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Relatos Ardientes

Las confesiones que un cura nunca debería escuchar

El padre Tadeo Wisniewski nació en 1938, en un pueblo cerca de Breslavia, cuando los tanques ya rugían en la frontera. Su madre lo parió en un sótano mientras caían las primeras bombas; su padre nunca volvió de Gdansk. Creció entre ruinas, hambriento, robando patatas y rezando al mismo tiempo, convencido de que Dios entendía la necesidad.

En la adolescencia, la carne empezó a hablar más alto que el hambre. Se enamoró perdidamente de una muchacha rubia llamada Wanda, hija de un partisano. Se besaron detrás de la iglesia derruida, entre escombros y ortigas. Ella olía a jabón barato y a humo de leña. Tadeo sintió entonces, por primera vez, que el deseo era más fuerte que el miedo. Cuando ella se marchó con un oficial soviético, él decidió que solo Dios podía llenar aquel hueco. Entró al seminario con diecisiete años, casi huyendo.

Fueron años de disciplina feroz. Aprendió latín, teología y a dominar el cuerpo. Pero el cuerpo, terco, recordaba: en las noches de invierno se despertaba sudando, soñando con curvas bajo blusas domingueras. Se flagelaba con la correa del hábito hasta que la culpa se confundía con el alivio.

Ordenado a los veintiséis, sirvió en parroquias pobres de Silesia. Décadas después lo llamaron a Roma «por su fidelidad callada» y lo destinaron a la iglesia de Santa Croce, en el barrio de Monti, un templo barroco lleno de turistas y de romanas que huelen a vainilla y a pecado.

A sus ochenta y siete años, Tadeo sigue siendo alto, encorvado apenas, con manos grandes y ojos de un azul desvaído que aún brillan cuando alguna feligresa joven se arrodilla en el confesionario. A veces, al escuchar «bendígame, padre, porque he pecado», su mente lo traiciona: imagina el roce de una rodilla contra la celosía, el aliento cálido que empaña la madera, el perfume que se cuela por las rendijas. Se muerde el interior de la mejilla hasta saborear sangre y responde con voz serena: habla, hija mía.

***

La rejilla cruje apenas. Una sombra perfumada se arrodilla.

—Ave María Purísima… —empieza Tadeo, con voz de terciopelo viejo.

—Sin pecado concebida —responde ella, y el cura reconoce al instante ese timbre ronco, medio cigarrillo, medio noche de verano. Es Marta, veintisiete años, la instructora de pilates que viene los domingos con mallas que parecen pintadas y una coleta alta que se balancea como un desafío.

Silencio. Se oye su respiración, rápida.

—Padre… hace tres semanas que no me confieso.

—Dios se alegra de verte, hija. —Y yo también, piensa él, y se muerde la lengua.

—He pecado de pensamiento, palabra, obra y omisión. Sobre todo de obra.

Tadeo traga saliva.

—Cuéntame, sin prisa.

—Estoy casada, padre. Bruno es bueno, trabaja mucho… pero desde hace seis meses estoy con otro. Con dos, en realidad. A veces los tres juntos. —La voz de Marta baja hasta convertirse en un susurro caliente que se mete por los agujeritos de la celosía como dedos—. El primero es mi alumno de pilates. Treinta y dos años, cuerpo de estatua. Me dobla sobre la colchoneta cuando todos se han ido. Me tapa la boca con la mano para que no grite y… padre, me gusta que me tapen la boca.

Tadeo siente que la sotana se le pega a la espalda. Aprieta los muslos bajo el asiento.

—El segundo es su mejor amigo. Una noche los invité a los dos a casa mientras Bruno estaba en Turín. Empezaron a besarme a la vez, uno delante y otro detrás. Me usaron los dos al mismo tiempo, frente al espejo del dormitorio, para que yo misma viera lo que soy capaz de ser.

Un jadeo escapa al cura, disfrazado de tos. Marta sigue, ahora más bajo, casi rozando la madera con los labios.

—Y lo peor, padre… es que me excita confesárselo. Saber que usted está ahí, escuchando, imaginándome. ¿Se imagina, padre? ¿Me imagina desnuda, abierta, empapada?

