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Relatos Ardientes

Lo que el entrenador de mi hijo despertó en mí

Me miré al espejo una última vez y ajusté la seda azul sobre mis caderas. No soy una chiquilla: tengo cuarenta y un años. Pero las mañanas en el gimnasio de Las Lomas se notan en la firmeza de mis piernas y en cómo la tela cae sin tropezar con ningún pliegue. Me veía bien. Me sentía deseable. Esa seguridad se desinfló en cuanto escuché la voz de Gerardo desde el pasillo.

—¿Ya vas a salir o piensas seguir perdiendo el tiempo? —soltó, asomándose apenas para lanzarme una mirada de fastidio.

No hubo un «estás guapa». No hubo un roce en la cintura. Gerardo, a sus cuarenta y siete, parecía haber olvidado que antes de ser la madre de su hijo o la encargada de la casa, yo era una mujer. El trayecto hasta la hacienda fue el de siempre: él quejándose de los de distribución de Delmar Logística, yo mirando por la ventana las luces de Morelia, sintiéndome una pieza más de su inventario.

La fiesta era el clásico aniversario de empresa: el logo en pantallas gigantes, los premios de cada año, el rumor de los negocios. Gerardo me dejó en una mesa apenas vio a unos proveedores de Guadalajara.

—Quédate aquí, no me interrumpas con tonterías mientras hablo de cosas serias —dijo, y desapareció entre la gente.

Me quedé sola, cargando el peso de la invisibilidad, hasta que lo vi a él. Bruno estaba al otro lado del salón, parte del equipo de Gerardo, moviéndose con la zancada segura que le habían dejado sus años de jugador de americano. El traje le quedaba como una armadura que apenas contenía sus hombros. Cuando nuestras miradas se cruzaron, hubo una pequeña sonrisa de reconocimiento, y empezó a acercarse.

—Buena noche, Renata —dijo al llegar a mi lado. Su voz, grave y pausada, me erizó la piel—. ¿Y Gerardo? Seguro haciendo migas con los proveedores. En lo que vuelve, no voy a dejar sola a una mujer tan guapa.

El cumplido y su forma de pararse, invadiendo mi espacio con algo que no llegaba a ser una falta de respeto, me hacían sentir pequeña. Se recargó en la mesa, lo justo para obligarme a notar su presencia.

—¿Cómo van tus días, Renata? Casi no te vemos fuera de estos eventos.

—Ya sabes —suspiré, bajando la guardia—. Escuela, juntas del colegio, súper, la casa. A veces siento que mi vida es una lista de pendientes que nunca se acaba. Lo único que me saca de la rutina es el gimnasio.

Asintió con una seriedad que me hizo sentir escuchada por primera vez en mucho tiempo. Me contó que él había pasado por algo parecido antes de divorciarse, que no tenía hijos y que se mantenía cuerdo gracias al deporte: entrenaba a una liga infantil de americano y jugaba tochito los fines de semana.

—Este domingo tenemos un evento familiar en la liga —dijo, bajando la voz—. Me daría mucho gusto que fueras. Te serviría para olvidarte un rato de los papeles de la casa.

Estaba por responder cuando apareció Gerardo, con esa arrogancia suya, y saludó a Bruno con un apretón breve, casi competitivo.

—Solo le contaba a Renata de la liga —explicó Bruno, impecable—. Los invito el domingo.

—Igual y nos damos una vuelta, para que veas cómo se juega de verdad —respondió mi marido, aceptando el desafío sin notar que lo era.

Bruno me dedicó una última mirada cargada de un sentido que Gerardo no supo leer y se perdió entre la gente. En cuanto estuvo lejos, mi marido soltó una risita.

—Ese Bruno es un agrandado. Se cree mucho por sus años de jugador, pura pose.

No dije nada. Pero el calor de la invitación seguía quemándome en el pecho.

***

El domingo llegó con sol sobre Morelia. El club deportivo ya estaba encendido cuando llegamos; Ramiro, Tono y Sergio, compañeros de la oficina, nos saludaron con sus familias bajo las carpas. Gerardo, fiel a su estilo, anunció que «les daría una lección» en el campo.

