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Relatos Ardientes

Las confesiones que un cura nunca debería escuchar

El padre Tadeo Wisniewski nació en 1938, en un pueblo cerca de Breslavia, cuando los tanques ya rugían en la frontera. Su madre lo parió en un sótano mientras caían las primeras bombas; su padre nunca volvió de Gdansk. Creció entre ruinas, hambriento, robando patatas y rezando al mismo tiempo, convencido de que Dios entendía la necesidad.

En la adolescencia, la carne empezó a hablar más alto que el hambre. Se enamoró perdidamente de una muchacha rubia llamada Wanda, hija de un partisano. Se besaron detrás de la iglesia derruida, entre escombros y ortigas. Ella olía a jabón barato y a humo de leña. Le dejó meterle la mano por debajo de la blusa una tarde de agosto, y Tadeo descubrió el peso de una teta joven en la palma, el pezón duro como una semilla contra su dedo pulgar, el pulso de Wanda latiéndole en el cuello mientras él, torpe y ciego de deseo, se frotaba contra su muslo hasta mancharse los pantalones. Sintió entonces, por primera vez, que el deseo era más fuerte que el miedo. Cuando ella se marchó con un oficial soviético, él decidió que solo Dios podía llenar aquel hueco. Entró al seminario con diecisiete años, casi huyendo.

Fueron años de disciplina feroz. Aprendió latín, teología y a dominar el cuerpo. Pero el cuerpo, terco, recordaba: en las noches de invierno se despertaba sudando, soñando con curvas bajo blusas domingueras, con la polla dura contra el jergón y la mano que se le iba sola entre las piernas hasta acabar corriéndose en las sábanas grises del noviciado. Se flagelaba con la correa del hábito hasta que la culpa se confundía con el alivio.

Ordenado a los veintiséis, sirvió en parroquias pobres de Silesia. Décadas después lo llamaron a Roma «por su fidelidad callada» y lo destinaron a la iglesia de Santa Croce, en el barrio de Monti, un templo barroco lleno de turistas y de romanas que huelen a vainilla y a pecado.

A sus ochenta y siete años, Tadeo sigue siendo alto, encorvado apenas, con manos grandes y ojos de un azul desvaído que aún brillan cuando alguna feligresa joven se arrodilla en el confesionario. A veces, al escuchar «bendígame, padre, porque he pecado», su mente lo traiciona: imagina el roce de una rodilla contra la celosía, el aliento cálido que empaña la madera, el perfume que se cuela por las rendijas. Se muerde el interior de la mejilla hasta saborear sangre y responde con voz serena: habla, hija mía.

***

La rejilla cruje apenas. Una sombra perfumada se arrodilla.

—Ave María Purísima… —empieza Tadeo, con voz de terciopelo viejo.

—Sin pecado concebida —responde ella, y el cura reconoce al instante ese timbre ronco, medio cigarrillo, medio noche de verano. Es Marta, veintisiete años, la instructora de pilates que viene los domingos con mallas que parecen pintadas y una coleta alta que se balancea como un desafío.

Silencio. Se oye su respiración, rápida.

—Padre… hace tres semanas que no me confieso.

—Dios se alegra de verte, hija. —Y yo también, piensa él, y se muerde la lengua.

—He pecado de pensamiento, palabra, obra y omisión. Sobre todo de obra.

Tadeo traga saliva.

—Cuéntame, sin prisa.

—Estoy casada, padre. Bruno es bueno, trabaja mucho… pero desde hace seis meses estoy con otro. Con dos, en realidad. A veces los tres juntos. —La voz de Marta baja hasta convertirse en un susurro caliente que se mete por los agujeritos de la celosía como dedos—. El primero es mi alumno de pilates. Se llama Andrea. Treinta y dos años, cuerpo de estatua. La última clase del jueves la reservó él solo. Cuando cerré la persiana del gimnasio, me pidió que le enseñara «el estiramiento del psoas» sobre la colchoneta. Me tumbó boca abajo, se me sentó a horcajadas sobre el culo y empezó a bajarme las mallas con los dientes, padre. Con los dientes. Yo tenía la cara aplastada contra la goma y solo oía mi propia respiración y el crujido de la tela cediendo.

Tadeo siente que la sotana se le pega a la espalda. Aprieta los muslos bajo el asiento.