El corazón de Tadeo late tan fuerte que teme que ella lo oiga. Cierra los ojos y ve: las piernas largas de Marta enredadas en otras piernas, la boca entreabierta, el sudor brillando entre sus pechos. Nota la erección traicionera, vieja pero insolente, y se clava las uñas en las palmas.

—Hija mía… —empieza, y la voz le sale ronca—. Eso que cuentas es gravísimo. Adulterio múltiple, lujuria… ¿te arrepientes?

Marta guarda silencio un segundo. Luego, casi un susurro de niña traviesa:

—Me arrepiento… de que usted no estuviera mirando.

Tadeo se agarra al borde del asiento. El confesionario huele a incienso viejo, a madera caliente y ahora a su propio deseo reprimido.

—Rezarás tres padrenuestros y diez avemarías. Y prométeme que no volverás a…

—¿Y si vuelvo la semana que viene, padre? ¿Me castigará más fuerte?

Él respira hondo, cuenta hasta cinco, recuerda la flagelación, la sangre.

—Vete en paz, Marta. Y que el Señor… te dé fuerza.

Se oye el roce de las rodillas al levantarse, el taconeo lento, la puerta de la iglesia que se cierra. Tadeo se queda solo, temblando. Se afloja el alzacuellos, como si le quemara, y murmura contra la rejilla vacía:

—Dios mío… la próxima vez dile que se confiese de rodillas y con falda corta. Amén.

***

El banco cruje con un peso distinto, más pesado, más cansado. Huele a tabaco negro y a loción de hace tres días.

—Ave María Purísima…

—Sin pecado concebida, padre —responde una voz ronca, quebrada por años de grappa y de gritos en el estadio.

Es Cosimo, setenta y seis años, viudo desde hace doce, ex conductor de tranvías, siempre en la tercera fila los domingos, con la boina calada aunque esté dentro de la iglesia. Tadeo lo conoce bien: le lleva la comunión a casa cuando la artrosis lo deja tieso.

—Hace… hace mucho que no me confieso, padre. Desde que enterramos a mi Carla, creo.

—Dios te esperaba, Cosimo. Habla cuando estés listo.

Silencio largo. Se oye cómo se sorbe la nariz.

—Tengo una nieta… Elena. Acaba de cumplir dieciocho. Vive conmigo desde que su madre se fue a Bélgica con aquel inútil. Es… es guapísima, padre. Parece una actriz de esas películas antiguas. Y yo soy un viejo cerdo.

Tadeo se endereza despacio. Nota que la garganta se le seca.

—Continúa, hijo.

—Al principio era normal. La veía en pijama por la mañana, con esas camisetas cortas… me hacía bromas, me abrazaba fuerte. Pero una noche de julio, con el calor que no dejaba dormir, la oí en su cuarto. Gemía bajito, decía mi nombre. «Nonno… nonno…» Creí que soñaba, pero no. Entré. Ella no se tapó. Me miró con los ojos verdes de su abuela y dijo: «Ven, que tengo calor».

Cosimo respira como si le pesara un yunque.

—Y ya no fue una sola vez, padre. Cierro la puerta con pestillo y ella viene y se mete en mi cama y me trata como si yo tuviera treinta años. Me dice «nonno» mientras se deshace, y yo lloro de gusto y de vergüenza. Ayer me pidió que la grabara con el móvil… para verla cuando esté sola en la universidad. Y lo hice.

Tadeo siente frío y calor al mismo tiempo. La imagen es brutal: el cuerpo viejo y arrugado de Cosimo y esa muchacha de piel de melocotón, los dos enredados bajo la misma sábana que olió a Carla durante medio siglo.

—¿Te arrepientes, Cosimo?

—Me arrepiento y no me arrepiento, padre. Me da pánico morirme y arder para siempre… pero también me da pánico que se vaya a la universidad y me deje seco y solo. Soy un monstruo, ¿verdad?

