Mi amigo volvió y me devoró en el hotel
Siempre fui una mujer reservada. No de esas que se hacen las difíciles por juego, sino de las que de verdad levantan una pared entre su cuerpo y el mundo. Me costaba confiar, me costaba insinuarme y, durante años, también me costó aceptar que seguía teniendo hambre. Hambre de caricias, de compañía y, sobre todo, de sexo. A mi edad ya no me interesaban las vueltas adolescentes ni las conversaciones vacías. Quería algo real, aunque no me atreviera a decirlo en voz alta.
Durante la temporada de encierro empecé a hablar otra vez con un amigo al que no veía desde hacía mucho. Se llamaba Darío, aunque no era su nombre de antes. Lo cambié en mi cabeza desde la primera noche en que volvimos a escribirnos, quizá porque la versión nueva de él ya no era el muchacho flaco y distraído que recordaba, sino un hombre hecho y derecho, seguro, paciente y descaradamente masculino.
Al principio fueron mensajes. Luego llamadas. Después un café. Yo insistía en que era un reencuentro inocente, una amistad recuperada, una de esas cosas que la vida te devuelve cuando ya no las esperas. Pero me estaba mintiendo.
La primera vez que lo tuve enfrente otra vez, en una terraza tranquila del centro, supe que no estaba allí para conversar del pasado. Su voz grave me aflojó las piernas antes de que me tocara. Su forma de mirarme, despacio, como si me desvistiera sin prisa, me metió un calor inmediato entre los muslos. Y luego estuvo su olor.
No sé explicarlo sin sonar brutal, así que voy a decirlo como fue: el olor de ese hombre me puso cachonda al instante. No era perfume caro ni nada llamativo. Era él. Su piel, su cuello, su cercanía. Ese olor limpio, cálido y animal que me hizo apretar las piernas debajo de la mesa como una tonta. Mientras él hablaba, yo apenas podía seguirle el hilo porque mi cuerpo ya iba por delante.
Nos vimos dos veces más esa semana. En cada encuentro yo me iba más mojada y más frustrada. Me bastaba un roce de su mano en mi espalda para sentir una descarga. Una tarde me acompañó hasta mi coche y se quedó demasiado cerca. Pude notar su respiración en mi mejilla.
—Te pones nerviosa cuando me acerco —me dijo.
—No digas tonterías.
—Te tiembla la boca.
Yo me reí para disimular, pero era verdad. Me temblaba la boca, el pulso y el coño entero. Quería besarlo desde la primera vez que lo vi de nuevo, pero me daba miedo cruzar esa línea. No por moral. Por intensidad. Intuía que si lo hacía, no iba a saber detenerme.
La cuarta vez acepté verlo en un bar pequeño. Tomamos una copa, luego otra. Hablamos de los años perdidos, de relaciones terminadas, de la soledad, de lo mucho que uno puede aguantar sin tocar a nadie hasta que deja de aguantar. Yo no suelo ser atrevida, pero esa noche me salió una sinceridad inesperada.
—Hace mucho que no deseo a alguien así —le confesé, mirando el vaso.
Hubo un silencio corto. Sentí su mano sobre mi rodilla por debajo de la mesa. Firme. Caliente. Sin pedir permiso.
—Yo llevo queriéndote desde que volviste a mirarme —dijo.
No sé en qué momento dejamos el bar ni quién propuso el hotel. Tal vez fue él, tal vez fui yo con la forma en que me pegué a su cuerpo al salir. Lo cierto es que terminamos en la recepción de un edificio discreto, con luces bajas y alfombra gruesa. Mientras esperábamos el ascensor, yo ya no pensaba como una mujer prudente. Pensaba como una mujer excitada hasta el límite.
Dentro del ascensor, apenas se cerraron las puertas, me empujó con suavidad contra la pared espejada y me besó. No fue un beso tímido ni tanteando el terreno. Fue un beso de hombre hambriento, de esos que entran con lengua, que te abren la boca y te dejan sin aire. Lo agarré de la camisa con las dos manos y le devolví el beso con la misma desesperación. Sentí su muslo entre mis piernas y casi gemí ahí mismo.
