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Relatos Ardientes

La desconocida que encontré en la playa

Lo que voy a contar me pasó una sola vez, y todavía hoy no sé si explicarlo como un milagro, una locura o la mejor noche de mi vida. Yo había salido a caminar al final de una tarde pesada, con esa tristeza idiota que se te pega al pecho cuando sentís que todo el mundo tiene a alguien menos vos.

La playa estaba casi vacía. Una franja larguísima de arena húmeda, el mar respirando despacio y el cielo empezando a ponerse naranja. Iba descalzo, con los pantalones remangados, dejando que el agua me pegara en los tobillos mientras pensaba en todas las veces que me había equivocado buscando cariño en personas que solo querían usarme.

Me sentía solo de verdad. No solo sin pareja, sino sin esa clase de complicidad que te hace bajar la guardia. Quería una mujer con la que poder hablar, reír, pelear, coger y quedarme callado sin incomodidad. Quería todo eso a la vez, y me daba rabia admitirlo.

Fue entonces cuando la vi.

Venía caminando en sentido contrario, a varios metros, con unas sandalias en la mano y un vestido blanco suelto que el viento empujaba contra su cuerpo por momentos. No era una visión frágil ni etérea, como en esas fantasías cursis; era una mujer adulta, segura, de las que llaman la atención sin hacer nada para buscarla.

Cuando estuvo más cerca, distinguí su pelo oscuro, largo y lacio, la piel clara tostada por el sol, la boca llena y una mirada negra, intensa, tan fija en mí como la mía en ella. Tendría poco más de treinta, quizá cerca de cuarenta, pero lo que más me golpeó no fue su belleza sino la expresión: parecía mirarme como si ya me conociera.

Yo no soy de lanzar frases ni de hacerme el valiente con desconocidas. Siempre fui torpe en el primer contacto, más de callarme que de avanzar. Pero esa mujer seguía acercándose con una media sonrisa que me fue desarmando por dentro.

Se detuvo a un par de pasos y levantó apenas la barbilla.

—¿Vos también saliste a caminar para no pensar o para pensar demasiado? —me preguntó.

Tardé un segundo en responder. De puro sorprendido, casi soné idiota.

—Supongo que para las dos cosas.

Ella soltó una risa breve, cálida, nada escandalosa.

—Entonces estamos igual.

Nos quedamos mirando un instante más largo de lo normal, como si ambos esperáramos que el otro hiciera algo que justificara esa coincidencia. Al final fui yo quien habló.

—Si no te molesta... podríamos caminar juntos.

—No me molesta nada —dijo, y me ofreció la mano como si eso fuera lo más natural del mundo.

Su palma estaba tibia. No hubo timidez en ese contacto, solo una firmeza suave que me recorrió entero. Empezamos a andar por la orilla mientras el sol se inclinaba hacia el agua. No hablamos mucho al principio. A veces una conversación nace antes en el cuerpo que en la boca, y eso era exactamente lo que estaba pasando.

Su pulgar acariciaba el dorso de mi mano de vez en cuando. Yo sentía ese roce mínimo como una descarga absurda. Cada tanto ella me miraba de reojo, y yo tenía que disimular el efecto que me hacía el movimiento de su vestido al pegarse a sus piernas.

Cuando el cielo empezó a encenderse del todo, nos detuvimos. El mar estaba cubierto de reflejos naranjas y rojos. Ella se acercó un poco más, hasta quedar rozándome el brazo, y yo le pasé una mano por la cintura casi sin pensar. No se apartó. Al contrario, se acomodó contra mí con una confianza que me aflojó el pecho.

—Qué raro se siente esto —murmuró.

—¿Raro para bien?

—Muy para bien.

Nos giramos al mismo tiempo. Su cara quedó a centímetros de la mía. Tenía los labios entreabiertos y la respiración apenas acelerada. Pude ver un pequeño brillo de sal sobre su piel y el viento levantándole mechones del pelo. Le sostuve la cintura con más decisión y ella me rodeó el cuello con ambos brazos.