Entonces lo vi de nuevo. Bruno se acercó con ropa deportiva, lejos de la rigidez del traje. Saludó de mano a los hombres, con un beso a las mujeres, y al llegar a mí sostuvo la mirada un segundo de más.

—Tengo que volver al campo, en quince minutos juegan los niños. Vente, campeón —le dijo a mi hijo, apoyándole una mano grande en el hombro—. Te necesito en mi equipo.

Mientras se alejaba, me quedé sin aliento. La playera deportiva peleaba por contener sus brazos y ese pecho forjado en años de entrenamiento. Los shorts se ajustaban a un culo duro que hacía años yo no notaba en un hombre. Junto a él, Gerardo, con su polo que no escondía la panza, parecía una sombra borrosa. Me sentí diminuta, abrumada por una presencia física que él irradiaba incluso jugando con los niños.

Cuando llegó el turno de los adultos, mi marido se negó tajante a estar en el equipo de Bruno. Jadeaba a los cinco minutos, persiguiendo sombras y peleando con el árbitro para disimular que el aire ya no le alcanzaba. Bruno, en cambio, era pura precisión. Tras una anotación, caminó hacia la banda empapado en sudor, se detuvo justo frente a mí y me sostuvo la mirada mientras bebía agua. Una gota le bajó por el cuello y se perdió bajo la playera pegada al pecho. Sentí un calor húmedo entre las piernas que me obligó a cruzarlas discretamente.

—¿Qué te parece, Renata? ¿Se están divirtiendo? —preguntó, ignorando por completo a un Gerardo que intentaba recuperar el aliento a su lado.

Solo pude asentir. El sol de Morelia no era nada comparado con el incendio que ese hombre me estaba prendiendo por dentro.

Después del partido nos sentamos a comer. En medio de la convivencia, Bruno se inclinó hacia mi hijo.

—Te vi jugar, campeón. Tienes buen instinto. Me encantaría que entraras formalmente al equipo. —Levantó la mirada hacia mí, un segundo de más—. Y hay una liga de adultos los sábados. Renata, tú que eres constante en el gimnasio, tendrías una ventaja tremenda.

Gerardo soltó una risita seca.

—¿Sábados? Qué flojera. Prefiero quedarme en la casa.

El silencio fue incómodo, pero por primera vez no me importó. Miré a mi hijo, que me buscaba con una súplica en los ojos, y luego a Bruno.

—Yo sí quiero —dije, con una seguridad que hizo que mi marido dejara su cerveza a medio camino—. Y al niño le vendría muy bien.

Bruno sonrió de medio lado, una sonrisa cómplice, como si supiera exactamente lo que yo acababa de hacer.

***

El sábado, por primera vez en años, no sentí la pesadez del fin de semana. Gerardo se quedó en el sillón con la excusa de que «le dolía la espalda», y yo me fui sola con mi hijo. Me puse unos leggings negros que moldeaban cada curva trabajada en el gimnasio y un top discreto, me recogí el pelo y me eché un poco de perfume. Lo justo para que se notara al acercarse.

Tal como prometió, otro entrenador se llevó a mi hijo con el grupo de los niños. Me quedé en la banda hasta que lo vi caminar hacia mí. Bruno parecía llenar todo el campo.

—Puntual y lista. Me gusta —dijo, deteniéndose frente a mí. Su sombra me cubrió por completo.

—No tengo idea de cómo se juega esto —confesé.

—Es sencillo, pero tiene técnica. —Me tendió un cinturón con dos banderas y, mientras yo peleaba con la hebilla, negó con la cabeza—. Déjame, está flojo.

Antes de que pudiera protestar, sus manos rodearon mi cintura. Sus dedos rozaron la piel de mi abdomen mientras ajustaba la hebilla con firmeza, tan cerca de la cinturilla de los leggings que un dedo más abajo hubiera rozado el vello de mi pubis. Fue un contacto breve, pero comparado con la indiferencia de Gerardo, fue una descarga. Los pezones se me endurecieron bajo el top y recé para que la tela fuera lo bastante gruesa.

—En el tochito, la postura lo es todo. Tienes que estar baja, con las piernas flexionadas —dijo, y se colocó detrás de mí. Sentí el calor de su pecho casi pegado a mi espalda y, más abajo, un bulto denso contra el nacimiento de mis nalgas que me hizo tragar saliva—. Baja más la cadera. Abre los pies.

