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Relatos Ardientes

El club que despertó la fantasía de mi mujer

Todo empezó con una propuesta inocente, dicha entre risas al borde de la piscina.

—¿Y si declaramos el fin de semana nudista? Mientras estemos en casa, vamos sin ropa —dijo Bea, la dueña del chalet.

—A mí me parece bien. Aunque nos vamos a pasar el día tocándonos —respondí, más sincero de lo que pretendía.

—Pues nos tocamos —contestó Nadia, con una sonrisa que no dejaba lugar a dudas.

La primera en quitarse el vestido fue Bea, después Lucía y por último Nadia. Nosotros las seguimos: yo, Raúl y Sergio. Desnudos, nos metimos en la piscina iluminada y los toqueteos se fueron sucediendo en el agua tibia. El morbo flotaba en el aire como el vapor sobre la superficie.

Lucía y yo éramos los novatos del grupo. Llevábamos pocos meses en el ambiente liberal, y aquellas dos parejas —ricas, experimentadas, generosas— nos habían adoptado como a unos hermanos pequeños a los que enseñar el mundo.

Esa noche dormimos cada uno con su pareja. Habíamos jugado bastante durante el día, así que tocaba descansar. Lucía se acurrucó en mi pecho y deslizó la mano entre mis piernas.

—¿Te gustó la mamada de Nadia? —preguntó en voz baja.

—Sí. Pero las tuyas me gustan más.

Empezó a besarme y bajó por mi torso hasta intentar tragarme entera. Lo consiguió, con una garganta profunda que nunca antes me había hecho.

—Para, cariño —le dije, acariciándole el pelo—. Me he corrido dos veces hoy. La pobre no da más de sí.

Ella subió hasta mi oído y susurró:

—Hay que entrenar. Mañana va a ser un día duro.

Nos dormimos abrazados.

***

A la mañana siguiente, Bea ya tenía el desayuno listo en la terraza: tostadas, café, todo perfecto. Esa mujer organizaba viajes de lujo para vivir, y el fin de semana lo llevaba al milímetro.

—Hoy vamos a la cala Roja —anunció—. Es nudista y tiene mucho ambiente. De parejas y de hombres. Comemos allí y por la noche nos vamos a Valencia.

Nos vestimos solo para el coche. Raúl bajó los asientos de su descapotable y cabíamos los seis sin problema. En veinte minutos estábamos cruzando bajo las vías del tren por un arco de piedra que daba a la playa.

—Pues sí que es grande —observé al verla abrirse ante nosotros.

—Aún no has visto nada. Vamos hasta el otro extremo, donde está el chiringuito.

Caminamos por la orilla. La primera parte era de gravilla y los pies se hundían.

—Esta es la zona de hombres —me dijo Bea—. Aquí sois caramelitos.

—Que miren lo que quieran —respondí.

Plantamos las sombrillas en un tramo de arena fina, lejos de la gente. Llegó la hora de la crema solar, y con ella volvió el juego. Las chicas cambiaron de pareja: Lucía se fue con Sergio, Nadia con Raúl, y Bea vino conmigo. Donde más se entretuvieron las manos no fue precisamente en la espalda.

Bea deslizó un dedo entre mis nalgas y un suspiro se me escapó solo.

—¿Seguro que no quieres ir a dar una vuelta por el bosque? —me susurró.

—Seguro. Pero como sigas así, soy yo el que te lleva a los arbustos.

—Mmmm. Me encantaría.

Esa mujer era pura provocación. Cuando me tocó a mí extenderle la crema a Lucía, vi cómo Sergio le pellizcaba los pezones a mi mujer mientras la sujetaba del cuello. Verla así de entregada con otro hombre me provocó una erección que Bea notó al instante.

—Como sigas con esa cara te voy a tener que hacer una paja para calmarte —rio—. Mejor mira hacia el mar.

Le hice caso. Un grupo se instaló cerca y la poca intimidad que teníamos desapareció, así que nos fuimos todos al agua a refrescarnos.

Comimos en el chiringuito unas raciones y una paella, regadas con jarras de sangría que no apagaban la sed. Raúl pagó con el reloj, como si nada. En aquel grupo el dinero no se contaba; nosotros vivíamos bien, pero lo de ellos era otro nivel.