El viejo llora ahora abiertamente, mocos y lágrimas. Tadeo cierra los ojos. Piensa en su propia carne traidora, en Marta, en la rejilla que no alcanza a proteger a nadie. Habla despacio, con voz que tiembla apenas.

—Escúchame bien, Cosimo. Lo que has hecho es gravísimo. Es incesto, es abuso de tu autoridad sobre ella… aunque lo desee, aunque te busque. La ley de Dios es clara. Y la de los hombres también te destrozaría.

Silencio.

—Pero Dios es más grande que nuestro pecado. Ve a casa, borra ese vídeo, siéntate con Elena y dile que esto se acaba hoy. Le dirás que su abuelo está enfermo del alma y que necesita ayuda. La llevarás a hablar con una psicóloga, con su tía, con quien sea… pero lejos de tu cama. Y vendrás aquí todos los días a rezar el rosario entero hasta que yo te diga.

—¿Y la absolución, padre?

—Te la daré… cuando vea que has empezado a reparar el daño. Por ahora, reza conmigo tres actos de contrición. Y luego vete a casa y cierra con llave tu puerta esta noche. Por el amor que le tuviste a Carla, hazlo.

Se oyó el murmullo de las oraciones, entrecortado por hipos. Cuando Cosimo se levantó, las rodillas le crujieron como madera vieja. Antes de irse, apoyó la frente contra la rejilla.

—Gracias, padre. Aunque me condene, gracias.

La puerta de la iglesia se cerró con un golpe seco. Tadeo se llevó la mano al pecho, como si pudiera detener el latido furioso. Luego, casi sin voz:

—Señor… qué fácil es juzgar cuando uno no tiene en casa a alguien que le diga «nonno» en la oscuridad.

***

La rejilla se mueve apenas, como si quien se arrodilla pesara muy poco y, al mismo tiempo, demasiado. Huele a almidón, a jabón de Marsella y a algo más, algo dulce y prohibido que se cuela entre los barrotes.

—Ave María Purísima…

—Sin pecado concebida —responde una voz muy suave, casi infantil, pero con un temblor adulto que la traiciona.

Tadeo reconoce el hábito: sor Inés, treinta y tres años, del convento de las carmelitas de Garbatella. Viene a confesar una vez al mes, siempre a la misma hora, siempre con la misma excusa: «recados para la madre abadesa». Es menuda, de piel de porcelana, con ojos negros enormes que bajan demasiado rápido cuando se cruzan con los de él.

—Padre… he vuelto a caer. Peor que nunca.

—Habla, hija. El Señor ya sabe. —Y yo empiezo a intuirlo, piensa Tadeo, y siente un pinchazo bajo el ombligo.

Silencio. Se oye el roce del velo contra la madera.

—En el convento hay una novicia nueva. Se llama Renata. Diecinueve años, de Bari. Tiene la boca más bonita que he visto en mi vida. Roja, siempre húmeda. Y cuando reza el salmo 51, sus labios se mueven como si me estuvieran besando.

Tadeo se remueve en el asiento. La sotana se le pega.

—Una noche, después de completas, me quedé en la capilla a rezar penitencia. Ella vino a pedirme ayuda con la disciplina: decía que no se atrevía a darse sola. Le levanté el hábito… y debajo no llevaba nada, padre. Nada. Me miró por encima del hombro y susurró: «Enséñame a sufrir por amor».

Un jadeo muy leve, casi un suspiro de placer disfrazado de llanto.

—Le di con la cuerda. Fuerte. Ella se arqueaba… y yo me encendí tanto que tuve que sentarme en el banco para no caerme. Después me arrodillé detrás de ella y la besé hasta que lloró de gusto. Y no fue una vez, padre. Ahora nos encontramos en la sala de la ropa blanca, entre las sábanas que luego usará toda la comunidad. Nos tocamos con los dedos, con la lengua… A veces me despierto con su sabor todavía en la boca y me alivio rezando el oficio. Me deshago susurrando «mea culpa, mea máxima culpa» y luego me odio… pero al día siguiente vuelvo a buscarla.

Tadeo se pasa la lengua por los labios resecos. Habla con dificultad.