Puso las manos sobre mis muslos para corregir mi apertura y presionó mis hombros hacia abajo. Cuando me incliné, mi culo quedó justo frotado contra su entrepierna y sentí un endurecimiento inequívoco. Él ni siquiera se movió; me sostuvo así, apretada contra su verga, un segundo de más. Era una instrucción técnica, pero la forma en que manejaba mi cuerpo a su antojo me encendía. Él tenía el control total.

—Ahí —susurró cerca de mi oído, con la voz rasposa—. Así nadie te pasa.

Al terminar, me entregó una botella de agua fría rozando mis dedos.

—Lo hiciste excelente para ser tu primer día. Pásame tu número, para agregarte al grupo del equipo… y por si mañana amaneces muy adolorida.

Guardó mi contacto y me mandó un mensaje al instante para que yo tuviera el suyo. Ambos sabíamos que el grupo era solo la excusa.

***

Esa semana lo cambió todo. Gerardo seguía igual: llegaba tarde, cenaba en silencio frente al noticiero y se acostaba dándome la espalda. Pero ahora yo tenía un secreto vibrando en la mesa de noche.

Los mensajes de Bruno empezaron «de trabajo» y se volvieron algo mucho más peligroso: atentos. Se acordaba de cuándo me tocaba gimnasio, me preguntaba si ya había comido, le interesaba mi día por más mundano que fuera. Mientras Gerardo me interrumpía o me ignoraba, Bruno me hacía sentir que mis palabras valían. Cada vez que el teléfono vibraba, me sorprendía sonriéndole a la pantalla como una adolescente.

El miércoles, después de la rutina de pesas, me sentí especialmente bien. Me miré en el espejo del vestidor, los meses de esfuerzo a la vista, y me tomé una foto de lado dejando ver la curva de la cadera y un poco de piel en la cintura.

Hoy la rutina de pierna casi acaba conmigo. Sobreviví.

El «leído» apareció al instante. «Dios mío, Renata. Se nota que no solo sobreviviste. Estás increíble. No tienes idea de lo que me haces sentir.»

Un segundo después, otro mensaje: «Estoy en la oficina y se me acaba de parar como a un mocoso viendo esa foto. Me la vas a pagar.»

Sentí el coño palpitar contra la costura de los leggings. Ese mensaje me vibró más que cualquier contacto con mi marido en años.

El viernes, el destino jugó de mi lado. Mi hermana pasó por mi hijo para llevarlo con sus primos; no lo vería hasta el sábado. Por primera vez en meses, la casa estaba en silencio y yo no le rendía cuentas a nadie. Gerardo, sin avisar, había agarrado su maleta esa mañana.

—Me voy a Guadalajara —dijo sin mirarme—. Junta de emergencia. Vuelvo el miércoles, no sé.

Fue entonces cuando su teléfono, sobre la barra, vibró. Me asomé por inercia. «Hola, amor. Nos vemos más tarde.» Un número sin nombre.

Sentí un hueco en el estómago, pero no fue sorpresa. A mis cuarenta y un años ya no soy ingenua; sabía que Gerardo tenía sus escapes. Pero verlo ahí, tan cínico, me dolió por lo que significaba: el desprecio total a lo que habíamos construido. Tuvimos una pelea amarga, llena de sus gritos llamándome «loca» y «paranoica», hasta que dio un portazo y se fue.

Me quedé sola en la cocina, temblando de rabia y de ese miedo a empezar de cero. Con el corazón en la mano, le escribí a la única persona que en dos semanas me había hecho sentir que valía algo.

La respuesta de Bruno fue inmediata. «No estás sola. Sé que da miedo el después, pero lo que tienes ahora no es vida. Eres una mujer increíble. Gerardo no tiene idea de la joya que está perdiendo.»

Entre stickers, confesiones y quejas del trabajo, la plática se estiró hasta la madrugada. Por unas horas olvidé que tenía cuarenta y un años y un matrimonio roto. Me sentí otra vez la Renata de antes, la que se emocionaba por un mensaje.

***

El viernes siguiente, con la casa de nuevo vacía y mi hijo en una pijamada, le conté a Bruno que estaba sola.