—Me abrió las nalgas con las dos manos y me lamió entera. Empezó por el coño y fue subiendo, muy despacio, hasta el otro agujero. Me metió la lengua ahí y yo me agarré a la colchoneta como si fuera a caerme de un décimo piso. Después me dio la vuelta, me abrió las piernas de par en par y me miró como se mira un plato que llevas semanas esperando. Me dijo: «vas a estar callada, ¿eh, profe?». Yo asentí. Se sacó la polla —la tiene gruesa, padre, gruesa y curva hacia arriba— y me la puso encima del ombligo para que viera el tamaño antes de metérmela.

Un jadeo apagado se le escapa a Tadeo. Marta continúa, la voz más baja, más caliente:

—Me la metió de una sola embestida, entera, hasta el fondo. Me arqueé del golpe. Empezó a follarme fuerte, muy fuerte, con las manos en mis rodillas, doblándome como una de mis alumnas cuando les corrijo la postura del puente. Los espejos del gimnasio nos devolvían todo: mi cuerpo abierto, sus nalgas contrayéndose con cada embestida, mi coño tragándoselo entero una y otra vez. Cuando empecé a gemir demasiado alto, me tapó la boca con la mano izquierda mientras con la derecha me apretaba una teta hasta hacerme daño. Y padre, se lo voy a decir sin rodeos: me gusta que me tapen la boca. Me gusta no poder gritar. Me gusta que un hombre me use como si yo fuera suya.

Tadeo se aprieta el crucifijo hasta clavarse las puntas en la palma.

—Después me puso a cuatro patas, con la cara contra el espejo grande de la pared, para que me viera bien la cara mientras me follaba por detrás. Me escupió en el culo y me metió el dedo pulgar ahí mientras seguía embistiéndome el coño. Se corrió dentro, padre, todo dentro. Sentí los latigazos de su polla al final, uno, dos, tres, y luego el semen tibio bajándome por los muslos cuando me levanté. Volví a casa así, con los calzones empapados. Bruno me abrazó al entrar y me preguntó si había hecho pesas. Le dije que sí.

Tadeo traga saliva con dificultad. Nota la erección traicionera, vieja pero insolente, empujando contra la sotana. Se clava las uñas en las palmas y consigue solo un hilo de voz:

—¿Y… el segundo, hija mía?

—El segundo es su mejor amigo. Se llama Pietro. Es lo contrario que Andrea: bajito, moreno, con una boca preciosa y una lengua… padre, esa lengua es de otro planeta. Una noche los invité a los dos a casa mientras Bruno estaba en Turín. Abrí una botella de Barolo y a los diez minutos ya me estaban besando a la vez, uno delante y otro detrás. Andrea me metía la lengua en la boca mientras Pietro me lamía la nuca y me desabrochaba el sujetador. Me desnudaron entre los dos, en el pasillo, sin llegar al dormitorio. Andrea se arrodilló y me chupó el coño mientras Pietro me apretaba las tetas por detrás y me mordía los pezones desde arriba. Yo me sostenía contra la pared, con las piernas temblando, y le tiraba del pelo a Andrea para que no parara.

—Hija mía… —intenta Tadeo, pero se le atragantan las palabras.

—Después me llevaron al dormitorio, padre. Al dormitorio matrimonial, con la foto de nuestra boda encima de la cómoda. Me pusieron delante del espejo grande, de pie. Pietro se sentó en el borde de la cama y me tiró hacia atrás, hasta que quedé sentada encima de él, con su polla dentro del coño. Y Andrea se puso detrás de mí, me abrió las nalgas y me la metió por el culo, padre. Los dos a la vez. Los dos dentro de mí al mismo tiempo. Yo miraba al espejo y veía a esa mujer partida en dos, con la boca abierta, sin poder ni gritar de tan llena que estaba. Me follaban a compás, un empujón cada uno, alternándose, como si se hubieran puesto de acuerdo antes. Sentía cómo se rozaban dentro de mí, solo separados por una piel finita, y esa fricción me estaba volviendo loca.

Un jadeo escapa al cura, disfrazado de tos. La imagen le explota detrás de los párpados: las piernas largas de Marta enredadas en otras piernas, la boca entreabierta, el sudor brillando entre sus pechos, dos hombres moviéndose dentro de ella.

