Lo que pasó con mi primo Mateo no estaba en mis planes
Mi mujer Lorena se dedica a la promoción farmacéutica desde hace ocho años. La empresa la manda cada dos semanas a alguna delegación del interior, a veces incluso al Caribe, y eso significa que paso muchos días solo en casa. Es un acuerdo que llevamos bien: ella vuelve con historias y yo aprovecho para adelantar trabajo desde el escritorio del living. Pero esta vez no estuve solo. Mi primo Mateo, al que no veía desde hacía cuatro años, vino a quedarse mientras hacía una pasantía de tres meses en la ciudad.
Llegó un domingo de octubre con dos bolsos y la misma sonrisa torcida de cuando teníamos quince años. Lo recibimos con cervezas, una tabla de quesos y mucha charla. Hablamos de los tíos, de los primos que se habían casado, de los que se habían ido del país. A medianoche Lorena ya bostezaba y se fue a dormir. Mateo y yo nos quedamos un rato más, terminando una botella de tinto que mi mujer había abierto y abandonado.
—Te ves bien, primo —me dijo, mirándome por encima de la copa—. Casado y todo, pero te ves bien.
—Tú también. Sigues con esa cara de chico que rompe corazones.
Soltó una risa que me recordó a las que daba en el patio de mis abuelos, en aquellas vacaciones largas donde aprendimos todo lo que no se podía aprender en casa. No le dije nada, pero la frase me quedó dando vueltas mientras subía la escalera.
Esa noche Lorena y yo hicimos el amor casi hasta el amanecer. Sabíamos que el martes ella tomaba el avión, y siempre nos despedíamos así, como si fuera la primera vez. Cuando me desperté el lunes, tenía ojeras y los muslos un poco doloridos. Llevé a Mateo a la universidad para que se inscribiera en sus seminarios.
—Carajo, primo, te ven la cara y se nota todo —me dijo mientras manejaba—. Lorena no te dejó pegar un ojo, ¿no?
—Esta noche descansaré tranquilo. Mañana se va.
—Ah. Te quedas solo entonces.
—Solo no. Te quedas tú.
Me miró desde el asiento del copiloto. No dijo nada. Solo encendió la radio.
***
El martes despedí a Lorena en el aeropuerto. La abracé largo, le di un beso en la frente y le pedí que me llamara apenas aterrizara. Cuando llegué a casa eran las dos de la tarde y Mateo ya estaba en la cocina, picando un pepino con la radio puesta y una camisa blanca de tirantes.
Comimos juntos. Hablamos de la pasantía, de un colega suyo que se había enamorado de una profesora, de las tonterías que solíamos hacer cuando éramos chicos. Yo no quería mencionar el patio de la abuela, pero él lo mencionó dos veces. Lavé los platos en silencio.
—Voy a salir un rato en bici por el camino del cerro —le dije—. ¿Te animas?
—Dale. Me cambio y bajo.
Subí al cuarto y abrí el cajón de la ropa deportiva. Saqué una calza negra de ciclismo que tenía meses sin usar. Cuando me la puse y me miré al espejo, me di cuenta de que el bóxer marcaba por debajo y se veía mal, así que me lo quité. La calza no transparentaba, pero el bulto se notaba bastante más. Pensé en cambiarme y desistí. Era un paseo por el cerro, no una pasarela.
Bajé al garaje y Mateo ya estaba allí, con un pantalón de gimnasia y una camiseta vieja. Cuando me vio aparecer, se quedó quieto un segundo de más. Lo noté. Él intentó disimularlo agachándose a revisar la cadena de su bici, pero sus ojos se habían demorado en mi entrepierna.
—Vamos —le dije.
Salimos. Pedaleamos dos horas largas por el camino que sube hasta el mirador. El aire de octubre era seco y nos hizo sudar más de lo previsto. Cuando volvimos, el sol ya bajaba y los dos teníamos la camiseta pegada al cuerpo.
Saqué la manguera del jardín y empecé a lavar las dos bicicletas, una contra la otra. Mateo se quedó sentado en la suya, jugando con el manubrio.
—Bájate, vago —le dije—. Te voy a empapar.
—Atrévete.
Le tiré el chorro a quemarropa. Soltó un grito y se bajó de un salto, intentando taparse con los brazos. Forcejeamos como críos. La manguera escupiendo agua entre los dos, su mano agarrándome la muñeca, la mía la suya. En medio del juego nos rozamos varias veces, y en uno de esos roces me di cuenta de que la calza mojada se había vuelto traslúcida y de que mi cuerpo había decidido reaccionar.