—Inés… lo que cuentas es gravísimo. Profanación, actos impuros, escándalo en lugar sagrado… Has roto los tres votos a la vez.

—Lo sé, padre. Por eso vengo a usted. —Y baja aún más la voz, casi un aliento caliente contra la rejilla—. Porque cuando me confieso con usted… me imagino que es su lengua la que me castiga.

El viejo cura cierra los ojos con fuerza. Nota la erección dolorosa, vergonzosa, imposible de disimular bajo la madera.

—Hija… arrodíllate fuera del confesionario. Ahora.

Sor Inés obedece al instante. Se oye el crujido del hábito, el roce de las rodillas en la piedra. Tadeo abre la puertecita apenas, lo justo para ver su rostro pálido, los ojos brillantes de lágrimas y de deseo.

—Mírame —ordena con voz que ya no parece de sacerdote—. Repite conmigo: nunca más. Nunca más tocarás a esa muchacha. Nunca más profanarás la casa de Dios. Si vuelves a caer, te denunciaré yo mismo a la madre abadesa. ¿Entendido?

Sor Inés asiente, temblando.

—Ahora vete. Y por cada noche que pases sin pecar, rezarás quince decenas del rosario de rodillas sobre garbanzos. Hasta que aprendas a sufrir de verdad.

Ella se inclina, besa el suelo delante de sus zapatos negros y susurra:

—Gracias, padre… nunca un castigo me ha gustado tanto.

Tadeo cierra la puerta de golpe. Se queda dentro, jadeando, con la frente apoyada en la madera.

—Virgen Santa… si todas las monjas pecan así, no me extraña que los conventos estén llenos.

***

La puerta de la iglesia se abre y entra un golpe de aire frío de noviembre. Tacones altos, seguros, que resuenan como versos sobre el mármol. Luego, silencio. La sombra se arrodilla con gracia felina.

—Ave María Purísima…

—Sin pecado concebida, padre —responde una voz fresca, culta, con ese acento piamontés que suena a vino añejo y a biblioteca antigua.

Tadeo ya la conoce de vista: Donatella, veinte años, cabello negro larguísimo, ojos de gata, siempre con libros bajo el brazo y faldas que terminan justo donde empiezan los problemas. Vive en una buhardilla cerca de la estación y viene a misa de vez en cuando «por estética», dice ella.

—Padre… traigo una lista larga. ¿Tiene tiempo?

—Todo el que necesites, hija. —Y ya siento que me va a sobrar sangre en las venas, piensa él.

Donatella suspira, casi divertida.

—Estudio Filosofía en la universidad. Las becas no me alcanzan, los alquileres son un robo… así que me busqué patrocinadores. Muy generosos. Profesores, sobre todo. Y alguna profesora. Y compañeros que pagan por ver.

Un silencio juguetón.

—Empecé con el de Literatura Contemporánea. Sesenta y dos años, casado, muy premiado. Me citó para «hablar de mi trabajo», cerró la puerta del despacho y me subió la falda sin pedir permiso. Al acabar me dejó quinientos euros encima de un libro de poemas: «por la inspiración», dijo. Luego vino la profesora de Filología. Me ató las muñecas con su pañuelo y me hizo deshacerme tres veces mientras recitaba versos en francés.

Donatella se ríe bajito, como quien cuenta una anécdota de fiesta.

—Ahora tengo un grupo. Cinco chicos y dos chicas de mi curso. Pagan la entrada para verme con quien quiera. La semana pasada fueron mil doscientos euros en una sola noche: me tuvieron entre todos mientras los demás miraban y grababan. Me gusta que me graben, padre. Me excita saber que después se alivian viéndome.

El viejo cura siente que le arde la cara. Imagina a esa muchacha de piel de leche, desnuda, rodeada de cuerpos jóvenes, libros tirados por el suelo, gemidos mezclados con citas de poetas muertos.

—¿Y no sientes… vergüenza, Donatella?