—Y cuando estaban a punto de correrse, padre, me sacaron de la cama, me pusieron de rodillas en la alfombra y me la metieron en la boca a los dos, uno detrás de otro. Yo abría la garganta todo lo que podía. Andrea me agarraba del pelo y me follaba la cara sin piedad; le sentía la polla golpearme la campanilla. Pietro esperaba al lado, la suya en la mano, apuntándome. Se corrieron encima de mi cara, en los labios, en la lengua, en las tetas. Yo abría la boca y sacaba la lengua como una niña buena esperando la hostia. Después Pietro sacó el móvil y me hizo una foto así, empapada de semen. Todavía la tengo guardada, padre. La miro cuando Bruno se duerme, y me deshago yo sola con dos dedos, en silencio, mirándome.

El corazón de Tadeo late tan fuerte que teme que ella lo oiga.

—Y lo peor, padre… es que me excita confesárselo. Saber que usted está ahí, escuchando, imaginándome. ¿Se imagina, padre? ¿Me imagina desnuda, abierta, empapada? ¿Se imagina metiéndome esos dedos largos que tiene por debajo de la sotana?

Tadeo se agarra al borde del asiento con las dos manos. El confesionario huele a incienso viejo, a madera caliente y ahora a su propio deseo reprimido, a sudor de macho viejo mezclado con el perfume dulzón de ella.

—Hija mía… —empieza, y la voz le sale ronca—. Eso que cuentas es gravísimo. Adulterio múltiple, sodomía, lujuria… ¿te arrepientes?

Marta guarda silencio un segundo. Luego, casi un susurro de niña traviesa:

—Me arrepiento… de que usted no estuviera mirando.

Tadeo se agarra al borde del asiento. El confesionario huele a incienso viejo, a madera caliente y ahora a su propio deseo reprimido.

—Rezarás tres padrenuestros y diez avemarías. Y prométeme que no volverás a…

—¿Y si vuelvo la semana que viene, padre? ¿Me castigará más fuerte? ¿Me hará arrodillarme delante suyo y contárselo despacito?

Él respira hondo, cuenta hasta cinco, recuerda la flagelación, la sangre.

—Vete en paz, Marta. Y que el Señor… te dé fuerza.

Se oye el roce de las rodillas al levantarse, el taconeo lento, la puerta de la iglesia que se cierra. Tadeo se queda solo, temblando. Se afloja el alzacuellos, como si le quemara, y murmura contra la rejilla vacía:

—Dios mío… la próxima vez dile que se confiese de rodillas y con falda corta. Amén.

***

El banco cruje con un peso distinto, más pesado, más cansado. Huele a tabaco negro y a loción de hace tres días.

—Ave María Purísima…

—Sin pecado concebida, padre —responde una voz ronca, quebrada por años de grappa y de gritos en el estadio.

Es Cosimo, setenta y seis años, viudo desde hace doce, ex conductor de tranvías, siempre en la tercera fila los domingos, con la boina calada aunque esté dentro de la iglesia. Tadeo lo conoce bien: le lleva la comunión a casa cuando la artrosis lo deja tieso.

—Hace… hace mucho que no me confieso, padre. Desde que enterramos a mi Carla, creo.

—Dios te esperaba, Cosimo. Habla cuando estés listo.

Silencio largo. Se oye cómo se sorbe la nariz.

—Tengo una nieta… Elena. Acaba de cumplir dieciocho el mes pasado. Vive conmigo desde que su madre se fue a Bélgica con aquel inútil. Es… es guapísima, padre. Parece una actriz de esas películas antiguas. Y yo soy un viejo cerdo.

Tadeo se endereza despacio. Nota que la garganta se le seca.

—Continúa, hijo.

—Al principio era normal. La veía en pijama por la mañana, con esas camisetas cortas… me hacía bromas, me abrazaba fuerte, se me sentaba en las rodillas como cuando era pequeña. Yo notaba que ya no era pequeña, padre. Notaba el peso de sus caderas, el olor de su pelo recién lavado, la teta blanda apoyada contra mi hombro, y me odiaba a mí mismo. Iba al baño y me daba agua fría en la cara y le pedía perdón a Carla en voz alta.

—Sigue.

