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Relatos Ardientes

Lo que hice con el vecino en la cama de mi madre

Lo vi una sola tarde, camino del río, y eso bastó. Yo tenía apenas veinte años recién cumplidos y caminaba por el sendero polvoriento que bordeaba la orilla, con el sol cayendo a plomo sobre los pastizales altos. Bruno estaba de espaldas, junto a unos sauces, y no me oyó llegar. Era un hombre desgarbado, de pelo revuelto y cara común, de esas que nadie mira dos veces en el barrio. Pero lo que vi cuando se giró un segundo me quedó grabado como un hierro al rojo.

No era guapo. No tenía nada de elegante. Y sin embargo, esa noche y todas las que siguieron, me dormí pensando en él, con la mano entre las piernas, imaginando un peso que todavía no conocía. Era una de esas obsesiones que no se eligen. Simplemente se instalan.

Por aquel entonces yo ya tenía cierta fama en el vecindario. Había dejado los estudios, trabajaba medias jornadas en una mercería del centro y vivía pegada a mi madre, en una casa de techos bajos cerca de la estación. Digamos que no me costaba decir que sí. Una mirada, una promesa susurrada en la penumbra, y yo era capaz de cualquier cosa. Mi cuerpo respondía solo, antes que mi cabeza: era joven, estaba siempre encendida, y el deseo me empujaba a buscar lo que otras de mi edad apenas se animaban a imaginar.

Mi madre era igual, solo que con más años y más cancha. Bajita, de curvas generosas, trabajaba en la fábrica de embutidos y por las noches, a veces, traía hombres a casa. Yo la oía a través de la pared: los suspiros, las súplicas, el crujido de la cama. Nunca me escandalicé. Al contrario, en cierto modo la entendía.

—Cuídate, hija —me decía cuando volvía con la ropa interior estropeada—. No dejes que te traten como a un trapo. Y si lo hacen, que valga la pena.

Era su forma de quererme: resignada y cómplice a la vez. Más de una vez regresé a casa con una prenda rota, y ella suspiraba, me compraba otra y me advertía que terminaría como ella. Lo decía sin reproche, casi con ternura.

***

Fue mi amiga Carla quien me puso sobre aviso. Carla era flaca, de pelo negro larguísimo y una risa que se oía desde la otra punta de la plaza. Una tarde, fumando a la sombra de la pared del almacén, me soltó la noticia entre carcajadas.

—Bruno anda preguntando por vos —dijo—. Dice que te vio agacharte el otro día y que no se lo saca de la cabeza.

Apenas lo nombró, volví a ver aquella imagen junto al río. No lo pensé dos veces.

—Decile a tu amigo que avise a Bruno —le contesté, sintiendo el calor subirme por el cuello— que yo también ando con ganas. Que estoy lista.

Carla me miró con los ojos muy abiertos y después se rió.

—Vos sí que no perdés el tiempo.

No, no lo perdía. La vida era demasiado corta para fingir que no quería lo que quería.

***

A los pocos días, Bruno me cruzó en la calle al atardecer. El barrio estaba quieto: los perros ladraban a lo lejos, el aire olía a tierra húmeda y a leña. No se anduvo con rodeos.

—Me gustás, Marina —dijo, plantado frente a mí con las manos en los bolsillos—. Hace rato que te tengo ganas.

El corazón me golpeaba el pecho. Decidí jugar un poco.

—¿Y qué pensabas hacer al respecto?

Se rió, una risa lenta, segura de sí misma, y dio un paso hacia mí.

—Lo que vos quieras que haga.

Le miré la boca, después los ojos, y bajé la voz.

—Mi mamá no vuelve hasta la noche. ¿Querés venir a casa?

No dijo nada. Solo asintió, y esa quietud suya me puso más nerviosa que cualquier palabra. Echamos a andar hacia mi casa, por las calles polvorientas, sin tocarnos, con una tensión que pesaba entre los dos como una tormenta a punto de romper.

—Te aviso una cosa —dijo en el camino, sin mirarme—. Yo no soy de los que miman. Cuando me gusta una mujer, no me contengo.

No voy a mentir: me asustó un poco. Pero el miedo se mezclaba con la excitación de una manera que no había sentido antes, y para cuando llegamos a la puerta yo ya estaba húmeda, con los pezones marcándose bajo la remera amarilla.

***

Llevaba una pollera roja, corta, y se me ocurrió un jueguito tonto al llegar. Dejé caer la llave a propósito y me agaché despacio a recogerla, dándole la espalda, dejando que la tela subiera. Bruno no esperó. Me puso una mano entre las piernas con una firmeza que casi me tira hacia adelante, y solté un gemido que no pude contener.

—Así que era verdad lo que decían de vos —murmuró contra mi nuca—. Estás regalada.

—Abrí la puerta —fue todo lo que pude decir.

Entramos. El aire fresco del atardecer se colaba por las ventanas. Bruno me abrazó desde atrás, pegándose a mí, su aliento caliente recorriéndome el cuello.

—Hace días que pienso en esto —dijo—. ¿Dónde dormís?

—Vamos a la pieza de mi mamá. La cama es más grande.

Era una cama matrimonial, la única decente de la casa, donde mi madre recibía a sus hombres. La había imaginado tantas veces ocupada por otros que llevarlo allí me pareció lo más natural del mundo, casi un destino.

Bruno se desabrochó el pantalón y se liberó frente a mí. Lo tomé en la mano, caliente y duro, y lo guié hasta el dormitorio sin soltarlo, como si fuera una correa. La piel suave bajo mis dedos me encendía más a cada paso.

