La conocí hace tres horas y no quería parar
La conocí esa misma noche, en un bar de copas del centro donde yo había entrado solo a matar el tiempo. Se llamaba Mara, o al menos eso me dijo entre el ruido de la música y el roce de los vasos. Tres horas después estábamos en mi apartamento, y todavía me cuesta creer lo que pasó. Lo escribo aquí porque necesito contarlo en algún sitio: nunca había estado con alguien así.
Cuando empezamos, pensé que sería un encuentro más. De esos que duran lo justo y terminan con una despedida incómoda y un taxi. Me equivoqué. Mara no se cansaba. Encadenaba un orgasmo con el siguiente sin apenas tomar aire, como si su cuerpo estuviera hecho de otra cosa.
En ese momento yo estaba sentado en el borde de la cama, con las rodillas separadas, y ella de pie frente a mí, inclinada hacia adelante. Apoyaba las manos sobre mis piernas y dejaba caer el peso del cuerpo en sentones lentos, marcando ella misma el ritmo. Yo solo tenía que dejarme hacer.
Su pelo largo y rizado le rebotaba sobre la parte alta de la espalda con cada movimiento. La piel le brillaba por el sudor, clara pero con un rastro de bronceado que terminaba justo donde la espalda se curvaba hacia las caderas. Tenía esos dos hoyuelos pequeños sobre el sacro, los que algunos llaman los hoyuelos de Venus, y yo no podía dejar de mirarlos.
Solo con sentirla así ya era suficiente. Pero estaba el detalle de verla desde atrás, de notar cómo todo su cuerpo respondía cuando se movía, y eso lo volvía casi insoportable de lo bueno que era.
Estiré las manos buscando sus pechos. No sabía qué talla usaba, pero encajaban perfectos entre mis dedos, como si los hubieran medido para mí. Me incliné hacia adelante para abarcarlos mejor, y ella se relajó contra mi cuerpo, acomodándose entre mis piernas. Ese pequeño gesto hizo que la penetrara más hondo, y los dos resoplamos a la vez.
—Sigue, no pares —murmuró.
Creo que ni siquiera me lo decía a mí.
Lo decía en voz alta, para ella misma, como una orden que se daba para no dejar escapar lo que estaba sintiendo. Cada tanto la notaba contraerse a mi alrededor, y un escalofrío me subía por dentro cuando su humedad resbalaba tibia y se enfriaba enseguida con el aire de la habitación.
Saqué la lengua y le recorrí la espalda de un solo lametazo, despacio, vértebra por vértebra, desde la mitad hacia arriba. Ella se estremeció y se echó la melena hacia adelante para que pudiera llegar hasta la nuca. Sentí bajo las manos cómo se le erizaba la piel y se le endurecían los pezones.
Llevábamos ya un buen rato, pero para Mara parecía el principio de todo. Ni una señal de cansancio. De repente giró sobre mí sin separarse, como si bailara, hasta quedar de frente, sentada en mi regazo y todavía dentro de ella.
Me miró. El mundo se detuvo un par de segundos. Y entonces se lanzó a mi boca.
Besaba con una intensidad que no había sentido nunca. No paraba quieta. Apartó los labios apenas un instante para decirme algo al oído, con la respiración entrecortada, y volvió a besarme mientras movía las caderas con fuerza, casi con furia. Bajé la mano y le di un azote en una nalga.
—¡Sí, más! —jadeó pegada a mi boca—. He sido mala, castígame. No sabes cómo me pone que me azoten.
Era menuda, y eso me daba ventaja. La rodeé con los brazos, le sostuve las nalgas con las dos manos y me puse de pie sin salir de ella. Su cuerpo cayó contra el mío, ligero, y se aferró a mi cuello. Caminé los tres pasos que nos separaban de la pared y la apoyé ahí. La espalda golpeó el muro y ella se abrazó con más fuerza.
En su mirada ardía algo que no era solo deseo. Era hambre. La embestí varias veces, sin contemplaciones, y cada empujón le arrancaba un gemido más alto que el anterior. Pedía más. Pedía más duro.
***
La llevé de vuelta a la cama y la dejé caer. Rebotó sobre el colchón con una risa corta, sin aliento. Antes de que yo pudiera moverme, ella misma se colocó a cuatro patas, con la cabeza hundida en las sábanas, la espalda arqueada hasta el límite y el culo levantado hacia mí.
—Rómpeme —dijo con la voz pastosa—. Dame fuerte.
