Mi confesión de anal en nuestra segunda cita
Lo que voy a contar pasó en nuestra segunda cita. La primera ya había sido una locura de piel, mensajes subidos de tono y esa clase de conexión que no se fuerza, simplemente aparece. Después de varios días escribiéndonos sin descanso, quedamos otra vez en su apartamento una tarde fría, de esas en las que el aire invita a meterse bajo un edredón y no salir en horas.
La llamaré Mara. Era una mujer de cuerpo abundante, pechos grandes, caderas anchas y una seguridad tranquila que me desarmaba. Tenía unas manos suaves, carnosas, y una forma de tocarme la cara mientras hablaba que ya me estaba poniendo duro antes incluso de besarla.
Cuando abrió la puerta, sonrió como si supiera exactamente lo que me iba a hacer. Llevaba ropa cómoda, el pelo suelto y ese brillo en los ojos de quien lleva rato fantaseando con lo mismo que tú. Me besó sin prisa apenas entré, cerró la puerta con el pie y me dejó claro que esa tarde no había espacio para timidez.
—Tenía ganas de ti desde que te fuiste la otra vez —me susurró.
—Yo también. Demasiadas.
Nos fuimos directos al dormitorio. La habitación estaba caliente, con las cortinas corridas y la cama revuelta como si ya nos estuviera esperando. Nos tumbamos de lado, de frente, rozándonos primero con esa lentitud deliciosa que hace que cualquier roce parezca una descarga.
Me encanta besar con calma antes de follar. Con Mara era todavía peor, porque respondía a cada beso con otro más húmedo, más abierto, más hambriento. Le mordí el labio, ella me metió la lengua y me agarró la nuca con firmeza, como si quisiera hundirme entero en su boca.
Mis manos empezaron en su cintura y fueron subiendo despacio. Noté la suavidad de su piel bajo la tela, el calor de su cuerpo, la respiración haciéndose más profunda. Cuando le agarré un pecho por encima de la camiseta, soltó un gemido corto que me atravesó el estómago.
—No me provoques así si no vas a seguir —dijo, medio riéndose, medio jadeando.
—Voy a seguir. Mucho.
Le quité la camiseta y me encontré con esos pechos llenos, pesados, con los pezones ya duros. Me incliné sobre ella y pasé la lengua alrededor de uno, sin tocarlo del todo al principio. Su espalda se arqueó sola. Entonces cerré los labios y chupé de verdad, sintiendo cómo se tensaba debajo de mí.
La escuché soltar aire por la nariz mientras mis dientes rozaban apenas el pezón y luego volvían a dejar paso a la lengua. Alternaba entre uno y otro pecho, chupando, lamiendo, mordiendo suave, disfrutando de cómo sus manos me apretaban los hombros cada vez que acertaba con la presión exacta.
Subí por su clavícula y su cuello. Esa zona la volvía loca, lo había notado desde el primer encuentro, así que me detuve ahí el tiempo suficiente para verla deshacerse. La besé bajo la oreja, le rocé la piel con la respiración y le pasé la punta de la lengua por el borde del cuello mientras le sujetaba la mano contra la almohada.
Tembló de una forma que no fingía nada. Sus dedos se entrelazaron con los míos y me apretó fuerte. Luego gemía bajito, conteniéndose, como si aguantar le diera todavía más morbo. Cuando le mordí el cuello un poco más firme, abrió los muslos por puro reflejo.
—Joder... ahí... —susurró—. No pares.
Seguí sin compasión, alternando besos, mordiscos y caricias por el cuello, el hombro y el pecho, hasta que noté cómo su cuerpo cambiaba de golpe. Sus piernas se tensaron, sus pezones se pusieron todavía más duros y su respiración se cortó en dos o tres jadeos rápidos. Se corrió así, apenas tocándola más que con la boca y las manos, sacudiéndose debajo de mí con una sorpresa que la hizo reír al final.
Nos abrazamos un momento. No por pudor, sino para saborear ese primer temblor compartido. Nos miramos de cerca y le vi la cara encendida, los labios húmedos, las pupilas abiertas. Yo ya estaba completamente duro, atrapado entre nuestros cuerpos.
