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Relatos Ardientes

Acompañé a mi mujer a un club de intercambio

Aunque Marisa, mi mujer, se había tomado lo que ella llamaba «un tiempo de reflexión» —un paréntesis que me impuso sin consultarme—, entre nosotros seguía habiendo buena sintonía y una amistad rara, de esas que sobreviven a todo. El problema venía de sus exigencias. Quería que yo me tragara el semen de sus amantes, y como me negué en redondo (una cosa es lo mío y otra muy distinta el de otros tíos), me cambió por uno que sí estaba dispuesto. Lo de siempre: a ella le duran cuatro días las relaciones y a mí me reserva de comodín. Por eso no me extrañó que un día me llamara para ofrecerme acompañarla a un local de intercambio de parejas. Acepté, por supuesto.

El sábado señalado pasé a recogerla por su apartamento. Yo iba con ropa informal pero cuidada: zapatos marrones, vaquero negro, camisa oscura y una americana a juego con el calzado. Toqué el timbre y por el telefonillo me dijo que bajaba en cinco minutos. Tardó bastante más, claro, pero la espera valió la pena.

Marisa no está delgada ni le sobra nada: tiene buenas carnes repartidas, cintura marcada y un pecho que llama la atención. Bajó con un vestido rojo ceñido que le dibujaba cada centímetro del cuerpo. La parte de arriba parecía un body y, en los muslos, dos aberturas laterales dejaban ver unas piernas enfundadas en medias de rejilla. Con sus tacones negros y la melena rubia ondulada, tenía un aire a las divas de los años cincuenta.

—Con la camisa negra, ahí dentro no se te va a ver el cuerpo —me soltó nada más subir al coche.

—Lo importante es que se te vea a ti —le contesté—. Tú eres la estrella. En ese local no habrá nadie que te haga sombra.

Sabía que un poco de halago le inflaba el ego, y a ella le encantaba.

Por el camino hablamos de nuestra relación en suspenso.

—De las dos condiciones que me pusiste para volver —le dije, acariciándole una pierna—, estoy dispuesto a aceptar la primera. Hasta me compré unos plugs de distintos tamaños para ir dilatándome. Así, cuando quieras usar tus juguetes conmigo, no habrá problema. ¿Qué te parece?

—La verdad es que te echo de menos —reconoció ella, mirando la carretera—. Contigo tengo una compenetración que no encuentro con nadie. Me desean muchos hombres, pero a la hora de formalizar algo, se evaporan. Así que acepto. Volvemos a ser un matrimonio normal. Esta misma noche puedes mudarte de nuevo a casa. Pero antes quiero que disfrutemos de una orgía guarra con una pareja que valga la pena.

—Estoy un poco nervioso —admití—. Vi el club anunciado en internet, tiene buenas reseñas. A ver qué tal.

***

Llegamos al aparcamiento y nos recibió un mozo alto, de ojos claros y muy musculado, con una media melena castaña. A Marisa se le encendió la mirada al instante.

—Entra tú, cariño, y pídeme un cubalibre —me dijo bajándose la voz—. Me ha entrado un calentón de repente y me voy a quedar un rato con este en el coche.

—Cuídame el coche… y a la dama —le dije al mozo, no sin antes plantarle a mi mujer un beso largo. Sabía que cuando me la encontrara dentro tendría otro sabor en la boca, y prefería que ese trago lo llevara su acompañante de turno.

Mientras caminaba hacia la entrada, me fijé en que el sitio se parecía bastante al que yo mismo había descrito en una serie de relatos que publiqué tiempo atrás, titulada «Un caserón donde nunca se apaga la fiesta». Era una casona del siglo XIX, de dos plantas, rodeada de una finca enorme. La única diferencia con mi versión inventada era la cantidad de seguridad: guardas por todas partes e incluso un coche patrulla aparcado fuera. Eso me puso sobre aviso de que el ambiente podía ser conflictivo. Alcohol y celos, mala mezcla.

Antes de entrar le eché un último vistazo al coche. Estaba lejos, pero distinguí perfectamente a Marisa cabalgando a buen ritmo sobre el mozo.

Ya dentro, noté que varias parejas me miraban con cierto desdén. «Otro solitario que viene a babear», pensarían. Me acerqué a la barra y pedí dos cubalibres. A unos metros, una pareja joven me observaba con interés; al verme pedir dos copas, se quedaron expectantes por conocer a mi acompañante. Ella era pelirroja, con un top azul y minifalda negra, medias del mismo tono y botas altas. Él no llegaba al metro setenta, pero se le notaban las horas de gimnasio: camisa con transparencias y vaquero claro.