Volvimos al chalet a media tarde para echarnos una siesta.

—Nada de sexo, ¿eh? —avisó Nadia entre risas—. Que hay que rendir esta noche.

***

A las siete salimos hacia Valencia, con la ropa de la cena colgada en perchas en el maletero para que no se arrugara. El ambiente dentro del coche era tenso: todos queríamos jugar, pero nos guardábamos para la noche.

El GPS marcaba casi dos horas. Raúl apretó un botón, la suspensión bajó, el motor cambió de tono y entendí por qué no íbamos a tardar tanto. En un abrir y cerrar de ojos íbamos a doscientos por la autopista, con una suavidad que daba vértigo.

—¿Cuántos caballos tiene esto? —pregunté.

—De serie bastantes. Este va preparado, con un turbo que solo entra cuando quiero.

Bea miró a su marido y sonrió. Aquel punto de postureo les gustaba a los dos, aunque luego fueran las personas más normales del mundo.

En hora y media estábamos entrando en el hotel, en una zona alta y discreta de la ciudad. La suite nos dejó con la boca abierta.

—Me gusta esta vida —dijo Lucía, tumbándose en la cama enorme—. Me podría acostumbrar.

—De vez en cuando no está mal —reí—. He hablado con Raúl de invertir. Dice que me da garantías.

—Todo por escrito y bien atado —apuntó ella, siempre más prudente que yo.

Se levantó a terminar de maquillarse. Cuando salió del baño, parecía otra. Espectacular.

—Cada día estoy más orgulloso de ser tu compañero de vida —le dije.

—No sigas, que se me corre el maquillaje.

—El maquillaje no va a ser lo único que se te corra hoy.

Nos reímos a carcajadas.

***

Cenamos en un restaurante con vistas a toda la ciudad de noche. La carta venía en un código impreso en la servilleta, el cocinero tenía estrella, y cada plato era una obra de arte que se podía comer. Bea explicó que quería montar paquetes de lujo para parejas liberales: hotel, cena, club. Solo público con alto poder adquisitivo.

—Lo exclusivo se paga —dijo, y nadie la contradijo.

Entre el vino, el cava y las copas, las chicas llegaron al postre muy animadas. En cuanto Bea apuró la suya, se levantó.

—Terminad. Nos vamos al club.

Caminamos por calles desiertas y oscuras, flanqueadas por mansiones, hasta una puerta sin letrero de la que salía un murmullo continuo. Bea llamó, sonó el zumbador y avanzamos por un pasillo de plantas tropicales hasta una recepción donde una chica nos entregó tres pulseras con llave.

—Voy a enseñaros el local —dijo Bea, de guía una vez más.

El sitio era inmenso, un antiguo gimnasio reformado en varias plantas. Nos mostró la zona de aguas, con jacuzzi y piscina; una habitación con la cama más grande, donde se montaban las orgías; un cuarto oscuro tras una cortina; una sala de cine con mirillas en la pared. Cada rincón estaba pensado para una cosa distinta.

—Y abajo está la disco —terminó—. Es la zona de ligue. Como cualquier discoteca, pero se liga en pareja.

Eran las doce y apenas habría veinte parejas. Subimos a la barra a tomar una copa con los demás. Sergio se acercó y me deslizó una pastilla azul en la mano.

—Toma. Por si acaso.

—Gracias. No es por necesidad, pero por si acaso —reí.

—Así te aseguras la dureza. Lo demás es cosa tuya.

Cuando abrieron la disco, las chicas subieron a cambiarse y bajaron en lencería. Las tres llevaban medias de rejilla y liguero, cada una con un detalle distinto. Estaban para comérselas, y la gente de la barra se giró a mirarlas.

***

Entonces entró una pareja que revolucionó a todo el grupo. Él, altísimo y fuerte, con la camisa blanca abierta sobre el torso. Ella, una mujer de cuerpo espectacular y curvas imposibles. Bea y Nadia fueron a recibirlos con besos y los trajeron hasta nosotros.

—Lucía, Marcos. Ellos son Theo y Naima.