Su mano bajó por mi espalda hasta el culo y me lo apretó sin delicadeza. Después se arrodilló en la cama y me bajó el pantalón y la ropa interior de un tirón. Mi polla saltó libre, tiesa, y a ella se le escapó una sonrisa sucia que me encantó.
—Ahora te toca a ti —dijo.
Se inclinó y me la lamió desde la base hasta la punta, despacio al principio, solo para verme respirar hondo. La tenía entre los labios mientras me miraba desde abajo, sabiendo perfectamente lo que provocaba. Luego abrió más la boca y empezó a chupar de verdad, metiéndosela poco a poco hasta donde le daba la garganta.
Yo le aparté el pelo de la cara y la dejé hacer. Su mano me agarró los huevos, los sostuvo con calor, apretando lo justo para volverme loco. Cada vez que subía, la punta de su lengua se llevaba el líquido que ya me estaba saliendo, y cuando bajaba otra vez, me dejaba la polla completamente mojada de saliva.
—Mierda, qué bien chupas —le dije con la voz rota.
Ella soltó mi polla solo un segundo para contestar.
—Porque me gusta tragármela cuando estás así de duro.
Volvió a metérsela y esta vez empezó a jugar más sucio. Succionaba fuerte, aflojaba, pasaba la lengua por el frenillo y luego tomaba aire por la nariz para embocársela otra vez entera. Yo sentía la humedad caliente de su boca, la presión de sus labios, el masaje de su lengua y el tirón agradable en los huevos cada vez que me los acariciaba.
Tuve que pedirle que parara un poco porque estaba al borde de correrme demasiado pronto. Ella se separó con hilos de saliva colgando de mi polla, se relamió sin vergüenza y me empujó hacia la cama con una sonrisa de absoluta sinvergüenza.
—Entonces hazme correr tú.
Me tumbé a su lado, la besé otra vez y fui bajando con la mano entre sus muslos. Estaba empapada. Metí los dedos por debajo de la tela de su ropa interior y se los pasé lentamente por el coño, de arriba abajo, notando esa humedad espesa que ya le había mojado todo.
—Mira cómo estás —le dije, enseñándole mis dedos brillantes.
—Por tu culpa. Y por la mía. Ahora quítame esto.
Le bajé la ropa interior despacio por las piernas y abrí sus muslos. Su coño estaba hinchado, mojado, brillante. Le acaricié primero el clítoris con círculos lentos, apenas rozándolo, solo para verla retorcerse de frustración. Cada vez que iba a presionar de verdad, me apartaba un poco y la hacía gemir de rabia.
—No seas cabrón.
—Todavía no he empezado.
Cogí el juguete que tenía en la mesita, uno de esos succionadores que le gustaban mucho, y lo encendí junto a su clítoris. En cuanto la boquilla tocó donde debía, soltó un gemido tan profundo que me puso la piel de gallina. Cerró las piernas por instinto, pero la obligué a abrirlas otra vez sujetándole el muslo.
Pasé el aparato por su clítoris, lo dejé un segundo fijo, luego lo moví en pequeños círculos. Mientras tanto, mi otra mano le masajeaba el vientre y bajaba al interior de los muslos para mantenerla abierta. Su cuerpo empezó a temblar en oleadas cada vez más evidentes.
—Joder... joder... así... así... —repetía.
Le encantaba la mezcla de intensidad y control. Cuando veía que estaba a punto de romperse, aflojaba apenas un poco y luego volvía a cargar justo encima del clítoris. Sus caderas se levantaban de la cama buscando más, su respiración ya era un jadeo continuo y sus pechos subían y bajaban como si estuviera corriendo.
Se corrió temblando, cerrando las piernas con fuerza alrededor de mi brazo. Aun así no apagué el juguete de inmediato. Lo mantuve un poco más, lo justo para alargarle el espasmo hasta que me miró con los ojos vidriosos y se rió entre queja y placer.
—Vas a matarme.
—No. Voy a dejarte vacía y pidiendo más.