El primer beso fue lento, casi incrédulo. Un toque de labios que duró demasiado para ser casual y demasiado poco para saciar algo. Cuando nuestras bocas se abrieron, la lengua de ella rozó la mía con una suavidad que me puso duro al instante. No fue un beso casto ni cinematográfico: fue húmedo, caliente, con respiraciones cortadas y hambre contenida.

Nos separamos solo para mirarnos un momento.

—Quería encontrarte —dijo en voz baja.

—Ni siquiera sé tu nombre.

—Esta noche no me hace falta —respondió, y volvió a besarme.

Ese segundo beso ya fue otra cosa. Sus dedos se hundieron en mi pelo, mi mano bajó desde su cintura hasta la curva de su culo por encima del vestido, y ella dejó escapar un gemido pequeño contra mi boca. Se me fue cualquier resto de prudencia. La apreté más fuerte, sentí sus tetas contra mi pecho y mi erección endureciéndose entre nosotros.

Nos fuimos hacia la arena seca sin dejar de besarnos. Ella tiró las sandalias a un lado y yo la seguí hasta que ambos nos dejamos caer de rodillas, luego de costado, medio riéndonos por la torpeza. El vestido blanco se le subió por las piernas y vi sus muslos firmes, bronceados apenas en los bordes, hermosos de una manera brutal y real.

—Mírame —me pidió.

Lo hice. La poca luz que quedaba le dibujaba la cara con una dulzura que contrastaba con el deseo evidente de sus ojos. Me incliné para besarle el cuello y ella arqueó la cabeza hacia atrás, dándome acceso. Olía a mar, a piel caliente y a algo limpio que me volvió loco. Le mordí apenas el lóbulo de la oreja y sentí cómo se estremecía debajo de mí.

Mis manos recorrieron sus costados, subieron y encontraron sus pechos por encima de la tela. Los pezones ya estaban marcados. Los apreté despacio con la palma, tanteando, y ella respondió con un gemido más abierto.

—No me toques como si fueras a romperme —susurró—. Tócame de verdad.

Eso bastó. Le levanté el vestido hasta la cintura y descubrí que no llevaba sostén. Sus tetas eran medianas, firmes, con los pezones oscuros, pequeños y tiesos por el aire. Bajé la boca sobre uno y empecé a chuparlo con ganas, sintiendo cómo su mano se cerraba en mi nuca.

—Así... sí... —jadeó.

Le lamí el pezón en círculos, lo mordí apenas y luego pasé al otro, alternando entre lengua y labios mientras mi mano libre le abría más las piernas. Debajo del vestido llevaba una tanga mínima, ya húmeda en el centro. Pasé los dedos por encima y ella levantó la cadera buscándome.

—Estás empapada —le dije.

—Por vos.

No lo dijo con vergüenza, sino con una sinceridad tan directa que me calentó más. Le aparté la tela a un lado y metí la mano entre sus piernas. Tenía el coño caliente, mojado de verdad, con los labios hinchados y temblando apenas cuando los separé con los dedos. Le acaricié el clítoris despacio primero, probando el ritmo, y ella abrió la boca en un suspiro largo.

—No pares.

Le metí un dedo, luego dos. Entraron fácil por lo lubricada que estaba. Empecé a follarla con la mano al mismo tiempo que la besaba en el vientre, bajando cada vez más. Ella hundió los talones en la arena y empezó a moverse contra mis dedos, sin ninguna pose, pura necesidad.

Cuando mi boca llegó a su coño, ya estaba gimiendo sin disimulo. Le abrí bien las piernas y pasé la lengua desde abajo hasta el clítoris, saboreándola. Su gemido salió más ronco, más sucio. Volví a hacerlo, más lento, apretándole los muslos con las manos, y después me dediqué a comerle el coño como de verdad quería: chupando, lamiendo, metiendo la lengua mientras mis dedos seguían entrando y saliendo.

—Joder... sí... así... —decía entre jadeos—. No me sueltes, no me sueltes.

La arena se le pegaba a las pantorrillas, el vestido seguía enredado en su cintura y ella retorcía el cuerpo como si no pudiera decidir si quería huir o abrirse más. Le sostuve una pierna sobre mi hombro para tenerla mejor expuesta y seguí chupándole el clítoris con presión, escuchando cómo los gemidos se volvían cada vez más cortos y desesperados.