—Una noche de julio, con el calor que no dejaba dormir, la oí en su cuarto. Gemía bajito, decía mi nombre. «Nonno… nonno…» Creí que soñaba, pero no. Entré. Ella no se tapó. Estaba desnuda encima de la sábana, con las piernas abiertas y la mano ahí, moviéndose. Me miró con los ojos verdes de su abuela y dijo: «Ven, que tengo calor». Padre, se me cayó el mundo encima. Sabía que tenía que dar media vuelta. En vez de eso, cerré la puerta detrás de mí.

Cosimo respira como si le pesara un yunque.

—Me senté en el borde de su cama, temblando como un chaval en su primera vez. Ella me cogió la mano y se la puso ahí, entre las piernas. Estaba mojada, padre. Empapada. Me guio los dedos, ella misma, para que la tocara donde le gustaba. Yo, que llevaba doce años sin tocar a una mujer, no fui capaz de retirar la mano. Le metí primero un dedo, luego dos, y ella se arqueó y se mordió la almohada para no despertar a nadie. Se corrió así, apretándome los dedos por dentro con esa fuerza de mujer joven. Luego me desnudó ella. Me quitó la camiseta vieja, los calzoncillos, y me miró como se mira un tesoro. «Nonno, qué guapo eres todavía», me dijo. Y a mí se me puso dura como no se me ponía desde los sesenta años, padre. Dura, dura del todo.

Tadeo siente frío y calor al mismo tiempo. La imagen es brutal: el cuerpo viejo y arrugado de Cosimo y esa muchacha de piel de melocotón, los dos enredados bajo la misma sábana que olió a Carla durante medio siglo.

—Se me subió encima, padre. Ella misma. Se sentó despacio, guiándome dentro con su mano. Yo lloraba. Lloraba de placer y de asco, todo mezclado. Ella se movía encima de mí, muy lento, mirándome a los ojos, con las tetas pequeñas balanceándose delante de mi cara. Me decía «nonno» a cada bajada, «nonno, nonno», como si fuera un rezo. Cuando me corrí dentro, ella se dejó caer encima de mi pecho y me abrazó como cuando era niña, con el mismo abrazo, padre, el mismo. Y yo lloraba más fuerte todavía.

Cosimo se limpia los mocos con la manga.

—Y ya no fue una sola vez, padre. Cierro la puerta con pestillo y ella viene y se mete en mi cama y me trata como si yo tuviera treinta años. Me chupa la polla, padre, se la mete entera en la boca y me mira desde abajo con esos ojos verdes mientras me la chupa. Se pone a cuatro patas en la cama de matrimonio, en el sitio donde dormía Carla, y me pide que la folle desde atrás. Yo tengo que agarrarme al cabecero para no caerme, pero se la meto, se la meto y ella grita bajito en la almohada. Me dice «nonno» mientras se deshace, y yo lloro de gusto y de vergüenza. Ayer me pidió que la grabara con el móvil… para verla cuando esté sola en la universidad. Y lo hice. Tengo tres vídeos, padre. Tres. En uno ella se abre el coño con los dedos y me dice «mira lo que tienes, nonno». Y yo lo miro. Yo lo miro por la noche cuando no puedo dormir, y me la meneo, y me odio.

—¿Te arrepientes, Cosimo?

—Me arrepiento y no me arrepiento, padre. Me da pánico morirme y arder para siempre… pero también me da pánico que se vaya a la universidad y me deje seco y solo. Soy un monstruo, ¿verdad?

El viejo llora ahora abiertamente, mocos y lágrimas. Tadeo cierra los ojos. Piensa en su propia carne traidora, en Marta, en la rejilla que no alcanza a proteger a nadie. Habla despacio, con voz que tiembla apenas.

—Escúchame bien, Cosimo. Lo que has hecho es gravísimo. Es incesto, es abuso de tu autoridad sobre ella… aunque lo desee, aunque te busque. La ley de Dios es clara. Y la de los hombres también te destrozaría.

Silencio.

—Pero Dios es más grande que nuestro pecado. Ve a casa, borra esos vídeos —todos, hasta el último—, siéntate con Elena y dile que esto se acaba hoy. Le dirás que su abuelo está enfermo del alma y que necesita ayuda. La llevarás a hablar con una psicóloga, con su tía, con quien sea… pero lejos de tu cama. Y vendrás aquí todos los días a rezar el rosario entero hasta que yo te diga.