Apagué el juguete y me puse entre sus piernas. Le besé el monte de Venus, luego los labios, y aspiré el olor fuerte y caliente de su excitación. Ella me agarró del pelo antes de que siquiera sacara la lengua, ansiosa, abierta, ofreciéndose entera.
—Cómeme el coño —me ordenó al oído.
No hacía falta repetirlo. La primera lamida fue larga, desde abajo hasta el clítoris, arrastrando toda su humedad. Tenía ese sabor salado y espeso que se vuelve mejor cuando la mujer ya ha corrido una vez. Volví a hacerlo, más lento, apretando la lengua, separándole los labios con los dedos para meterme bien.
Mara reaccionó al instante. Sus muslos subieron a mis hombros y me encerró la cabeza entre ellos. Empecé a comerle el coño sin ninguna elegancia, como a mí me gusta: lengua firme, labios chupando el clítoris, pausas breves para meter dos dedos y sacarlos empapados. Cada vez que le introducía los dedos, curvándolos un poco dentro, me apretaba con espasmos cortos.
—Sí... sí... sigue... no pares ahora.
La chupé con ganas, dejándome la cara mojada. Subía al clítoris para succionarlo y bajaba otra vez a lamerla por completo. Le metí un dedo, luego dos, y los moví dentro de su coño con un ritmo húmedo mientras la lengua no dejaba de castigarle el clítoris.
Cuando noté que estaba cerca, mordisqueé apenas esa parte sensible que sabía que la desarmaba. Mara pegó un grito ahogado, me tiró del pelo con tanta fuerza que me dolió y empezó a correrse otra vez en mi boca. No fue una descarga breve; fueron varias contracciones seguidas, acompañadas de chorros de humedad que me dejó tragando y lamiendo sin parar.
Yo seguí un poco más, saboreando cómo se corría y cómo temblaba después. Tenía la vulva completamente mojada, hinchada y sensible, y aun así no dejaba de pedirme más con la cadera. Cuando al fin levanté la cabeza, tenía las mejillas encendidas y la respiración hecha pedazos.
Nos quedamos abrazados de lado, enredados, recuperando aire. Yo la rodeé por detrás y empecé a besarle la espalda y los hombros mientras una mano le acariciaba el pecho. Podía sentir su culo pegado a mi pelvis y mi polla, dura otra vez, encajada entre sus nalgas.
Deslicé la mano por su vientre hasta el coño y jugué un rato con su humedad, solo frotándole la entrada y el clítoris con dos dedos. Luego coloqué la punta de mi polla entre sus labios y empecé a rozarla de abajo arriba, sin entrar, dejando que el glande se cargara de su flujo y tropezara una y otra vez con el clítoris.
Ella echó la cabeza hacia atrás, apoyándola en mi hombro.
—Si sigues así, voy a volverte a suplicar cosas.
—¿Qué cosas?
Hubo un silencio breve. Noté su respiración detenerse un segundo antes de hablar.
—Quiero que me lo hagas por el culo. Pero con cuidado. Quiero mi primera vez contigo.
La frase me puso todavía más duro. No por la novedad en sí, sino por la confianza con la que me lo pedía. La besé detrás de la oreja y le acaricié la cadera mientras pensaba en hacerlo bien, sin prisas, disfrutando cada paso.
—Despacio, entonces. Me vas diciendo todo.
—Sí. No me sueltes. Y háblame.
La mantuve en posición de cucharita. Era cómoda, íntima, y permitía que se relajara. Con una mano seguí acariciándole el coño para mantenerla mojada y excitada; con la otra bajé entre sus nalgas y le recorrí el borde del ano con la yema de un dedo bien lubricado.
Sentí cómo se tensaba apenas al principio y luego aflojaba al notar que no iba a forzar nada. Le di pequeños círculos alrededor, masajeando, rozando, entrando solo la punta del dedo y saliendo de nuevo. Al mismo tiempo seguía frotándole el clítoris muy despacio, para que asociara esa sensación nueva con placer en lugar de miedo.