Marisa se retrasaba, así que pedí un tercer cubata. Por fin apareció por la puerta y le hice señas. Cuando llegó, le pregunté en voz baja:

—¿Te puedo besar sin sustos?

—Tranquilo, terminó fuera —dijo ella riendo—. Pero dame un buen beso, que la gente no se piense que somos hermanos.

La cogí por la nuca y la besé. Su aliento delataba lo que había estado haciendo, pero al menos no había rastro de otra cosa.

Le señalé con disimulo a la pareja. Le parecieron sanos y atractivos, así que no perdió tiempo: me cogió del brazo y nos plantamos en su mesa.

—Hola, soy Marisa y este es mi marido, Rubén. ¿Venís mucho por aquí?

—Encantados —contestó ella—. Yo soy Noelia y él es Hugo. Es la tercera vez que venimos. Le estamos cogiendo el gusto, se conoce gente interesante.

Para romper el hielo les invitamos a una ronda. Noelia trabajaba de psicóloga y Hugo de abogado, aunque cambié esos detalles en mi cabeza casi sin querer. Salió el tema de las preferencias y Hugo se declaró bisexual sin pudor.

—¿No te importará que te lama los huevos mientras te montas a mi mujer, verdad? —me preguntó directo.

—Para nada —le dije—. Me pone que me jueguen el perineo y los testículos mientras follo. Y si encima es el marido el que se presta, mejor todavía.

Los cuatro nos echamos a reír.

***

Decidimos bailar un rato: Hugo con mi mujer y yo con Noelia. Ella se me restregaba sin disimulo, me palpaba el paquete y me mordisqueaba las orejas.

—Me muero por llevarte a casa y follarte salvajemente —me susurró—. Estás muy bien para tu edad y me estás poniendo a cien.

Yo le devolvía los mordiscos en el cuello y le decía guarradas para encenderla más. De reojo vigilaba a Marisa y a Hugo. Él le palpaba el trasero mientras la besaba; ella le acariciaba la espalda por dentro de la camisa, y como la prenda era transparente, se veía sin censura cómo le recorría cada centímetro.

Después de casi una hora magreándonos en la pista, volvimos a la mesa para otra ronda, esta vez por cuenta de ellos. Al cabo de un rato, Noelia y Hugo nos invitaron a su casa. Aceptamos encantados, nos despedimos de un par de conocidos de la velada y fuimos al vestíbulo a recoger los abrigos. Nos dieron su teléfono y la dirección por si perdíamos el coche en la carretera.

Cuando el mozo nos trajo el auto, le guiñó un ojo a Marisa y le pasó disimuladamente un papel arrugado. Ya dentro, ella lo desdobló y lo leyó en voz alta: «Toma mi número. Llámame cuando quieras, me has dejado con ganas». Nos reímos, lo rompió y lo tiró por la ventanilla.

Íbamos detrás del coche de Noelia y Hugo. De repente pusieron el intermitente y se detuvieron en el arcén. Noelia bajó y se acercó a nuestra ventanilla.

—¿Y si yo me voy con Rubén y tú, Marisa, con mi marido? Así vamos entrando en calor de camino.

Nos pareció buena idea. Marisa se cambió al otro coche y Noelia ocupó su sitio. Nada más arrancar, me puso la mano en la entrepierna.

—Esto me lo quiero comer antes de llegar a casa —dijo—. Quiero que te corras en mi boca y así, cuando lleguemos, estés más relajado y aguantes más montándome. ¿Te parece?

—Por mí, perfecto —contesté—. Tú a lo tuyo. Seguro que Marisa le está haciendo lo mismo a tu marido.

—Conociendo a Hugo, a estas alturas ya le está atravesando la garganta a tu mujer —rió ella—. A mí siempre me deja el paladar dolorido.

Toda esa conversación me tenía durísimo. Noelia me liberó con sus propias manos y empezó por el glande, donde se centró un buen rato: lamía, succionaba, mordisqueaba con cuidado. De vez en cuando se lo metía todo, hasta el fondo, y al sacarlo lo dejaba brillante de saliva. Tenía una boca experta, sin prisa, de las que disfrutan tanto como quien recibe.

—Tu mujer tiene pinta de fiera —comentó entre lametones—. Seguro que le está haciendo lo mismo a Hugo.

—No te quepa duda —le dije—. Tú desquítate conmigo. Termina lo que empezaste.