«¿Sola? No quiero que pases la tarde arreglando repisas. Vamos a cenar. Yo paso por ti.»

No lo dudé ni un segundo. Esa sensación de ser buscada era algo que Gerardo me había robado hacía años. Me arreglé con una libertad que me hacía sentir ligera, casi peligrosa, y elegí un vestido que premiaba lo que el gimnasio había logrado. Debajo, un conjunto de encaje negro que no me había puesto en años. Cuando escuché su camioneta afuera, los nervios me traicionaron como a una quinceañera.

Cenamos en un lugar pequeño cerca de la avenida del Sol, con esa luz cálida que hace creer que el mundo exterior no existe. Sin el traje, con una camisa de lino que peleaba por contener sus hombros, mi fachada de mujer fuerte se desmoronó. Bruno puso su mano sobre la mía. Su palma era enorme, cálida, firme.

—Qué bueno que aceptaste —dijo, clavándome los ojos—. Te extrañé más de lo que debería admitir. Cuéntame… ¿cómo estás realmente?

Por primera vez no sentí ganas de llorar por mi matrimonio. Sentí que el hombre frente a mí era un incendio y yo estaba lista para que me consumiera. Pedimos vino, una botella que se volvió dos, y con cada copa el aire se hacía más eléctrico. No era solo el alcohol: era la forma en que me miraba, como si yo fuera la única mujer en todo Morelia. Su rodilla rozó la mía debajo de la mesa y ahí se quedó, subiendo despacio hasta la cara interna de mi muslo. No la aparté.

—No quiero que esto se acabe aquí —dije, envalentonada—. Tengo ganas de bailar.

—Conozco un lugar —respondió, con una mirada que prometía de todo.

Terminamos en un club lleno de chicos que apenas pasaban los veinte. Soltamos una carcajada al mismo tiempo.

—Somos los ancianos del lugar —me susurró al oído, rodeándome la cintura desde atrás.

—Mejor —respondí, girándome entre sus brazos—. Así nadie nos pone atención.

Bailamos lento, aunque la música no lo era, en nuestra propia frecuencia. Sus labios rozaban mi sien y sus manos bajaron descaradamente de mi cintura al nacimiento de mis nalgas, apretándolas por encima del vestido. Yo podía sentir su verga presionando contra mi muslo, gruesa, firme, imposible de ignorar, y sin pensarlo empecé a frotarme contra ella al ritmo de la música. El coño se me estaba mojando ahí mismo, en medio de la pista, con las bragas de encaje empapadas. El calor en mi vientre se volvió urgencia.

—Renata —dijo, deteniéndose para mirarme, su barba rozando mi mejilla—. Si seguimos así, te voy a besar aquí mismo.

Le sostuve la mirada. La Renata que se callaba ante los desplantes de Gerardo se había quedado en la entrada del club.

—Pues bésame —respondí, y fue más una orden que una invitación.

No necesitó que se lo repitiera. Sus manos subieron a enmarcar mi rostro, tan grandes que casi me rodeaban la cabeza, y me besó con una intensidad que me quitó el suelo. Su lengua me abrió los labios y se enredó con la mía sin pedir permiso, invadiéndome la boca con el mismo hambre con que estaba a punto de invadirme el cuerpo. No fue un beso tímido: fue posesión, cargado de toda la tensión acumulada en esos días de mensajes y miradas. Una de sus manos bajó a mi culo y lo apretó con fuerza, pegándome a su erección. Cuando nos separamos, los dos jadeábamos.

—Si no salimos de aquí ahora —dijo con la voz rota—, te voy a desvestir en este rincón. ¿Nos vamos?

Supe que no quería un hotel ni un adiós en la puerta del coche. Quería que él entrara en el espacio que Gerardo había dejado vacío.

—Vamos a mi casa —dije, apretándole la mano—. Estamos solos.

***

Los diez minutos de regreso fueron una cuenta regresiva. Bruno manejaba con una mano en el volante y la otra apretando mi muslo, subiendo cada vez más el dobladillo del vestido, robándome besos en cada alto. En el último semáforo su mano llegó hasta el encaje de mis bragas y dos de sus dedos se colaron por el borde. Cuando encontró lo empapada que estaba, soltó un gruñido ronco.