—Eso... así está bien —susurró—. Sigue.
Le besé la nuca y le hablé al oído.
—Voy a meter un dedo. Respira. Si algo molesta de verdad, me lo dices.
Entré poco a poco. Su ano me apretó enseguida, caliente y estrecho, pero no se cerró del todo. Esperé unos segundos dentro, sin moverme, y sentí cómo iba cediendo alrededor del dedo mientras le acariciaba el coño por delante.
Mara soltó un gemido raro, mezcla de sorpresa y excitación. Entonces empecé a mover el dedo con lentitud, sacándolo un poco y metiéndolo otra vez, masajeando por dentro, con paciencia. Su culo se iba abriendo cada vez más y su respiración volvía a acelerarse.
—Me gusta... joder, me gusta de verdad —dijo, casi incrédula.
Metí un segundo dedo cuando la noté preparada. Esta vez abrió más la boca al gemir y apretó mi muñeca. Yo no tenía prisa. Los mantuve dentro, separados apenas, estimulándola con movimientos cortos mientras con el pulgar le frotaba el clítoris. La combinación la deshizo.
Se corrió otra vez así, con los dos dedos en el culo y el coño chorreando sobre mi mano. Sus piernas se encogieron, su culo me apretó fuerte y yo aproveché ese momento para seguir abriéndola con calma, notando cómo la excitación le facilitaba cada vez más el paso.
—No pares, por favor. Métela —me pidió con la voz ronca—. Quiero sentir tu polla ahí.
Saqué los dedos despacio y usé esa misma mezcla de lubricante y su propio flujo para empapar bien la punta de mi polla. La coloqué en su entrada anal y me quedé quieto un segundo, respirando con ella. Notaba el calor de su culo cerrado contra el glande y las ganas brutales de empujar, pero me contuve.
—Voy a entrar solo un poco.
Presioné despacio. Su esfínter opuso resistencia, luego cedió lo justo para dejar pasar la punta. Mara soltó el aire de golpe y agarró mi antebrazo con fuerza.
—Despacio... así... no pares, pero despacio.
Le besé el hombro y seguí empujando milímetro a milímetro. Cuando el glande terminó de entrar, me detuve. Podía sentirla apretándome por todas partes, muchísimo más estrecha que en el coño, y esa presión ya me estaba volviendo loco. Ella movió un poco las caderas, curiosa, adaptándose.
—Ya está dentro la punta —le dije.
—Métela más. Quiero toda la sensación.
Empujé otro poco. Luego otro. Cada avance venía acompañado de un jadeo suyo y de una pausa para que su cuerpo aceptara más. Hasta que al final, con un último empuje lento, quedé completamente dentro. Los dos nos quedamos inmóviles un instante, sintiendo el peso de ese momento.
Mara mordió la almohada y luego soltó una risa nerviosa.
—Joder... te siento entera. No te muevas... espera... sí... ya... ahora sí.
Cuando me dio permiso, empecé a follarle el culo con movimientos cortos. Salía apenas unos centímetros y volvía a entrar, manteniendo el ritmo suave, dejándole tiempo para acomodarse a cada embestida. Mi mano siguió en su coño, acariciándole el clítoris para que el placer no bajara nunca.
Muy pronto dejó de tensarse. Su culo empezó a recibirme mejor, a abrirse a cada empuje y cerrarse al sacarla. Los sonidos cambiaron también: ya no eran jadeos de cautela, sino gemidos más sucios, más necesitados. Ella misma empezó a echar el culo hacia atrás buscando más profundidad.
—Ahora sí... fóllame así... qué rico... joder...
Obedecí. Aumenté un poco el ritmo. Entraba y salía con más decisión, escuchando el golpe húmedo de mi pelvis contra sus nalgas y sintiendo cómo me ordeñaba con cada movimiento. El morbo de estar dentro de su culo por primera vez, de oírla pedirme más, de notar su coño empapado mientras la masturbaba por delante, me estaba llevando al límite.
—Quiero sentirte más fuerte —dijo—. Sácala y hazmelo a cuatro patas.