Theo se acercó a mi mujer, la cogió por la cintura y le dio un pico antes de estrecharme la mano.

—Tienes una mujer preciosa.

—Tú también —respondí.

Naima, mientras tanto, me besó. Y no fue un pico: fue un beso de verdad que me puso duro al instante. Nadia se acercó a mi oído.

—¿No era esa vuestra fantasía? Lo de Lucía con un hombre así. Ya está hablado con ellos. Solo tenéis que decir que sí.

Llevó la mano a mi entrepierna y apretó.

—Parece que tu cuerpo ya ha contestado —rio, y se fue a hablar con mi mujer.

Vi a Lucía asentir con la cabeza. La cosa estaba en marcha. Naima me cogió de la mano y tiró de mí hacia las escaleras; Theo siguió a Lucía detrás de nosotros. Subimos a los vestuarios a dejar la ropa, y cuando él se desnudó, mi mujer se quedó mirándolo estupefacta.

—Buf. Esto es demasiado —dijo Lucía.

—Nunca es demasiado —contestó Theo, mirándola a los ojos.

Le guiñé un ojo.

—Hoy cumples otra fantasía. Aprovéchala.

Nos cubrimos con las toallas y bajamos a la zona de camas, donde ya se oían gemidos continuos. Naima subió primero, y al ver su cuerpo delante de mí no me pude reprimir y le di un pequeño azote.

—Soy toda tuya —dijo, girándose.

Lucía se tumbó a un metro de mí y, antes de empezar, me dio un beso.

—Disfruta —le dije.

Theo le practicó un cunnilingus lento mientras Naima me devoraba con unos labios carnosos que daban una sensación distinta a todo lo conocido. Mi mujer llegó al orgasmo entre gritos, agarrada a la cabeza de él. Cambiamos de posición: yo me puse un preservativo y me deslicé dentro de Naima, que se retorcía clavándome las uñas en la espalda.

No me había dado cuenta, pero Theo ya intentaba penetrar a Lucía, que gritaba al sentirse invadida. Él se detenía, esperaba a que se adaptara, y avanzaba muy despacio.

Desde la puerta nos miraban nuestros amigos. Bea y Nadia cuchicheaban; Raúl y Sergio no se perdían detalle. Poco a poco fueron subiendo a la cama, hasta que de repente todos estábamos jugando en el mismo colchón. Así era como se armaban las orgías en aquellos clubes: brazos, piernas y bocas que ya no sabías de quién eran.

La viagra me tenía duro como una piedra, y la imagen de Lucía entregada por completo a Theo me llevó al borde. Paré para aguantar más. Naima se corrió contrayéndose alrededor de mí con unos espasmos deliciosos. Mi mujer, debajo de él, parecía montada en un orgasmo infinito, gimiendo a cada embestida.

Al final estaba cumpliendo una de sus fantasías más recurrentes, y yo no podía dejar de mirarla.

Estuvimos en esa cama casi dos horas. Todo el mundo cambió de pareja menos Lucía, que aprovechó la ocasión todo lo que pudo. Con los de fuera del grupo hubo juegos, pero no penetración: solo teníamos el pacto de fluidos con nuestros amigos. La noche terminó casi a las cinco de la mañana.

Al despedirnos, Naima nos dio un último beso.

—Cuando volváis a Valencia, ya sabéis dónde estamos. Nos llamáis.

Volvimos caminando al hotel, agotados y en silencio. Lucía me apretaba la mano. No hacía falta decir nada: los dos sabíamos que aquella madrugada no iba a quedarse en una sola vez.

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Comentarios(5)

Pablinho_82

que relato!!! me tuvo pegado hasta el final, no podia parar de leer

CarlaVal

Muy buen relato, me encanto la dinamica entre ellos dos. Sigue asi por favor!!

Elisa_Nocturna

Se siente autentico, eso es lo mas dificil de lograr en este tipo de historias. Felicitaciones!!

JuanPe_ok

impresionante!! mas relatos como este

Caro_2507

Me recordo a unas vacaciones que tuvimos con mi pareja hace unos años. Cuando los dos se animan juntos todo cambia. Excelente historia

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