La vecina que se cambiaba frente a la ventana
Todavía estaba en la secundaria cuando llegó a vivir a la casa de enfrente. Tenía veintitantos años, trabajaba en una distribuidora de autopartes sobre la avenida principal y un señor mayor pasaba a dejarla casi todas las noches en un sedán gris. Mis amigos y yo nos sentábamos en la banqueta a fumar a escondidas, y desde ahí veíamos los besos largos y las manos que se metían dentro del coche antes de que ella bajara.
Se llamaba Lorena. Y muy pronto dejó de ser un secreto entre nosotros que algo en ella nos tenía obsesionados.
Su habitación daba a la calle. Cada noche, después de despedirse del señor del sedán, subía, encendía la luz y abría la puerta del clóset. El espejo del tocador quedaba justo en el ángulo perfecto: desde la banqueta, si uno se quedaba quieto y en silencio, alcanzaba a ver cómo se quitaba la ropa reflejada en él. Primero la blusa. Después la falda. Y a veces se quedaba un rato más de la cuenta frente a ese espejo, como si supiera.
Estoy seguro de que lo sabía.
Aquella escena se repetía casi a diario y nos volvía locos. Tres adolescentes pegados a una reja, conteniendo la respiración, peleándonos en susurros por el mejor lugar. Nunca hablábamos de otra cosa al día siguiente.
***
El verano que mis amigos se fueron de vacaciones a la costa, yo me quedé en la ciudad. No teníamos para el viaje, así que me la pasé dando vueltas a la manzana en bicicleta, muerto de aburrimiento y de calor.
En una de esas vueltas la vi limpiando el vidrio de la sala. Llevaba unos shorts y una camiseta vieja, el pelo recogido, sin maquillaje. Al pasar la saludé, casi sin pensarlo, y ella me devolvió el saludo con una sonrisa.
Eso me dio valor. A la siguiente vuelta frené junto a su ventana.
—¿No te aburres de dar tantas vueltas? —me preguntó, apoyando el codo en el marco.
—Un poco —admití—. Mis amigos se fueron y no hay nada que hacer.
Nos quedamos platicando un buen rato. De cosas tontas, del calor, de la escuela. Ella tenía una manera tranquila de hablar, sin prisa, mirándome a los ojos como si lo que yo decía de verdad le interesara. Me fui de ahí con el corazón golpeándome el pecho.
Desde ese día empecé a frecuentarla. Me sentaba en el escalón de su portal y conversábamos hasta que oscurecía. Cuando mis amigos volvieron de la costa, se las presenté y les gané la apuesta que habíamos hecho sobre quién hablaría primero con ella. Pero lo que no les conté fue lo que pasaba cuando los visitaba yo solo.
***
Solo, la plática cambiaba. Me animaba a decirle que me gustaba, que era la mujer más bonita del barrio, que pensaba en ella. Lorena me seguía la corriente entre risas, tomándome como un chiquillo atrevido, nada más. Hasta que una tarde me invitó a pasar.
—Hice un pastel —dijo—. Quiero que me digas si quedó bien.
Me sirvió una rebanada y un café, y se sentó a mi lado en el sillón. Traía una falda amplia que, al sentarse, dejó ver parte de su muslo. Cuando cruzó las piernas, la tela se deslizó un poco más y alcancé a ver el borde de su ropa interior. La camiseta de tirantes le marcaba el pecho: no eran grandes, pero tenían una forma que me secaba la boca.
—¿Y tus papás? —pregunté, intentando sonar normal.
—No están. Salieron al cine. —Puso la mano sobre mi rodilla y añadió—: Así podemos platicar más tranquilos.
Me incliné un poco, sin disimular, para verle mejor la pierna. Ella se dio cuenta enseguida.
—¿Te gusta verme las piernas? —preguntó, deslizando los dedos por su propio muslo.
Me puse rojo hasta las orejas.
—Claro que sí —contesté—. Son hermosas. Sabes que me gustas mucho.
Y, tímidamente, llevé mi mano hasta su pierna. La acaricié completa, despacio, hasta el borde de la tela. Ella me detuvo con suavidad.
—¿Te gusta lo que ves… o te gusta más cuando me cambio frente a la ventana? —dijo, y sonrió.
Me reí, de pronto mucho más relajado.
—Lo sabía. Lo hacías a propósito. Te gusta que te miren, ¿verdad?
—Al principio no —confesó—. Pero los veía abajo, en la banqueta, y una noche estaba de humor para jugar un poco. Después se hizo costumbre. Me gustaba saber que seguían ahí.
—No te imaginas cómo nos ponías —solté.
—¿Así como ahora? —murmuró, y pasó la mano por mi entrepierna.
No dijo nada más. Me tomó de la mano y subimos a su habitación, la misma de la ventana, la del espejo del tocador.
***
Corrió la cortina y cerró la puerta. Se acercó y empezamos a besarnos, despacio al principio, después con más hambre. Nos fuimos desvistiendo el uno al otro entre besos. Le quité la camiseta y se desabrochó el sostén con una lentitud que me pareció eterna. Sus pechos quedaron frente a mí, firmes, con los pezones erizados. Los tomé con las manos, los acaricié y bajé la boca a probarlos, uno y luego el otro.
