Lo que dejé que un extraño viera en nuestra luna de miel
Era la primera vez que volaba tan lejos y la primera vez que veía el Caribe de verdad, ese azul imposible que solo había visto en postales. Lucas y yo nos habíamos casado un sábado lluvioso de octubre y dos días después aterrizamos en Bahía Esmeralda con la piel todavía pálida y las ganas de una luna de miel que no se pareciera a nada.
El calor lo cambiaba todo. Yo, que en mi ciudad andaba siempre tapada, ahí me descubrí eligiendo lo más ligero que tenía en la maleta: una minifalda de mezclilla, un top atado al cuello, blusitas finas. Sin sostén, casi nunca con ropa interior. Me gustaba esa sensación nueva de andar a medio vestir, de notar el aire en la piel y la mirada ajena resbalando por encima, de sentir cómo los pezones se me marcaban duros bajo la tela cada vez que un desconocido bajaba los ojos a mi pecho.
Nunca me había atrevido a admitir cuánto me gustaba que me miraran.
La tercera tarde estábamos sentados en una plaza del centro turístico, indecisos entre dos restaurantes, cuando le dije a Lucas que iba al baño. Crucé entre las mesas y, al doblar una esquina, me topé de frente con un hombre enorme. Alto, de hombros anchísimos, con una camiseta blanca que apenas contenía el pecho. Tenía algo imponente que me cortó el paso de golpe, y sin quererlo mis ojos bajaron un segundo a la entrepierna de su bermuda, donde se le marcaba un bulto pesado que no dejaba lugar a dudas.
—¿Hablas español? —me preguntó, con una sonrisa franca.
—Sí —contesté, todavía un poco desconcertada.
Se llamaba Dorian y trabajaba como guía en una reserva natural a las afueras. Me ofreció una excursión, un balneario escondido entre la selva. Le dije que no, gracias, que solo buscaba los baños, y él, muy amable, me señaló el pasillo del fondo. Le di las gracias y seguí mi camino.
No sé por qué me giré. Él seguía ahí, parado, mirándome irme, con la mano apoyada descaradamente sobre la bragueta. Me sonrió otra vez, sin prisa, como quien tiene todo el tiempo del mundo.
***
Al salir del baño, para mi sorpresa, me estaba esperando. Quiso conversar, preguntarme de dónde venía. Le conté que estaba de luna de miel, y mientras hablaba noté que él se acomodaba con descaro la polla dentro del pantalón, sin disimulo, y que mi mirada bajaba sola y volvía a subir con las mejillas calientes. Me tapé la cara, riéndome de pura vergüenza.
—¿Tu marido también te disfruta así, con esa minifalda? —dijo, divertido, como si fuera la cosa más natural del mundo—. ¿Te folla rico, recién casadita?
Me quedé sin palabras. La conversación había cambiado de tono y yo no había hecho nada por frenarla. Él se me acercó un poco más, tanto que sentí el calor que despedía su cuerpo enorme y el bulto duro rozándome apenas la cadera.
—Se te ven los pezones marcados —murmuró—. Me gusta eso. Y se te ve el coño hinchado bajo esa faldita. A mí también me gusta mostrarme, mira lo que me pusiste.
Me tomó de la muñeca y me puso la mano encima de la tela, sobre esa verga dura y gruesa que palpitaba como un animal atrapado. La retiré de golpe, temblando, pero no antes de haberla sentido entera, larga, con la punta ya húmeda marcando la mancha en la mezclilla.
—Así me gusta vestirme —dije, y me oí decirlo con una calma que no sentía—. Pero mi marido me espera.
Quise esquivarlo para seguir mi camino, y al pasar, como sin querer, rozó su cadera contra la mía, y sentí de nuevo la polla apretándose contra mi nalga. Di unos pasos rápidos, me alejé, y otra vez me giré. Otra vez me seguía con los ojos. Justo entonces apareció Lucas, preguntándome dónde estaban los baños, ajeno por completo a lo que acababa de pasar a tres metros de él.
—¿Quién era ese? —me preguntó después, señalando con la barbilla.
—Un guía. Me estaba vendiendo una excursión a la selva —respondí—. ¿Quieres ir?
Lucas se encogió de hombros y dijo que sí. Dorian se acercó, cerró el trato a mitad de precio y quedó en pasar por nuestro hotel a la mañana siguiente. Yo asentí a todo, con el corazón latiéndome raro y las bragas ya empapadas bajo la falda, sabiendo perfectamente lo que estaba aceptando y fingiendo que no.