—Me vuelves loco —murmuró contra mi boca.
—Entonces no me sueltes.
El sonido del ascensor al abrirse nos obligó a separarnos. Caminamos hasta la habitación tratando de parecer normales, pero yo iba con la cara ardiendo y el sexo palpitándome. Apenas cerró la puerta, dejé el bolso sobre una silla y me giré para mirarlo. Darío estaba quieto, observándome con una calma peligrosa.
—Todavía puedes decirme que pare —dijo.
Negué con la cabeza.
—Si paro ahora, me vas a dejar enferma.
Se acercó sin prisa. Me apartó el pelo del cuello y me besó justo debajo de la oreja. Ese simple gesto me aflojó tanto que tuve que apoyarme en su pecho. Notó mi debilidad y sonrió apenas, como quien confirma algo que ya sabía. Sus manos bajaron a mi cintura, me apretaron las caderas y me mantuvieron pegada a él mientras su boca seguía recorriéndome el cuello.
Yo lo manoseé sin vergüenza. Le recorrí la espalda, los hombros, el pecho duro bajo la camisa. Cuando bajé la mano y encontré el bulto marcado bajo el pantalón, se me escapó un gemido corto. Estaba durísimo. Grande. Vivo. Lo acaricié por encima de la tela y él me mordió el labio.
—Sigue —me dijo en voz baja.
Seguí. Le froté la polla por encima del pantalón con la palma entera, disfrutando cómo se endurecía aún más bajo mi mano. Él me respondió metiéndome la mano entre las piernas por encima del vestido. Presionó justo donde más lo necesitaba y casi me dobló.
—Joder —susurró—. Estás empapada.
—Es tu culpa.
—Pienso hacerme cargo.
Me quitó el vestido por la cabeza con una ansiedad que me hizo sonreír. Yo le desabotoné la camisa y se la saqué de los hombros, luego le abrí el cinturón con dedos torpes de prisa. Ver su torso me excitó aún más: ancho, fuerte, con ese aspecto de hombre que no necesitaba exhibirse para imponer. Cuando al fin bajó el pantalón y el bóxer, su polla saltó libre y yo me quedé mirándola sin disimulo.
Era gruesa de verdad, larga y tensa, con la cabeza brillante de deseo. Se me secó la boca un segundo de pura impresión. Él notó mi mirada y me sostuvo la barbilla.
—¿Te asusta?
—Me excita —le contesté, y era la verdad.
Me empujó despacio hasta sentarme en el borde de la cama. Se arrodilló frente a mí y me separó las piernas. Yo llevaba ropa interior sencilla, nada pensado para seducir, pero la forma en que la miró me hizo sentir desnuda y deseada al mismo tiempo. Pasó los dedos por el elástico de mi tanga, lo deslizó hacia un lado y soltó una exhalación ronca al encontrarme mojada.
—Así me querías recibir —dijo.
—Hace días.
No respondió con palabras. Metió dos dedos y me los hundió de golpe hasta el fondo. Gemí con la cabeza hacia atrás. No fueron dedos delicados ni inseguros. Me abrió y me trabajó el coño con firmeza, entrando y saliendo con un ritmo que me sacaba sonido tras sonido. Yo me agarré a la colcha mientras él me miraba cómo me deshacía.
Luego bajó la boca. La primera lamida fue larga, lenta y directa sobre el clítoris, y me arqueé entera. La segunda vino acompañada de sus dedos bombeando dentro de mí. Para la tercera ya estaba gimiendo sin pudor, con las piernas temblando alrededor de su cabeza.
—No pares —le pedí.
