Conocí en persona a la amiga del chat erótico
Llevábamos meses así, escribiéndonos a las tres de la mañana con la luz del teléfono iluminándonos la cara. Con Marisol empezamos a hablar por una de esas páginas donde una entra para distraerse y termina contestando mensajes de gente que ni siquiera conoce. Le caí bien al toque. Compartíamos esa mezcla de descaro y curiosidad que te lleva a contarle a una desconocida cosas que jamás le contarías a una amiga del barrio.
Ella me confesó muy temprano que nunca había estado con una mujer. Solo besos, manoseos en fiestas, lo típico cuando una está «en clima» y hay otra chica al lado dispuesta a jugar para calentar a los chicos. Le pareció natural contármelo a mí porque, según sus palabras, conmigo se sentía menos juzgada que con sus amigas reales.
Un día me escribió diciendo que estaba decidida a animarse. Que había una compañera de la facultad que ella creía lesbiana y que, después de mucho insistir, le había aceptado un café en su casa. Le di un par de consejos, los que toda chica le daría a otra: cómo encarar, qué hacer si el silencio se hacía incómodo, dónde poner las manos primero. A los hombres se les manotea la entrepierna y listo, le escribí. Con una mujer hay que tener un poco más de paciencia.
A ella le fue bien con aquella compañera, pero esa noche, leyéndome el relato por mensaje, las dos terminamos masturbándonos con el teléfono en la mano. Desde entonces los mensajes ya no eran inocentes. Yo le mandaba audios mientras me metía el consolador, ella me devolvía fotos de su escote después de la ducha. Era una calentura constante, de fondo, como tener una llamita prendida adentro del pecho todo el día.
***
Un jueves por la noche, después de tres horas seguidas escribiéndonos, le propuse lo que las dos llevábamos semanas insinuando.
—¿Y si nos sacamos las ganas en serio?
Marisol vivía a una hora de mi casa, en una ciudad chica donde nadie nos conocía. Pasamos la noche entera planeándolo y los dos días siguientes con el estómago hecho un nudo. La fantasía era una cosa. Llamar al timbre era otra muy distinta.
El viernes me probé tres conjuntos antes de decidirme. Pensé en una pollera corta, en un vestido, en algo que me hiciera sentir poderosa al bajarme del auto. Al final me puse un short de jean, una remera lisa y zapatillas. Si en el camino me pinchaba una rueda, no iba a quedarme tirada en la ruta vestida como para una fiesta de soltera.
Manejé con la radio apagada y la ventanilla baja. Tenía la boca seca y las manos pegajosas en el volante. Cada tanto miraba el GPS y calculaba cuánto faltaba, como si la cuenta regresiva fuera a aflojarme la ansiedad. No lo conseguía.
Estacioné en su cuadra, me miré en el espejito retrovisor y me dije lo que una se dice cuando ya no hay vuelta atrás: tampoco te vas a morir, llegaste hasta acá.
Toqué el timbre. Marisol bajó en menos de un minuto, vestida con un short minúsculo y un top que apenas le contenía las tetas. Estaba descalza, recién duchada, con el pelo todavía húmedo cayéndole sobre los hombros. Me miró desde el umbral con una sonrisa que no terminaba de decidir si era de bienvenida o de desafío.
—Pasá —me dijo, y se hizo a un lado.
***
Los primeros minutos fueron los más raros de mi vida. Caminamos por el pasillo de su casa hablando de tonterías: cómo había estado el viaje, si había mucho tráfico, si quería tomar algo. Nos miramos demasiado las dos, nos esquivamos demasiado las dos. Yo sentía la calentura como una capa pesada sobre los hombros, pero al mismo tiempo no me animaba a estirar la mano y tocarla.
Me ofreció café. Fuimos a la cocina. Mientras ella ponía el agua a calentar, yo recorría con la mirada el living, el pasillo, las puertas cerradas. Pensaba: ¿dónde vamos a hacerlo? ¿En la cocina, en el sillón, en el cuarto? Ninguna de las dos se atrevía a dar el primer paso, pero las dos sabíamos para qué había manejado tanto.
—¿Te molesta si me siento acá? —le pregunté, señalando la mesada.
—Sentate donde quieras.
Me apoyé en la mesada, me crucé de piernas y la miré fijo. Marisol se apoyó del otro lado, con la pava en una mano y los ojos clavados en los míos. Y ahí, como si las dos hubiéramos acordado por telepatía cuál era la única forma de empezar, le solté el primer insulto cariñoso.