***

La luz interior del coche de delante se encendió de golpe. Hugo lo hizo a propósito, para que yo tuviera visibilidad. Vi a Marisa incorporarse, mirarse en el retrovisor y empezar a extenderse por la cara lo que su amante le había dejado, como si fuera una crema. Sabía que la observaba y le ponía teatro al asunto, chupándose los dedos de vez en cuando.

Aquella imagen me llevó al límite y no tardé en correrme en la boca de Noelia. Con la izquierda sujetaba el volante; con la derecha le apreté la nuca para que me lo tragara entero. Lo apuró todo sin perder una gota.

Llegamos a una urbanización de chalets adosados. Se abrió la puerta automática de un garaje y metimos los coches. Cuando Marisa y Hugo bajaron, vi que a mi mujer le brillaba la cara.

—Lámeme la cara y saborea lo tuyo —le dijo ella a Hugo—. Más tarde también probarás lo de mi marido.

Hugo obedeció sin rechistar.

—Me emociona pensar que en un momento voy a tener a Rubén entero en la boca —murmuró.

—Claro que sí —le soltó Marisa—. Se la comerás a mi marido mientras él se ocupa de tu mujer.

Los cuatro soltamos una carcajada. Yo besé a Noelia y le lamí la cara buscando los restos que aún le quedaban. Me lo tragué todo.

***

En el salón, Hugo puso rock de los ochenta como hilo musical y nos fuimos desnudando al ritmo. Noelia se quedó solo con las medias azules y Marisa con las de rejilla, dos prendas que a Hugo y a mí nos volvían locos.

Noelia y yo nos animamos a un sesenta y nueve, ella arriba. Marisa, en cambio, se puso a cuatro patas sobre el sofá y Hugo, de pie, la penetró entera en tres embestidas. De vez en cuando le pasaba los dedos por el sexo, se los llevaba a la boca y los chupaba con cara de gusto, convencido de que probaba sus fluidos. No tenía ni idea de que eran del mozo del aparcamiento.

—Rubén, mira cómo me follo a tu mujer —me provocaba Hugo, envalentonado, mientras le clavaba unas embestidas brutales.

Noelia se corrió en mi cara en pocos minutos: ver a su marido con otra la disparaba, y mi lengua ayudó. Después me senté en el sofá y ella se acomodó encima, de espaldas, clavándose de una sola vez y empezando a bombear. A los pocos minutos noté otra lengua jugando con mis testículos. No podía ser Marisa, que estaba tumbada boca arriba masturbándose y mirando el espectáculo. Era Hugo. El tío le ponía empeño: lamía el perineo, los huevos, y de paso el clítoris de su mujer desde fuera mientras yo la estimulaba por dentro.

Cuando me salía del cuerpo de Noelia, Hugo aprovechaba para succionarme el glande antes de volver a guiarme dentro de ella. Reconozco que tener al marido de mi amante de mamporrero me disparaba la excitación a cotas que no había sentido nunca.

Noelia tuvo dos orgasmos seguidos. Entonces me concentré y decidí terminar dentro de ella.

—Córrete dentro —me pidió—. Y luego dale a mi marido lo que sale de mí.

Hugo se tumbó boca arriba en el suelo. Cuando Noelia creyó que ya estaba todo, se desacopló y se puso en cuclillas sobre su cara. A los pocos segundos empezó a gotear, y él lo fue recogiendo con la lengua mientras ella movía las caderas en círculos. Le dejó los bajos limpios. Después nos miró a Marisa y a mí con una sonrisa pícara, como diciendo «mirad lo bien que lo tengo domado».

Marisa se acercó a mi oído.

—Así te quiero a ti —me susurró—. No me basta con que mires. Quiero que también le limpies la boca a mis amantes.

—Confórmate con lo que ya acordamos —le contesté, y le di un beso en el hombro derecho, intuyendo que era de los pocos sitios de su cuerpo que esa noche no tenía rastro de nadie más.

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Comentarios (6)

TabuReader23

buenisimo!!! de los mejores que lei en mucho tiempo

NadiaMx

me dejó pensando... y con ganas de saber mas sobre Marisa jaja

CarlosDelRío

Que buen relato. Necesito saber que paso despues, por favor seguí la historia!

PabloMarin87

Esto me recordó a una situacion similar que viví hace años. Nunca me anime a contarla. Capaz me animo algun dia, jaja. Muy bien narrado.

Roxana_MX

increible!!! sigue escribiendo

FernandoValles

Una pregunta, estos clubes de intercambio son tan comunes? nunca fui pero siempre me dió curiosidad. El relato lo hace ver muy natural. Muy buena escritura.

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