Él hizo exactamente lo contrario a parar. Me comió el coño con hambre, abriéndome con los pulgares para lamer mejor, chupándome el clítoris hasta ponerlo duro y sensible. Sus dedos entraban y salían, luego se curvaban por dentro, buscando ese punto que me hacía ver blanco. Cada vez que yo cerraba las piernas por la intensidad, él me las volvía a abrir y seguía. No estaba jugando a excitarme. Estaba decidido a desarmarme.
Empecé a moverme contra su cara sin control. Me corrí así, con su boca pegada a mí y una mano sujeta a mi muslo. Me corrió fuerte, con un espasmo que me dejó sacudiéndome y jadeando. Sentí cómo tragaba mis gemidos, cómo no me daba respiro, cómo seguía lamiendo incluso cuando yo le decía que estaba demasiado sensible.
—Mírame —ordenó al levantarse.
Lo hice. Tenía la boca húmeda y los ojos encendidos. Su polla seguía tiesa, más roja, más urgente. Yo sentí una oleada de deseo tan intensa que me arrodillé en la cama antes de pensarlo. Le agarré la base con una mano y lo acaricié de arriba abajo. Pesaba, latía, y la piel estaba caliente. Pasé la lengua por la punta y él soltó un gruñido seco.
—No me tientes si no vas a hacerlo bien.
Le sonreí y lo metí en la boca. Lo tomé despacio al principio, acostumbrándome al grosor, dejando que la saliva resbalara por el tronco mientras lo chupaba. Después fui bajando más. Una mano me sujetó el pelo, no para forzarme, sino para marcarme el ritmo. Yo lo mamé con ganas, subiendo y bajando la cabeza mientras la mano libre le masajeaba los huevos.
Su respiración cambió enseguida. Empezó a soltar palabrotas, cortas y sucias, de esas que a mí me encienden más que cualquier ternura.
—Así, joder... así... qué buena boca tienes.
Lo oírme decir eso me excitó tanto que noté otro chorro de humedad entre las piernas. Lo chupé más hondo, tragándomelo hasta donde pude, y él me guio apenas con la mano, empujando un poco cuando veía que yo podía. Cada vez que lo sacaba, la punta salía brillante y yo volvía a lamerla antes de meterla otra vez. Me encantó sentirlo temblar de placer por mi culpa.
Cuando vio que empezaba a perder el control, tiró de mí hacia arriba y me besó con mi propia saliva en la boca. Me tumbó sobre la cama de espaldas, me abrió las piernas y se colocó entre ellas. La cabeza de su polla rozó mi entrada, resbalando entre toda la humedad que me había sacado. Ese simple roce me hizo agarrarlo por los antebrazos.
—Entra ya —le pedí, casi sin voz.
—Despacio. Eres estrecha.
—Me da igual. Quiero sentirte.
Empujó. La punta entró y el cuerpo me reaccionó con una mezcla brutal de placer y dolor. Era grande, de verdad grande para mí, y cuando siguió avanzando tuve que abrir la boca para respirar. Me estaba llenando como ningún otro hombre me había llenado. Quise retroceder por reflejo, pero él me sostuvo de las caderas y me besó mientras seguía entrando centímetro a centímetro.
—Eso es... aguanta... —murmuró.
Cuando al fin estuvo entero dentro, me quedé inmóvil unos segundos, sintiéndolo clavado hasta el fondo. La presión era enorme. Dolía, sí, pero de una forma que me excitaba más porque venía mezclada con una sensación de plenitud casi obscena. Yo apreté alrededor de su polla y él cerró los ojos con un gesto de puro esfuerzo.
—Me estás apretando como una locura.
—No salgas —dije—. Quédate así un momento.
Nos quedamos quietos respirando, acomodándonos el uno al otro. Luego empezó a moverse. Primero corto, controlado, con embestidas medidas para que mi cuerpo se abriera bien. Después un poco más hondo. Después más fuerte. Cada vez que su cadera chocaba con la mía, yo soltaba un gemido distinto. Mi coño pasó de resistirse a pedir más. Lo noté en la forma en que empezó a recibirlo, en cómo la humedad facilitó que entrara y saliera con un sonido mojado que me volvió descaradamente consciente de lo excitada que estaba.
