa. Y yo volvía a empaparme.
Un jueves me propuso vernos. Me dijo que podíamos tomar un café y, si yo quería, seguir a un lugar discreto donde nadie nos molestara. Aclaró algo que terminó de vencerme: no habría nada que yo no quisiera. Podíamos quedarnos en besos, en caricias, en masturbarme y dejarlo ahí. Esa aparente calma fue lo más peligroso, porque me hizo confiar.
El día de la cita me arreglé como si me estuviera preparando para una versión de mí misma que llevaba tiempo pidiendo salir. Me puse ropa interior negra, medias oscuras y un vestido que marcaba mis curvas sin intentar esconderlas. Frente al espejo me miré las tetas, llenas, altas dentro del escote, y me dije en silencio que ya estaba bien de esperar validación de nadie. Si iba a hacerlo, iba a disfrutarlo.
Conduje hasta el centro con un nudo en el estómago. En los semáforos recordaba frases suyas, fotos mías, audios donde me decía que quería verme correrse en su cara. Cada recuerdo me hacía apretar los muslos. Cuando llegué, lo vi esperándome en la esquina, con una chaqueta oscura y las manos en los bolsillos. Tenía ese aire de hombre tranquilo que sabe perfectamente por qué está ahí.
Nos saludamos con dos besos en la mejilla, aunque la cercanía duró un segundo más de lo normal. Olía limpio, cálido, y yo noté al instante la descarga en el vientre. Entramos en una cafetería pequeña, pedimos algo casi por compromiso y empezamos a hablar.
Me sorprendió lo fácil que fue. Nos reímos. Hablamos de tonterías, del trabajo, del absurdo de estar ahí después de tantas semanas calentándonos por el móvil. Debajo de la mesa, sin embargo, la tensión era otra. Yo cruzaba y descruzaba las piernas, consciente de su mirada. Él no hacía nada grosero. Solo me sostenía los ojos un poco más de la cuenta y sonreía como si ya supiera cómo iba a terminar la noche.
—Estás todavía mejor de lo que imaginaba —me dijo.
—Eso dices ahora porque sigues vestido —contesté, y los dos nos reímos.
Pero no era una broma completa. Yo quería verlo desnudo. Quería verle la polla en la mano, quería saber si de verdad me pondría así de loca en persona.
Salimos del local cuando ya había anochecido. Hacía frío, y el aparcamiento estaba casi vacío. Seguimos andando despacio, hablando de cualquier cosa, hasta que en un rincón mal iluminado se acabó la charla y empezó otra cosa. Me cogió de la cintura, me acercó a él y me besó sin preguntar.
Le devolví el beso con hambre. No fue un roce tímido. Fue una boca metiéndose en otra boca con semanas acumuladas. Me agarré a su nuca, sentí su mano bajar hasta mi culo y apretarme fuerte por encima del vestido. Abrí los labios para su lengua y solté un gemido corto, húmedo, que me avergonzó y me excitó a la vez. Él notó mi reacción y me besó más hondo, pegándome contra la puerta del coche.
—Joder, sí que tenías ganas —murmuró contra mi boca.
—No tienes idea.
Nos besamos otra vez, más sucios, con sus dedos marcándome la cintura y el culo, con mi pecho rozándole el torso. Yo ya estaba mojada. No un poco. Mucho. Lo sentía entre las piernas, caliente, insistente, casi obsceno.
Cuando me abrió la puerta del coche y me preguntó si quería irme a casa, le dije que sí por reflejo. Por miedo. Por esa última resistencia idiota de mujer educada para dudar. Él asintió, me dio un beso breve y se alejó sin montar una escena.
Lo vi caminar unos metros y supe que si me iba, me iba a odiar toda la noche. Arranqué, avancé, di la vuelta dentro del mismo aparcamiento y frené a su lado. Bajé la ventanilla.
—¿Dónde dijiste que íbamos a cumplir esas fantasías?
Su sonrisa fue lenta, contenida. Se subió al coche y me dio la dirección.
***
El lugar era discreto desde fuera, casi anodino. Por dentro tenía esa mezcla rara de luz tenue, alfombra oscura y olor a ambientador cítrico. Nada glamuroso, pero sí cómodo. Al fondo había cabinas privadas con sofá, pantalla y pestillo interior. A mí se me secaban las manos del puro nervio y, al mismo tiempo, tenía el coño tan mojado que me daba pudor andar.
En cuanto cerró la puerta de la cabina, volvió a besarme. Esta vez ya sin freno. Sus manos se metieron bajo mi abrigo, subieron por mi espalda y bajaron hasta mi cintura. Yo le agarré la cara y me pegué a él con desesperación. Sentí su erección contra mi muslo y solté aire por la nariz como si me hubieran dado un golpe.
—Enséñamela —le dije.
Él se apartó justo lo suficiente para abrirse el pantalón y sacar la polla. Gruesa, dura, con la punta brillante. Verla en directo me sacudió. Bajé la mirada, me lamí los labios sin pensar y noté el tirón inmediato en el clítoris.