***
Esa noche apenas dormí. Lucas me montó apenas llegamos al cuarto y me folló largo, boca arriba, con las piernas abiertas de par en par, y yo, mientras él me embestía, tenía en la cabeza la imagen de la verga hinchada de Dorian marcándose bajo la bermuda. Me corrí dos veces seguidas, mordiéndole el hombro, y cuando Lucas se vació dentro de mí con un gemido largo, cerré los ojos e imaginé que era otra corrida, más espesa, más ajena.
Elegí con cuidado lo que me pondría a la mañana siguiente: una faldita corta de mezclilla, una playera que dejaba el ombligo al aire, nada debajo. Ni bragas ni sostén. Me miré al espejo levantándome apenas el ruedo y me vi el coño depilado, todavía brillante de semen y saliva de la noche anterior. Metí en una mochila el bikini blanco más pequeño que tenía y mis cosas de aseo. Solo por las dudas, me dije, como si una parte de mí no supiera exactamente lo que buscaba.
La camioneta llegó puntual. Dorian se bajó, le abrió la puerta a Lucas y, con una sonrisa, le preguntó si habíamos pasado buena noche de recién casados. Lucas se rió y le dijo que sí. Yo le di un codazo discreto, las mejillas ardiendo, y subimos al minibús.
Nos sentamos en la tercera fila. Dorian se acomodó justo delante y venía todo el rato girado, conversando: de dónde éramos, cuántos días nos quedaban, qué nos había gustado del viaje. Yo, sin pensarlo demasiado, dejé las piernas un poco abiertas. Noté cómo sus ojos buscaban por debajo de mi falda, y en vez de cerrarlas, me deslicé hacia adelante en el asiento para que la tela subiera todavía más y el coño me quedara expuesto entero. Vi cómo tragaba saliva, cómo se le dilataban las pupilas al confirmar que no llevaba nada debajo.
Lucas me acariciaba el muslo mientras charlaba con él, como si nada. Y entonces su mano subió. Los dedos me encontraron mojada, embarrada, y sin mirarme empezó a frotarme el clítoris con dos dedos, despacio, mientras seguía hablando de excursiones y precios como si nada. Me quedé quieta, conteniendo la respiración, mojándome más a cada segundo con solo pensar que el otro hombre estaba viendo cómo mi marido me tocaba con una discreción que no engañaba a nadie. Sentí uno de sus dedos entrar, luego dos, curvarse dentro de mí, salir brillantes de jugos, volver al botón hinchado. Cerré las piernas de golpe cuando sentí que me venía la corrida entera encima, y Lucas, sorprendido, intentó abrírmelas otra vez. No lo dejé; me habría corrido a los gritos delante de todos. Al bajar del minibús vi la mancha húmeda, casi transparente, que había quedado en el asiento de cuerina.
***
En la entrada de la reserva nos dieron bicicletas para cruzar el último tramo hasta la costa. Me subí a la mía y al sentarme noté el asiento entero, duro y caliente, aplastándome el coño abierto, sin nada de por medio. Bajé la mirada y vi que la falda no tapaba absolutamente nada: los labios rosados me quedaban a la vista, separados por el filo del sillín. Lucas se dio cuenta y no dijo una palabra.
Empezamos a pedalear, yo adelante, él detrás. Un grupo de turistas nos rebasó y, entre ellos, Dorian. Al verme, aminoró hasta ponerse a mi lado izquierdo, y Lucas, sin apurarse, ocupó el derecho. Pedaleábamos los tres juntos por el camino de tierra, y cada tanto, los dos miraban hacia abajo, hacia mí, hacia el coño que se abría y cerraba contra el cuero del asiento con cada pedalada, casi al mismo tiempo. Yo seguía adelante como si no me diera cuenta, ardiendo por dentro, notando cómo un hilo de jugo me bajaba por la cara interna del muslo.
—Cuidado con los mosquitos —dijo Dorian, con la voz áspera—. Ponte repelente en esas piernas. Y ahí arriba también, que se te ve todo.
Bajé la vista y me vi entera al descubierto, expuesta entre los dos. No me tapé.
***
Llegamos a un río de agua dulce y transparente. Dorian explicó que podíamos nadar desde ahí hasta el mar, unos veinte minutos corriente abajo. Me puse el bikini blanco, una tira finísima atrás que se me metía entre las nalgas, y entré al agua fría. Lucas nadaba pegado a mí, y entre risas, debajo del agua, fue desatándome el bikini hasta soltarlo. Sentí sus manos apretarme las tetas libres bajo el agua, pellizcarme los pezones duros por el frío.
—No hay nadie —me dijo al oído, con la polla erecta rozándome la cadera bajo el agua—. Nada así.
Y lo hice. Nadé desnuda en aquel río, sintiendo el agua deslizarse entre las nalgas, meterse en el coño, refrescarme los pezones parados, hasta que llegamos a una zona con más gente y le pedí que me devolviera el bikini. Solo me dio la parte de abajo. Salí del agua tapándome los pechos con un brazo, con los pezones rosados asomando entre los dedos, con las mejillas encendidas y algo eléctrico recorriéndome la espalda.
