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Relatos Ardientes

Lo que mi mejor amiga me hizo en el probador

Tardé semanas en atreverme a contar esto, y todavía me tiembla un poco la mano al escribirlo. Tengo treinta y seis años, llevo ocho casada con Adrián y siempre me consideré una mujer de gustos previsibles. Hasta aquella tarde de julio. Hasta que Renata, la mejor amiga de mi marido desde la universidad, decidió que yo necesitaba aprender algo que no sabía que ignoraba.

Renata tiene cuarenta y uno y una forma de ocupar el espacio que no se enseña en ningún sitio. Pelo negro en un corte recto que le roza la mandíbula, ojos verdes que se quedan demasiado tiempo sobre una, labios siempre pintados de un rojo que parece una advertencia. Yo soy más discreta: castaña, ondas hasta media espalda, un cuerpo que el yoga mantuvo firme y un tatuaje pequeño en la cara interna del muslo, una llavecita de hierro que solo se ve cuando abro las piernas. Aquel día no imaginaba quién iba a usar esa llave.

El verano era insoportable. Renata pasó a buscarme en su descapotable, con el techo bajado y el viento caliente revolviéndole el pelo. Mi vestido blanco de algodón se me pegaba al cuerpo como una segunda piel y ella lo notó, claro que lo notó, porque me miró las piernas en cada semáforo y no hizo nada por disimularlo.

—Necesitas ropa interior nueva —me dijo, como si fuera un diagnóstico médico—. Algo que te recuerde que sigues ahí debajo.

Me reí, nerviosa, sin saber muy bien de qué nos reíamos.

***

La tienda de lencería era pequeña y el aire acondicionado golpeaba como un cubo de hielo. Elegí un conjunto negro: un sujetador de media copa, un tanga de tiras finas, un liguero. Renata me lo puso en las manos sin preguntar, decidida, y me empujó suavemente hacia el probador.

Me lo probé. Me miré en el espejo y, por primera vez en mucho tiempo, me gustó lo que vi. Salí un instante, solo para mirarme en el espejo grande, girando despacio.

—¿Qué tal? —pregunté.

Renata se levantó de la banqueta sin prisa. Me recorrió de arriba abajo con esos ojos verdes y tardó en contestar, lo justo para que el silencio empezara a pesar.

—Estás para perder la cabeza —dijo en voz baja—. ¿Lo sabías? ¿O nadie te lo dice ya?

La pregunta me dolió porque era cierta. Adrián y yo nos queríamos, pero hacía tiempo que nadie me miraba como si fuera la primera vez. Tragué saliva y no supe qué responder.

Renata me siguió dentro del probador y corrió la cortina con un gesto firme. De pronto estábamos las dos en aquel cubículo diminuto, su perfume de vainilla mezclándose con el frío del aire acondicionado, y yo no me aparté.

—¿Qué haces? —susurré.

—Nada que no quieras —dijo, y se pegó a mi espalda.

Sentí el calor de su cuerpo contra el mío, sus manos posándose en mis caderas, su aliento en mi cuello. Me giró hacia el espejo para que me viera, para que viéramos las dos lo que estaba pasando.

—Mírate —ordenó—. Tienes que aprender a mirarte así.

No me besó enseguida. Primero me rozó el cuello con los labios, despacio, dejando que la anticipación me recorriera entera. Yo respiraba cada vez más fuerte. Cuando sus dedos bajaron por mi vientre y se detuvieron en el borde del tanga, ya estaba perdida.

—Dime que pare —murmuró contra mi oreja—. Una palabra y salgo.

No dije esa palabra. Dije la contraria.

—No pares.

Sus dedos se deslizaron bajo la tela y me encontró empapada. Soltó un sonido de aprobación, ronco, y empezó a acariciarme con una lentitud calculada, dibujando círculos exactos mientras su otra mano me liberaba un pecho del sujetador. Me mordí el labio para no hacer ruido. Detrás de la cortina, a un metro escaso, una dependienta tarareaba.

—Calladita —me advirtió Renata, sonriendo contra mi piel—. Eso lo hace mejor.

Y tenía razón. Saber que cualquiera podía descorrer la cortina convertía cada caricia en algo eléctrico. Me sostuvo contra ella, sus dedos entrando y saliendo, su pulgar sin abandonar el punto exacto, y cuando llegué me apretó la boca con la palma de la mano para ahogar el grito. Me deshice contra su cuerpo, temblando, las piernas a punto de fallarme, mientras ella me sostenía y me besaba el hombro como si acabara de hacerme un regalo.

Cuando recuperé el aliento, me giró y me besó en la boca, lento y profundo, con un sabor que era el mío.

—Primera lección —dijo—. Ahora vamos a tu casa. Quiero que Adrián vea en lo que te has convertido esta tarde.

***

Adrián nos abrió la puerta en camiseta, recién llegado del taller. Es carpintero, tiene treinta y ocho años y unos antebrazos que el trabajo le marcó mejor que cualquier gimnasio. En el pecho lleva tatuada una brújula pequeña, una manía de juventud. Me miró a mí, miró a Renata, y supo que algo había cambiado por la forma en que las dos lo mirábamos a él.

—¿Qué os traéis? —preguntó, medio en broma, medio en guardia.

Me quité el vestido en el recibidor y me quedé delante de él con el conjunto negro que llevaba puesto desde la tienda.

—Tu mejor amiga me ha hecho cosas en un probador —dije, sorprendida de mi propio descaro—. Y ahora quiero que nos veas. Que nos toques. Los tres.

