A los sesenta recuperé el deseo que daba por perdido
Me llamo Carmen y nunca pensé que escribiría algo así, pero llevo meses leyendo confesiones de otras mujeres y al final me animé a contar la mía. Tengo sesenta años. No me conservo mal: camino todas las mañanas, cuido lo que como y todavía hay quien me mira por la calle. Pero una cosa es gustar y otra muy distinta es sentir, y yo hacía años que había dejado de sentir.
Mi marido, Andrés, tiene setenta y tres. Nunca fue celoso, al contrario. De jóvenes le encantaba llevarme a playas nudistas solo por ver cómo otros hombres me observaban. Tuvimos una vida sexual completa, sin tabúes, durante mucho tiempo. Después llegaron los hijos, la rutina, y por una medicación que toma desde hace años, las erecciones se volvieron imposibles para él. El deseo se fue apagando como una vela a la que nadie protege del viento.
El año pasado nos mudamos a una parcela que teníamos a las afueras de la ciudad. La zona es tranquila, de casas con jardín. Al lado vive Bernardo, un viudo de setenta y seis años, viejo conocido nuestro, buena persona, de esos que se quedan solos y agradecen una mesa puesta. Hace tiempo abrimos una puerta en la valla para pasar de un terreno a otro, y desde la mudanza cena con nosotros casi todas las noches.
***
En julio alquilaron la casa del otro lado, que llevaba años cerrada. Llegó una familia para pasar el verano, y con ellos un hijo de unos veinte años. Me fastidió un poco: justo el primer verano que pasábamos en el campo, perdía la intimidad para tomar el sol como me gustaba, sin nada encima.
Al tercer o cuarto día de quedarme en topless cuando Andrés salía con Bernardo, noté algo entre los setos que separan las parcelas. Al principio creí que me equivocaba. En otro descuido lo confirmé: el chico me espiaba. Estaba medio escondido, quieto, mirándome.
Lo lógico habría sido ponerme el sujetador y entrar en casa. No lo hice. Me sorprendió que un muchacho tan joven se fijara en una mujer de mi edad, y en lugar de vergüenza sentí algo que llevaba mucho tiempo dormido. Una especie de cosquilleo. Decidí seguirle el juego.
¿Qué estás haciendo, Carmen?, me preguntaba a mí misma. Pero no paraba.
Los días siguientes convertí el rito en algo casi ceremonioso. En cuanto me quedaba sola, soltaba las tetas al aire y esperaba a que apareciera entre las hojas. Tumbada al sol, sentía su mirada como una mano. Antes de meterme en la piscina me entretenía bajo la ducha exterior, sin prisa, para que lo viera todo con claridad. Una tarde, al volver a la casa, me di cuenta de que estaba empapada, y no por el agua. Esa noche, en la cama, me toqué pensando en él. Tuve un orgasmo que me dejó temblando, de esos que ya no recordaba.
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Una tarde decidí ir un paso más allá. Al salir de la piscina, tiré del borde de la braga como si la estuviera acomodando, y dejé el trasero a la vista varias veces. Llegué a la tumbona con las piernas flojas y me eché boca abajo. El corazón me iba a mil. Cuando me giré para buscarlo con disimulo, me quedé de piedra.
El chico se estaba masturbando. Mirándome a mí, a una mujer que le triplicaba la edad, se hacía una paja entre los setos. No duró mucho. Terminó y desapareció, dejándome descolocada, con una mezcla de pudor y de morbo que no sabía dónde meter. Lo único que pensaba, mientras fingía dormir bajo la gorra, era en lo que acababa de pasar y, para qué mentir, en la pena de que aquello se perdiera entre las plantas en lugar de aprovecharlo yo.
—Carmen, ya estamos aquí —oí de pronto.
Pegué un salto. Eran Andrés y Bernardo, que volvían de comprar. Yo seguía con el pecho descubierto, y el vecino lo miraba como quien encuentra un tesoro.
—No te las tapes, mujer —dijo Andrés, tan tranquilo—. Nosotros nos vamos para dentro. Si quieres, hasta puedes quitarte la parte de abajo, que tienes el color desigual.