—Puta.
Levantó una ceja.
—Tragaleche.
Solté una carcajada nerviosa.
—Chupapijas.
—Fiestera de mierda.
—Culo roto.
—Vos sí que sos una fiestera de cuarta.
—Lesbianita.
—Chupaconchas.
Era una guerra absurda y deliciosa. Cada palabra que nos cruzábamos era como sacarse una capa más, ir aflojando el nudo del estómago, ir entendiéndonos. Nos decíamos lo mismo que nos habíamos dicho mil veces por chat, pero ahora con la voz, con la respiración entrecortada, con la mirada cada vez más oscura.
—Te voy a besar entera, nena.
—Y yo te voy a hacer acabar mil veces, trolaza.
—Vení.
Vino.
***
El primer beso no fue tierno. Fue una emboscada. Le metí la lengua hasta el fondo y ella me la devolvió con la misma fuerza, como si lleváramos años acumulando ese encuentro. Yo seguía sentada en la mesada y le pasé las piernas por la cintura para arrimarla. Sentir su piel contra la mía, esa piel que había imaginado tantas veces, fue como recibir un golpe en el pecho.
Nos sacamos la ropa de arriba sin separar la boca. Ella me arrancó la remera y yo le saqué el top. Sus tetas eran enormes, más grandes de lo que las fotos sugerían, con los pezones rosados y duros. Bajé la cabeza y me las llevé a la boca, las dos al mismo tiempo, una y la otra, mordiéndoselas suave, lamiéndoselas con calma. Marisol gimió por primera vez, un gemido bajo y largo, y se agarró del filo de la mesada para no perder el equilibrio.
—¿Te gusta así? —le susurré.
—Seguí, no pares.
Le metí la mano debajo del short. Ya estaba mojada, tanto que el dedo se me deslizó adentro sin esfuerzo. Le metí uno, después dos, y ella separó las piernas para darme más espacio. Sentía su respiración cortarse, sus muslos temblando contra mis costillas. Le robé el primer orgasmo casi sin avisar, mientras le mordía el cuello y le susurraba al oído.
—Hija de puta —se quejó cuando empezó a recuperar el aliento—, me hiciste acabar primero.
Me empujó hacia atrás y, antes de que pudiera reaccionar, me bajó el short y la bombacha de un tirón. Se arrodilló entre mis piernas y se hundió la cara entre mis muslos como si llevara meses esperando ese momento. Le agarré la cabeza con las dos manos y la apreté contra mí. Su lengua era exacta, paciente, y al rato me sacó del cajón de la cocina un consolador con el que terminó de hacerme gritar. Cómo había llegado un consolador a la cocina era una pregunta que no pensaba hacerle ahí.
***
Cuando las dos terminamos por primera vez, todo se aflojó. La calentura seguía intacta, pero ya no había nada que demostrar. Me agarró de la mano, sin decir nada, y me llevó al cuarto.
Nos acostamos en su cama. Apoyé una pierna sobre su cadera y empezamos a acariciarnos lento, casi con cariño. Los besos ya no eran feroces, eran largos, profundos, con la lengua tibia y los labios entreabiertos. Tardamos en encendernos de nuevo, pero cuando llegamos al sesenta y nueve fuimos las dos al mismo tiempo, y acabamos también casi al mismo tiempo, agarradas de los muslos de la otra, ahogando los gritos contra la piel.
Después nos quedamos un rato bocarriba, mirando el techo, recuperando el aire. Hablamos de cualquier cosa, como dos amigas que acababan de salir de un examen difícil.
—Vení, vamos a ducharnos —me dijo.
***
El baño era angosto y el agua tibia. Nos enjabonamos despacio, riéndonos como nenas. Yo le pasé las manos llenas de espuma por las tetas y la panza, ella me devolvió el favor recorriéndome todo el cuerpo. Cada caricia bajo el agua se sentía distinta, más limpia, más íntima. Le bajé la mano a la entrepierna y empecé a frotarla en círculos, sin apuro, con la cabeza apoyada en su hombro.
—No me hagas acabar de nuevo, recién me recupero —protestó, pero no me apartó la mano.
Me arrodillé en el piso de la ducha y se la chupé bajo el chorro. Le metí dos dedos en la concha y, mientras se aferraba al toallero, le acerqué el otro dedo a la colita. Ella respiró hondo, como dando permiso, y se lo metí también. No era la primera vez que yo hacía esto, y se notó. Marisol acabó por tercera o cuarta vez, no recuerdo, agarrándose de mi pelo y llamándome cosas que no se le dicen a una invitada.
