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Relatos Ardientes

Mi marido me miró desde la puerta esa tarde

Todo empezó la noche en que volví del departamento de Damián y mi marido me pidió que se lo contara. No una versión resumida, sino cada detalle: cómo había empezado, qué me había hecho, qué le había hecho yo, en qué parte del living, sobre qué mueble. Yo creía que iba a enojarse. En cambio, mientras hablaba, lo veía respirar distinto.

—Sigue —me decía, con la voz más grave de lo normal—. No te saltees nada.

Y yo no me salteaba nada. Le conté cómo me había besado el cuello apoyada contra la pared, cómo me había bajado la ropa sin prisa, cómo me había tomado por detrás frente al ventanal. Mientras se lo describía, su mano ya estaba debajo de mi vestido. Terminamos en el sofá, con mi ropa interior corrida a un costado y él dentro de mí, embistiéndome al ritmo de lo que yo le susurraba. Acabó así, escuchando lo que otro hombre me había hecho días antes. Nunca lo había sentido tan duro.

Pensé que ahí terminaba la historia. Me equivoqué.

***

Unos días después, mientras desayunábamos, lo soltó como si nada.

—Quiero que lo invites a comer.

Levanté la vista del café.

—¿A quién? ¿A Damián? —pregunté, aunque sabía perfectamente a quién.

—A Damián. Tengo ganas de que venga. Pero no quiero que se dé cuenta de nada. Vos solo actuá con naturalidad. ¿Me podés cumplir esa fantasía?

Dejé la taza con cuidado, como si el ruido pudiera romper algo.

—¿Y cómo se supone que va a funcionar eso? No es lo mismo que te lo cuente a que me veas con otro. Te podés poner celoso. Te podés molestar.

—No tengas miedo —dijo, y me tomó la mano sobre la mesa—. Sé muy bien lo que soy capaz de soportar y lo que necesitás. Siempre fuiste muy generosa conmigo en eso. No dudo que con él lo seas también, sobre todo si te trata como decís que te trata.

Lo miré buscando la trampa. No la había. Había deseo, puro y desnudo, en su forma de mirarme.

—Bueno, vos sabrás —cedí al fin—. Pero lo llamás vos. No quiero que él piense otra cosa.

Llamó esa misma mañana desde la oficina y quedaron para el sábado siguiente. Cuando colgó, yo todavía estaba parada en la cocina con el corazón golpeándome las costillas, sin saber bien si lo que sentía era nervio o ganas.

***

Damián llegó puntual, como siempre. Vestido informal pero impecable: un pantalón beige, los zapatos lustrados, una remera negra ajustada que le marcaba el pecho y los brazos de una manera que no era casual. Sabía lo que se ponía. Me dio un beso en la mejilla, me entregó una botella de vino y una caja de bombones, y saludó a mi marido con un abrazo de amigos.

Se fueron los dos al jardín, donde mi marido ya había preparado una conservadora con hielo y unos picoteos. Yo me quedé en la cocina cocinando, pero cada tanto salía a ver si necesitaban algo. Había armado una picada generosa: salchichas con cebolla y salsa picante, fiambres, queso. Me serví una copa de tinto y le serví otra a Damián. Mi marido siguió con las cervezas.

Cada vez que les acercaba una bandeja, me inclinaba un poco más de lo necesario. Sabía exactamente qué les estaba mostrando: el escote, el nacimiento de los pechos, la curva de las piernas cuando me daba vuelta y apoyaba la fuente en la mesa dándoles la espalda. Y me daba cuenta del efecto. Los dos se acomodaban en la silla con un gesto disimulado, cada uno por su lado, creyéndose discretos. Yo seguía como si no notara nada.

Calenté el ambiente con paciencia. Tanto, que llegó un momento en que era Damián el que se ofrecía a venir a la cocina a buscar más vino o cualquier excusa. Y en cada viaje me tocaba. Me buscaba la cintura, intentaba levantarme el vestido —que ya de por sí era corto, a media pierna—, y yo le frenaba la mano.