—Tócatela —le ordené, sentándome en el sofá.
Él obedeció. Empezó a masturbarse despacio, sin dejar de mirarme. Yo me subí el vestido hasta medio muslo, aparté las bragas a un lado y metí dos dedos entre mis labios. Estaba empapada. Los hice sonar apenas al moverlos y vi cómo él apretaba la mandíbula.
En la pantalla empezó una película cualquiera, dos mujeres chupándose el coño, pero a esas alturas me daba igual lo que hubiera delante. Mi porno real era la polla de ese hombre moviéndose en su mano y su cara mirándome mientras yo me abría para él.
—Así —me dijo en voz baja—. Métete los dedos y enséñame lo mojada que estás.
Me hundí dos dedos hasta el fondo y con la otra mano me froté el clítoris. El placer subió rápido, afilado, directo. Abrí más las piernas, dejándome ver entera, los labios hinchados, brillantes. Mauro se acercó un paso sin dejar de masturbarse. Yo me movía sobre el sofá buscando fricción, jadeando ya sin vergüenza.
—Joder, qué coño tienes —murmuró—. Mira cómo chorreas.
Oír eso me disparó todavía más. Me corrí la primera vez con los dedos dentro y el pulgar apretándome el clítoris. El orgasmo me agarró desde el vientre y me dobló. Cerré los ojos, apreté las piernas un segundo y después las volví a abrir de golpe para seguir. Él se había detenido para no correrse, respirando fuerte, con la polla tiesa y roja.
—No pares —le dije, todavía temblando—. Ven aquí. Ponte de rodillas.
Se arrodilló entre mis piernas y me apartó las bragas del todo. Me abrió los labios con los dedos y se quedó un segundo mirándome, como si saboreara la imagen antes de tocarme. Después me lamió de abajo arriba, lento, cargando bien la lengua. El gemido me salió entero, sin filtro.
Su boca era mejor de lo que me había imaginado en todos esos audios. Mejor porque no tenía prisa. Me lamía el clítoris, se hundía entre mis labios, volvía a subir y después me metía la lengua como si quisiera beberme. Yo le agarré el pelo, abrí más las piernas y empecé a mover la cadera contra su cara.
—Sí, así, no aflojes... joder... —decía entre jadeos.
Él me sujetó un muslo por debajo y siguió lamiéndome con un hambre que me desarmó. Metió dos dedos, primero uno y luego otro, y los curvó dentro mientras su boca se cebaba con mi clítoris. El roce combinado fue demasiado. Me arqueé, busqué a ciegas una de sus manos y me la llevé al pecho.
—Pellízcame el pezón —le pedí—. Fuerte, que me gusta.
Lo hizo sin dejar de comerme el coño. Sentí el tirón preciso en el pezón endurecido y ese pequeño dolor me explotó entre las piernas como gasolina. Me pellizqué el otro con mis propios dedos, imitando la presión, y empecé a gemir más alto. Él entendió enseguida el ritmo que me llevaba al límite: dos dedos follándome por dentro, su lengua firme en mi clítoris, la mano amasándome una teta y castigando el pezón a ratos.
Me corrí otra vez sobre su boca. Esta vez más fuerte. Le apreté la cabeza contra el coño y me dejé ir temblando, con el abdomen duro y las piernas sacudiéndose. Noté cómo él seguía lamiendo durante el orgasmo, recogiendo todo, sin apartarse hasta que mi cuerpo empezó a aflojar. Cuando por fin levantó la cara, tenía la barbilla mojada y una expresión que me volvió a encender.
—Podría estar así toda la noche —dijo.
—Pues todavía no has visto nada.
En la cabina había un pequeño estante con juguetes a la venta. Yo ya sabía a qué iba y tomé uno de los dildos sencillos, nada exagerado. Me senté encima de él, dándole la espalda, acomodándome entre sus piernas. Su polla me rozaba el culo por encima del vestido arremangado, dura y caliente. Me besó el cuello mientras yo hacía pasar el juguete entre mis labios empapados.
—Métemelo tú —le pedí, entregándoselo hacia atrás.
Lo lubricó con mi propia humedad y con saliva. Sentí la punta presionando y luego entrando despacio. Eché la cabeza hacia atrás sobre su hombro, gimiendo. Mauro me manoseaba las tetas por delante, las levantaba, las apretaba, me tiraba de los pezones con esa mezcla exacta de cuidado y mala leche que me volvía loca. Mientras, con la otra mano, me movía el dildo dentro del coño.
Yo empecé a cabalgarlo sola, echándome hacia delante y hacia atrás sobre el juguete, controlando la profundidad. Cada vez que lo sacaba casi entero, él acercaba la boca y chupaba la punta mojada antes de volver a meterselo. Ese gesto obsceno, ver mi lubricación en su boca, me disparó un gemido ronco que ni yo reconocí.
—Mira cómo lo tragas —dije, medio mareada de placer.
—Todo lo tuyo me lo trago —contestó, y me mordió suave la base del cuello.