—¿Y la absolución, padre?

—Te la daré… cuando vea que has empezado a reparar el daño. Por ahora, reza conmigo tres actos de contrición. Y luego vete a casa y cierra con llave tu puerta esta noche. Por el amor que le tuviste a Carla, hazlo.

Se oyó el murmullo de las oraciones, entrecortado por hipos. Cuando Cosimo se levantó, las rodillas le crujieron como madera vieja. Antes de irse, apoyó la frente contra la rejilla.

—Gracias, padre. Aunque me condene, gracias.

La puerta de la iglesia se cerró con un golpe seco. Tadeo se llevó la mano al pecho, como si pudiera detener el latido furioso. Luego, casi sin voz:

—Señor… qué fácil es juzgar cuando uno no tiene en casa a alguien que le diga «nonno» en la oscuridad.

***

La rejilla se mueve apenas, como si quien se arrodilla pesara muy poco y, al mismo tiempo, demasiado. Huele a almidón, a jabón de Marsella y a algo más, algo dulce y prohibido que se cuela entre los barrotes.

—Ave María Purísima…

—Sin pecado concebida —responde una voz muy suave, casi infantil, pero con un temblor adulto que la traiciona.

Tadeo reconoce el hábito: sor Inés, treinta y tres años, del convento de las carmelitas de Garbatella. Viene a confesar una vez al mes, siempre a la misma hora, siempre con la misma excusa: «recados para la madre abadesa». Es menuda, de piel de porcelana, con ojos negros enormes que bajan demasiado rápido cuando se cruzan con los de él.

—Padre… he vuelto a caer. Peor que nunca.

—Habla, hija. El Señor ya sabe. —Y yo empiezo a intuirlo, piensa Tadeo, y siente un pinchazo bajo el ombligo.

Silencio. Se oye el roce del velo contra la madera.

—En el convento hay una novicia nueva. Se llama Renata. Diecinueve años, de Bari. Tiene la boca más bonita que he visto en mi vida. Roja, siempre húmeda. Y cuando reza el salmo 51, sus labios se mueven como si me estuvieran besando.

Tadeo se remueve en el asiento. La sotana se le pega.

—Una noche, después de completas, me quedé en la capilla a rezar penitencia. Ella vino a pedirme ayuda con la disciplina: decía que no se atrevía a darse sola. Le levanté el hábito… y debajo no llevaba nada, padre. Nada. Ni las bragas de sarga que nos manda la Regla. Solo la piel blanca, blanquísima, y el vello negro entre las piernas. Me miró por encima del hombro y susurró: «Enséñame a sufrir por amor».

Un jadeo muy leve, casi un suspiro de placer disfrazado de llanto.

—Le di con la cuerda. Fuerte. En las nalgas, en la parte de atrás de los muslos. Ella se arqueaba con cada golpe y jadeaba, padre, jadeaba como si aquello fuera otra cosa. La piel se le fue poniendo roja, después violeta a franjas. Y yo me encendí tanto que tuve que sentarme en el banco para no caerme. Solté la cuerda. Me arrodillé detrás de ella, apoyé la mejilla contra su culo caliente, marcado, y la besé ahí. Besé cada raya que le había hecho, una por una, muy despacio, con la lengua. Ella lloraba pero se abría de piernas para mí. Me guio la cara con la mano, sin decir palabra, hasta que la tuve entera contra la boca.

Tadeo se pasa la lengua por los labios resecos.

—La lamí, padre. Todo el coño se lo lamí, con hambre, como si nunca en mi vida hubiera comido. Sabía a sal, a jabón y a algo más dulce, como manzana pasada. Metí la lengua todo lo que pude, la moví en círculos donde ella se ponía tensa, chupé ese botoncito duro hasta que se agarró de la reja del confesionario del padre Girolamo, delante de nosotras, para no caerse. Se corrió contra mi boca, dos veces seguidas. Yo tragaba y ella temblaba y me decía «hermana, no pares, hermana, por Dios». Y yo no paraba.

Un jadeo apagado se escapa a Tadeo.