—Quieto —le susurraba—. Nos puede ver. Nos puede escuchar.

Él sonreía y volvía al jardín como un chico al que mandan de vuelta a su lugar.

***

Entonces el teléfono de mi marido sonó. Era su madre. Se disculpó diciendo que tenía que pasar a verla un momento, que había surgido algo. Damián, educado, se levantó para irse también.

—No, quedate —le dijo mi marido—. Los invitamos a comer, no te podés ir así. Sería un desprecio.

—Eso —apoyé yo, y no pude evitar el doble sentido—. No me vas a despreciar y dejarme vestida y alborotada.

Damián se rió por lo bajo.

—Nunca rechazo una invitación —contestó—. Y menos la de la esposa de mi amigo.

Nos reímos los tres. Mi marido tomó las llaves, me dio un beso rápido y salió. Escuché la puerta. Escuché el motor del auto encenderse y alejarse por la calle. Y supe, sin necesidad de mirar, que no estábamos tan solos como Damián creía.

En cuanto el ruido del motor se perdió, Damián se abalanzó sobre mí. Me besó, me buscó las nalgas, intentó subirme el vestido otra vez. Le tomé las manos con firmeza y lo empujé despacio hacia el sofá.

—Acá, quietito —le dije, y le di apenas un beso, una promesa más que un beso.

Había dejado música preparada. La puse. Era exactamente la que necesitaba para lo que iba a hacer.

***

Le bailé. Lo hice de frente, moviendo las caderas al ritmo lento de la música, sosteniéndole la mirada todo el tiempo. Empecé a bajar el cierre del vestido sin apuro, dejando que la tela cayera centímetro a centímetro: primero el escote, después el comienzo de los pechos apenas cubiertos por el body que llevaba debajo. Me di vuelta, le di la espalda y me incliné sin doblar las rodillas para deslizarlo hasta los pies. Lo saqué pateándolo y se lo tiré a la cara.

Su expresión era un poema. Me miraba como si no pudiera creer lo que tenía enfrente, y abajo, debajo del pantalón, se le notaba todo lo que sentía.

Lo hice ponerse de pie, pero sin dejar que me tocara. Le bajé el pantalón y el bóxer de un solo movimiento, y su erección saltó liberada, dura, lista. Lo volví a sentar. Me arrodillé entre sus piernas y empecé despacio: le besé el escroto, le pasé la lengua a lo largo, lo humedecí entero. Sabía que sobre la chimenea, frente al sofá, había un espejo, y me acomodé para que él pudiera ver el reflejo de mi espalda y mis nalgas mientras me inclinaba sobre él.

Le envolví el sexo entre los pechos y lo masturbé así, mirándolo. Él estiraba los brazos y me recorría la espalda hasta llegar a las nalgas, apretándolas con una urgencia que me encendía todavía más. Después me lo metí en la boca. Trabajé con la lengua, lo apreté contra el paladar cuando lo hundía, le rodeé la punta cuando lo dejaba salir, y le acaricié los testículos con la otra mano. No aguantó mucho.

Acabó con fuerza, en el fondo de mi boca, tanto que no pude tragar todo y un hilo cálido se me escapó por la comisura y me mojó los pechos. Lo dejé ahí, brillando sobre mi piel, mientras él recuperaba el aliento con la cabeza echada hacia atrás.

***

Me levantó. Se sacó el pantalón y el bóxer con los pies, me tomó de la cintura y me guió hacia la escalera, acariciándome las nalgas mientras subíamos hacia el dormitorio. En un escalón giré apenas la cabeza. Y lo vi.

Mi marido estaba agachado junto a la puerta corrediza que daba al jardín, en penumbras, mirando. No había ido a ningún lado. Está acá. Lo está viendo todo. Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío y todo que ver con saberme observada. Seguí subiendo como si no hubiera visto nada.