Mateo lo notó antes que yo. Bajó la mirada y dejó de pelear por la manguera.
—Mira lo que hiciste, primo. Pareces un chico de quince años.
—Es el frío —mentí.
—Sí. El frío. —Se rió, sin malicia—. ¿Quieres que te traiga una toalla, o vas a pasearte por el barrio así?
—Tráela, anda.
Volvió con una toalla y se quedó parado en el marco de la puerta, mirándome desde lejos mientras yo cerraba la llave. No se molestaba en disimular.
***
Subí al cuarto, me quité la calza mojada y la dejé en el cesto. Cuando me vi en el espejo grande del armario, mi pene seguía duro, brillante de agua, con una gota cayendo del prepucio. No era una excitación pura: era una mezcla de adrenalina del paseo, el roce en el patio, y algo más antiguo que llevaba años durmiendo.
Me agarré con la mano y empecé a masturbarme despacio, pensando en Lorena, después en una compañera de oficina, después sin pensar en nadie en concreto. Estaba a punto de cerrar los ojos cuando golpearon la puerta.
—Primo. Los tequeños ya están listos. Te toca servir.
—Voy. Dame un segundo.
Esperé un instante con la respiración cortada, después me metí a la ducha, me eché agua fría y bajé. Me había puesto un short y un bóxer limpio. Mateo estaba en la cocina, sacando cervezas del freezer.
Empecé a servir los tequeños calientes en una bandeja. Uno se me resbaló de la pinza y cayó de vuelta en el sartén. El aceite saltó. Sentí un mordisco ardiente en el estómago, justo encima del elástico del short, y solté un grito.
—¿Qué pasó?
—Me quemé. Aceite.
Mateo dejó la cerveza, se acercó y me levantó la camiseta. Tenía una marca rojiza del tamaño de una moneda, justo en la cresta de la cadera.
—Esto te lo curo yo. Quédate quieto.
Salió al patio y volvió con una penca de sábila. La partió con un cuchillo y dejó la pulpa transparente lista en una cuchara. Me hizo recostarme en el sillón del living. Me levantó el elástico del short con dos dedos para ver hasta dónde llegaba la quemadura.
—Te voy a tener que bajar el short, primo. Te agarró parte de la ingle.
—Hazlo.
Me lo bajó con cuidado, hasta los tobillos. Quedé en bóxer. Empezó a esparcir la pulpa de la sábila en círculos lentos sobre la piel enrojecida. El frescor me hizo cerrar los ojos.
—Quítate el bóxer también. Si no te llego bien a la zona, se te puede inflamar.
—¿En serio?
—En serio. No te hagas el tímido. Soy médico.
Lo era. Acababa de terminar la residencia. Pero las dos cosas, ser médico y ser mi primo, no encajaban muy bien con la manera en que sus ojos se quedaron clavados en mi entrepierna cuando me bajé el bóxer. La quemadura le dio una excusa, y él la aprovechó.
Pasó la mano con la sábila más allá de la cadera, después por el pubis depilado, después demasiado cerca. El aire del living estaba quieto. Su respiración se hizo más larga.
—¿Te duele?
—Ya no.
—Te voy a hidratar también el pene, así no se te reseca con el aire frío. ¿Te molesta?
No le contesté. Él tampoco esperaba que le contestara. Volvió al baño, se lavó las manos, regresó con una crema de manos del estante de Lorena y se sentó al borde del sillón. Se echó un poco en la palma y me agarró con la mano izquierda.
—Tranquilo, primo. Es por la salud.
Empezó a recorrerme de la base a la punta, despacio, con dos dedos. Yo me reí porque no supe qué otra cosa hacer.
—Acuérdate de cuando éramos chicos —dijo—. En el patio de la abuela, atrás del limonero. Tú me enseñabas cómo lo hacías.
—Me acuerdo.
—Aprendí bien.
Cerró la mano. Me corrió el prepucio hacia atrás y hacia adelante, como había hecho mil veces a los catorce, a los quince, a los dieciséis. Sentí la garganta seca. Mi cuerpo no había olvidado ni un movimiento.
—Esta vez voy a hacerlo mejor —dijo.
Se bajó del sillón, se arrodilló entre mis piernas y se lo metió en la boca de un solo movimiento. No tuve tiempo de detenerlo y tampoco quise. Le agarré la nuca con la mano abierta y lo dejé hacer. Subió y bajó con la lengua trabajando como en la rutina más entrenada de su vida. Yo le acaricié las orejas, los hombros, la espalda por debajo de la camiseta. En algún momento se la quitó sin soltarme y siguió.
