El futbolista que conocí fumando en el parque
En mi familia siempre fuimos hinchas de equipos que no ganan nada. Es casi una tradición: cada rama del árbol genealógico tiene su club de barrio, modesto, eterno habitante de la segunda categoría, y todos lo defienden con un orgullo que no se corresponde con la cantidad de copas en la vitrina. Mi abuelo le inculcó esa devoción a mi padre, y mi padre intentó inculcármela a mí. Lo logró a medias. Yo iba a la cancha, sí, pero más por el ritual familiar que por una pasión genuina. Eso cambió el día que llegó él al club.
Me llamo Renata. Por mis bisabuelos del norte de Italia heredé los ojos claros y un pelo que según la luz parece rubio o castaño muy claro. Estudio en la universidad, aunque mi padre, dueño de una panadería bastante conocida en el barrio, hubiera preferido que me hiciera cargo del salón de belleza de mi madre. Ese era nuestro conflicto permanente: él pensaba que la facultad era un capricho y yo la vivía como mi única salida real. Y había algo más que nos separaba. En la facultad respiraba aire nuevo, ideas más abiertas, mientras que entre el mostrador y la tribuna mi padre arrastraba prejuicios que a mí me hacían apretar los dientes.
Un domingo cualquiera fuimos a la cancha con mi hermano menor. Fue ahí cuando lo vimos por primera vez. Llevaba el número cuarenta y ocho, algo poco habitual, pero lo que de verdad impresionaba era su tamaño. Casi dos metros de estatura, una espalda ancha, un porte que parecía sacado de otro deporte. Era un muro. Cuando un rival chocaba contra él, salía rebotado como si hubiera embestido una pared.
—Ahí está el grandote, ojalá rinda —soltó mi padre, con un comentario despectivo que prefiero no repetir entero.
Yo no respondí. Solo giré los ojos y guardé silencio, mi manera de mostrar desacuerdo sin abrir una pelea en plena tribuna.
—Dicen que un club grande de Europa quiso pagar una fortuna por él hace años —comentó un hincha desde la fila de atrás.
—Ojalá sea verdad y no nos salga otro fiasco —contestó mi padre.
Empezó el partido y descubrí que miraba más a aquel defensor que a la pelota. Nunca había tenido un tipo de hombre predilecto, y jamás imaginé que alguien así me parecería tan atractivo. En una jugada, un delantero rival se estrelló contra su pecho y cayó al piso, y el árbitro cobró un penal inexistente. La tribuna estalló en insultos, y mi padre fue de los más feroces.
—Pará, papá, ¿no ves que no era penal? Dejá de gritarle —lo reprendí, y por una vez se quedó callado.
Ganamos dos a uno, con el único gol rival desde aquel penal. Volvimos a casa cantando, de buen humor.
—Mucho lo defendés al africano, che —me chinchó mi padre.
—Decile por su nombre, no «el africano» —respondí, riéndome.
—¿Y vos te acordás del nombre? —me devolvió.
No tenía idea. Solo sabía que era el nuevo defensa y que venía de muy lejos.
—Se llama Amadou —dijo mi hermanito, orgulloso de su memoria.
No volvería a olvidarlo. Desde ese momento fui, sin confesarlo, la hincha número uno de Amadou.
***
Esa semana tenía parciales, así que pasaba las tardes encerrada estudiando. La cena del jueves terminó en discusión: mi padre me reclamó que no estaba ayudando a mi madre en el salón.
—Estoy en época de exámenes, no me la paso durmiendo —me defendí.
—Eso era en el colegio. Ahora tu prioridad es la familia y el negocio. La facultad es un extra —dijo, levantando la voz.
—Para vos será un extra. Para mí es lo más importante que tengo —contesté, soltando los cubiertos y levantándome de la mesa.
Agarré mi apunte, un atado de cigarrillos y el encendedor, y salí dando un portazo. Caminé hasta una plaza cercana. Todavía había chicos jugando y algunos jubilados conversando en los bancos. Me senté, encendí un cigarrillo y me puse a leer. Cuando estaba por prender el segundo, una voz grave me interrumpió.
—Hola, ¿me prestás fuego, por favor? —El español era perfecto, aunque con un acento muy marcado.
—Claro, tomá —dije, alcanzándole el encendedor.
Reconocí primero el tamaño de la mano, después la silueta enorme bajo la capucha, y por último la cara.
—Pará… vos no sos Amadou, el nuevo defensa de… —empecé, sin terminar la frase.
—Sí, soy yo —dijo, con una sonrisa tímida.
—No lo puedo creer. En casa somos fanáticos del club —respondí, disimulando como pude la emoción.
—Qué bueno. Es la primera vez que alguien me reconoce sin la camiseta puesta —comentó.
—Si querés, sentate —ofrecí, corriéndome en el banco.
Dejé los libros a un costado y nos pusimos a charlar. Me contó cómo había llegado al país, qué le había parecido la ciudad, cómo había aprendido español jugando años atrás en un club del sur de Europa. Era una persona sorprendentemente sencilla, nada que ver con la mole intimidante de la cancha. Hablamos más de una hora sin darnos cuenta.
