Mi marido organizó la noche que no voy a olvidar
Todo empezó por una curiosidad que no me dejaba dormir. Meses atrás había tenido un encuentro que me marcó, una de esas experiencias que se quedan dando vueltas en la cabeza mucho después de que terminan. Desde entonces me perseguía una pregunta tonta y obsesiva a la vez: ¿qué se sentiría tener a mi marido y a otro hombre para mí sola, al mismo tiempo, sin culpa y sin secretos?
Una noche, acostados, junté el valor para contárselo. No sabía cómo lo iba a tomar y me temblaba un poco la voz mientras hablaba.
—Quiero pedirte algo —le dije a Tomás, casi en un susurro—. Pero prométeme que no te vas a enojar.
—No me voy a enojar —respondió, girándose hacia mí en la penumbra—. Decime.
Se lo solté de corrido, antes de arrepentirme. Le hablé del morbo, de la curiosidad, de las ganas. Esperé que se incomodara, que cambiara de tema. En cambio, se quedó callado un momento y después me hizo una propuesta que me dejó sin aire.
—Yo me encargo de buscar a la persona indicada —dijo—. Y lo hacemos hasta que vos quedes completamente satisfecha. Sin apuro.
Mi mente voló al límite. Acepté antes de que terminara la frase. Quedamos en que él se ocuparía de todo, que cuando tuviera a alguien me lo diría, y que el resto fuera una sorpresa.
***
Pasaron dos semanas y no me decía nada. Yo me moría de ansiedad, entre la curiosidad y el morbo, mirándolo de reojo cada vez que volvía del trabajo, buscando una señal. Nada. Hasta que un viernes por la noche, mientras yo lavaba unos platos, se acercó por detrás, me apartó el pelo y me habló al oído.
—Esta noche salimos —dijo—. Preparate.
Se me cortó la respiración. Solté la esponja, me sequé las manos y subí casi corriendo a arreglarme. Lo había esperado tanto que el cuerpo entero me vibraba.
Me preparé con cuidado, eligiendo la ropa con la cabeza puesta en lo que podía pasar. Cuando bajé, Tomás me miró de arriba abajo y se quedó mudo un segundo, con esa mirada de hombre que sabe lo que tiene delante.
—Vas a hacer que lleguemos tarde —murmuró.
—Esa era la idea —le contesté, y me reí de mi propio descaro.
Subimos al auto. En todo el camino apenas habló.
—Va a ser todo sorpresa —fue lo único que dijo cuando le pregunté—. No hay nada que hablar. Cuando lleguemos, vas a saber cómo va la cosa. Dejá que todo fluya.
Esa frase, ese «dejá que todo fluya», me prendió más que cualquier otra cosa. Mi imaginación volaba a mil por hora mientras miraba las luces de la ciudad pasar por la ventanilla.
***
Llegamos a un edificio discreto, una de esas casas de citas elegantes que no anuncian lo que son. Subimos a una habitación amplia, cómoda, con la cama enorme en el centro y una luz baja y cálida. No había nadie más.
—¿Y? —pregunté, mirando alrededor—. ¿Dónde está…?
—Paciencia —dijo Tomás, sonriendo.
Puso algo de música, como siempre hacía cuando quería que me relajara, y nos sirvió dos tragos. Empezamos a bailar pegados, sus manos recorriéndome la espalda, su boca en mi cuello. El alcohol me iba soltando, me iba calentando. Sentía cada beso recorrerme la piel como una corriente.
En algún momento, sin que me diera cuenta del todo, ya me había quitado el vestido. Quedamos los dos de pie, frente a frente, y me tomó de la cintura para entrar en mí ahí mismo, parados. Yo estaba tan excitada que se me doblaron las rodillas. Me besaba, me apretaba, me mordía el hombro despacio.
Me llevó hasta la cama y empezó a moverse con fuerza, sin tregua. Estaba a punto de terminar cuando se detuvo en seco. Me dejó suspendida, jadeando, y volvió a empezar despacio, jugando conmigo.
—Date vuelta —me dijo al oído.
Me puse en cuatro, de espaldas a él, y entonces lo vi.
Un hombre había entrado sin que yo lo notara y estaba de pie frente a mí. Alto, fornido, de piel morena, con una sonrisa tranquila. Me quedé congelada, sin saber si reírme, taparme o seguir.
—Sorpresa —dijo Tomás detrás de mí, divertido—. Es todo tuyo.
El desconocido no dijo una palabra. Se acercó un paso. Yo levanté la vista hacia su cara y después la bajé, y ya no pude pensar en otra cosa.
***
Empecé despacio, con cierta timidez, copiando lo que había visto hacer a Tomás tantas veces. Primero apenas roces, después más decidida, mientras mi marido seguía moviéndose dentro de mí desde atrás. La sensación me partía en dos: penetrada por uno, entregada al otro, las dos cosas a la vez. Era demasiado. Llegué a un orgasmo rápido, casi sin avisar, y sentí cómo Tomás se daba cuenta por la forma en que me apretaba las caderas.
—Disfrutala —me dijo, con la voz ronca—. Para eso vinimos.