Aguanté lo que pude. No fue mucho. Cuando le avisé que iba a acabar, no se separó. Tragó todo y siguió lamiendo unos segundos más, hasta que tuve que apartarlo porque me dolía la sensibilidad.
***
Pensé que ahí terminaba. Me equivoqué.
Mateo se quedó arrodillado, recuperando el aire, con la boca brillante y los ojos vidriosos. Yo seguía con las piernas abiertas en el sillón, sintiendo que el corazón me golpeaba contra las costillas. Cuando se incorporó, se acercó otra vez, pero esta vez bajó la cabeza y empezó a besarme la cara interna del muslo, después más abajo, después en un lugar al que ningún hombre se había acercado nunca.
Sentí la lengua. Me hizo arquear la espalda. Cerré los ojos.
—Mateo —dije, en un tono que no era de freno sino de pregunta.
—Tranquilo. Solo si tú quieres.
Me levantó las piernas con las dos manos, despacio. Yo dejé que lo hiciera. Él tenía los pantalones bajados hasta los muslos y la erección marcada contra la tela del bóxer. Cuando se los quitó, me costó mirarlo.
—No soy de esto —le dije.
—Yo tampoco, con cualquiera. Contigo es distinto.
Sentí la punta apoyada y casi cerré las piernas por reflejo. Él esperó. Esperó hasta que yo respiré dos veces seguidas y volví a dejarlas caer hacia afuera. Entonces empujó un poco. Una primera pulgada que me sacó un quejido entre el dolor y otra cosa que no supe nombrar en el momento.
Se quedó quieto un rato largo, dejándome acostumbrar. Después se movió de a poco, con una paciencia que no le conocía. Me agarró el miembro con la mano libre y volvió a masturbarme al mismo ritmo. La combinación me desarmó. Empecé a respirar por la boca, a temblar, a apretar la tela del sillón con las dos manos.
No duró mucho. Para ninguno de los dos. Él se vino primero, con un gemido sordo que se le quedó atrapado en la garganta. Yo lo seguí a los pocos segundos, en su mano, con el cuerpo entero estremeciéndose por algo que no sabía si quería volver a sentir o no.
Se quedó arriba mío un instante más, después se retiró con cuidado. Se rió bajo. Una risa cansada.
—Quedó bien curado el paciente —dijo, besándome el estómago, justo encima de la quemadura.
Yo no contesté.
***
Esa noche nos duchamos por separado. Cenamos lo que quedaba de los tequeños como si nada hubiera pasado. Hablamos de la pasantía y de los planes de él para el fin de semana. No nos volvimos a mirar a los ojos hasta que apagamos la luz.
Los días siguientes fueron raros. Cruzábamos pocas palabras en el desayuno. Él se iba temprano a la universidad, yo me encerraba a trabajar en el escritorio. Cuando coincidíamos en la cocina, los dos hacíamos un esfuerzo evidente por no rozarnos.
El domingo siguiente volvió Lorena. La recibí en el aeropuerto con flores y la besé en el cuello como siempre. Esa noche hicimos el amor con la puerta entreabierta. Ella no lo notó. Yo sí gemí un poco más fuerte de lo necesario, sabiendo que el cuarto de Mateo daba al pasillo y que la madera de las casas viejas no aísla nada.
Más tarde, cuando le pedí a Lorena que se diera vuelta y le pasé la mano por la cintura, hice algo que no había hecho antes con ella. Lo hice despacio, con paciencia, como Mateo lo había hecho conmigo. Ella se sorprendió. No protestó.
A la mañana siguiente, mientras tomaba café en la cocina, vi a Mateo asomarse desde el pasillo. Tenía los ojos rojos y los pelos despeinados, como si no hubiera dormido. Me miró un segundo, solo uno, y volvió a su cuarto.
Después supe que esa noche, mientras nosotros estábamos en la habitación, él se había quedado del otro lado de la pared. Lo supe porque a la mañana siguiente, cuando hice la cama, encontré en el pasillo una toalla mojada que él había dejado junto a la puerta.
No le dije nada. Él tampoco me dijo nada nunca. Pero seguimos coincidiendo de tanto en tanto, sin tocarnos, sin hablar, mirándonos un segundo más de la cuenta cada vez que Lorena volvía a tomar un avión.
Aún hoy, cuando me masturbo solo, a veces me acuerdo del olor a sábila y del sillón del living.