Lo decía con una naturalidad que me desarmaba. Entré a ducharme con la cabeza dándome vueltas. Bajo el agua, no podía borrar la imagen del muchacho, y mi mano fue sola hasta donde quería ir. Me imaginé apoyada en la valla, con los pechos colgando, sus manos jóvenes sujetándome las caderas. Tuve otro orgasmo, ahogando los gemidos contra el azulejo.
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Esa noche, en la cama, Andrés se puso cariñoso. Me acariciaba, frotaba su cuerpo contra mi pierna y no paraba de hablar del vecino. Tardé poco en entender que el tema de Bernardo lo excitaba. Y reconozco que yo era una hipócrita: le reñía por sus comentarios mientras le seguía el juego al chico de al lado a escondidas.
Como Andrés ya no podía penetrarme, hacía años que recurríamos a otros métodos. Esa noche se lo hice con la boca y con la mano, y mientras tanto mi mente se iba lejos. Para llegar yo al final, me conformaba con sus dedos dentro y su lengua, que al menos eso seguía sabiendo hacerlo bien.
En agosto cumplí los años. Vinieron mis hijos, invitamos a Bernardo y también a los inquilinos. Estuve nerviosa todo el día, sin saber si el muchacho se habría dado cuenta de que yo le seguía el juego, ni cómo iba a comportarme delante de todos. Pero estuvo correctísimo, casi solemne. Solo le faltaba tratarme de usted. Y yo sabía perfectamente lo que hacía cuando nadie lo veía.
En septiembre los inquilinos se marcharon y la casa volvió a quedarse vacía. Todo regresó a la normalidad. Bueno, todo no. Yo había vuelto a despertar, y eso ya no había forma de apagarlo.
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Lo que sí cambió fue Andrés. Se le metió entre ceja y ceja que Bernardo me viera desnuda. Dejé de taparme delante del vecino, primero el pecho, después casi todo, y descubrí que me daba morbo verlo mirarme con ese deseo contenido. Andrés disfrutaba todavía más que yo, soltando comentarios sobre mi cuerpo y animando al otro a responderle.
Una tarde le pregunté a mi marido qué buscaba con todo aquello. Me contestó con una calma que me dejó helada.
—Bernardo está muy solo. Hemos hablado muchas veces. Necesita una mujer que le haga compañía.
—¿Y esa mujer soy yo? —pregunté, temiéndome la respuesta.
—No me importaría compartirte con él —dijo, como quien comenta el tiempo—. Os conocéis de toda la vida, os lleváis bien. Lo que hagáis a solas, queda entre nosotros.
No daba crédito. Y sin embargo, en algún rincón, la idea no me horrorizaba tanto como debería. Para salir del paso, le solté medio en broma que si quería que me acostara con alguien, buscara a un chico joven, que para viejos ya lo tenía a él. Se rió. Yo me reí. Pero los dos sabíamos que algo se había dicho en voz alta y ya no podía borrarse.
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La cosa terminó de torcerse en Nochevieja. Cenamos las dos familias, y pasada la una, cuando los hijos se marcharon, nos quedamos los tres solos junto a la chimenea. Andrés abrió una botella de cava «para estar más tranquilos» y empezó a contar intimidades nuestras: las playas nudistas, cosas que no se cuentan. Después supe que a Bernardo ya se las había contado; solo necesitaba que yo, delante, las confirmara.
El vecino se atrevió a preguntarme directamente, con la copa en la mano, cosas muy explícitas. Una parte de mí estaba escandalizada; coquetear en la piscina era una cosa, hablar de mis intimidades, otra muy distinta. Pero Andrés me animaba a responder, y no era el cava lo que me soltaba la lengua: era el morbo. Conté más de lo que debía. Esquivé las preguntas más comprometidas con la excusa de ir al baño.
Al bajarme la ropa interior comprobé que estaba mojada. A mi edad, eso ya parecía un milagro. Me toqué unos segundos, hasta que recuperé algo de cordura y me senté.
Cuando avisé de que iba a cambiarme y entré en el dormitorio, me quité el vestido. Oí la voz de Andrés a mi espalda.
—Pasa, Bernardo, si se queda así tampoco nos importa, ¿verdad?
Un escalofrío me recorrió entera. De pronto estaba frente a los dos, completamente desnuda. Tardé un momento en reaccionar y agarrar el vestido para taparme por encima.
—Yo la prefiero al natural —dijo el vecino sin pestañear—. Sería la mejor manera de empezar el año.