—Puta madre, Renata. Estás chorreando.

Sus dedos empezaron a jugar con mi clítoris ahí mismo, en la camioneta, mientras el semáforo cambiaba a verde. Tuve que morderme el labio para no gritar. Los deslizó por mi raja, empapándose de mí, y luego me los puso en la boca.

—Chúpate. Prueba cómo estás por mí.

Obedecí sin pensarlo. Cerré los labios alrededor de sus dedos y los limpié con la lengua, sintiendo mi propio sabor mezclarse con el suyo. Nunca había hecho algo así. Nunca me habían pedido algo así.

—¿Estás segura? —preguntó, ya con la voz densa de deseo—. No quiero ser un error de una noche para ti.

—No eres un error —respondí, acercándome—. Eres lo mejor que me ha pasado en años. Y lo único que quiero ahora es que me cojas hasta que se me olvide cómo se llama mi marido.

Casi se pasa el siguiente alto.

En cuanto la puerta se cerró detrás de nosotros y eché el cerrojo, el aire pareció incendiarse. No hizo falta prender las luces; la claridad de los ventanales bastaba. Bruno me tomó por la cintura y me levantó como si no pesara nada, sentándome sobre el mármol del recibidor. Mis piernas se enredaron en su cadera por puro instinto y él encajó su erección contra mi coño mojado, empujando por encima de la tela.

—No tienes idea de cuánto llevo queriendo tenerte así —gruñó contra mis labios, mientras una de sus manos subía el dobladillo de mi vestido hasta la cintura.

Sus dedos recorrieron la cara interna de mis muslos y encontraron la humedad que su cercanía había provocado. Apartó el encaje de las bragas de un jalón y hundió dos dedos en mí de golpe, hasta el fondo. Grité contra su boca. El contraste era brutal: la frialdad de la casa que compartía con el desprecio de Gerardo, y el calor de este hombre que me trataba como el premio más valioso y a la vez como una puta a la que había estado esperando por semanas. Sus dedos empezaron a bombear con un ritmo que me hacía apretar los muslos alrededor de su muñeca, mientras su pulgar rozaba mi clítoris.

—Estás tan mojada que se me van a caer los dedos —susurró contra mi cuello—. Y todavía no te he metido ni la punta.

Le desabotoné la camisa con manos temblorosas, hundí los dedos en su pecho firme, en ese vello oscuro que le bajaba hasta el pantalón, y solté un gemido que rompió el silencio. Bajé la mano y apreté por encima de la tela: era enorme, pesada, ardía. Se me hizo agua la boca.

—Arriba —susurré, y lo guie hacia la recámara.

Una vez dentro, no hubo preámbulos. Me desabroché la blusa mientras él me devoraba con la mirada. Cuando la prenda cayó y quedé en el sostén de encaje, soltó un gruñido de aprobación.

—Quítatelo. Quiero ver esas tetas.

Nunca en catorce años de matrimonio Gerardo me había hablado así. Nunca me había mirado como si yo fuera comestible. Me desabroché el sostén despacio, dejándolo caer, y sus ojos se clavaron en mis pechos como los de un hambriento. Los tomó con las dos manos, apretándolos, y se agachó a chuparme un pezón con la boca abierta, succionando fuerte, mordiendo despacio, mientras con los dedos torturaba el otro. El contacto de mi piel con el vello de su pecho me arrancó un suspiro largo, el reconocimiento de algo que mi cuerpo llevaba años gritando.

Caímos en la cama y su peso sobre mí fue una revelación. Sus manos recorrieron cada centímetro de mi piel, apretando mis curvas con una mezcla de posesión y devoción que me hacía sentir sagrada y sucia al mismo tiempo. Me arrancó las bragas literalmente, rompiendo el encaje por un costado, y las tiró al suelo. Luego se deshizo del resto de su ropa sin ceremonia. Cuando se bajó los bóxers, se me escapó un jadeo. La tenía tan gruesa y tan larga como me había imaginado en la cocina, en el gimnasio, en la ducha esa semana. La punta ya brillaba con una gota de líquido preseminal.