Vi cómo tragaba saliva. Vi cómo su cuerpo respondía antes de que su cabeza decidiera nada. Renata se acercó a él, le puso una mano en el pecho, justo sobre la brújula, y le habló al oído lo suficientemente alto para que yo oyera.

—Tu mujer ha estado desperdiciada todos estos años —le dijo—. Vamos a arreglarlo juntos.

Adrián me buscó con la mirada, pidiendo permiso. Asentí. Y eso fue todo.

Nos fuimos al dormitorio, donde la luz del atardecer entraba dorada por las persianas y lo pintaba todo de miel. Empujé a Adrián sobre la cama y le quité la ropa yo misma, con una urgencia nueva, mientras Renata se desnudaba a un lado sin prisa, dejando que la mirásemos.

—Mira bien —le dije a ella, arrodillándome entre las piernas de mi marido—. Esto es lo que llevas años imaginando.

Lo tomé con la boca despacio, mirándola a ella mientras lo hacía. Renata se acercó, se arrodilló a mi lado y aprendió mi ritmo, las dos lenguas encontrándose sobre la piel de Adrián, que tenía los dedos enredados en mi pelo y la respiración rota. Nunca lo había visto así, al borde de algo que ni siquiera había pedido.

—Despacio —le susurré a Renata—. Disfrútalo. No hay prisa ninguna.

Ella me hizo caso, y verla descubrir aquello, ella que siempre lo controlaba todo, me encendió de una forma que no esperaba.

***

Me puse a cuatro patas sobre la cama, el tatuaje de la llave brillando de sudor en el muslo, y le pedí a Adrián que viniera. Entró en mí de una sola vez, hasta el fondo, y solté un gemido largo que ya no me molesté en contener. Cada embestida me arrancaba un sonido nuevo. Renata se tendió delante de mí, abierta, ofreciéndose, y yo bajé la cabeza y la probé por primera vez mientras mi marido me embestía por detrás.

Fue una cadena de placer que no se detenía: él dentro de mí, yo con la boca en ella, sus dedos en mi pelo guiándome, su voz diciéndome que no parara. La habitación entera olía a sudor y a deseo y a algo prohibido que ya no podíamos deshacer.

—Ahora ella —le dije a Adrián, apartándome con la respiración entrecortada—. Quiero verte con ella. Quiero mirar.

Renata se colocó de espaldas a él y bajó despacio, centímetro a centímetro, con los ojos cerrados y la boca abierta en un gemido grave. Yo me coloqué delante, le sostuve la mirada, le acaricié los pechos mientras se movía.

—Así —le murmuré, devolviéndole sus propias palabras—. Aprende a mirarte así.

Ella se rió entre jadeos, y esa risa entre el placer fue lo más íntimo de toda la tarde. La besé mientras cabalgaba a mi marido, mi mano entre sus piernas marcándole el ritmo, hasta que la sentí tensarse entera y romperse contra mí con un temblor que me sacudió a mí también.

Adrián aguantó todo lo que pudo. Cuando ya no pudo más, me miró a mí, siempre a mí, buscando la última palabra.

—Ven aquí —le dije, y me tendí a su lado—. Termina conmigo. Que ella mire ahora.

Volvió a entrar en mí y Renata se acomodó a un costado, una mano en mi pecho y la otra entre mis piernas, susurrándome al oído cosas que me empujaron al borde. Llegué con su nombre y el de él mezclados en la boca, el cuerpo arqueado, y lo sentí soltarse dentro de mí un segundo después, con un sonido ronco contra mi cuello.

***

Nos quedamos los tres tirados sobre las sábanas revueltas, sudados, riéndonos bajito de puro asombro. Adrián tenía un brazo bajo mi nuca y el otro sobre la cintura de Renata. Nadie hablaba de lo que acababa de pasar, como si las palabras pudieran romperlo.

Renata fue la primera en moverse. Se incorporó sobre un codo, me apartó un mechón de la cara y me besó con una ternura que no le conocía.

—Te lo dije —murmuró—. Seguías ahí debajo.

Adrián me buscó la mano y me la apretó, y en ese gesto entendí que no estaba enfadado, ni celoso, ni asustado. Estaba, quizá por primera vez en años, mirándome de verdad.

—¿Y ahora qué? —pregunté en voz alta, sin dirigirme a ninguno de los dos.

Renata se levantó, recogió su ropa del suelo y se vistió sin prisa, con la misma seguridad con la que me había desvestido a mí en el probador. En la puerta del dormitorio se giró.

—Ahora —dijo— vais a tardar mucho en olvidaros de esta tarde. Y la próxima vez la decidís vosotros.

Se fue. Adrián y yo nos quedamos en silencio, mirándonos, sabiendo que algo se había abierto entre nosotros que ya no íbamos a cerrar. No me arrepiento. Lo cuento porque a veces hace falta que alguien de fuera te recuerde lo que eres capaz de sentir. Renata me prestó esa llave aquella tarde. Lo que hicimos con ella, eso ya fue cosa nuestra.

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Comentarios (5)

Karlita_88

Genial!!! me encantó totalmente

FielLector

Se nota que es real, esas cosas se sienten cuando estan bien contadas. Muy buen relato, espero que sigas escribiendo.

DiegoSR92

jaja el giro que pega la historia es tremendo, no me lo esperaba para nada

Sandra_Ba

Por favor una segunda parte!!! quede con muchas ganas de saber como siguio todo despues.

SilviaMV

Este tipo de confesiones son mis favoritas porque se sienten autenticas, sin adornos innecesarios. El detalle del probador me parecio muy original. Ojala hayas disfrutado tanto como parece en el relato.

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