Cuando llegamos, me empujó boca abajo sobre el colchón y se dejó caer encima. Me mordió el lóbulo de la oreja, me lamió el cuello, me habló pegado al oído con esa voz ronca que me erizaba la piel.

—Dicen que sos igual que tu madre —susurró—. Que las dos no se cansan nunca.

Un poco de vergüenza me subió a la cara, porque en parte era cierto, y otra parte de mí —la que estaba debajo de él, abriéndose— quería que siguiera hablando.

***

Se incorporó, me tomó del pelo con suavidad y me giró hacia él. Le tomé en la boca, y aunque apenas entraba, lo hice con ganas, despacio, mirándolo desde abajo. Bruno cerró los ojos y dejó escapar un gruñido. Me gustaba ese poder: el de tener a un hombre así, rendido por un momento, a mi merced.

Cuando estuvo conforme, me puso en cuatro sobre la cama. Me bajó la pollera de un tirón y la ropa interior con menos delicadeza todavía; oí el ruido de la tela rasgándose y, durante un segundo absurdo, pensé en lo que diría mi madre. Después dejé de pensar.

Me abrió con una embestida lenta, profunda, que me arrancó un quejido largo. Se sostuvo un momento, dejándome sentir todo, y luego empezó a moverse. Me agarraba las caderas, me apretaba los pechos por debajo de la remera, me hablaba sin parar.

—¿Esto buscabas? —jadeó.

—Sí —admití, con la cara hundida en las sábanas—. Desde que te vi.

El colchón crujía, la tarde se apagaba afuera y yo me derretía contra él, dejándome llevar por un ritmo que no controlaba. Me dio una nalgada que me dejó la piel ardiendo, me besó la espalda entre embestidas, alternando la brutalidad con una ternura inesperada que me desarmaba más que cualquier golpe.

De pronto se retiró, me dio vuelta y se vino sobre mi pecho y mi boca, en chorros tibios, mientras yo lo miraba a los ojos. Tragué lo que pude, lamí el resto, y los dos quedamos tendidos, empapados, respirando con dificultad.

***

No me dejó descansar mucho. Al rato, con la voz todavía agitada, me preguntó por mi madre. Quería saber si era cierto lo que se contaba de ella, si yo la había oído alguna vez, qué decía. Entendí enseguida lo que buscaba: alimentarse de esas imágenes para volver a encenderse.

Le seguí el juego. Le inventé y le conté cosas, mezcla de lo real y lo imaginado, y vi cómo se endurecía otra vez mientras hablaba. Le mostré incluso una prenda de mi madre que encontré en el cesto, y le dije que la había usado la noche anterior con un hombre. Era mentira, pero funcionó. A Bruno se le encendieron los ojos.

—Date vuelta —me dijo entonces, con otra clase de voz.

Sabía lo que venía, y se me cerró el estómago de miedo y de deseo al mismo tiempo. Me había acostado con varios, pero ninguno como él. Aun así no me eché atrás. Me puse en posición, temblando, y él se tomó su tiempo: me preparó despacio, con paciencia, con saliva y con dedos, hasta que mi cuerpo dejó de resistirse.

Cuando finalmente empujó, solté un grito que ahogué contra la almohada. Bruno fue lento al principio, atento a cada reacción mía, y solo cuando me sintió ceder se permitió ir más hondo. Me sostenía de las caderas, me hablaba al oído, me pedía que aguantara un poco más.

Confieso, treinta años después y todavía con un calor en la cara, que esa tarde Bruno me hizo llorar y rogarle. Pero no de dolor solamente. Era algo más confuso, más intenso, esa mezcla de entrega y vértigo que solo se siente una vez en la vida y nunca se olvida. Cuando terminó, me derrumbé sobre la cama deshecha, vacía y plena a la vez.

***

Se fue un rato antes de que volviera mi madre, dejándome agotada entre las sábanas revueltas. Apenas tuve tiempo de adecentar un poco el desastre: el cubrecama torcido, la ropa por el suelo, mi cuerpo todavía marcado por sus manos.

Mi madre llegó acompañada, como tantas otras noches, de un hombre alto y barbudo que olía a tabaco y a fábrica. Desde mi cuarto la oí descubrir el revuelo en su pieza.

—Marina —me llamó, entre divertida y resignada—. Nena, otra vez. Mira cómo dejaste mi cama. ¿Qué va a pensar el señor de nosotras?

No le contesté. Me quedé quieta en mi cama angosta, con el cuerpo dolorido y una sonrisa tonta en la cara, mientras a través de la pared empezaban otra vez los suspiros de siempre. Cerré los ojos y, en lugar de avergonzarme, me dejé arrullar por ellos, pensando en Bruno, en el río, y en que tarde o temprano volvería a buscarlo.

De todas las confesiones que guardo, esta es la que menos me animo a contar en voz alta. Y, sin embargo, es la que con más ternura recuerdo. Éramos jóvenes, estábamos vivos, y por una tarde el mundo entero cupo en la pieza de mi madre.

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Comentarios (5)

ConfesionesFA

Tremendo!!! Me enganche desde la primera línea y no pude parar. Sigue escribiendo por favor.

Florencia_Mdp

Por favor una segunda parte, quede con ganas de mas jaja. Muy bueno el relato

NachoPampas

Bien narrado, la tensión que se va armando al principio es lo que mas me gusto. Se siente autentico.

DiegoFan22

Esto pasó de verdad? pregunto porque está escrito con mucho detalle jaja

Nando_BA

Me recordó una situación parecida de hace años, esa mezcla de adrenalina y culpa es inconfundible. Buen relato, gracias por compartirlo.

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