La tarde que dejé entrar al paseador de mi perro
Esto no se lo conté nunca a nadie de mi familia, y dudo que lo haga. Pero hace meses que me da vueltas en la cabeza y necesito sacarlo de algún lado, aunque sea escribiéndolo acá, sin mi nombre real, para gente que no me conoce.
Vivo todavía en casa de mis padres. Tenemos un perro, un caniche chico al que adoro pero que me agota, y desde hace como un año contratamos a un paseador que viene tres veces por semana. Se llama Damián. Bueno, no se llama así, pero le voy a decir Damián.
Con él casi nunca hablaba yo. El trato lo manejaban mis viejos y mi hermano: le abrían, le entregaban al perro, le pagaban a fin de mes. Yo a lo sumo lo cruzaba en la puerta, lo saludaba con la cabeza y seguía de largo. Era un tipo grandote, de unos cuarenta, con barba corta y esas manos enormes de las personas que trabajan al aire libre. No era guapo en el sentido clásico. Y sin embargo había algo.
Esa tarde estaba sola. Mis padres se habían ido a la casa de mi tía en otra ciudad y mi hermano andaba en la facultad. Yo en pijama, despeinada, viendo series en el sofá, sin pensar en nada. Y entonces sonó el timbre.
Me había olvidado por completo de que era día de paseo.
Abrí la puerta a medias, avergonzada por las pintas, y ahí estaba él con la correa colgada del hombro.
—Vengo por el flaco —dijo, señalando con la cabeza hacia adentro, donde el perro ya daba vueltas como loco.
—Sí, claro, pasá —respondí, y me hice a un lado.
Le enganchó la correa al collar, pero el perro estaba demasiado nervioso y se le enredó entre las patas. Damián se rió, se agachó, y mientras lo desenredaba me preguntó si no me molestaba que se quedara un minuto a tomar agua, que afuera hacía un calor de morirse.
—Tomá lo que quieras —dije, y fui a la cocina a servirle un vaso.
No pasa nada, me dije. Es solo agua.
Cuando volví, él se había sentado en el borde del sofá, con los codos apoyados en las rodillas. Le di el vaso y se me quedó mirando un segundo de más mientras bebía. Yo me crucé de brazos, de pronto consciente de que abajo del pijama no llevaba nada. Ni corpiño, ni bombacha. Los pezones se me marcaban a través de la remera vieja y él lo vio, lo sé, porque bajó la mirada un instante antes de sostenerme los ojos otra vez.
—Te veo siempre de pasada —dijo, dejando el vaso en la mesa—. Nunca te saludo bien.
—Estoy siempre apurada —mentí.
—O escondiéndote.
Lo dijo con media sonrisa, sin maldad, pero me hizo subir el calor a la cara. No supe qué contestar. Me senté en el otro extremo del sofá, lejos, como marcando una distancia que en el fondo no quería marcar.
El perro se había echado en su rincón, indiferente, como si supiera que el paseo iba a esperar.
***
Hablamos de pavadas un rato. Del calor, del barrio, de lo difícil que era el perro cuando se ponía caprichoso. Pero en algún momento la conversación se fue apagando y quedó solo eso que hay cuando dos personas saben lo que está por pasar y ninguna se anima a decirlo.
Damián se corrió un poco hacia mí. No mucho. Lo suficiente para que yo sintiera el cambio.
—¿Te incomodo? —preguntó, y la pregunta misma ya era una caricia.
—No —dije, y mi voz salió más fina de lo que esperaba.
Me puso una mano en la rodilla. Una mano grande, tibia, pesada. Yo me quedé quieta, mirándola, como si fuera de otra persona y no de mí. Tendría que haberme levantado. Tendría que haberle dicho que se fuera con el perro y listo. En vez de eso me quedé ahí, sintiendo cómo el pulgar me dibujaba círculos lentos en la piel.
Se inclinó para besarme y ahí sí reaccioné. Giré la cara.
—Eso no —dije.