—Tengo que volver al hotel, mañana entreno temprano —dijo al fin, poniéndose de pie—. ¿Te gustaría salir a desayunar alguna vez?
No leí coqueteo en la propuesta. Pensé que estaba solo, lejos de casa, y que quizá yo era su primera amiga en la ciudad.
—Me encantaría —dije, sonriendo.
Intercambiamos números y cada uno se fue para su lado.
***
Al domingo siguiente volvió a jugar. Esta vez mi padre y los vecinos invitados solo tenían elogios para él. Ganamos uno a cero y Amadou fue la figura, no dejó pasar un solo ataque. Yo no le conté a nadie que lo había conocido en persona, en parte para evitar los comentarios de mi padre y en parte porque seguía enojada con él.
Esa noche me llegó un mensaje: «Hola, ya volví a la ciudad, ¿viste el partido?». Sonreí como una tonta y le respondí que sí, que había sido el mejor de la cancha. Lo que creí que sería el chat de una sola tarde se transformó en una conversación que se estiró días, después semanas, después meses. Era mi amigo futbolista. Nos llevábamos bárbaro. Me decía que adaptarse era difícil, pero que tener una amiga le hacía todo más liviano, y eso me ponía contenta. Salimos a tomar un café alguna vez, nada más. Hasta que un día, en lugar de una salida de un par de horas, llegó la propuesta de un viaje.
Habíamos pasado de ronda en la copa y el próximo partido era en la capital.
—Me gustaría que me acompañaras al viaje —escribió, agarrándome desprevenida.
—Sabés que es difícil para mí. Dudo que mi viejo me banque el hotel y el pasaje —respondí.
—No te preocupes por la plata, yo me encargo de todo. La excusa para poder viajar ya depende de vos —contestó, con un par de caritas riendo.
Quería ir. Siempre me gustó viajar, y más todavía con un amigo. Empecé a inventar la excusa y la suerte me dio una mano: justo esos días había una feria de productos de peluquería y estética. La usé de gancho.
—Pa, ya sé que te dije que mi prioridad es la facultad, pero está esa feria y podría ver productos nuevos para el salón —solté durante la cena.
A mi padre le brillaron los ojos. Más que la idea en sí, lo entusiasmó verme interesada en el negocio familiar. Me dio permiso, me pasó plata de sobra para el vuelo, el hospedaje y alguna compra, y hasta se ofreció a acompañarme.
—No, quiero ir sola. Ustedes están ocupados y esta es mi forma de darles una mano —respondí.
Estaba todo listo. Tendría mi viaje a la capital.
***
Obviamente no viajamos en el mismo avión, él iba con el plantel, pero llegamos casi a la par. Esa noche era el partido. Alquilé una habitación, paseé un rato por la ciudad y me arreglé para ir al estadio. El rival era un equipo de primera, uno de los más importantes del interior, y casi todo el público lo alentaba a él. Perdimos cuatro a cero, una paliza que dejó en evidencia la diferencia entre los dos planteles. Y, sin embargo, yo seguía contenta, porque esa noche iríamos a cenar a un restaurante famoso de pastas.
Cenamos, tomamos un poco de vino y después caminamos por una zona preciosa, iluminada y tranquila. Fue una noche extrañamente perfecta. No me lo esperaba, pero al sentarnos en una plaza conocida, él se inclinó y me besó. Me tomó por completo de sorpresa, porque jamás había hecho la menor insinuación.
Me aparté, desconcertada.
—Perdón, perdón, me dejé llevar —dijo, con la cara claramente arrepentida.
—No, tranquilo. También es culpa mía por no dejar las cosas claras —respondí, tratando de salvar el momento incómodo.
Quedamos en silencio, sin mirarnos, uno o dos minutos eternos.
—Bueno, ya es tarde. Mejor volvemos al hotel —dije al fin.
—Sí, estoy de acuerdo —murmuró.
Llegamos y cada uno entró a su cuarto sin más palabras. En la soledad de mi habitación me puse a pensarlo todo. Era mi amigo más cercano. Si me hubiera besado antes de volvernos tan unidos, probablemente le habría correspondido sin dudar. Esa timidez suya, tan curiosa en un hombre de su tamaño, me resultaba enternecedora. Y entonces me dije que quizá merecía una oportunidad, y que si había que dar un paso, era esa noche.
Me levanté y fui a tocar su puerta.
—Renata, ¿pasó algo? ¿Está todo bien? —fue lo primero que dijo al abrir.
Lo miré sin saber qué decir. Antes de que repitiera la pregunta, me puse en puntas de pie y lo besé. Él correspondió enseguida. Me sujetó de la cintura con las dos manos y me atrajo hacia adentro mientras yo cerraba la puerta detrás de mí.
Se sentó en la cama y yo me acomodé encima, rodeándolo con las piernas. Nos miramos un segundo antes de volver a unirnos en aquel beso, que de a poco fue perdiendo la ternura para ganar urgencia. Empecé a moverme sobre él, despacio, con la ropa todavía puesta, dejando escapar suspiros que el propio beso ahogaba. En algún momento sentí sus manos enormes abarcándome entera, atrayéndome hacia él, y esa sensación de sentirlo fue lo mejor de la noche hasta ese punto.