Seguí follándome con el dildo mientras su mano bajaba a frotarme el clítoris. Ahí perdí el poco control que me quedaba. Empecé a moverme más rápido, clavándole los talones al suelo, con las piernas abiertas y el cuerpo suspendido entre su torso y el juguete. El orgasmo me subió otra vez como una ola brutal. Me corrí con un espasmo largo, apretando todo alrededor del dildo, sollozando casi, mientras él me sujetaba el vientre y me decía al oído que me dejara, que me corriera cuanto quisiera.
Me quedé unos segundos jadeando sobre él. Sentía su polla contra mis nalgas, palpitando de pura urgencia. Me giré para mirarlo y vi en su cara que estaba al límite.
—Ahora tú —le dije.
Me puse de cuclillas frente a él. Le separé las piernas y empecé por abajo, igual que había fantaseado tantas veces leyendo nuestras conversaciones. Le besé los muslos, le pasé la lengua por los testículos y me los fui metiendo en la boca uno a uno, chupándolos despacio mientras le acariciaba la polla con la mano. Él soltó un gruñido corto y me agarró el pelo sin forzar, solo sosteniéndomelo hacia atrás para verme mejor.
—Hostia... no pares.
Subí con la lengua por debajo del tronco hasta la punta y rodeé el glande lentamente. Estaba duro, caliente, sensible. Lo chupé despacio al principio, dejándolo entrar en mi boca centímetro a centímetro, saboreándolo, notando cómo se tensaba entero. Mi mano seguía bombeando la base mientras yo jugaba con la lengua en la punta, húmeda, insistente, mirándolo desde abajo.
Me encanta ese instante en que un hombre deja de fingir control. Lo vi en su respiración, en cómo abría las piernas, en la forma en que me decía obscenidades ya sin medirlas.
—Qué boca... joder... te la metería hasta el fondo.
Yo misma me la metí más. Bajé hasta donde pude, notando cómo me rozaba la garganta, y volví a subir muy despacio, empapándolo bien. Mientras se la chupaba, metí una mano entre mis piernas y volví a tocarme. Estaba todavía hinchada, sensible, resbaladiza. Deslicé un dedo por mi entrada y luego hacia atrás, hasta el borde de mi culo. Ese roce nuevo, apenas una presión, mezclado con su polla llenándome la boca, me arrancó otro temblor.
Mauro me sobaba las tetas por encima del sujetador, y después metió la mano dentro del escote para atraparme un pezón entre los dedos. Me lo estrujó con firmeza. Yo gemí con la polla todavía en la boca, vibrando alrededor de ella. Eso fue casi su final.
Empezó a embestir cortito, perdiendo el ritmo, avisándome con la respiración rota.
—Me corro... si sigues así, me corro ya.
Lo miré, lo saqué un segundo de mi boca y le dije:
—Córrete. Quiero tragármelo todo.
Volví a hundírmela. Esta vez más rápida, más sucia, sin delicadeza. Lo masturbé al mismo tiempo, apretando en la subida, chupándole el glande con fuerza en la bajada, hasta que se puso duro como piedra y se vació. Se corrió con un gemido largo, agarrándome el pelo y tensando todo el cuerpo. Sentí los chorros calientes en mi lengua y en el fondo de la boca. No me aparté. Seguí mamándosela durante la corrida, tragando, lamiendo la punta, sacándole hasta la última sacudida.
Verlo correrse así me remató. Con los dedos todavía entre mis piernas, frotándome el clítoris desesperada, me corrí casi al mismo tiempo. El orgasmo me dobló sobre él. Seguí tragando mientras mi cuerpo se contraía y se aflojaba en pulsos, con un calor brutal mojándome todavía más entre las piernas. Acabé jadeando de rodillas, con la frente apoyada en su muslo y la mano temblando entre mis muslos.
Nos quedamos unos segundos sin hablar, solo respirando. Después me incorporé, me limpié la comisura de los labios con el dorso de la mano y me eché a reír. No una risa nerviosa. Una risa llena, satisfecha, incrédula.
Él me levantó del suelo y nos besamos otra vez, ya más lentos, con sabor a sexo reciente. Nos acomodamos la ropa sin prisa. Yo me miré en el pequeño espejo de la cabina: labios hinchados, mejillas encendidas, el pelo revuelto, una cara que no recordaba haberme visto en mucho tiempo.
—Tenías razón en una cosa —me dijo, abrochándose el pantalón—. Si te ibas a casa, no ibas a dormir.
—Ni de broma.
Me acerqué y le hablé muy cerca, casi rozándole la boca.
—Bendita la duda que me hizo dar la vuelta.
Salimos del local con hambre, agotados y sonriendo como dos cómplices. No supe entonces qué iba a pasar después con nosotros ni si repetiríamos. Pero mientras caminaba a su lado hacia el coche, con el coño todavía sensible y el cuerpo flojo de tanto correrse, sí tuve clarísima una cosa: aquella noche no me había perdido, me había encontrado.
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