Mientras yo dudaba un segundo, ella se dio un azote a sí misma y se pasó la mano entre las piernas. Después se llevó los dedos a la boca y los chupó despacio, mirándome por encima del hombro, saboreándose como si fuera lo más natural del mundo.
—Mmm… vamos —me apuró—. ¿No quieres?
Yo solo veía aquel cuerpo pequeño y firme, ofrecido sin pudor. La piel apenas dorada, con la marca tenue de un bañador de verano y unas manchas rosadas donde mis manos habían dejado huella. Todo depilado, suave, sin un solo defecto a la vista.
Me coloqué detrás de ella, apoyé las palmas en la parte alta de sus nalgas y bajé la cabeza. En lugar de penetrarla, abrí la boca y empecé a recorrerla con la lengua, sin prisa y sin pedir permiso. Ella dio un respingo.
—Acuérdate de que ahí atrás no… —jadeó, y la frase se le rompió—. O igual sí… ay, madre… haz lo que estés haciendo, pero no me metas nada.
No le metí nada. Me limité a jugar. Le besé y le lamí el sexo con insistencia, alternando con caricias más suaves donde ella no se atrevía a pedir. Le tomé los labios con la lengua, los moví, los mordisqueé apenas, tiré de ellos con cuidado. Buscaba su clítoris, lo rodeaba, lo frotaba de un lado a otro, cambiaba el ritmo cuando notaba que se acercaba para alargarle la agonía.
No dejaba de fluir. Su sabor era suave, con un toque dulce que se me quedó en la boca. Seguí así todo el tiempo que pude, hasta que ella empezó a temblar y a suplicar que parara, que no aguantaba tanto placer junto.
***
En cuanto la solté, se movió rápida como una lagartija. Se reacomodó en la cama, se inclinó sobre mí y se metió mi sexo en la boca sin pensarlo. Yo había perdido algo de firmeza en la pausa, pero le bastaron unos segundos para devolverme al cien por cien.
Cerré los ojos y me dejé llevar. Ella usaba la boca, la lengua, las dos manos, todo a la vez, con una concentración que no había visto en nadie. Levanté un poco la cabeza para mirarla y la encontré tragándome entera, sin arcadas, los ojos clavados en los míos.
Le puse la mano sobre el pelo, sin empujar, solo para sentirla. Ella gimió con la boca llena —un sonido ahogado y grave— e intentó decirme algo que no entendí. Le avisé de que estaba a punto, que no iba a aguantar mucho más.
Entonces hizo algo que me descolocó. Me agarró el antebrazo con una mano y tiró de él hacia ella, pidiéndome sin palabras que la sujetara. La obedecí, casi por instinto, y empujé las caderas hacia adelante.
El orgasmo me sacudió en oleadas. Una, dos, tres veces, mientras le sostenía la cabeza y ella tragaba todo lo que podía. Apreté los párpados y me dejé caer de espaldas sobre el colchón, vencido por el placer.
Pero algo no salió como esperaba.
La oí toser, un sonido raro, casi un estornudo. Levanté la cabeza justo a tiempo de verla apartarse de golpe, con la cara roja y los ojos llenos de lágrimas. Se llevó la mano a la boca y luego a la nariz, abanicándose, intentando recuperar el aire. Yo seguía atónito, todavía con el cuerpo vibrando.
—No sé qué ha pasado —dijo con la voz ronca, irreconocible, entre respiraciones cortas—. Te la estaba tragando, lo juro. Pero de repente era demasiado, me ahogué, me ha dado como un estornudo y… ha salido todo por la nariz. Siempre puedo con todo, siempre. Contigo me ha sido imposible.
Solté una carcajada que no pude controlar, y ella, a pesar del desastre, terminó riéndose conmigo. Le pasé la mano por la barbilla, le aparté un mechón pegado a la mejilla. Estábamos los dos hechos un cuadro, sin aliento, mirándonos como si nos conociéramos de toda la vida y no de hacía tres horas.
Bajó la vista hacia mi cuerpo y abrió mucho los ojos.
—No me lo puedo creer —dijo, medio riendo, medio sorprendida—. ¿Todavía estás a medias?
Yo tampoco me lo creía. Y por la forma en que volvió a acercarse, despacio, sin dejar de mirarme, supe que aquella noche estaba muy lejos de terminar. Mara no se cansaba. Y yo, contra todo pronóstico, tampoco quería que parase.