En un momento Tomás se apartó. Lo tenía todo pensado, estoy segura. El desconocido se recostó de espaldas en la cama y yo me subí encima, dándole la espalda a Tomás para que él pudiera ver todo. El comienzo me arrancó un gesto entre el dolor y el placer, una mueca que no pude disimular. Sentí cómo me costaba al principio, cómo me iba acomodando de a poco, y vi en el reflejo del espejo la cara de mi marido mirándome con una mezcla de orgullo y deseo que me prendió todavía más.
Me dejaron ir a mi ritmo. Me moví despacio, después más rápido, perdida en la sensación. En un momento Tomás se paró sobre la cama y se acercó a mi boca. Yo lo recibí con desesperación, cabalgando a uno y entregada al otro, sin saber bien dónde terminaba un cuerpo y empezaba el otro.
—Mirá cómo te movés —murmuró Tomás—. Nunca te vi así.
Lo solté un instante para tomar aire. Él me agarró del pelo con suavidad y me guio de nuevo. Yo seguía moviéndome sin parar hasta que algo se rompió dentro de mí y solté un temblor largo que me recorrió las piernas. Tomás abrió los ojos, sorprendido. Creo que nunca me había visto llegar de esa manera.
***
Nos detuvimos un momento. Los dos hombres se sirvieron un trago mientras yo me reponía, sentada al borde de la cama con el corazón golpeándome el pecho. Tomé un poco de agua, me reí sola, todavía incrédula de lo que estaba viviendo.
Cuando me sentí lista, fui yo la que tomó las riendas.
—Acuéstense los dos —les pedí.
Quedé en el medio, con uno a cada lado, y empecé a atenderlos por turnos. Era embriagante tener a los dos para mí sola, sentirlos pendientes de cada movimiento. Tomás me miraba con una cara que no le conocía, una mezcla de fascinación y orgullo, como si descubriera a otra mujer dentro de la suya.
Después monté a Tomás y empecé a moverme sobre él. Entraba con una facilidad nueva, y aun así el placer era el mismo, multiplicado por todo lo que estaba pasando alrededor. Me incliné hacia adelante para besarlo y, mientras lo hacía, sentí unas manos grandes abrirse paso por detrás.
El desconocido me sujetó de las caderas y bajó la boca hasta un lugar donde nunca nadie me había prestado tanta atención. Sentí su lengua y se me escapó un gemido que no pude controlar. Era una sensación nueva, intensa, que me hacía dejar lo que estaba haciendo para concentrarme solo en eso. Tomás, debajo de mí, sentía cada espasmo y se excitaba todavía más.
—No pares —le pedí al de atrás, sin reconocer mi propia voz.
Esa atención por detrás, sumada a todo lo demás, me llevó a otro orgasmo. Tomás estaba al borde y yo lo sentí tensarse; un instante después terminó, y yo lo acompañé hasta el final con la boca, sin soltarlo.
***
Para entonces yo estaba completamente entregada, sin pudor, lista para cualquier cosa. El desconocido se incorporó, me hizo girar con cuidado y, con una suavidad que no esperaba de alguien de su tamaño, me reclamó por completo. Todo estaba tan dispuesto que no hubo resistencia, solo una punzada que me arrancó unas lágrimas de placer que no traté de esconder.
—Despacio —alcancé a decir, y después—: así, no pares.
Lo dije frente a Tomás, que me miraba con sorpresa, complicidad y una lujuria que nunca le había visto. Mis palabras parecieron encender al hombre, que me sostuvo entre sus brazos como si yo no pesara nada y marcó un ritmo que me hacía perder la noción del tiempo. Yo, de espaldas a él, solo veía la cara de mi marido observándolo todo.
Tomás se acercó. Mientras el otro me sostenía, él bajó la boca hasta mi centro y me regaló una última caricia precisa que me hizo estremecer entera y soltar un temblor que le quedó a él en la cara, sin que se apartara. Al mismo tiempo, el desconocido llegó a su límite con un gruñido grave, y yo sentí cómo todo su cuerpo se sacudía contra el mío.
Me bajaron a la cama con cuidado. Quedé tendida, deshecha, sin fuerzas, con la respiración entrecortada y una sonrisa que no me cabía en la cara. Tomás se acostó a mi lado, todo transpirado, y me abrazó. Me corrió el pelo de la frente y me besó la sien, despacio, como si volviéramos a ser solo nosotros dos.
—¿Estás bien? —me preguntó en voz baja.
—Mejor que bien —contesté, y los dos nos reímos.
***
El desconocido se levantó sin decir mucho. Se vistió, se despidió con un gesto amable y se fue tan silencioso como había llegado. Nunca le pregunté el nombre, y Tomás tampoco me lo dijo. Lo pensé después, en el auto de vuelta, con la cabeza apoyada en la ventanilla: no saber quién era hacía que todo se sintiera más como un sueño que como un recuerdo.
Esa noche cambió algo entre nosotros. No nos alejó, al contrario. Volvimos a casa hablando, riéndonos, contándonos lo que habíamos sentido, descubriéndonos otra vez. Hay cosas que solo se pueden compartir cuando hay confianza de verdad, y nosotros la teníamos.
Todavía hoy, cada tanto, lo recuerdo. Escribirlo me revolvió por dentro más de lo que esperaba, así que voy a dejarlo acá antes de ponerme demasiado nostálgica. Algunas noches no se olvidan. Esta, te lo aseguro, es una de ellas.