—Fóllame —le dije, sin reconocer mi propia voz.
Eso lo encendió. Me agarró una pierna y me la subió sobre su hombro para abrirme más. Desde ahí me penetró todavía más hondo, arrancándome un grito que enterré en la almohada. La polla me golpeaba por dentro con una precisión salvaje, llenándome, estirándome, haciéndome sentir cada centímetro. Yo me agarré a las sábanas, incapaz de decidir si quería huir de la intensidad o pedirle aún más.
—Así te quería —dijo entre dientes—. Abierta para mí.
—Sí... sí... no pares...
Las embestidas se volvieron duras. Su abdomen chocaba con mi culo, sus manos me sujetaban la cintura, y la cama empezó a crujir bajo nosotros. Yo tenía las tetas rebotando con cada golpe y él, sin dejar de entrarme, bajó una mano para apretarme un pezón y luego el otro. Ese detalle me disparó otra subida de placer. Mi cuerpo estaba saturado, sensible en todas partes.
Me corrí de nuevo con su polla dentro, clavada hasta el fondo. Fue un orgasmo más violento que el primero, menos limpio, más desordenado. Sentí el coño contrayéndose alrededor de él y lo oí maldecir al notar cómo lo apretaba.
—Joder, me vas a hacer correrme ya.
—Todavía no —le dije, jadeando—. Quiero más.
Sonrió con una crueldad deliciosa y me volteó. Me puso boca abajo, me alzó las caderas y me abrió de nuevo con las manos. Sentí aire fresco en la piel mojada antes de sentir otra vez la punta de su polla buscándome por detrás. Entró de una sola embestida y el grito me salió más ronco, más animal. En esa postura se sintió incluso más hondo. Tenía la cara hundida en la cama y el culo levantado para él, totalmente a su merced, y eso me excitó de una manera obscena.
Me folló así con un ritmo constante y poderoso. Una mano me sujetaba la cadera y la otra me agarró del pelo para hacerme alzar la cabeza. No para castigarme, sino para que no me escondiera de lo que estaba sintiendo. Yo gemía, decía su nombre, le pedía más y le soltaba frases sucias que ni sabía que era capaz de decir. Él respondió igual, con la voz rota por el esfuerzo.
—Mira cómo me tragas —me dijo—. Te encanta esta polla.
Y me encantaba. Cada vez que salía casi por completo y volvía a entrar de golpe, mi cuerpo lo recibía con más avidez. Ya no había dolor, solo un placer pesado y profundo que me subía desde el coño hasta la garganta. Bajé una mano entre mis piernas y empecé a frotarme el clítoris al ritmo de sus embestidas. Cuando él se dio cuenta, aceleró.
—Así, tócate. Quiero verte correrte otra vez.
Eso hice. Me masturbé mientras él me taladraba desde atrás, cada vez más fuerte, cada vez más cerca de perder el control. Sentía sus huevos golpearme, su respiración sobre mi espalda, el sudor cayéndome por el pecho. El orgasmo empezó a crecer rápido, alimentado por la fricción en mi clítoris y por esa verga gruesa partiéndome de placer por dentro.
—Me voy a correr —avisé.
—Hazlo. Córrete para mí.
Me corrí con un gemido largo, apretando las sábanas y temblando entera. Mi coño se cerró sobre él en oleadas y esa fue su perdición. Lo sentí ponerse más duro aún, aguantar dos embestidas más, y luego quedarse enterrado hasta el fondo mientras se corría dentro de mí con un gruñido grave, descargando a pulsos. La sensación fue brutal: caliente, espesa, íntima. Me dejó sin aire y con una extraña sensación de paz además del placer.
Se quedó encima de mí unos segundos, respirando como si hubiera corrido una maratón. Después salió despacio y yo sentí cómo parte de su corrida resbalaba entre mis muslos. No me avergonzó. Al contrario. Me hizo sentir llena, tomada, satisfecha de una forma que no recordaba haber vivido jamás.