—Vaya que sabes hacerlo —suspiró, hundiendo los dedos en mi pelo.
Mientras la besaba, le bajé el cierre de la falda. Un movimiento de cadera y la prenda cayó al suelo. Ella, por su parte, ya tenía la mano dentro de mi ropa interior.
—Vaya sorpresa —dijo, abriendo los ojos—. ¿De dónde sacaste esto? Está durísimo, y es grueso para tu edad.
Yo estaba al borde del temblor, pero quería demostrarle que su seguridad no me intimidaba, que no era el niño sin experiencia que ella creía. La guié hasta la cama y la empujé apenas. Cayó de espaldas, con las rodillas dobladas. Me incliné, le separé las piernas y besé su sexo todavía cubierto por la última prenda. Después se la bajé hasta sacarla del todo y me quedé unos segundos solo mirándola.
Las piernas bien torneadas. Las caderas redondas, sin exceso. El vientre plano. Y ella ahí, con los brazos cruzados detrás de la cabeza, dejándose mirar, completamente expuesta.
—¿Vas a seguir mirando o…? —dijo, sonriendo.
Empecé por los pies. Le besé el empeine, pasé la lengua entre los dedos y ella se rio y se retorció. Subí por el tobillo, por la parte de atrás de las rodillas, por la cara interna de los muslos. A cada beso ella levantaba un poco más la cadera, impaciente.
—¿Pero qué haces? —murmuró cuando llegué a su sexo y lo besé por primera vez.
Le aparté la mano con la que intentaba detenerme y me concentré en lamerla, despacio, de abajo hacia arriba. Subí la otra mano por su vientre hasta el pecho y se lo acaricié sin dejar de darle placer.
—Ay, qué bien lo haces —jadeó—. Hace mucho que no sentía algo así.
Se arqueaba, abría la boca, aspiraba fuerte entre gemidos. Le metí un dedo, después dos, moviéndolos en círculos mientras la lamía. Cuando empezó a rogar que parara, no paré: seguí hasta que cerró las piernas alrededor de mi cabeza y todo su cuerpo se sacudió.
—Ya, ya, por favor —decía sin aire—. Ya no aguanto.
***
Me incorporé y me terminé de quitar la ropa. Le puse las piernas sobre mis hombros y entré en ella de un solo empuje, hasta la mitad. Lorena gritó y se aferró a la sábana. Me quedé quieto un momento, acariciándole el pecho, y empecé a moverme despacio, ganando terreno poco a poco hasta quedar completamente dentro de ella.
Después la embestí con más fuerza, una y otra vez. Ella me clavaba las uñas en los brazos y movía las caderas para encontrarme. Estuvimos así un buen rato, hasta que junté sus piernas, la ladeé un poco y seguí, ahora con una cadencia más constante.
—Cuántas veces soñé contigo, Lorena —le dije al oído—. No me lo creo.
—Nunca pensé que me hicieras gozar tanto —respondió, pasándome la mano por el brazo—. Eres un tramposo. Tan serio, tan tímido…
Llegamos casi al mismo tiempo. Bajé el ritmo, pero no me detuve mientras terminaba. Cuando su respiración empezó a calmarse, salí, la giré y la coloqué de rodillas. Volví a entrar, esta vez más profundo, y ella levantó la cabeza con un gemido largo.
La sostuve por las caderas y la embestí con todo. Sus piernas empezaron a temblar; se inclinó hacia adelante, apretando la sábana con el puño, moviéndose ella misma contra mí hasta quedarse quieta, jadeando, perdida en otro orgasmo. Yo me detuve un instante, sintiéndola, antes de volver a moverme despacio y terminar dentro de ella por segunda vez.
Nos quedamos así, unidos, hasta que recuperé el aliento. Le besé el cuello, la mejilla, la espalda mojada de sudor.
***
Cuando por fin nos separamos, ella me apretó la mano y abrió los ojos.
—No eres nada inexperto —dijo—. Eres un tramposo. Nadie me había hecho lo que tú… sentir tu lengua ahí fue increíble.
—A mí también me gustó —respondí, sin poder borrar la sonrisa—. Me gusta hacerlo así.
Nos metimos a la regadera. Me senté en el borde de la tina y ella me enjabonó despacio. No tardé en reaccionar otra vez, y entonces se subió encima de mí, dejándome entrar mientras se movía con los brazos sobre mis hombros. La sostuve por las caderas, ayudándola a subir y a bajar, hasta que terminamos una vez más, los dos riéndonos del agua que se enfriaba.
Me vestí. Ella se quedó solo en ropa interior, con una bata sobre los hombros, y me acompañó a la puerta.
Crucé la calle hacia mi casa pensando en la cara que pondrían mis amigos si supieran que el más chico del grupo había sido el primero en estar con la vecina que todos deseábamos. Nunca se los conté.
Y aquella tarde fue solo la primera de muchas.