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Los eché del cuarto sin montar escándalo, más que nada porque no me salían las palabras. Pero me picaba el orgullo. Si tantas ganas tenían de verme, iba a dárselo a mi manera. Me puse unos leggins finos, sin nada debajo, que se marcaban por todas partes, y una camiseta ajustada y algo transparente. Volví al salón.
—Menudas piezas estáis hechos —les dije—. No se os puede dejar solos.
Al pasar delante de ellos para sentarme, Andrés me sujetó por las caderas y, con un comentario subido de tono, le preguntó a Bernardo si quería tocar. Di un respingo: aquel hombre lo hacía sin dudarlo. Salí del paso llamándolos viejos verdes.
—Es normal pensar en sexo cuando ve uno todos los días a una mujer tan guapa —respondió el vecino, sin un gramo de vergüenza—. Llevo muchos años solo, Carmen.
Acababa de tirarme los tejos delante de mi marido, y mi marido asentía.
—Ya he hablado con Carmen —dijo Andrés—. Quedamos en que le hagas compañía cuando lo necesites. Por mi parte, no hay problema.
Me hice la despistada. Dije que ya le hacía compañía, que para mí era uno más de la casa. Pero Bernardo no aflojaba: que nada le gustaría más que estar conmigo, que solo faltaba que yo aceptara. Y Andrés, dale que te pego, insistiendo en que ya no hacía falta que me escondiera, que podía andar por casa como me diera la gana.
Me entró la risa floja de pura tensión. Por un momento me vi de verdad teniéndolo con el vecino, y todo iba demasiado rápido. Esa noche, por suerte, no pasó nada más. Bueno, nada: mi marido me había ofrecido al vecino delante de mí, y yo no había dicho que no.
***
Cuando nos quedamos solos lo reñí, claro. Pero le mentiría a quien lea esto si dijera que no estaba excitada. La idea de que me compartiera, de elegir yo a alguien más joven para sentir de nuevo un hombre entero dentro, me había encendido por completo.
En la cama, Andrés volvió a buscarme, frotando su cuerpo contra mi pierna, hablándome al oído de todo lo que el vecino querría hacerme. Si no hubiera estado tan obsesionado con la idea, se habría dado cuenta de lo mojada que yo ya estaba: sus dedos entraron sin ningún esfuerzo. Y no era por Bernardo en sí —no es ningún galán, es bajito y rudo—, sino por su forma descarada de desearme, por sentirme deseada otra vez.
—¿Y a ti qué morbo te da? —le pregunté, mientras lo acariciaba despacio para castigarlo un poco.
—Saber que lo estás haciendo —respondió tranquilo—. Y que luego me lo cuentes con todo detalle. Eso sería lo mejor.
No esperaba esa respuesta. Le dije, con la voz más dulce que pude, que el día que me acostara con el vecino se lo contaría todo, sin ahorrarme nada. Fue como apretar un interruptor: se corrió al instante, manchándome la pierna. Me había fastidiado el escarmiento, y encima eufórico.
Después llegó mi turno. Le pedí que se acomodara entre mis piernas y volviera a usar la lengua. Me apreté los pechos con las dos manos mientras él me lamía y me penetraba con los dedos. Intenté pensar en el chico de los inquilinos, pero la cabeza se me iba sola hacia el vecino, hacia todo lo que mi marido prometía que me haría. Tuve un orgasmo largo y escandaloso, y se me escapó un nombre que no era el de Andrés.
Cuando recuperé el aliento, sin pensarlo, me oí decir que sí, que aceptaba ser la compañera de Bernardo. Por la cara que puso, creí que se correría otra vez.
—¿Lo estrenamos mañana mismo, para empezar bien el año? —preguntó, y lo decía en serio.
Me eché a reír. Le contesté que estas cosas llevan su tiempo, que no estaba preparada, que si de verdad lo quería, lo pidiera como regalo de Reyes y a lo mejor tenía suerte. Le pedí una toalla, me di la vuelta y, con el cuerpo todavía vibrando, me quedé dormida.
No sé cómo terminará esto. Solo sé que a los sesenta, cuando lo daba todo por perdido, volví a sentirme viva. Y eso, lean lo que lean, no pienso pedir perdón por contarlo.