La chica del curso que quería llegar virgen al altar
A los veintiún años yo repartía mi tiempo entre los entrenamientos, los amigos y las tardes que prefiero no detallar con un par de vecinas. Tenía la cabeza en todo menos en los libros, y eso me terminó costando caro. Reprobé química porque me peleé con el profesor: el hombre se quejaba de su sueldo de miseria y ponía de ejemplo a los choferes de la línea, que según él ganaban más. Impulsivo como era, le solté que entonces mejor se metiera de chofer, que para lo que enseñaba le daba igual. Obviamente me suspendió, y para presentar el examen extraordinario no me quedó otra que pagar un curso de regularización en una academia del centro.
Ahí conocí a Brenda. Una chica guapa, de risa fácil y lengua afilada, con la que congenié desde el primer descanso. Empezamos con cafés y una función de cine, y en cuestión de semanas ya teníamos nuestros roces, esas caricias que duran un segundo de más y dejan a los dos sin saber qué decir.
La cosa subió de tono un mediodía, en los baños de la academia. Nos metimos en uno de los cubículos del lado de mujeres entre besos cada vez menos prudentes. Le levanté la blusa, le solté el sostén, y ya estábamos los dos casi desnudos, con la ropa interior puesta y las manos donde no debían, cuando entraron unas chicas y nos quedamos petrificados, conteniendo la respiración hasta que se fueron.
—Esto es una locura —me dijo después, acomodándose la ropa con las mejillas encendidas.
—Una locura que vamos a repetir —contesté.
***
Unos días más tarde la invité al parque después de la clase. Sentados en una banca, compartiendo un helado, recordamos lo del baño y nos reímos como dos cómplices. Le comenté, medio en broma, que un amigo podía conseguirme un departamento donde no tuviéramos que escondernos en un sanitario.
Brenda se puso seria de golpe. Enlazó su mano con la mía y me miró.
—Me gustas, de verdad. Pero quiero llegar virgen al matrimonio. Siento cosas contigo, no lo voy a negar, pero esa idea pesa más que cualquier ganas.
Me quedé un poco cortado. Tragué saliva y asentí.
—Es tu decisión y la respeto. En serio.
Seguí comiendo el helado en silencio, masticando algo más que el barquillo. Después de un rato ella acarició mi brazo.
—Eso no quiere decir que esto se acabe aquí. Me siento bien contigo.
—Y yo contigo —le dije, levantándome para seguir caminando—. Nunca voy a hacer nada que tú no quieras. Hasta donde tú decidas, ni un paso más.
Se recargó en mi hombro y me abrazó por la cintura. Caminamos así hasta su casa.
***
Su madre estaba en la sala cuando llegamos. Brenda me presentó como un compañero del curso, y la señora, encantada con mis modales, insistió en que me quedara a comer. Subimos a su habitación con la excusa de estudiar un rato antes de la mesa.
Era un cuarto típico: un escritorio pegado a la ventana, un tocador con un espejo grande, un sillón, una cómoda y la cama llena de pósters. Saqué el libro y el cuaderno mientras ella abría el clóset, elegía otra ropa y se metía detrás de un biombo a cambiarse.
Lo malo —o lo bueno— era que el espejo del tocador reflejaba justo su silueta tras el biombo. Giré la silla para verla mejor.
—No me distraigas o no voy a poder con la química —bromeé, señalando el reflejo.
—Pues concéntrate —me sacó la lengua y siguió desabrochándose la blusa.
Cuando se quedó en ropa interior, se volteó dándome la espalda para alcanzar la prenda nueva, estirándose y apretando las nalgas sin darse cuenta. No aguanté. Me acerqué por detrás.
—Deberías quedarte así. Te ves preciosa.
—Sí, cómo no, y que entre mi mamá y nos vea.