En el cuarto, Damián me desnudó por completo con una lentitud deliberada. Me fue bajando el body con liguero centímetro a centímetro, besando cada parte que descubría: el cuello, los pezones, el ombligo, donde se demoró hasta hacerme temblar. Me desabrochó las ligas, me corrió las medias, siguió bajando hasta mi entrepierna, donde dejó apenas un beso y respiró hondo, como queriendo guardarse mi aroma. Después terminó de quitarme el body y lo tiró al suelo.

Me recostó boca arriba, con las piernas abiertas, y me hizo un oral que me hizo perder la cabeza. Me separó los labios con los dedos, encontró el clítoris y lo lamió y lo chupó hasta arrancarme dos orgasmos seguidos que ni quise ni pude disimular. Me retorcía sobre el colchón, me aferraba a las sábanas, gemía sin pudor sabiendo que abajo, en algún rincón, mi marido escuchaba cada sonido.

Me sacó las medias una por una, besándome las piernas desde el muslo hasta los pies. Me las puso sobre los hombros, acomodó su sexo otra vez rígido y me penetró de una sola vez, hasta el fondo. Curvé la espalda al recibirlo y un gemido ronco se me escapó de la garganta.

***

Empezó a moverse con fuerza. Nos besamos, cambió el ritmo: a veces embestía rápido y profundo, con los pechos rebotándome al compás, y a veces entraba y salía despacio, torturándome de placer. Cambiamos de posición varias veces. De costado, de frente, él sosteniéndose sobre los brazos encima de mí, después por detrás. Terminamos con él hundiéndose en mí desde atrás, llenándome.

Descansamos un rato, hablando en voz baja, las piernas enredadas. Mi marido no volvía. Y Damián, lejos de darse por satisfecho, me volvió a tomar. Esta vez me puso las piernas sobre sus hombros y, con cuidado, me penetró por detrás. Más tarde me puso en cuatro y volvió a entrar por el mismo lugar hasta acabar dentro, acariciándome las nalgas y la espalda con una ternura que contrastaba con todo lo anterior.

Después se lavó y se fue. Yo me metí a la ducha, todavía temblando, todavía sintiendo el eco de cada cosa en el cuerpo.

Estaba enjuagándome cuando escuché que la puerta de calle se abría. Mi marido había vuelto «de lo de su madre». Lo vi entrar al baño, mirarme detrás del vidrio empañado, y le sonreí.

—¿Cómo está tu mamá? —pregunté, con toda la inocencia del mundo.

Se rió. Se desvistió y se metió a la ducha conmigo. Venía con una erección que no dejaba lugar a dudas sobre dónde había pasado la última hora. Quiso entrar en mí, pero yo estaba demasiado sensible después de las dos veces con Damián y de la manera tan intensa en que me lo había hecho. Lo entendió sin que tuviera que explicárselo. Me arrodillé sobre las baldosas mojadas y le hice un oral ahí mismo, bajo el agua tibia, hasta que acabó muy rápido, mirándome, con la imagen de toda la tarde todavía ardiéndole detrás de los ojos.

Esa noche dormimos abrazados sin hablar del tema. No hacía falta. Los dos sabíamos que aquello no había sido un final, sino apenas el principio de algo que ya no íbamos a poder dejar de buscar.

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Comentarios (6)

NocheConRelatos

Tremendo. Me quedé sin aliento al final, no esperaba ese giro.

Silvieta88

Por favor que haya segunda parte!! necesito saber cómo reaccionó el despues de todo

VickyBsAs

Dios mio, que tension la de la puerta. Se me puso la piel de gallina leyendolo.

lektor22

excelente relato!!!

MiriamV_cba

La idea de que él estuviera mirando sin decir nada me resultó increíblemente morbosa. Lo leí de corrido, sin parar. Felicitaciones, es de los mejores de la categoría.

RodriMdz

¿El marido dijo algo después? esa parte me dejó con mil preguntas en la cabeza

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