Buscamos un rincón de arena para tumbarnos. Las hamacas olían a sudor ajeno, así que me eché directamente sobre la arena tibia, los pechos al sol, los ojos cerrados. Estaba a punto de relajarme cuando una sombra me tapó la luz. Era Dorian.
—La playa de allá no tiene a nadie —dijo, tranquilo, y noté que hablaba mirándome fijo las tetas—. Es nudista. Pueden tomar los kayaks de aquel embarcadero.
***
Tomamos cada uno un kayak y remamos hasta la otra orilla. El sol me quemó los muslos, los hombros, el pecho que llevaba al aire todo el rato. Cuando llegamos no había absolutamente nadie. Lucas se desnudó del todo y se tumbó boca arriba, con la polla medio dura descansada sobre el muslo; yo me arrodillé a su lado para untarle bloqueador en el abdomen, y sin poder evitarlo dejé que la mano bajara hasta cerrarse sobre su verga y masajeársela despacio con la crema, sintiéndola crecer entre mis dedos.
Y entonces lo vi a lo lejos. Dorian venía caminando hacia nosotros, completamente desnudo, sin un gramo de pudor, su cuerpo enorme recortado contra el mar, la polla colgando pesada entre los muslos, larga incluso en reposo, más gruesa de lo que había imaginado. No supe qué hacer. Lucas tenía los ojos cerrados y no lo veía. Decidí callarme y dejar que se acercara, sin soltar la verga que tenía en la mano.
Cuando estaba a unos cinco metros nos saludó, y Lucas pegó un respingo al encontrárselo ahí parado. Por un segundo pensé que se enfadaría. Pero solo me miró a mí, de rodillas y desnuda junto a él, con su polla dura entre mis dedos aceitados, y me dijo con una calma extraña:
—Túmbate. Te pongo bloqueador.
Me tendí en la arena boca abajo. Lucas empezó a pasarme las manos por la espalda, despacio, mientras Dorian se sentaba a un par de metros, en cuclillas, con la polla ya despertándose entre las piernas abiertas. Sentí los dedos de mi marido bajarme por la columna, abrirme las nalgas para untarme entre ellas, resbalar por el pliegue hasta rozarme el ojete y seguir de largo hacia el coño.
—Qué mujer tan hermosa tienes —dijo el extraño, con la voz ronca—. Y qué culo. Qué coño más lindo se le ve desde aquí.
—Gracias —contestó Lucas, sin dejar de acariciarme, hundiéndome un dedo aceitado hasta la mitad—. Es preciosa mi Mariana. Y le encanta que la miren, ¿verdad, mi amor?
Me pidió que me volteara. Lo hice, y al abrir los ojos vi a Dorian todavía ahí, mirándome sin disimulo, la polla ya erecta, gruesa, la punta morada y brillante, sujeta con la mano derecha en un puño lento. Abrí las piernas casi sin querer, por puro instinto, y Lucas no dudó. Con la mano untada de aceite de coco me recorrió entera, lenta y minuciosamente, sabiendo que el otro lo veía todo. Me embadurnó las tetas, me pellizcó los pezones hasta dejarlos parados y rojos, me bajó por el vientre, me abrió el coño con dos dedos y le mostró el interior rosado y mojado al desconocido, como quien enseña una fruta madura. Jadeé fuerte. No por el aceite ni por sus dedos, sino por la certeza de estar siendo observada, de que mi marido me ofrecía como un espectáculo y a mí me encantaba.
No sé qué pasaba por su cabeza, pero yo no quería que parara.
Lucas me metió dos dedos hasta el fondo y los sacó brillantes, chorreando de mi propio jugo mezclado con el aceite, y los frotó contra mi clítoris haciendo círculos lentos. Giré la cara hacia Dorian y vi que se la meneaba mirándome, con el puño cerrado entero alrededor de esa verga descomunal, arriba y abajo, marcando cada vena. Lucas no levantó la vista; siguió en lo suyo, concentrado, abriéndome, cerrándome, hundiéndome los dedos hasta los nudillos, hasta que el extraño soltó un gemido ronco, gutural, y terminó ahí, de pie, sobre la arena, disparando chorros espesos de semen blanco que le mancharon el vientre y le cayeron a los pies. Yo lo miré correrse sin apartar la vista, con la boca entreabierta, y me corrí también sobre la mano de mi marido, sacudiéndome contra sus dedos, ahogando un grito en la garganta. Me quedé impactada de estar viviendo aquello. Y sin embargo, me gustó más de lo que jamás habría confesado.
