Confesión: el postre prohibido de una boda
—Me vas a dejar sin aire —alcanzó a decir Renata, con la voz rota, cuando la polla salió de su boca apenas un segundo.
Estaba sentada en el suelo de una habitación de hotel, con la espalda contra la pared y las rodillas abiertas bajo el vestido rojo arremangado. Tenía los labios mojados, los ojos brillantes y una mano metida entre los muslos, frotándose el coño con una ansiedad que desmentía cualquier queja.
—Eso querías desde que te sentaste a mi lado —le respondí, sujetándole la nuca—. Querías un postre de verdad.
Ella sonrió con la boca abierta, obscena y orgullosa, y volvió a tragarse mi verga como si hubiera esperado toda la tarde para hacerlo.
***
Unas horas antes, la boda de Bruno y Martina había sido breve, civil y sin grandes lujos. Nada de iglesia, nada de salón enorme ni de discursos eternos: un trámite íntimo en una oficina del centro y después una comida reservada en el comedor privado de un restaurante tranquilo. Éramos pocos, todos adultos, casi todos pasados de los treinta, amigos y familiares cercanos que sabíamos que los novios querían celebrar sin convertir aquello en un espectáculo.
Yo había ido como testigo de Bruno. Me llamo Elías, y esa tarde solo pensaba en acompañar a mi amigo, brindar un par de veces y volver temprano a casa. No imaginaba que la última invitada, la amiga que llegó tarde por el tráfico, iba a cambiarme el plan con una facilidad insultante.
Renata apareció cuando ya estaban sirviendo las entradas. Morena, segura, con una melena pesada que le caía sobre un hombro y un vestido rojo que no mostraba demasiado, pero sugería lo suficiente para que uno mirara dos veces. Martina la recibió con un abrazo, la presentó de prisa y la sentó en el único lugar libre: a mi lado.
—Perdón por llegar así —dijo Renata, acomodándose la falda—. Pero al menos llegué para lo importante.
—¿La comida? —pregunté.
—Depende del hambre que tenga cada uno —contestó, y me miró de una forma que no tenía nada de inocente.
Al principio pensé que era de esas personas que coquetean por costumbre, sin intención real. Tocaba mi brazo al reírse, dejaba la mano sobre mi muslo al inclinarse para hablar con Martina y me rozaba con la rodilla debajo de la mesa como quien no se da cuenta. Pero se daba cuenta. Lo hacía con demasiada precisión.
La comida avanzó entre brindis, bromas y copas. Yo bebí poco, porque nunca me gustó perder el control, pero Renata se dejó calentar por el vino y por su propio juego. Cada vez que alguien hacía un comentario subido de tono, ella añadía algo peor, más directo, y luego me miraba para medir mi reacción.
—Hace calor aquí —dije cuando la vi abanicar el escote con una servilleta.
—Yo no dije que tuviera calor —me susurró al oído—. Dije que estoy caliente.
Sentí la erección endurecerme bajo el pantalón. Ella bajó la vista, la sostuvo un segundo y sonrió como si acabara de confirmar una apuesta. Después volvió a hablar con Martina sobre su marido, que esa noche se había quedado en casa, y lo mencionó con una tranquilidad que hizo todo más sucio.
Cuando llegó la tarta, Renata apenas la tocó. Apartó la crema con el tenedor y empujó el plato hacia el centro de la mesa.
—No soy de este tipo de postre —dijo.
—Puedes pedir otra cosa —respondí.
—Ya veré si alguien me ofrece algo mejor.
Me lo dijo sin bajar la voz, con el codo apoyado en la mesa y la punta del zapato rozándome el tobillo. Yo debería haberme hecho el distraído, pero no pude. Llevaba toda la tarde mirándole las piernas, las medias negras, el borde de un liguero que aparecía cada vez que se movía, y cada provocación suya me empujaba un poco más hacia el punto en el que uno deja de fingir prudencia.
Después del postre apartaron las mesas para improvisar una pista de baile. Sonó música latina, luego algo lento, luego una bachata que hizo que varios se levantaran entre risas. Yo iba a quedarme sentado, pero Renata me tomó de la mano.
—No me digas que el testigo no baila.
—Bailo mal.
—Entonces quédate quieto y deja que yo haga el trabajo.
Se pegó a mí con descaro. Sus caderas marcaron el ritmo contra mi pelvis, primero como parte del baile, después como una provocación evidente. Le puse una mano en la cintura y ella la bajó hasta su cadera, apretándola sobre su cuerpo para que entendiera que no tenía que ser educado.
—Te estás pasando —le dije al oído.
—Todavía no.
Terminó la canción y volvimos a la mesa. Tenía la respiración agitada, el pelo un poco revuelto y esa sonrisa de mujer que sabe exactamente qué está haciendo. Bebió un sorbo de agua, se inclinó hacia mí y puso la mano sobre mi muslo, esta vez sin disimular.
—Me voy en diez minutos —dijo—. Puedo pedir un taxi y volver a casa, o puedo avisar que la fiesta se alarga y dejar que me lleves a otro lugar.
—¿Eso haces siempre en las bodas?