—Está bien —respondió enseguida, sin insistir, retirándose unos centímetros—. Lo que vos quieras.
Y esa fue, creo, la parte que más me prendió. Que no forzara. Que respetara el no del beso como si fuera la cosa más natural del mundo y dejara que yo decidiera el resto. Porque entonces la decisión era mía, enteramente mía, y eso me daba un poder y un vértigo que no había sentido nunca.
Su mano subió un poco por mi muslo, por encima de la tela del pijama. Después bajó hasta mi cadera y me atrajo apenas. Me dejé. Me dejé y me arrimé yo también, hasta que quedé medio apoyada contra su costado, sintiendo el olor a sol y a sudor de su remera.
—Date vuelta —murmuró.
Lo hice. Y me agarró el culo con las dos manos, sin pedir permiso, apretando como si llevara meses pensándolo. Tendría que haberme molestado. No me molestó. Al contrario, me arrancó un suspiro que no pude disimular y que a él lo terminó de envalentonar. Metió los dedos por debajo del elástico del pijama y me lo bajó hasta la mitad del muslo de un solo tirón, dejándome el culo al aire ahí mismo, en el living. Sentí el frío del ambiente en la piel y después el calor de sus palmas ásperas amasándome entero, abriéndome, cerrándome, con una calma que me hizo cerrar los ojos.
—Mirá el culo que tenés —dijo por lo bajo, más para él que para mí—. Hace un año que te lo miro cuando pasás.
Me subió el color a la cara oír eso. Un dedo suyo se metió entre mis nalgas y bajó, despacio, hasta encontrarme el coño ya mojado. Se rió apenas, satisfecho, y pasó la yema por los labios de arriba abajo, embarrándose los dedos en lo que le chorreaba.
—Estás empapada, nena.
—Callate —susurré, muerta de vergüenza, pero le abrí las piernas un poco más sin darme cuenta.
Me frotó contra su pierna un rato, lento, midiéndome. Y fue ahí, con mi propia cadera moviéndose sola contra el muslo tenso de él, mojándole el jean sin quererlo, cuando lo sentí a través del short.
***
No era enorme de largo. Pero era grueso, de una manera que me impresionó de verdad, marcándose contra la tela con una insolencia que me secó la boca. Bajé la vista sin querer y él se dio cuenta.
—¿Qué? —dijo, divertido.
—Nada —contesté, pero ya no podía dejar de mirar.
Me corrí hasta quedar arrodillada en el piso, entre sus piernas, sin pensarlo del todo, llevada por una curiosidad que era más fuerte que la vergüenza. Él se reclinó contra el respaldo del sofá y abrió un poco más las rodillas, dándome espacio, dejándome hacer.
Le bajé el short. Y lo que apareció me costó un segundo asimilarlo. Tenía razón: grueso como mi antebrazo, pesado, caliente al tacto, la cabeza morada y brillante, una gota de líquido ya asomando por la punta. Lo agarré con una mano y no llegué a cerrarla del todo. Los dedos no me alcanzaban a rodear la verga entera y él lo notó, porque soltó una risa ronca.
—Con las dos —dijo—. Necesitás las dos.
Le hice caso. Sumé la otra mano, una arriba de la otra, y todavía sobraba cabeza. Empecé a moverlas despacio, sintiendo cómo la piel se corría hacia arriba y hacia abajo sobre esa dureza, cómo la vena gruesa que le bajaba por debajo palpitaba contra mi palma.
—Despacio —dijo él, con la voz ronca—. No hay apuro.
No le hice caso del todo. Bajé la cabeza y le pasé la lengua por toda la punta, recogiéndole esa gota salada, y me lo llevé a la boca. Al principio me costó. Tuve que abrir bien la mandíbula, cuidarme los dientes, ir metiéndolo de a poco, sintiendo cómo me estiraba los labios hasta que me ardieron las comisuras. Apenas me entró un tercio antes de que la punta me tocara el fondo del paladar y me diera una arcada seca. Lo escuché soltar el aire de golpe, como si lo hubiera estado conteniendo desde que entró.