***
De regreso, ya en el minibús, iba agotada, quemada, picada de mosquitos, con el coño todavía palpitando y las bragas —que no llevaba— reemplazadas por mis propios jugos secándoseme entre los muslos. Me recosté de lado en el asiento y Lucas hizo lo mismo. Subieron más pasajeros que volvían a la zona de hoteles. Intenté bajarme la falda y no llegaba, así que puse la mano sobre el regazo para taparme.
Al rato sentí que alguien se sentaba a mi lado. Lo supe antes de mirar. Era Dorian otra vez. Lo tengo hasta cuando cierro los ojos, pensé. Dio las gracias en voz alta a todos por la visita, deseó buen viaje, y fingí dormir.
Entonces noté su mano. Poco a poco, con una paciencia infinita, fue apartando la mía, la que me cubría. Me dejé. Permití que mirara, que se me quedara viendo el coño desnudo bajo el ruedo levantado, pero no le bastó. Sentí su palma áspera subir por mi pierna, sus dedos gruesos abrirse paso despacio entre los labios ya empapados, hundirse hasta los nudillos en mi coño hinchado. Lucas roncaba bajito a mi otro lado, ajeno a todo, y yo me estaba dejando follar con los dedos por un desconocido a un metro de mi marido dormido.
Me mojé sin remedio, más de lo que había estado en toda mi vida. Sus dedos entraban y salían con un ruido húmedo que a mí me parecía atronador, curvándose contra el punto que sabía encontrar sin buscar, mientras el pulgar me apretaba el clítoris en círculos lentos. Me giré para abrazar a Lucas y, con ese movimiento, le ofrecí mi cuerpo al otro: la espalda, las nalgas al aire, todo. Esperé sentir su peso, esperé que se abriera la bragueta y me la metiera por detrás, esperé que pasara lo que mi cuerpo entero estaba pidiendo. Sentí cómo se acomodaba, cómo se bajaba la cremallera con cuidado, cómo la punta gorda y caliente de su polla me buscaba entre las nalgas, resbalando por los jugos hasta encontrar la entrada. La sentí ahí, apoyada, empujando apenas, abriéndome un centímetro, dos, con la corona ya dentro, latiéndome. Otro empuje y me habría partido en dos, en el asiento de un minibús, al lado de mi marido dormido, y yo lo estaba pidiendo con el culo en alto.
Pero solo noté la punta de él rozándome, apenas un instante, antes de que sus dedos volvieran a tomar el control. Se contuvo. No sé si por miedo, o si prefería dejarme con las ganas para siempre. Sus dedos volvieron a hundirse, tres esta vez, estirándome, mientras el pulgar me machacaba el clítoris sin piedad.
Me hizo terminar como nunca, en silencio, mordiéndome el labio hasta sangre para no despertar a nadie, apretándole los dedos con las paredes del coño en oleadas largas, levantando apenas la rodilla para darle más espacio. Sentí el líquido escapárseme, chorrear por su muñeca, mancharle el asiento. Cuando entendió que ya estaba satisfecha, se detuvo, se llevó los dedos brillantes a la boca y los chupó uno a uno saboreándome, se acomodó la polla todavía dura dentro del pantalón y miró por la ventanilla como si nada hubiera ocurrido.
Pero no estaba satisfecha. No del todo. Habría dado cualquier cosa por sentirlo entrar de verdad, por que me follara hasta el fondo con esa verga descomunal, por sentir su corrida caliente llenándome mientras Lucas dormía al lado. Habría dado cualquier cosa por cruzar esa última línea que mi cuerpo había abierto y mi cabeza, a último momento, no se atrevió a dejar pasar. El minibús nos dejó en el hotel, nos despedimos con un apretón de manos cortés —los mismos dedos con los que me había hecho correrme apretando los míos con una calma cínica— y nunca volví a verlo.
Esa noche, con Lucas dentro de mí, montándolo a horcajadas mientras él me apretaba las nalgas, cerré los ojos e imaginé que la polla que me abría era la otra, la gruesa, la del desconocido, y me corrí tan fuerte que Lucas se corrió atrás de mí, vaciándose entero, sin entender por qué su mujer temblaba así.
Han pasado años. Lucas y yo seguimos juntos y nunca hablamos de aquel día, como si fuera un sueño que ninguno de los dos quiere nombrar. Pero a veces, cuando cierro los ojos y me toco a solas, vuelvo a aquel asiento, a aquella playa, a aquellos dedos gruesos hundidos en mí, a aquella verga apoyada en mi entrada sin acabar de entrar, a aquella mirada ajena que me encendió como nada lo había hecho. Y entiendo que lo que de verdad descubrí en mi luna de miel no fue el Caribe, sino una parte de mí que sigue ahí, despierta, esperando.