Bajo la luz tenue, su cuerpo parecía esculpido: hombros anchos, antebrazos marcados, un abdomen que se contraía con cada respiración, y esa verga apuntándome como una amenaza y una promesa.

—Mírame, Renata —susurró, arrodillándose entre mis muslos y abriéndomelos con las dos manos—. Te ves deliciosa. Quiero probarte toda. Quiero comerte ese coño hasta que me supliques.

Sus labios se perdieron en mi cuello, succionando con fuerza, marcándome como si fuera suya, y bajaron a mis pechos, chupando cada pezón hasta ponerlos duros como piedras. Su lengua siguió bajando, trazando una línea de fuego por mi abdomen, deteniéndose en mi ombligo, hasta llegar entre mis piernas. El calor de su aliento sobre mi coño me hizo arquear la espalda antes de que me tocara siquiera.

—Mírala. Toda hinchada. Toda para mí —murmuró, abriéndome los labios con los pulgares.

Y se lanzó. Su lengua se hundió en mi raja de arriba a abajo, ancha, plana, dura. Chupó mi clítoris entre los labios, tiró de él suavemente con los dientes, lo azotó con la punta de la lengua. Dos dedos volvieron a entrar en mí, curvándose, buscando ese punto que llevaba años olvidado. Empecé a retorcerme, agarrándolo del pelo, apretándole la cara contra mi coño sin ninguna vergüenza. Se hundió en mí con la lengua, explorándome con un hambre que me hacía temblar, y no paró hasta que sentí el primer orgasmo subir por la columna como una descarga.

—Estás empapada —murmuró contra mi piel, con la barba brillándole de mi humedad, disfrutando de mi reacción tanto como yo—. Y sabes a gloria.

Me dio la vuelta, dejándome a gatas, y empezó a besar la curva de mis nalgas con una devoción ruda. Me abrió las cachas con las dos manos, quedándose a un palmo de mi culo, y sopló despacio antes de bajar la lengua. La sentí recorrer mi raja de arriba abajo, desde el clítoris hasta el otro agujero, sin saltarse ni un centímetro. Grité contra la almohada. Sentí uno de sus dedos buscar mi entrada y hundirse despacio, estirándome, mientras yo me cerraba alrededor de él en espasmos. Su otra mano se coló por delante y volvió a buscarme el clítoris. Grité como no recordaba que podía. El silencio de la casa, ese que antes me pesaba, ahora estaba lleno de mis jadeos, de las palabras sucias que él me susurraba, del sonido húmedo de su boca comiéndome.

—Espera —dije con la voz ronca, recuperando una seguridad que él había despertado en mí—. Ahora me toca a mí.

Lo empujé hasta recostarlo sobre las almohadas y bajé besando ese abdomen duro, mordisqueándole las caderas, jugando con el vello que bajaba desde su ombligo. Cuando llegué a su verga, la agarré con la mano —ni siquiera podía cerrarla del todo alrededor de ella— y le pasé la lengua por toda la longitud, de la base a la punta, saboreando la gota que le brillaba. Bruno soltó un gruñido gutural que me hizo apretar las piernas.

La tomé con la boca despacio, deleitándome en cada reacción, tragándome un poco más con cada bajada. La punta me llegaba casi a la garganta y aun así no la abarcaba entera. Me la saqué para lamerle los huevos, chupándolos uno a uno, mientras con la mano le seguía haciendo pajas lentas. Después volví a metérmela, ahora con hambre, chupándola con toda la boca, apretando los labios alrededor del tronco, dejando que la saliva se me escurriera por la barbilla y le mojara los cojones.

—Renata… por Dios —gimió, enredando una mano en mi pelo y guiándome el ritmo—. Qué rica boca tienes, cabrona.

Le encantaba. Nunca en mi vida había hecho una mamada así, tan entregada, tan sucia. Le miré desde abajo, con la verga entre los labios, y vi cómo tenía la mandíbula apretada y los ojos entrecerrados de placer. Ese poder me hinchó por dentro. Aceleré, chupando con más ganas, hasta que sentí su verga palpitar en mi boca y él tirar suavemente de mi pelo para apartarme.

—Para, para. Si no, esto se acaba antes de empezar.