Se inclinó para ponerse el pantalón y la curva de su trasero terminó de vencerme. Le acaricié las nalgas, firmes y suaves, y apreté mi cuerpo contra ella. Brenda no se movió; al contrario, empezó a restregarse despacio. Le bajé un poco la ropa interior y dejé que mis dedos resbalaran entre sus glúteos, buscando más abajo. Entonces cerró las piernas y se enderezó de golpe.
—¿Qué haces? Puede entrar mi mamá.
—¿Abre la puerta así, sin avisar?
—No, pero tardaría en abrir o me preguntaría. Sería sospechoso.
—Perdón, tienes razón. No me pude contener.
Volví al escritorio acomodándome la erección que ya me apretaba. Brenda salió del biombo vestida, se sentó en el borde del mueble y me clavó una sonrisa traviesa.
—No es justo. Tú a mí me viste y yo a ti no.
—Tú dijiste que podía venir tu mamá —respondí, burlón.
—Pero estás sentado, no te vería —y acercó la mano a mi entrepierna, sobando por encima de la tela.
Me solté el cinturón y bajé el cierre. Ella metió la mano y sacó mi miembro, acariciándolo de arriba abajo con los ojos muy abiertos.
—Está mucho más grande que el de Iván —murmuró, casi para sí.
—Ven, siéntate un momento.
Se bajó el pantalón hasta medio muslo y se sentó sobre mí, moviendo la cadera para hacer pasar mi pene entre sus nalgas, una y otra vez. La punta brillaba húmeda y le manchaba la ropa interior en cada vaivén. Justo entonces sonó la voz de su madre desde la escalera.
—¡Ya está la comida, chicos!
Brenda se subió el pantalón a la carrera y fue a abrir. Yo me acomodé frente al cuaderno fingiendo escribir.
—Ya casi terminamos, mami. En diez minutos bajamos.
Cerró la puerta. Me levanté con la erección todavía afuera y me acerqué.
—Mira cómo estoy —le dije, tomándole la mano y llevándola hasta mí. Me senté en el borde de la cama—. Si lo apuras un poco, terminamos rápido.
—Apúrate, entonces —me dijo, y se agachó.
Pasó la lengua, dudó un segundo y se lo metió en la boca. Era torpe, evidente que nunca lo había hecho, pero le puse la mano en la nuca y la fui guiando, indicándole el ritmo. En pocos minutos sentí el tirón inevitable. Quise avisarle, pero llegó antes de que pudiera, y le sostuve la cabeza sin pensar. Se sorprendió, una parte le escurrió por la comisura y el resto lo tragó casi a la fuerza antes de soltarse y correr al baño.
—¡Casi me ahogas! ¿Por qué no me avisaste? —reclamó, enjuagándose la boca, molesta.
—Perdón, fue el impulso. No me molestes, ¿sí?
—Ya pasó —suspiró, más calmada—. Solo me sorprendió.
Bajamos a comer como si nada. Antes de despedirme le pedí disculpas de nuevo y quedamos en que la llamaría por lo del departamento.
***
Esa misma tarde llamé a Diego. Su hermano mayor tenía un departamento que usaba poco entre semana, y me lo prestó sin demasiadas preguntas a cambio de pasar por las llaves a su oficina. Avisé a Brenda y quedamos en vernos al día siguiente, una hora antes de la clase, en una esquina lejos de la academia para que nadie nos cruzara.
Llegó con un vestido veraniego beige ceñido a la cintura, abotonado por delante y con un par de botones sueltos que dejaban adivinar el sostén. Las piernas le quedaban a la vista, los zapatos de tacón bajo. Yo me había estrenado camisa por la ocasión. Subimos al departamento, puse música y nos pusimos a bailar sin mucho ritmo, los dos nerviosos, sintiendo la tensión en el aire.
Le acaricié el pelo y empecé a besarle el cuello. Se estremeció. La fui llevando hacia la recámara mientras le desabrochaba el vestido y ella me sacaba la playera. Para cuando llegamos a la cama, el vestido le colgaba de la cintura y los senos asomaban bajo el sostén floreado. Se lo quité y los besé despacio, sintiendo cómo se le endurecían los pezones contra mi lengua.