—Me voy a correr... me voy a correr en tu boca...

No respondí; solo aceleré. Le metí los dedos hasta el fondo y los curvé dentro de ella, masajeándola mientras la chupaba con más fuerza. Su orgasmo le llegó de golpe. Se arqueó, me apretó la cabeza entre los muslos y soltó un grito ahogado, largo, temblándole toda la pelvis mientras me mojaba los dedos y la boca.

Se quedó respirando fuerte, con la cara ladeada, y yo subí besándola por el vientre y el pecho hasta encontrarle la boca. Me besó de inmediato, saboreándose en mí, con una obscenidad tranquila que me desarmó.

—Ahora te quiero adentro —dijo, mirándome fijo—. No me hagas esperar.

Me saqué la camisa y el pantalón con una urgencia torpe. Ella me ayudó, tirando de la tela, desabrochando como podía entre besos y manoseos. Cuando mi polla quedó libre, dura y pesada, la tomó con la mano y la miró con una mezcla de hambre y curiosidad que me dejó sin aire.

—Estaba deseando tocarte —murmuró.

La acarició de arriba abajo, lenta primero, extendiendo el lubricante de su propio coño con la palma. Después se incorporó un poco y me la chupó. Apenas la punta al principio, con la lengua húmeda rodeándola, y luego más, tragando mientras me sostenía por la base. Cerré los ojos un segundo porque casi me hace doblar de puro placer.

—Mierda... —se me escapó.

Ella sonrió con la boca todavía cerca de mi polla.

—Quiero oírte.

Me la mamó con ganas, alternando succiones profundas con lamidas lentas por el frenillo, hasta dejarme temblando en las piernas. Luego se apartó lo justo para acomodarse boca arriba, abrirse de piernas y llevar mi polla hasta la entrada de su coño con la mano.

—Fóllame.

No había forma de malinterpretar ese tono. Me puse encima de ella, le sostuve una pierna abierta y empujé despacio al principio. Su calor me envolvió de inmediato, húmedo, apretado, perfecto. Entré hasta la mitad, me detuve por un segundo para sentirla, y ella me clavó las uñas en la espalda.

—Toda —ordenó, jadeando—. Métemela toda.

Obedecí. Le hundí la polla hasta el fondo y ella soltó un gemido roto que se perdió en el ruido de las olas. Empecé a embestirla con un ritmo firme, retirándome casi por completo antes de volver a entrar. La arena bajo las rodillas, el mar al lado, su coño apretándome con cada golpe: todo se volvió físico y urgente.

Ella me abrazó del cuello y me besó entre jadeos. Cada vez que yo aceleraba, se le escapaban palabras sueltas, medias órdenes, medias súplicas.

—Sí... así... más fuerte... no pares... joder...

Le agarré los muslos y la abrí más. El sonido húmedo de la penetración era clarísimo en la playa vacía. Mirarla mientras la follaba me excitaba casi tanto como sentirla: el pecho subiendo y bajando, la boca abierta, el pelo extendido sobre la arena, los pezones tensos moviéndose al ritmo de mis embestidas.

—Te gusta cómo te cojo —le dije, más jadeando que hablando.

—Sí... me encanta... me estás volviendo loca.

Bajé una mano entre nosotros para frotarle el clítoris mientras seguía penetrándola. Eso la hizo retorcerse debajo de mí. Sus caderas empezaron a buscarme con desesperación, a chocar de vuelta, acompañando cada embestida como si quisiera hundirme todavía más.

—No aguanto mucho más —dijo.

—Corréte para mí.

Lo hizo con la boca pegada a mi hombro, mordiéndome para contener el grito. Sentí cómo su coño se contraía en pulsos alrededor de mi polla, húmedo y violento, y tuve que parar un segundo para no correrme ahí mismo. Pero ella no me dejó tomar aire.