—Te deseo —le dije al oído, casi en un susurro.
Descubrí que su carácter callado no era solo cosa de la vida cotidiana: también en la intimidad seguía siendo así, dejándome llevar a mí las riendas. Él solo asintió con la mirada.
—Parate —le ordené.
Obedeció sin chistar. Le desabroché el pantalón y se lo bajé, y bastó esa primera revelación para confirmar que todo en él era proporcional a su tamaño. Por un instante sentí algo parecido al vértigo, pero la curiosidad pudo más que el reparo.
—Si no estás cómoda, no hace falta que hagamos nada —dijo, bajando la mirada.
No le contesté. Acallé mis propias dudas y me dejé llevar. Él apenas se movía, como si tuviera miedo de incomodarme; era yo la que marcaba cada paso, la que decidía el ritmo. Cuando sentí que era el momento, di la siguiente orden.
—Acostate.
Aquel gigante de dos metros se recostó dócil, como si el tamaño y la timidez fueran dos caras de la misma moneda. Me deshice de mi ropa, me ubiqué sobre él y, después de respirar hondo y cerrar los ojos, me dejé caer despacio. Solté un quejido, y él se incorporó de golpe, alarmado.
—¿Estás bien? ¿Querés parar? —preguntó.
—Estoy bien, estoy bien —respondí, acostumbrándome de a poco.
No esperé respuesta para empezar a moverme, primero apenas, meneando las caderas, después con más confianza. Cada movimiento me arrancaba sonidos que rebotaban en las paredes del cuarto, y estoy segura de que quien pasara por el pasillo los habría escuchado. Le pedía cosas al oído, le marcaba el ritmo, lo guiaba con las manos, y él respondía a todo en silencio, atento a cada señal mía.
En algún momento sentí que algo se quebraba dentro de mí, una ola de calor que me recorrió entera y me hizo perder el control. Dejé caer la cara contra su pecho, lo abracé y me quedé temblando. Cuando volví en mí, él ya me estaba acariciando el pelo.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Sí. Muy bien —respondí, sin despegar la cara de su pecho.
—¿Eso fue un orgasmo? —preguntó, con una inocencia que me hizo sonreír.
—Sí, creo que sí. Y muy intenso —contesté.
Nos quedamos abrazados un rato largo, entre silencios cómodos y conversaciones a media voz, dándonos más abrazos que besos. En algún momento me di cuenta de que él no había terminado.
—Vos no te viniste, ¿verdad? —pregunté.
—No, pero no importa. Lo importante es que vos sí —dijo, acariciándome la mejilla.
No me conformé con eso. Más suelta, entre risas, lo encaré de nuevo, lo besé hasta que el beso recuperó la misma intensidad de antes y le pregunté qué quería. Por primera vez se animó a pedir algo, y al hacerlo se le encendieron las mejillas, un rubor difícil de notar en su piel que me causó muchísima ternura.
Le di un beso corto y me acomodé como él quería, dándole la espalda. Cuando me miró por encima del hombro pareció quedarse sin palabras. Se acercó despacio, me sujetó de la cintura y, casi inaudible, murmuró «me encantás» antes de que yo pudiera siquiera procesarlo. Esta vez fue distinto: él tomó la iniciativa, primero con suavidad y después con una intensidad creciente, y yo lo acompañé con todo el cuerpo y con frases que ni intentaba contener.
Pasaron varios minutos hasta que lo sentí tensarse, temblar y dejarse caer sobre mi espalda con un gemido ronco que se le escapó por fin. No dijo nada, pero no hizo falta. Se quedó quieto unos segundos, recuperando el aire, y después se echó a un lado.
Hasta el día de hoy, cuando recuerdo esa noche, creo que la mejor prueba de lo bien que estuvo es cómo me sentí después: con la rara sensación de que me faltaba algo, de querer que ese momento no terminara nunca. El resto de la noche fue pura calma. Dormimos abrazados como si fuéramos pareja. A la mañana siguiente hasta me costaba caminar, como después de un día entero de gimnasio.
El viaje continuó con otro color. Paseábamos de la mano, abrazados, sin la tensión de antes. Y, sin embargo, cuando volvimos a la rutina, todo quedó en una amistad más cercana que de vez en cuando terminaba en un beso o en la cama. Nunca me pidió que fuéramos algo más. No sé si fue su timidez o el miedo a complicarse, pero jamás dio ese paso. Lo irónico es que, antes del viaje, yo habría dicho que no; después, mi respuesta habría sido sí mil veces.
Le fue tan bien en la cancha que terminó llegándole una oferta del exterior, una que cualquiera en su lugar habría aceptado. Se fue, y con él se fue toda posibilidad de que lo nuestro fuera otra cosa. Seguimos hablando alguna vez, como dos amigos que la distancia volvió lejanos.
Esa es mi historia con el futbolista que conocí una noche, fumando en una plaza, y que me enseñó que el deseo no entiende de prejuicios ni de etiquetas.