—Solo cuando el postre promete.
La miré a los ojos. Ella no apartó la mano. Sus dedos subieron hasta rozar el bulto de mi erección y entonces ya no hubo más conversación posible.
—Sal primero —le dije—. Te recojo en la esquina.
Renata se despidió con una excusa perfecta. Yo esperé unos minutos, abracé a Bruno, inventé un pendiente temprano y salí sin mirar demasiado a nadie. La encontré en la esquina, apoyada bajo la luz de un local cerrado, con el vestido rojo brillando como una señal de peligro.
En el auto hablamos poco. Ella se acomodó en el asiento y dejó que la falda subiera hasta mostrar el liguero. Yo manejaba con las manos tensas en el volante, mirando la calle y, de reojo, sus muslos. Renata notó mi esfuerzo y abrió apenas más las piernas.
—No choques antes de llegar —dijo.
—No me provoques entonces.
—Para eso vine.
El hotel estaba en una avenida discreta, sin pretensiones, perfecto para gente que entra sin preguntar demasiado. Pagamos la habitación con la naturalidad torpe de los desconocidos que ya se han imaginado desnudos. En cuanto cerré la puerta, Renata dejó el bolso sobre una silla y se quedó frente a mí.
—No quiero hablar de culpas —dijo.
—Yo tampoco.
La besé antes de que pudiera añadir nada. Su boca sabía a vino y a crema dulce, y su lengua entró en la mía con una urgencia feroz. Ella me quitó la chaqueta, me aflojó la corbata y bajó la mano hasta agarrarme la polla por encima del pantalón, apretándola con una risa baja cuando sintió lo dura que estaba.
—Así que el serio también se calienta.
—Tú llevas toda la tarde pidiéndolo.
La giré contra mí y le levanté el vestido hasta la cintura. Tenía las medias sujetas por un liguero negro y una tanga húmeda que se pegaba a su coño. Metí la mano por delante, aparté la tela con dos dedos y la encontré empapada.
Renata dejó caer la cabeza hacia atrás sobre mi hombro. Yo le acaricié el clítoris en círculos lentos, sintiendo cómo se abría y se apretaba contra mi mano, mientras ella se frotaba contra mi erección con movimientos cada vez menos disimulados. Le mordí el cuello, le apreté una teta por encima del vestido y ella soltó un gemido ronco.
—Dime qué quieres —le pedí.
—Quiero que dejes de portarte bien.
La empujé contra la pared y me desabrochó el pantalón con dedos impacientes. Cuando mi polla quedó libre, dura y caliente, Renata se arrodilló sin que yo tuviera que decirle nada. La tomó con las dos manos, la miró un segundo y pasó la lengua por la punta, lenta, provocadora, antes de metérsela en la boca.
Al principio chupó despacio, saboreando cada centímetro, bajando hasta donde podía y subiendo con los labios apretados alrededor del glande. Después se soltó. Me miró desde abajo, con los ojos húmedos y el rímel apenas corrido, y empezó a mamármela con una entrega obscena, hundiéndola en su garganta mientras una mano me masajeaba los huevos y la otra seguía frotándose el coño por debajo del vestido.
—Qué bien te queda la boca llena —dije, sujetándole el pelo.
Renata respondió con un gemido ahogado que me vibró en la polla. La agarré con más fuerza y empecé a mover la cadera, entrando y saliendo de su boca con embestidas cortas. Ella tosió una vez, respiró por la nariz y volvió a abrirse para mí, ansiosa, sucia, feliz de estar ahí.
Le llené la boca hasta el fondo varias veces. La saliva le resbalaba por la barbilla, y cada vez que sacaba la polla, ella la lamía desde la base hasta la punta como si no quisiera perder nada. Cuando sentí que estaba demasiado cerca, la aparté tirando suave de su pelo.
—Todavía no —dije.
—No me dejes así —protestó, con la voz ronca.
La levanté, la llevé hasta la cama y le bajé la tanga por los muslos. Ella se quitó el vestido por la cabeza y quedó con el sostén, el liguero, las medias y los tacones. No parecía avergonzada. Al contrario: abrió las piernas sobre el borde del colchón y me ofreció el coño brillante, hinchado, pidiendo boca.
Me arrodillé entre sus piernas y la lamí sin delicadeza. Pasé la lengua por sus labios, la hundí en su entrada mojada y subí al clítoris hasta oírla gemir más fuerte. Renata se agarró a las sábanas, arqueando la espalda, mientras yo alternaba lengua y dedos, metiéndole dos hasta el fondo, curvándolos dentro de ella, follándola con la mano hasta que sus muslos empezaron a temblar.
—Así, no pares —jadeó—. No pares, por favor.
No paré. Le chupé el clítoris con presión, lo mordí apenas entre los labios y aceleré los dedos hasta que su coño empezó a contraerse alrededor de ellos. Renata se corrió con un grito que intentó tapar mordiéndose el antebrazo, pero el placer la venció; empujó la pelvis contra mi boca, se sacudió entera y me mojó la lengua mientras repetía mi nombre, como si en esa habitación solo existiera lo que yo le estaba haciendo.