Se giró conmigo, me empujó hasta dejarme boca arriba y se montó encima. Quedó a horcajadas sobre mi cintura, agarrándome la polla con una mano y guiándola dentro de sí otra vez. Bajó despacio, mirándome a los ojos, hasta encajarme por completo.

La vista me dejó sin palabras. Su vestido seguía medio puesto, colgando de un brazo, el resto de su cuerpo desnudo brillando en la luz azul de la noche que ya caía. Empezó a moverse sobre mí con un vaivén lento, saboreando cada centímetro, apretándome con el coño cada vez que subía y bajaba.

—Así puedo sentirte mejor —dijo.

Le agarré las caderas y la ayudé a marcar el ritmo. Ella empezó a cabalgarme más rápido, con los pechos rebotando frente a mí, el pelo cayéndole sobre la cara. Se inclinó para besarme y yo aproveché para chuparle un pezón mientras seguía clavándose sobre mi polla. La combinación me enloqueció.

—Qué buena estás... —le dije contra la piel.

—Y vos me estás cogiendo como si me hubieras esperado toda la vida.

Quizá era verdad. La agarré del culo y empecé a impulsarla con más fuerza, haciendo que bajara más duro. El sonido de nuestras caderas chocando se mezclaba con el agua. Ella gemía ya sin intentar contenerse, ronca, abierta, cada vez más cerca de perder el control.

Cuando notó que yo estaba a punto, se bajó de mí y me hizo sentarme. Después se acomodó de espaldas un instante y luego giró para quedar frente a frente, sentada sobre mi regazo, las piernas rodeándome la cintura. Así volvió a metérmela adentro con una lentitud que casi dolía de lo intensa.

Nos abrazamos mientras empezaba a moverse. Esa posición era distinta: menos salvaje, más profunda. Cada empuje suyo me entraba hasta el fondo, y yo podía besarla, chuparle el cuello, sentirle los gemidos nacer en la garganta.

—No quiero que termine —murmuró.

—Entonces seguí moviéndote.

Lo hizo, y yo la acompañé empujando desde abajo. El roce era brutal. Sentía su coño apretándose, sus piernas temblando alrededor de mi cintura, su respiración golpeándome la cara. Ella llegó primero, otra vez, aferrada a mis hombros. Yo la seguí casi de inmediato, enterrándole la cara en el cuello mientras me corría con un gemido áspero, quedándome temblando contra su cuerpo.

Nos quedamos así un rato, pegados, sin hablar. Solo respirando. De cerca, su piel tenía sabor a sal, y sus ojos, cuando por fin se separó lo suficiente para mirarme, estaban llenos de una ternura casi absurda para todo lo crudo que acabábamos de hacer.

—Te encontré —dijo como si esa frase tuviera un significado más grande que la noche misma.

Le acaricié la cara sin saber qué contestar. Cualquier cosa iba a sonar menor.

***

Después corrimos hacia el agua de la mano, riéndonos como dos idiotas exhaustos. La marea estaba fría y nos cortó el calor del cuerpo por un momento, pero bastó con que ella se pegara a mí otra vez para que el deseo volviera de inmediato. La luna ya estaba arriba y la playa seguía desierta.

Nos besamos dentro del mar, con las olas golpeándonos la cintura. El agua hacía todo más difícil y más excitante a la vez. Ella me rodeó el cuello con los brazos y yo la alcé por debajo de los muslos. Sus piernas se cerraron alrededor de mi cintura con una seguridad feroz.

—¿Podés? —preguntó, rozándome la boca.

—Probalo.

La acomodé mejor entre mis brazos y llevé la polla a su entrada. En el agua, con su cuerpo colgado del mío, costó un poco más encontrar el ángulo, pero cuando entró, los dos soltamos el aire al mismo tiempo. Ella apoyó la frente contra la mía y empezó a moverse como podía, aprovechando el impulso de las olas.

La sujeté fuerte del culo para que no se me escapara y empecé a penetrarla a golpes cortos, levantándola un poco en cada embestida. Su coño seguía tan húmedo y receptivo que cada entrada se sentía obscena, caliente incluso rodeados de agua fría.

—Mierda... qué bien... —jadeó.

