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Relatos Ardientes

La confesión de mi luna de miel en Cartagena

Nunca creí que el calor de Cartagena fuera a cambiarme tanto. No era solo el clima, que en agosto se pegaba a la piel como una segunda ropa. Era algo más, una corriente que parecía atravesar la ciudad amurallada desde la primera tarde, y que mi mujer captó antes que yo.

Camila caminaba a mi lado por la arena, con un vestido de gasa ligera que se le ajustaba a las caderas cada vez que el viento del Caribe lo decidía. Llevábamos dos días casados y aún me costaba acostumbrarme a la idea. No al matrimonio, sino a la forma en que ella había empezado a mirarme desde que cruzamos la entrada del hotel.

—¿En qué piensas? —me preguntó sin girar la cara.

—En nada.

Mentí, claro. Pensaba en cómo, en el aeropuerto, dos hombres habían seguido sus piernas con la vista hasta que pasamos por la puerta de embarque. Y en cómo ella, lejos de incomodarse, se había apretado contra mi brazo con una sonrisa pequeña que yo no le conocía.

***

La suite tenía una terraza enorme sobre el muelle. Cuatro o cinco balcones vecinos daban al mismo paisaje, y desde abajo, en la piscina, era fácil levantar la vista y encontrar al que se asomaba. Esa primera tarde, Camila salió a la terraza envuelta solo en una toalla. Yo estaba dentro, terminando de desempacar, y la vi por el reflejo del cristal.

Dejó caer la toalla al borde de la hamaca. No del todo: la sostuvo apenas con dos dedos, dejándola colgar sobre la cadera, mientras encendía un cigarrillo con una calma que no podía ser accidental.

Conté tres segundos. Cuatro. Cinco.

Después se ajustó el bañador con la misma lentitud, como si quisiera regalarle al aire la imagen que el aire quisiera llevarse.

—Hay gente abajo —le dije cuando salí a la terraza.

—Ya sé —contestó, y se metió el cigarrillo en la boca con una sonrisa.

Esa fue la primera señal. No una sola palabra, ni un gesto evidente: solo esa sonrisa que me hizo entender que Camila ya no era la misma que había acompañado al altar tres días antes. O quizás siempre había sido así, y yo no había sabido leerla hasta esa terraza.

***

—¿Te molesta? —me preguntó esa noche, mientras se peinaba frente al espejo del baño.

—¿El qué?

—Lo de antes. En la terraza.

La miré por el reflejo. Llevaba puesto solo el albornoz, abierto desde la clavícula hasta el ombligo, sin ninguna intención de cerrarlo.

—No sé si me molesta —dije con honestidad.

Ella se giró hacia mí, despacio.

—Yo creo que sí sabes.

Sí sabía. Por eso no respondí.

Cerró el albornoz, se puso una falda corta sobre una tanga blanca y una blusa de lino que el calor le pegaba al cuerpo antes incluso de salir del cuarto. No llevaba sujetador, y a esa hora ya no me sorprendió. El Caribe vestía a las mujeres a su manera, y Camila parecía dispuesta a obedecerlo.

***

Bajamos a cenar al restaurante del hotel. Una terraza con vista al mar, mesas separadas por velas, y un mesero joven que la miró un segundo de más cuando ella pidió el vino. Camila no lo notó, o fingió no notarlo. Yo sí.

—Pruébalo —me dijo, acercándome la copa.

Apoyé los dedos en su muñeca para sostener el cristal. Su pulso iba más rápido que el mío.

—¿Estás nerviosa?

—No. Encendida.

Lo dijo bajito, sin teatralidad, como si fuera una temperatura del cuerpo y no una palabra. Sentí que la espalda se me erizaba. Llevábamos dos días sin tocarnos más allá de un beso largo en el ascensor, y la espera empezaba a doler de una forma nueva, que nada tenía que ver con la frustración.

—¿Y tú? —preguntó.

—Igual.

—Entonces vamos a tomar algo afuera.

***

Salimos del hotel a pie. Cartagena de noche era otra ciudad: las murallas iluminadas, las calles del centro histórico llenas de turistas, músicos, vendedores de mojito frío. Camila caminaba un paso por delante de mí, como para que la siguiera con la vista. Sabía exactamente lo que estaba haciendo. La falda se le subía un poco con cada paso, y la blusa transparentaba la línea de la espalda cuando el sudor le pegaba la tela.

Pasamos al lado de un grupo de turistas brasileños. Uno de ellos se quedó callado a mitad de frase cuando ella cruzó por delante. El resto siguió la dirección de su mirada hasta que Camila se perdió en mi sombra.

—Te están mirando —le dije al oído cuando la alcancé.

—Quiero que me mires tú —respondió—. Pero quiero que ellos también puedan.

La detuve contra un muro de piedra caliza. Le aparté el pelo del cuello y le pasé los labios por la piel, ahí donde el perfume se confundía con el sudor. Ella respiró hondo, con los ojos cerrados, y por primera vez entendí del todo el juego que había empezado en la terraza.

—No aquí —murmuró.

—¿Dónde?

—Donde haya más gente.

***

El sitio se llamaba algo así como Habana 16. Una sala con techos altos, paredes de piedra y una pista de baile pequeña, con luces rojas que apenas dejaban ver de cintura para arriba. La música era salsa lenta, pesada, hecha para pegarse al otro y no soltarlo.