—Ahora nos encontramos en la sala de la ropa blanca, entre las sábanas que luego usará toda la comunidad. Yo me tumbo encima de las sábanas dobladas, ella se me sienta encima de la cara y me monta, padre, se me monta como una amazona. Sus muslos me tapan las orejas y solo oigo el pulso de su coño en mi boca. Cuando se corre, cae hacia atrás y me busca a mí. Me hunde tres dedos dentro, luego cuatro, y me abre con la otra mano, muy despacio, mientras me susurra al oído todos los salmos que se sabe. Me hace correr rezando, padre. Me hace correr con las palabras del rey David saliendo de su boca.

Silencio denso.

—A veces me despierto con su sabor todavía en la boca y me alivio rezando el oficio. Y a veces me alivio con la mano, en la celda, con el crucifijo delante, imaginándomela. Me deshago susurrando «mea culpa, mea máxima culpa» y luego me odio… pero al día siguiente vuelvo a buscarla. Y ella me busca a mí.

Tadeo habla con dificultad.

—Inés… lo que cuentas es gravísimo. Profanación, actos impuros, escándalo en lugar sagrado… Has roto los tres votos a la vez.

—Lo sé, padre. Por eso vengo a usted. —Y baja aún más la voz, casi un aliento caliente contra la rejilla—. Porque cuando me confieso con usted… me imagino que es su lengua la que me castiga. Que me pone de rodillas encima del reclinatorio, me levanta el hábito y me obliga a rezar el rosario mientras me la mete. Perdóneme, padre. Se lo digo porque es verdad.

El viejo cura cierra los ojos con fuerza. Nota la erección dolorosa, vergonzosa, imposible de disimular bajo la madera. Le arden las orejas.

—Hija… arrodíllate fuera del confesionario. Ahora.

Sor Inés obedece al instante. Se oye el crujido del hábito, el roce de las rodillas en la piedra. Tadeo abre la puertecita apenas, lo justo para ver su rostro pálido, los ojos brillantes de lágrimas y de deseo.

—Mírame —ordena con voz que ya no parece de sacerdote—. Repite conmigo: nunca más. Nunca más tocarás a esa muchacha. Nunca más profanarás la casa de Dios. Si vuelves a caer, te denunciaré yo mismo a la madre abadesa. ¿Entendido?

Sor Inés asiente, temblando.

—Ahora vete. Y por cada noche que pases sin pecar, rezarás quince decenas del rosario de rodillas sobre garbanzos. Hasta que aprendas a sufrir de verdad.

Ella se inclina, besa el suelo delante de sus zapatos negros y susurra:

—Gracias, padre… nunca un castigo me ha gustado tanto.

Tadeo cierra la puerta de golpe. Se queda dentro, jadeando, con la frente apoyada en la madera.

—Virgen Santa… si todas las monjas pecan así, no me extraña que los conventos estén llenos.

***

La puerta de la iglesia se abre y entra un golpe de aire frío de noviembre. Tacones altos, seguros, que resuenan como versos sobre el mármol. Luego, silencio. La sombra se arrodilla con gracia felina.

—Ave María Purísima…

—Sin pecado concebida, padre —responde una voz fresca, culta, con ese acento piamontés que suena a vino añejo y a biblioteca antigua.

Tadeo ya la conoce de vista: Donatella, veinte años, cabello negro larguísimo, ojos de gata, siempre con libros bajo el brazo y faldas que terminan justo donde empiezan los problemas. Vive en una buhardilla cerca de la estación y viene a misa de vez en cuando «por estética», dice ella.

—Padre… traigo una lista larga. ¿Tiene tiempo?

—Todo el que necesites, hija. —Y ya siento que me va a sobrar sangre en las venas, piensa él.

Donatella suspira, casi divertida.

—Estudio Filosofía en la universidad. Las becas no me alcanzan, los alquileres son un robo… así que me busqué patrocinadores. Muy generosos. Profesores, sobre todo. Y alguna profesora. Y compañeros que pagan por ver.

Un silencio juguetón.