La dejé respirar apenas un minuto. Me subí sobre ella y apoyé la punta de mi polla en su entrada. Renata rodeó mi cintura con las piernas y me miró directo.
—Métemela.
Entré de una sola embestida, hasta el fondo. Su coño me recibió caliente, apretado, tan mojado que el golpe sonó húmedo en la habitación. Ella abrió la boca sin voz y me clavó las uñas en la espalda. Yo empecé a follarla con un ritmo duro, sujetándole las muñecas contra el colchón, mirando cómo sus tetas se movían bajo el sostén cada vez que mi pelvis chocaba contra la suya.
Renata no se quedó quieta. Me buscaba con las caderas, me apretaba con las piernas, me pedía más cuando yo bajaba el ritmo para hacerla desesperar. La puse boca abajo, le levanté el culo y volví a penetrarla desde atrás. El liguero seguía en su cintura, las medias tensas sobre los muslos, y esa mezcla de elegancia rota y deseo sin vergüenza terminó de descontrolarme.
—Mira cómo te gusta —le dije, dándole una nalgada que sonó seca—. Toda la tarde fingiendo en la mesa y ahora estás chorreando.
—Me gusta —admitió, con la cara hundida en la almohada—. Me gusta que me folles así.
La follé más fuerte. Sus gemidos se volvieron cortos, animales, cada vez que mi polla entraba hasta el fondo. Le metí una mano por debajo del cuerpo y le froté el clítoris al mismo ritmo de mis embestidas; entonces Renata volvió a tensarse, apretándome con el coño hasta casi hacerme perder el control.
Cuando se corrió otra vez, lo hizo temblando contra mí, empujando el culo hacia atrás como si quisiera tragarse cada golpe. Yo tuve que salir para no acabar. Le acaricié la espalda, respiré hondo y vi cómo giraba la cabeza para mirarme por encima del hombro.
—Todavía queda una parte del postre —dijo.
Entendí lo que ofrecía antes de que se acomodara. Renata se puso de pie frente a la pared, apoyó las manos arriba y separó las piernas. Yo me acerqué por detrás, le mojé el ano con sus propios fluidos y saliva, primero con los dedos, despacio, hasta que dejó de tensarse y empezó a moverse contra mi mano.
—Hazlo lento al principio —pidió.
Le apoyé la punta y empujé con firmeza controlada. Su cuerpo se cerró alrededor de mí, resistente, caliente, y Renata soltó un gemido grave cuando el glande entró. Me quedé quieto, acariciándole el coño con una mano, esperando a que su respiración cambiara. Cuando ella empujó hacia atrás, seguí hundiéndome centímetro a centímetro hasta tener la polla enterrada en su culo.
—Así —susurró—. Ahora sí.
Empecé despacio, sacando y metiendo, sintiendo cómo se acostumbraba a mí. Después el ritmo creció. La pared recibía el golpe de sus manos, el hotel entero parecía reducido al sonido húmedo de mi polla entrando en su culo y a sus gemidos mezclados con insultos y súplicas. Le sujeté la melena, tiré apenas para hacerla arquearse y seguí masturbándole el coño mientras la penetraba por detrás.
Renata perdió cualquier resto de compostura. Decía que sí, que más, que no parara; se llamaba a sí misma puta con una sonrisa rota, disfrutando cada palabra porque era parte de su juego, parte de esa libertad clandestina que había elegido al salir de la boda conmigo. Yo la follaba cada vez más duro, sintiendo sus músculos apretarme, oyendo cómo el placer le quebraba la voz.
Su tercer orgasmo llegó como una sacudida larga. Se quedó pegada a la pared, temblando, con el coño mojándome los dedos y el culo apretándose alrededor de mi polla en espasmos que me arrastraron con ella. Empujé hasta el fondo y me corrí dentro, con un gruñido bajo, vaciándome mientras la sostenía por la cintura para que no se desplomara.
Nos quedamos así unos segundos, respirando como si hubiéramos corrido bajo la lluvia. Luego salí despacio y Renata apoyó la frente en la pared, riéndose sin fuerzas.
—La tarta era pésima —dijo.
—Te dije que podía haber otro postre.
Se duchó primero. Después entré yo. Cuando salí, ella ya se había puesto el vestido rojo otra vez y se arreglaba el pelo frente al espejo, con una calma casi indecente. Parecía la misma mujer elegante que había llegado tarde a la boda, salvo por la mirada satisfecha y la boca hinchada.
En la puerta del hotel pidió un auto y guardó el teléfono en el bolso. No hubo promesas, ni teléfonos intercambiados, ni falsa ternura. Solo una despedida limpia, como si ambos supiéramos que esa tarde funcionaba precisamente porque no pretendía durar.
—Felicita otra vez a los novios de mi parte —dijo.
—Lo haré.
Renata subió al auto sin mirar atrás. Yo me quedé un momento en la vereda, todavía con el sabor de su piel en la boca y el cuerpo cansado de placer. Luego caminé hacia mi coche, encendí el motor y pensé que, al final, aquella boda sí había tenido una celebración inolvidable.
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