Pero quería más. Me incorporé y me puse a horcajadas sobre él, sin metérmelo, restregando mi coño empapado despacio contra su dureza hasta que los dos estábamos al límite. Le mojaba la verga entera con cada pasada, y él me miraba con los ojos negros de deseo, agarrándome las tetas, torciéndome los pezones. El vacío en mi interior se volvió insoportable. Guie su punta a mi entrada, la froté un segundo contra mi clítoris y me dejé caer con lentitud, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me abría, cómo me llenaba de una forma que me borraba el pasado.

—Dios… Bruno —gemí, echando la cabeza hacia atrás al terminar de sentarme sobre él, con toda su verga adentro hasta chocar contra el fondo—. Estás tan grande.

—Y tú tan apretada —jadeó, apretándome las caderas—. Me estás matando, Renata.

Me quedé quieta un momento, adaptándome a esa invasión, sintiéndolo palpitar dentro de mí. Después empecé a moverme. Al principio despacio, subiendo y bajando, midiéndolo. Sus manos abandonaron mis caderas para hundirse en mis nalgas, guiando mi ritmo, ayudándome a montarlo más rápido. Me incliné a buscar sus labios en un beso hambriento, con las tetas colgándome contra su pecho, los pezones rozándose con el vello. En un arrebato, me dio una nalgada seca que retumbó en la habitación, y el ardor disparó mi excitación.

—Otra —le supliqué, sin reconocerme.

Me dio otra, más fuerte, y luego una tercera. Empecé a moverme con desesperación mientras él empujaba hacia arriba, haciendo cada encuentro más profundo. El sonido de mi coño empapado tragándose su verga llenaba la habitación, chapoteando, mezclándose con mis gemidos. Ya no quedaba rastro de la esposa aburrida: era una puta entregada, cabalgando a un hombre que me hacía sentir cosas que había olvidado que existían, llenando el silencio de mi casa con los sonidos de algo que me estaba cambiando para siempre.

—Dilo —jadeó Bruno, agarrándome del cuello con una mano, sin apretar, solo sosteniéndome—. Dime cómo se siente.

—Me estás partiendo… nunca me habían cogido así —confesé, con la voz quebrada—. No pares, por favor.

Con un movimiento fluido me levantó, me sacó de él —sentí el vacío como una punzada—, me giró y me depositó de espaldas, colocándome las piernas sobre sus hombros. La posición me dejó completamente abierta, con el coño expuesto, brillando de saliva y humedad. Se agarró la verga con la mano y la frotó despacio contra mi entrada, torturándome.

—Pídemela.

—Métemela —jadeé—. Métemela toda, Bruno, por favor.

Cuando hundió las caderas de un solo golpe, sentí su penetración hasta el fondo, una vibración que me recorrió la columna entera. Grité sin ningún pudor. Con las piernas en sus hombros, cada embestida chocaba contra un lugar dentro de mí que hacía años no despertaba.

Fue en ese momento exacto cuando la imagen de Gerardo se desintegró. No había punto de comparación. Con él, el sexo había sido un trámite vacío de tres minutos boca arriba; con Bruno era una fuerza que ocupaba cada rincón de mi ser. Empezó un ritmo lento y profundo, retirándose casi por completo para que la punta se me quedara justo en la entrada, y luego volvía a hundirse hasta el fondo, reclamando mi cuerpo con cada embestida. Se agachó sin salirse y me chupó los pezones, mordiéndolos, mientras seguía metiéndomela.

Mis gemidos dejaron de ser contenidos: eran gritos desvergonzados, la confesión sonora de un lugar donde nunca había estado. «Sí, así, más fuerte, cógeme, no pares», salía de mi boca sin filtro.

—Pónme en cuatro —le supliqué, con la voz quebrada—. Quiero sentirte todo.

Me giró como a una muñeca. Me puse a gatas, arqueando la espalda, ofreciéndole el culo, y él se hundió de golpe desde atrás. Con cada choque de su cadera contra mis nalgas, el sonido de nuestra piel llenaba la habitación, un plaf plaf brutal, obsceno. Me sujetó del pelo, enrollándomelo en el puño, tirando apenas para exponer mi cuello, y con la otra mano me dio una nalgada sonora que me hizo ver estrellas. Su pulgar bajó y me rozó el otro agujero, empapándolo con mis propios jugos, y empezó a jugar ahí, a presionar suavemente sin llegar a entrar. La sensación era desquiciante.