Nos tumbamos de lado, mirándonos de cerca. Me apartó el pelo pegado a la frente y me besó con una ternura que contrastaba con la forma en que me había follado. Esa mezcla me terminó de desarmar.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Estoy mejor que bien —le respondí—. Estoy en shock.
Se rio y me atrajo hacia su pecho. Yo debería decir que nos dormimos abrazados y que todo fue dulce y tranquilo, pero no sería verdad completa. A la media hora yo ya estaba otra vez besándole el cuello, todavía excitada, todavía sensible, queriendo repetir. Él también seguía duro a medias, recuperándose con una rapidez que me pareció insultante y maravillosa.
***
La segunda vez esa noche fue más lenta al principio, como si ambos quisiéramos saborear la confianza recién ganada. Fui yo quien se montó sobre él. Me coloqué a horcajadas, le agarré la polla con la mano y la guié hasta mi entrada. Bajé despacio, sintiendo cómo me abría de nuevo, cómo el grosor volvía a imponer su presencia. Darío me miraba con esa mezcla de deseo y admiración que me hizo sentir poderosa.
—No sabes lo hermosa que te ves así —dijo.
—Entonces mírame bien.
Bajé hasta sentármelo entero y lancé un suspiro que era casi un gemido. Desde arriba el control era mío. Empecé a moverme lenta, circular, frotando el clítoris contra su pubis mientras su polla me llenaba por dentro. Él me acarició las caderas, las tetas, el vientre. Yo cerré los ojos y me concentré en el placer denso de cabalgarlo a mi ritmo.
Pero la calma duró poco. En cuanto vio que estaba otra vez al borde, me agarró por la cintura y empezó a impulsarme él, levantándome y bajándome sobre su polla. Cada caída me arrancaba un sonido. Yo acabé botando sobre él, apoyada en sus hombros, con las tetas en su cara y su boca atrapándome un pezón mientras me penetraba desde abajo.
—Qué coño tan hambriento tienes —murmuró.
—Porque tú me lo despertaste.
Nos corrimos juntos esa segunda vez. Yo sobre él, temblando y perdiendo el ritmo, y él apretándome contra su cuerpo mientras se vaciaba de nuevo. Después sí quedamos rendidos, sudados, satisfechos y con esa sensación rara de haber cruzado una puerta que ya no se puede cerrar.
A la mañana siguiente, cuando desperté, lo vi dormido a mi lado y me invadió una calma inesperada. No sentí culpa. No sentí miedo. Sentí gratitud. Gratitud por mi cuerpo, que seguía vivo y dispuesto. Gratitud por haberme permitido querer algo sin esconderme. Y gratitud por ese hombre que, sin prometerme cuentos, me había dado una noche brutalmente honesta.
Desde entonces seguimos juntos. No digo que todo sea perfecto, porque ninguna relación real lo es. Pero cada vez que me toca recuerdo aquel hotel, aquel ascensor, aquella primera embestida que me hizo sentir que me partía y me completaba al mismo tiempo. Y lo mejor es que, lejos de apagarse, el deseo creció.
Ahora ya no soy la mujer que se calla el hambre. Sigo siendo madura, sigo siendo reservada con el resto del mundo, pero con él no me escondo. Le digo cuando quiero su boca entre mis piernas. Le digo cuando necesito que me folle fuerte. Le digo cuando quiero dormirme con su corrida todavía caliente dentro de mí. Y cada vez que lo hago, me siento más entera.
Si esto es una confesión, entonces que lo sea completa: reencontrarme con aquel amigo no me devolvió solo la compañía. Me devolvió el cuerpo. Me devolvió la confianza. Y me enseñó que a veces una mujer pasa años creyéndose apagada hasta que llega el hombre correcto, la empuja contra la pared de un ascensor y le recuerda, sin una sola duda, cuánto placer le cabía todavía por vivir.
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