El vestido terminó en el suelo. La senté al borde de la cama y ella, mirándome a los ojos, me soltó el cinturón y me bajó el pantalón. Tomó mi miembro entre las manos, lo observó por todos lados con una mezcla de asombro y curiosidad.
—Dale unos besos —le pedí, acariciándole el cabello—. Pero hazlo a tu ritmo.
—Eso sí, no vayas a hacer lo de ayer —advirtió.
—Claro que no. Pasa la lengua de abajo hacia arriba, despacio, y después lo presionas con los labios, sin dientes. Así, perfecto.
Aprendía rápido. A los pocos minutos era ella la que llevaba la iniciativa, marcando el ritmo con una soltura que me dejó sin aire. Mientras tanto bajé la mano entre sus piernas y la acaricié por encima de la última prenda que le quedaba. La respiración se le iba acelerando.
La recosté. Fui besándole el cuello, los senos, el vientre, y le quité la ropa interior por completo. Le separé las piernas y la miré.
—Con cuidado —dijo con voz temblorosa—. Soy virgen y así quiero seguir.
—Tranquila. Solo quiero que disfrutes, confía en mí.
La acaricié con calma, jugando con el clítoris en círculos mientras la sentía más y más húmeda. Brenda se arqueó, gimió bajito, y de pronto estalló en un orgasmo que le sacudió todo el cuerpo, serpenteando sobre las sábanas. Cuando se recuperó, se giró de lado y, separándose las nalgas con las manos, me sorprendió.
—Así. Por aquí sí puedo.
—¿Segura? —pregunté.
—Segura.
La puse en cuatro sobre la cama. Tomé parte de su propia humedad y la repartí entre ella y yo, preparándola despacio, dilatándola con paciencia hasta que dejó de tensarse y empezó a empujar hacia atrás buscándome. Acerqué la punta y fui entrando milímetro a milímetro. Gemía y se quejaba a la vez, acostumbrándose al grosor, hasta que entró buena parte y me quedé quieto, acariciándole la espalda y los senos.
Cuando la sentí lista, empecé a moverme. Lento al principio, casi saliendo del todo para volver a hundirme, mientras con la otra mano le frotaba el clítoris. El ritmo subió a medida que ella misma lo pedía entre jadeos, hasta que terminé dentro de ella con un temblor largo. Cayó sobre la cama y yo seguí estimulándola hasta arrancarle un segundo orgasmo que la dejó deshecha.
—Qué intenso —susurró cuando recuperó el aire—. Nunca había sentido algo así.
—Gracias a ti —le besé el hombro.
—Gracias a ti por cumplir tu promesa.
***
Descansamos un rato. Traje del refrigerador dos vasos con refresco y nos quedamos abrazados, ella recostada en mi pecho, conversando sobre lo que acababa de pasar.
—Es la primera vez que lo hago así, completamente desnuda y en una cama —confesó—. Con Iván siempre fue de prisa, a oscuras, sin tiempo de nada. Contigo descubrí cosas que jamás imaginé.
—Pues falta lo mejor —le dije, y la besé.
Volvimos a empezar casi sin darnos cuenta. Nos pusimos de costado, los cuerpos invertidos, dándonos placer al mismo tiempo. Después la dejé boca arriba y me dediqué a recorrerla con la boca hasta que un nuevo gemido largo la atravesó. Cuando se recuperó, le puse las piernas sobre mis hombros y volví a hundirme en ella sin dejar de mirarla, acelerando poco a poco mientras le frotaba el clítoris, hasta que gritó sin reservas y yo terminé fuera, sobre su vientre y sus senos.
Nos bañamos juntos, comimos algo de fruta y la acompañé de regreso a su casa. En la puerta, antes de soltarle la mano, nos prometimos que aquella no sería la última vez. Y por un buen tiempo, no lo fue.