El mar nos balanceaba. Cada ola nos empujaba, y ese descontrol volvía todo más animal. Ella me mordió el labio, me chupó la lengua, me habló al oído con una voz rota que todavía me acuerdo.

—Cogeme así... no me sueltes... quiero sentirte hasta el fondo.

Lo intenté. La levantaba y la dejaba caer sobre mi polla mientras avanzaba un poco contra el oleaje para no perder el equilibrio. Su respiración se volvió frenética. Yo también estaba al límite. Noté cómo empezaba a apretarme de nuevo y entendí que iba a correrse otra vez.

—Dale —le dije—. Corréte encima de mí.

Se vino temblando, clavándome los dedos en la nuca, con un gemido húmedo que se mezcló con el ruido del mar. Ese apretón me remató. Me corrí casi en seguida, sosteniéndola contra mi pecho, los dos medio vencidos por el esfuerzo y el placer.

Volvimos a la arena trastabillando, aún desnudos, y caímos uno al lado del otro. Ella apoyó la cabeza sobre mi pecho, yo le pasé una mano por la espalda y nos quedamos mirando el cielo. Había estrellas por todas partes. Durante un buen rato no dijimos nada.

Después levantó la cara y me besó suave, muy distinto de antes.

—Te amo —susurró.

La frase, dicha así, después de todo, debería haberme parecido exagerada. Pero no me lo pareció. En ese momento sonó inevitable.

—Yo también —le respondí, y era verdad aunque no entendiera cómo.

La noche siguió. Volvimos a besarnos, a tocarnos, a excitarnos otra vez con esa mezcla de ternura y voracidad que ya era nuestra. No voy a fingir delicadeza: la follé de nuevo sobre la arena, la hice correrse con la boca, me la mamó hasta dejarme sin aire y terminamos agotados, pegados, cubiertos de sal y arena, como si el mundo entero hubiera quedado reducido a ese pedazo de costa.

Al final el cansancio pudo más. Ella se acomodó medio encima de mí, con una pierna sobre mi cadera, y se quedó dormida mientras yo le olía el pelo y escuchaba el mar. Cerré los ojos convencido de que, por una vez, la vida había decidido darme algo en lugar de quitarme.

***

Desperté con el sol pegándome de frente. Durante unos segundos no entendí dónde estaba. Después sonreí y busqué su cuerpo con la mano.

No había nadie.

Me incorporé de golpe. Miré alrededor, hacia el agua, hacia las dunas, hacia la franja larga de playa vacía. Nada. Solo mis pantalones, mi camisa arrugada y el rumor del mar subiendo y bajando como si no hubiera pasado nada.

Me puse de pie todavía desnudo y caminé en círculos absurdos, buscando huellas, una señal, cualquier cosa. La marea había borrado casi todo. No quedaba rastro claro de nosotros, y por un momento sentí un miedo ridículo: el de haber imaginado la mejor noche de mi vida.

Me vestí como pude y regresé a casa con la cabeza hecha un nudo. Ya bajo la ducha vi los chupetones en el cuello, los arañazos en la espalda, las marcas de uñas en mis hombros. No había sido un sueño. Mi cuerpo llevaba escrita la prueba.

Salí mojado, fui directo a la ropa y revisé cada bolsillo con una ansiedad casi infantil. En el bolsillo de la camisa encontré un pequeño trozo de tela blanca, arrancado de su vestido. Dentro había un mensaje escrito a mano.

Decía: «Te amo. Existo de verdad. Espérame. Aún no es el momento».

Lo releí tantas veces que todavía hoy podría recitarlo con los ojos cerrados. No volví a verla. Pero desde aquella noche, cada vez que camino por una playa al atardecer, miro a lo lejos esperando distinguir una silueta con sandalias en la mano y una sonrisa que me desarme otra vez.

Y si alguna vez regresa, no voy a pedirle su nombre primero. Voy a besarla, a tumbarla sobre la arena y a recordarle, centímetro por centímetro, que yo tampoco la olvidé.

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Comentarios(1)

Diego_noche

Excelente!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo, sigan subiendo relatos asi

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