—Vergüenza no, padre. Placer y orgullo. Mi cuerpo es mi mejor texto. Y gracias a él voy a graduarme con honores sin pedirle un céntimo a mi padre. —Se acerca más a la rejilla; Tadeo huele su perfume, algo caro y cítrico—. A veces pienso en usted mientras lo hago. Me imagino que es su voz la que me da las órdenes. ¿Le gustaría verme, padre? Pago yo, por una vez.

El corazón de Tadeo da un vuelco tan fuerte que cree que se le va a salir por la boca.

—Donatella… —la voz le sale ronca, casi un gruñido—, lo que haces es prostitución. Grave, habitual y con escándalo. Estás vendiendo lo que Dios te dio gratis.

—Dios me lo dio para usarlo, padre. Y yo lo uso de lujo.

Silencio denso. Tadeo respira hondo, se agarra al crucifijo que lleva al cuello.

—Escúchame bien. Vas a cerrar ese grupo hoy mismo. Vas a borrar los vídeos. Vas a buscar un trabajo decente, aunque sea fregar escaleras. Y vendrás aquí todos los viernes a confesarte hasta que yo vea que has parado. Si no, hablaré con el decano de tu facultad. Conozco a medio claustro.

Donatella se queda callada un segundo. Luego, con voz dulce y peligrosa:

—¿Y si en vez de castigarme me da la comunión de rodillas, padre?

Tadeo cierra los ojos. Nota cómo la sotana se levanta sola, traidora.

—Vete, Donatella. Y reza cien avemarías pensando en cada billete que has ganado con tu cuerpo. Que te duelan las rodillas de verdad.

Se oyen los tacones alejándose, lentos, provocadores. Antes de salir, ella susurra hacia atrás:

—Las tendré en carne viva el viernes que viene, padre. Prometido.

***

El último «ego te absolvo» se apaga en la iglesia vacía. Tadeo se queda un minuto más, apoyado en la pared del confesionario, respirando como quien sale de un naufragio. Le tiemblan las rodillas. La sotana huele a sudor viejo y a deseo ajeno.

Sale despacio, cierra la puertecita con llave —hoy más que nunca necesita que nadie entre—. Apaga las luces una a una; solo quedan las velas del altar mayor, que parpadean como si también tuvieran vergüenza. Se arrodilla delante del Sagrario. No reza. Solo mira al crucifijo y dice, en polaco, muy bajo:

—Perdóname, Señor… pero qué bien lo hacen los pecadores.

Se levanta, se santigua con agua bendita que le quema los dedos. Coge el abrigo negro, largo, se lo pone encima de la sotana arrugada y sale a la plaza ya oscura, fría, con olor a castañas asadas y a río. Camina despacio hasta el puente, se para en medio, apoya los codos en la barandilla. Roma brilla abajo, sucia y hermosa.

Saca el rosario del bolsillo, pero no reza. Solo deja que las cuentas pasen entre sus dedos mientras piensa en Marta sobre la colchoneta, en Cosimo destrozado por su propia nieta, en sor Inés lamiendo lágrimas y pecado, en Donatella contando billetes. Suspira, hondo, casi un gemido, y sonríe apenas, con esa sonrisa de viejo lobo que ya no caza pero aún huele la presa.

Guarda el rosario. Mira al cielo negro, sin estrellas.

—Hasta la próxima tanda, Señor —murmura—. Que sean igual de pecadoras… o peores.

Se ajusta el alzacuellos y se pierde entre las callejuelas, rumbo a la casa parroquial. Mañana habrá misa de ocho. Y a las cuatro, el confesionario volverá a abrirse. Se sirve un dedo de grappa polaca que guarda para las grandes ocasiones y, antes de dormir, susurra contra la almohada:

—Buenas noches, mis queridos pecadores… soñad conmigo.

Y apaga la luz.

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Comentarios (4)

MorboLector

increible relato!! de los mejores que lei en mucho tiempo

Valentina_PBA

La perspectiva del cura lo hace unico, nunca habia leido algo así en este sitio. Por favor seguí escribiendo!

RobertoGBA

Jajaja imaginá la cara del pobre cura escuchando eso despues de 87 años... tremendo giro. 10/10

PatriMolina

Me pregunto si al final le dio la absolución jaja. Muy bueno, me dejo pensando

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