Salimos envueltas en toallas, riéndonos. Caímos en la cama medio muertas, abrazadas, todavía mojadas. Pensé que ahí terminaba la tarde.
***
El teléfono de Marisol sonó con un mensaje. Ella lo leyó y empezó a reírse con una mueca que no me gustó nada.
—Mirá esto.
Era de su vecino. El mensaje decía algo como «¿qué hacés, putita? ¿No querés venir un rato?». Lo leí dos veces y la miré con cara de pregunta.
—¿Quién es?
—Mi vecino, el del piso de arriba.
Empezó a contestarle delante de mí, riéndose con la lengua entre los dientes. Cuando me dejó leer la respuesta, casi le tiro el teléfono por la ventana. Le había puesto: «Vení si querés, estoy con una amiga».
—Sos una hija de puta —le dije, y se tapó la cara con la almohada de la risa.
Me agarró por la nuca y me besó hasta callarme.
—Ahora quiero ver cómo cogés en serio, trolaza.
Sonó el timbre. Yo me apreté la toalla contra el pecho como si fuera un escudo. No conocía a ese tipo, no iba a conocerlo, no me importaba conocerlo. Marisol abrió la puerta del cuarto y le hizo señas para que pasara directo.
***
El pibe entró sin ceremonia. Era alto, flaco, con cara de no haber dormido. Marisol se sentó al borde de la cama y, sin saludarme apenas, le bajó el pantalón y se la metió a la boca. Me llamó con la mano para que me sumara.
Era extraño y a la vez perfecto. Compartirla así, con esa pija en el medio de las dos, besándonos sobre ella, mirándonos como si estuviéramos haciendo algo prohibido aunque ya nada lo era. Después de un rato me hizo acostar bocarriba, me abrió las piernas y entró con una sola embestida. Marisol me besaba la boca y me decía al oído cosas que me dejaban sin aire.
Lo di vuelta. Me senté encima, en cuclillas, y empecé a moverme yo. Marisol no paraba de tocarme: las tetas, la espalda, los costados. Cuando me sintió cerca, se acomodó atrás de mí y me metió los dedos en la colita, mojados con saliva y con algo más. Yo no le decía que parara. Después de los dedos vino el consolador, el mismo de la cocina, y la mezcla de dolor y placer me sacudió de los pies a la cabeza.
—Te lo dije, te dije que te iba a romper la colita —me susurraba.
El pibe acabó afuera, sobre nuestras caras, y nosotras nos quedamos lamiéndonos los restos como dos gatas que acababan de comerse el mismo plato. Se vistió, dijo «gracias, chicas» con una sonrisa tonta y se fue.
***
Cuando la puerta se cerró, la agarré a Marisol por la cintura y la tiré boca abajo en la cama.
—Ahora vos.
Le abrí las piernas, le chupé la concha hasta sentir cómo se le aflojaba todo, le metí los dedos, la di vuelta otra vez. Le subí las caderas, me metí debajo de ella y le pasé la lengua por la colita despacio, en círculos, hasta que empezó a temblar y a pedirme que no parara. Agarré el consolador, se lo apoyé y se lo metí de una. Gritó como si la hubiera pinchado, pero al rato me estaba pidiendo más.
—Cógeme, putaza, cógeme así.
Jugué con ella un rato largo, sin apuro. Le mordía los muslos, le besaba la espalda, le tiraba del pelo cuando quería que se callara. Acabó gritando con la cara hundida en la almohada, sin poder controlar las piernas, con un orgasmo que le duró casi un minuto y que la dejó deshecha sobre la cama.
***
Nos quedamos abrazadas otro rato, escuchando el zumbido del ventilador. No nos dijimos casi nada. Cuando me levanté para vestirme, ella me miró desde la cama con una sonrisa cansada.
—¿Volvés el viernes?
Le contesté con un beso largo, sin promesa de nada. Manejé de vuelta con la radio prendida esta vez, las ventanillas bajas y el cuerpo entero todavía tibio. No sé si voy a volver. No sé si Marisol va a contar esto en algún chat a las tres de la mañana, con la luz del teléfono iluminándole la cara. Lo único que sé es que esa tarde fue una de las que se guardan calladas, para una sola.