Pedí dos tragos en la barra. Cuando volví, Camila ya estaba bailando con una mujer rubia que parecía sueca, las dos riendo sin entenderse del todo. Apoyé los tragos en una columna y me quedé mirando.

La sueca se fue después de la canción, con un beso en la mejilla a Camila y una mirada larga hacia mí, como pidiendo permiso para algo que no llegó a pedir. Camila se acercó, me tomó el trago de la mano y se lo bebió de un solo sorbo.

—Báilame —dijo.

La saqué a la pista. Le puse la mano en la cintura por debajo de la blusa, y la piel ardía como si hubiera estado al sol todo el día. La luz roja hacía que la tela se viera casi transparente en ciertos ángulos. Ella lo sabía. Lo elegía.

—Hay un tipo en la barra que no te ha quitado los ojos de encima —le dije al oído.

—¿Cuál?

—El de camisa azul.

Se giró un cuarto de vuelta, sin separarse de mí, solo lo justo para que el desconocido pudiera verla bailar de frente. Lo miró un segundo. Después volvió a mirarme.

—¿Te gusta que lo haga? —preguntó.

—Sí.

—Entonces sigo.

***

Bailamos así una canción entera, dos, tres. Cada vuelta de Camila era para él tanto como para mí. Cada vez que se inclinaba contra mi cuerpo, sabía que el desconocido la veía por la espalda, por el escote, por la curva de la falda subiendo apenas. No le quitaba los ojos de encima, y Camila no le quitaba el cuerpo del campo de visión.

No iba a pasar nada con él. Eso lo entendí pronto. El juego no era ese. El juego era saber que él la deseaba, y que ella se dejaba desear sin pertenecerle. El juego era yo viéndola pertenecerme mientras el resto del mundo la quería para sí.

Pedí una última ronda en la barra y le pasé al desconocido el trago de su cuenta como agradecimiento mudo. Él levantó el vaso hacia mí y sonrió, sin acercarse. Entendía las reglas mejor que yo cinco horas antes.

***

Volvimos al hotel cerca de las tres. Camila no hablaba. Caminaba muy pegada a mi costado, con la mano dentro del bolsillo de mi camisa, como si necesitara confirmar que yo seguía siendo el destino. En el ascensor me besó como no me había besado en dos días: largo, ácido, con sabor a ron y a sudor.

—Cierra los ojos —me dijo cuando entramos en la suite.

Los cerré. La oí desplazarse por la habitación, abrir las cortinas de par en par, mover algo en la terraza. Cuando me dijo que abriera los ojos, ella estaba afuera, recostada en la hamaca, con la falda subida hasta la cintura y la blusa desabrochada. La luz amarilla de los balcones vecinos llegaba hasta su piel.

—Ven —dijo.

—Hay gente todavía —murmuré, mirando hacia los pisos de enfrente.

—Sí.

No me moví durante un segundo largo. La miré desde el umbral, con el corazón en la garganta. Camila se llevó la mano al cuerpo despacio, sin urgencia, sin teatralidad. Solo se acariciaba para mí, pero con la luz suficiente para que cualquiera que estuviera asomado lo viera todo.

Apagué la lámpara del cuarto, salí a la terraza y me arrodillé a su lado. Le besé los muslos primero, donde la falda dejaba la frontera. Después subí. Ella me tomó del pelo, sin apretar, solo para guiarme. Su respiración cambió rápido. La oía contenerse, como queriendo no darle la satisfacción de un grito a los oídos vecinos, pero sin esconder del todo el placer.

Acabó así, con la cabeza echada hacia atrás contra la madera de la hamaca, mordiéndose el dorso de la mano y los ojos abiertos hacia los balcones de enfrente. No supe si alguien estaba mirando. No me interesó. A ella sí.

Me besó después, lento, agradecida, y susurró contra mi boca:

—Gracias por dejarme ser así.

***

Hace tres años de esa luna de miel. Camila y yo seguimos juntos, y seguimos jugando. Otras ciudades, otros balcones, otros desconocidos que miran y no tocan. Nunca hemos cruzado la línea de incluir a alguien más; el juego no es ese, y nunca lo fue. El juego es ella exhibida y yo testigo. Ella mirada y yo elegido. El resto solo es decorado.

Lo cuento ahora porque pocos amigos lo entenderían. Suena a traición, suena a riesgo, suena a un montón de cosas que en realidad no son. Para nosotros es lo contrario: es la confesión repetida de que el deseo solo crece si se le da aire. Y a veces el aire es la mirada de un extraño que jamás volveremos a ver.

Mi mujer todavía se ríe cuando le recuerdo aquella primera tarde en la terraza, con la toalla colgando de dos dedos.

—Estabas tan callado —me dice—. Pensé que te enojarías.

—Estaba aprendiéndote —le respondo.

Y es verdad. Cartagena no fue el viaje de novios. Fue el comienzo de un matrimonio que ninguno de los dos esperaba, y que tampoco cambiaríamos por nada.

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Comentarios (6)

MiguelTucuman

Increible relato, de los mejores que lei en mucho tiempo. Gracias por compartirlo!

Paola_86

Me quedé con ganas de mas!!! Hay segunda parte?

hansolo69

Se nota que esta escrito desde el corazon. Muy autentico, nada forzado.

LolaVega23

que final... me dejo pensando toda la tarde jaja

RobertoK_Cba

Cartagena es magica, lo puedo confirmar. Excelente relato, muy bien narrado.

SolDeSalta

Me encanto la forma en que lo contas, sin ser burdo pero igual de intenso. Seguí así!!

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