—¿Te gusta así, cabrona? —susurró con esa voz grave que me deshacía, embistiéndome cada vez más rápido, más profundo—. ¿Te gusta que te cojan como se merece una mujer como tú?

—Sí… no pares —gemí, entregada por completo, empujando el culo hacia atrás para encontrarme con cada estocada—. Dame más, más fuerte.

Me dio más. Me clavó la verga hasta el fondo una y otra vez, agarrándome de las caderas con las dos manos ahora, hundiéndome los dedos en la carne. Una mano volvió a mi pelo, tirando con más ganas, obligándome a arquear la espalda hasta que la cabeza casi me tocaba los omoplatos. La otra bajó a mi coño y encontró mi clítoris. Empezó a frotármelo en círculos apretados sin dejar de cogerme.

La tensión llegó al punto de no retorno. Sentí un nudo eléctrico en el vientre que se apretó, se apretó, y estalló de pronto; mis músculos se cerraron alrededor de él en espasmos violentos y solté un grito desgarrador mientras un orgasmo que llevaba años sin sentir me sacudía entero. Largo, violento, profundo, una liberación que me dejó temblando bajo su cuerpo, con las piernas convertidas en gelatina, con mi coño ordeñándole la verga en oleadas.

—Puta madre, Renata, cómo aprietas —gruñó Bruno, con los dientes cerrados, sus embestidas volviéndose erráticas—. Me vengo. Me vengo, dime dónde.

—Afuera —alcancé a decir—. En la boca. Quiero probártela.

Se retiró de golpe y yo me giré, hambrienta, con las rodillas todavía flojas. Me arrodillé frente a él en el borde de la cama y me la metí en la boca, chupándole la punta mientras con la mano le hacía pajas rápidas. A los tres golpes, sentí su verga hincharse, palpitar, y explotó. El primer chorro me golpeó la lengua caliente y salado, el segundo me llenó la boca, y el tercero se escapó y me pintó la barbilla y el pecho. Me tragué lo que pude y dejé que el resto me resbalara, mirándolo a los ojos, con su semen brillándome en los labios.

Bruno soltó un gemido ronco al verme así, y me limpió la barbilla con el pulgar, metiéndomelo después en la boca para que lo chupara.

—Eres una diosa —jadeó—. No tienes idea.

Me quedé de rodillas, mirándolo hacia arriba, con el pecho subiéndome todavía agitado, sintiendo su semen escurrirse entre mis pechos. Bruno me observaba con una mezcla de respeto y posesión absoluta. Me levantó despacio y me tumbó contra su pecho en la cama, abrazándome fuerte, besándome la frente empapada de sudor.

Gerardo estaba en Guadalajara con su número sin nombre. Pero en esta cama, esa noche, yo acababa de recordar que seguía viva. Y supe, con una claridad que no sentía en años, que ya no pensaba volver a apagarme por nadie.

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Comentarios(9)

PatriCiaa

Me llego al alma. Eso de creer que el deseo se apaga con los años... cuantas mujeres nos sentimos asi en algun momento y no nos animamos a reconocerlo. Muy bien escrito, de verdad.

Facundo_03

tremendo!!! uno de los mejores que lei por aca

soniabaires

Me recordo a algo que vivi hace un tiempo. Esa sensacion de que alguien te mira de verdad no tiene precio. Gracias por ponerle palabras.

VeroRioPlata

Increible como describis esa mezcla de emociones. Muy humano todo, y a la vez muy erotico sin ser burdo. Excelente.

Celeste_Mdp

Me quedo con la duda de como termino todo despues jaja. Ojala cuentes la continuacion!

SergioBsAs7

Bien escrito y muy verosimil. Se nota que es una confesion de verdad, no algo inventado. Sigue publicando.

Meli_cba

que lindo relato!! gracias por compartirlo

TomasLector

Por favor que haya segunda parte, quede enganchado desde el primer parrafo y se me hizo cortisimo.

RobertoNoche

Los relatos de confesiones reales son los que mas me gustan, y este es de los mejores. Muy bueno.

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