La saqué despacio. Ella gimió por la sensación de vacío y se puso de rodillas en la cama, apoyada sobre los antebrazos. Desde atrás se veía preciosa: la espalda arqueada, el culo grande y blanco abierto para mí, el pelo cayéndole a un lado de la cara mientras nos miraba de reojo en el espejo del armario.
Le acaricié las nalgas, las separé con ambas manos y le escupí un poco más de lubricación sobre el ano antes de frotar la punta de mi polla otra vez por la entrada. El simple gesto la hizo estremecerse.
—Métemela —dijo, mirándose al espejo—. Quiero verme mientras me follas el culo.
Se la metí de nuevo despacio pero sin detenerme tanto como antes. Esta vez su cuerpo ya sabía lo que venía, y me dejó entrar casi hasta el fondo con un largo gemido ahogado. Cuando choqué completo contra sus nalgas, se quedó quieta un segundo, mirando su reflejo con la boca abierta.
Empecé a embestirla de verdad. Primero marcando un ritmo constante, profundo, controlado. Luego un poco más duro. Mi polla entraba en su culo mojada, apretada, caliente, y cada salida me invitaba a volver con más hambre. Ella gemía con cada golpe, moviendo las caderas hacia atrás para recibirme mejor.
Le llevé una mano al coño y empecé a frotarle el clítoris mientras la follaba por detrás. Esa combinación la destrozó. En el espejo veía su cara roja, el pelo deshecho, los labios entreabiertos y los pechos balanceándose con cada embestida. Yo también me veía detrás de ella, sudado, concentrado, clavándole la polla en ese culo que ya se abría y se cerraba a mi ritmo.
—Más fuerte —me pidió—. No me trates como si fuera de cristal.
Eso hice. Le agarré la cadera con una mano y el pelo con la otra, sin tirarle de verdad pero sujetándola con firmeza, y empecé a darle más duro. Entraba hasta el fondo y salía casi por completo, una y otra vez, hasta que el ruido de nuestros cuerpos llenó la habitación. Su culo recibía cada embestida mejor que la anterior y ella respondía con gemidos abiertos, sin vergüenza.
—Me encanta... me encanta... no pares... me voy a correr otra vez.
Le froté el clítoris más rápido. Mi pelvis golpeaba sus nalgas con un ritmo cada vez más urgente y yo ya estaba al borde, con los huevos tensos y la polla pulsando dentro de ella. Mara se corrió primero, apretándome de golpe mientras gritaba mi nombre con la cara vuelta hacia el espejo. Su orgasmo le sacudió todo el cuerpo, desde los hombros hasta las piernas.
Esa contracción me remató. Di tres embestidas más, profundas y desordenadas, y me corrí con un gruñido, aferrado a sus caderas, sintiendo cómo el orgasmo me vaciaba dentro de esa presión caliente y estrecha que no dejaba de apretarme.
Nos quedamos así unos segundos, jadeando, pegados. Luego salí despacio y la ayudé a tumbarse de lado otra vez. Tenía la piel sudada, la cara brillante y una sonrisa cansada de satisfacción pura.
La abracé por detrás, le besé el hombro y la barriga, y ella buscó mi mano para entrelazar los dedos. El cuarto seguía caliente, el espejo empañado, la cama hecha un desastre. Afuera seguía haciendo frío, pero allí dentro todavía nos latía el cuerpo como si acabáramos de salir de una tormenta.
—No sabía que podía gustarme tanto —murmuró, todavía sin recuperar del todo el aliento.
—Porque lo hicimos como había que hacerlo.
—No. Porque eras tú.
Nos reímos bajito. Apoyé la cabeza en su pecho y escuché su corazón todavía acelerado. Ella me acarició el pelo con esa misma ternura con la que me había recibido al entrar, y después me habló al oído con una seguridad que ya no tenía nada de nervio.
—La próxima vez quiero repetir. Y no una sola vez.
Yo levanté la vista, la besé despacio y supe que aquella segunda cita no iba a quedarse en una anécdota. Fue una confesión, sí, pero sobre todo fue el principio de una costumbre.