—Empecé con el de Literatura Contemporánea. Sesenta y dos años, casado, muy premiado. Me citó para «hablar de mi trabajo», cerró la puerta del despacho y me subió la falda sin pedir permiso. Me sentó encima del escritorio, entre los papeles corregidos, me arrancó las bragas —de encaje negro, padre, las llevaba a propósito— y hundió la cara entre mis piernas antes de que me diera tiempo a decir nada. Comía coño como si fuera su última cena. Con hambre de viejo. Yo me agarraba a la lámpara del escritorio para no caerme y él me chupaba, me chupaba y me metía dos dedos y me buscaba con el pulgar por detrás. Me hizo correrme dos veces con la boca. Cuando levantó la cara la tenía brillando entera. Luego se sacó la polla —fina, larga, con las venas marcadas— y me folló de pie, con mis piernas sobre sus hombros, sin dejar de decirme versos de Montale al oído. Se corrió dentro, padre, entero. Al acabar me dejó quinientos euros encima de un libro de poemas: «por la inspiración», dijo.

Donatella se ríe bajito.

—Luego vino la profesora de Filología. Se llama Livia, cuarenta y ocho, divorciada, con unos ojos verdes que cortan. Me citó en su casa a corregirme la tesina. Abrió una botella de champán, me sentó en el sofá y me miró tanto rato que se me endurecieron los pezones debajo del jersey. Me ató las muñecas con su pañuelo de seda a la barandilla de hierro forjado de su cama, y me desnudó entera muy despacio, mordiéndome cada trozo de piel que iba dejando al descubierto. Me hizo deshacerme tres veces mientras recitaba versos en francés. La primera con la boca; me tenía la lengua ahí dentro tanto rato que perdí la cuenta del tiempo. La segunda con un juguete que sacó de un cajón, morado, grueso, que me metía y sacaba mientras me llamaba «cochonne, ma petite cochonne». La tercera con la mano entera, padre; sí, con la mano entera, cerrada en puño despacio, hasta que perdí la cabeza y grité tanto que sus vecinos deben de estar todavía preguntándose qué pasó. Después me desató, me besó en la frente y me llenó la mochila de libros de Marguerite Duras.

El viejo cura siente que le arde la cara.

—Ahora tengo un grupo. Cinco chicos y dos chicas de mi curso. Pagan la entrada para verme con quien quiera. La semana pasada fueron mil doscientos euros en una sola noche: alquilamos una buhardilla, apagaron las luces menos una y me tumbaron encima de una mesa grande, desnuda, con las manos por encima de la cabeza. Fueron pasando de uno en uno. Primero los tres que habían pagado el turno «completo»: uno se me metió en la boca, otro en el coño y el tercero me abrió las nalgas y me la metió por atrás. Cuando el primero se corrió en mi boca, entró otro. Cuando el del coño se corrió dentro, entró otro. Y así, padre, uno detrás de otro, mientras los que solo habían pagado por mirar se aliviaban en un rincón, filmándolo todo con el móvil. Al final tenía semen en el pelo, en las tetas, resbalándome por los muslos, chorreando de todas partes. Después las dos chicas me quisieron limpiar. Se arrodillaron entre mis piernas y me lamieron todo lo que los chicos habían dejado. Yo miraba al techo y contaba las vigas para no correrme demasiado pronto. Me gusta que me graben, padre. Me excita saber que después se alivian viéndome.

El viejo cura imagina a esa muchacha de piel de leche, desnuda, rodeada de cuerpos jóvenes, libros tirados por el suelo, gemidos mezclados con citas de poetas muertos.

—¿Y no sientes… vergüenza, Donatella?

—Vergüenza no, padre. Placer y orgullo. Mi cuerpo es mi mejor texto. Y gracias a él voy a graduarme con honores sin pedirle un céntimo a mi padre. —Se acerca más a la rejilla; Tadeo huele su perfume, algo caro y cítrico—. A veces pienso en usted mientras lo hago. Me imagino que es su voz la que me da las órdenes. Que usted me dice «abre las piernas» y yo las abro. Que me dice «traga» y yo trago. ¿Le gustaría verme, padre? Pago yo, por una vez.

El corazón de Tadeo da un vuelco tan fuerte que cree que se le va a salir por la boca.

—Donatella… —la voz le sale ronca, casi un gruñido—, lo que haces es prostitución. Grave, habitual y con escándalo. Estás vendiendo lo que Dios te dio gratis.

—Dios me lo dio para usarlo, padre. Y yo lo uso de lujo.

Silencio denso. Tadeo respira hondo, se agarra al crucifijo que lleva al cuello.

—Escúchame bien. Vas a cerrar ese grupo hoy mismo. Vas a borrar los vídeos. Vas a buscar un trabajo decente, aunque sea fregar escaleras. Y vendrás aquí todos los viernes a confesarte hasta que yo vea que has parado. Si no, hablaré con el decano de tu facultad. Conozco a medio claustro.

Donatella se queda callada un segundo. Luego, con voz dulce y peligrosa:

—¿Y si en vez de castigarme me da la comunión de rodillas, padre? Yo abro la boca y saco la lengua, como Dios manda. ¿O como Dios ya no manda?

Tadeo cierra los ojos. Nota cómo la sotana se levanta sola, traidora.

—Vete, Donatella. Y reza cien avemarías pensando en cada billete que has ganado con tu cuerpo. Que te duelan las rodillas de verdad.

Se oyen los tacones alejándose, lentos, provocadores. Antes de salir, ella susurra hacia atrás:

—Las tendré en carne viva el viernes que viene, padre. Prometido.

***

El último «ego te absolvo» se apaga en la iglesia vacía. Tadeo se queda un minuto más, apoyado en la pared del confesionario, respirando como quien sale de un naufragio. Le tiemblan las rodillas. La sotana huele a sudor viejo y a deseo ajeno.

Sale despacio, cierra la puertecita con llave —hoy más que nunca necesita que nadie entre—. Apaga las luces una a una; solo quedan las velas del altar mayor, que parpadean como si también tuvieran vergüenza. Se arrodilla delante del Sagrario. No reza. Solo mira al crucifijo y dice, en polaco, muy bajo:

—Perdóname, Señor… pero qué bien lo hacen los pecadores.

Se levanta, se santigua con agua bendita que le quema los dedos. Coge el abrigo negro, largo, se lo pone encima de la sotana arrugada y sale a la plaza ya oscura, fría, con olor a castañas asadas y a río. Camina despacio hasta el puente, se para en medio, apoya los codos en la barandilla. Roma brilla abajo, sucia y hermosa.

Saca el rosario del bolsillo, pero no reza. Solo deja que las cuentas pasen entre sus dedos mientras piensa en Marta abierta de piernas encima de la colchoneta con dos pollas dentro a la vez, semen resbalándole por la cara; en Cosimo destrozado por su propia nieta que le llama «nonno» mientras se le monta y le vacía; en sor Inés con la cara embadurnada por el sexo de la novicia, susurrando salmos entre las piernas; en Donatella tumbada en una mesa, contando billetes en la cabeza mientras la usan entre siete. Suspira, hondo, casi un gemido, y sonríe apenas, con esa sonrisa de viejo lobo que ya no caza pero aún huele la presa.

Guarda el rosario. Mira al cielo negro, sin estrellas.

—Hasta la próxima tanda, Señor —murmura—. Que sean igual de pecadoras… o peores.

Se ajusta el alzacuellos y se pierde entre las callejuelas, rumbo a la casa parroquial. Mañana habrá misa de ocho. Y a las cuatro, el confesionario volverá a abrirse. Se sirve un dedo de grappa polaca que guarda para las grandes ocasiones y, antes de dormir, susurra contra la almohada:

—Buenas noches, mis queridos pecadores… soñad conmigo.

Y apaga la luz.

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Comentarios(8)

MorboLector

increible relato!! de los mejores que lei en mucho tiempo

Valentina_PBA

La perspectiva del cura lo hace unico, nunca habia leido algo así en este sitio. Por favor seguí escribiendo!

RobertoGBA

Jajaja imaginá la cara del pobre cura escuchando eso despues de 87 años... tremendo giro. 10/10

PatriMolina

Me pregunto si al final le dio la absolución jaja. Muy bueno, me dejo pensando

Karlita_88

me atrapo desde el primer parrafo, pocas veces me pasa eso. Sigue asi :)

LectorAnon77

Una segunda parte por favor, quede con muchas ganas de saber como termino todo entre ellos

IgnacioLF

Muy bien escrito, la tension del confesionario esta logradisima. Se siente real sin ser burdo

marianela_82

me recordo a una pelicula que vi hace años pero esto lo supera jeje. excelente!!

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