—Uf, así, con esa boquita —masculló—. Tranqui, dale, respirá por la nariz.
Una de sus manos se posó en mi nuca. No empujó. Solo descansó ahí, tibia, mientras yo encontraba mi ritmo. Subía y bajaba con la lengua plana, pegándomela contra la cara de abajo de la verga, sintiendo cómo se le arqueaba dentro de mi boca. Lo sacaba con un ruido húmedo, chorreando saliva, y le lamía la punta en círculos antes de volver a metérmelo. Cada tanto lo dejaba fuera y le bajaba, chupándole todo el tronco a un costado, mordiendo suave, hasta llegar a los huevos. Se los tomé en la mano, pesados, y se los chupé uno por uno mientras seguía haciéndosela con la otra mano.
—La puta madre —dijo, con la cabeza tirada hacia atrás—. No pares.
Volví arriba. Me la clavé más adentro, forzándome, sintiendo cómo me lloraban los ojos y se me corría la saliva por el mentón hasta caerme en gotas gordas sobre las tetas. La remera vieja se me pegó al cuerpo, transparente. Cada tanto levantaba la vista y lo encontraba mirándome con una intensidad que me hacía apretar los muslos sola, restregármelos uno contra el otro para calmar el latido que tenía entre las piernas.
—Así, tal cual —decía, casi sin voz—. Así, chupámela así, no sabés cómo se te ve la cara.
Me prendió más de lo que esperaba estar de rodillas frente a un tipo al que apenas conocía, en el living de la casa de mis padres, una tarde cualquiera de semana. La idea misma de lo que estaba haciendo —yo, arrodillada, con la pija de un paseador en la boca, el pijama a medio bajar, el culo al aire, el coño chorreándome por dentro de los muslos— me daba un calor que no sabía que tenía. Aceleré. Usé las dos manos y la boca al mismo tiempo, haciendo un ruido húmedo, obsceno, que llenaba todo el living. Le sentí endurecerse todavía más, palpitar contra mi lengua, contraerse los huevos en mi mano.
—Esperá —dije, sacándomelo un segundo, con un hilo grueso de saliva colgándome del labio a la punta—. Avisame antes.
—Falta poco —contestó él, y la mano de mi nuca se cerró apenas, sin obligar—. Falta re poco, nena, seguí.
Seguí. Volví a bajar, más rápido ahora, sin dejarle respiro, jugando con los huevos y apretando la base con los dedos. Lo escuché contener una puteada entre dientes.
—Ya —jadeó—. Ya, ya, ya.
Lo saqué justo a tiempo. La primera chorreada me pegó en el labio de abajo y en la barbilla, caliente y espesa, y me sorprendió la cantidad. Lo terminé con las manos, bombeándoselo rápido, y los siguientes chorros me cayeron encima de las manos, en los nudillos, un poco en el escote de la remera. Él echaba la cabeza hacia atrás y dejaba escapar un sonido grave, largo, que me erizó la piel entera, mientras la verga le seguía sacudiéndose en mi puño, escupiendo hasta la última gota. Se vino rápido. Más rápido de lo que yo hubiera querido, la verdad, porque recién estaba entrando en calor y me quedé con una mezcla rara de decepción y de alivio al mismo tiempo, mirándome las manos embarradas de su semen sin saber muy bien qué hacer con ellas.
Sin pensarlo mucho, me chupé un dedo. Después otro. Estaba salado, tibio, denso. Él me vio hacerlo y soltó un gruñido bajo, como si le doliera no poder empezar de nuevo ya mismo.
—Sos una cosa seria vos —dijo, entre risa y jadeo.
***
Después hubo un silencio incómodo, de esos que llegan apenas baja la adrenalina. Me levanté, me subí el pijama, fui a lavarme las manos y la cara, y cuando volví él ya se había acomodado el short y estaba parado, con la correa otra vez al hombro.
—¿Estás bien? —preguntó, y por primera vez sonó genuinamente preocupado, no como el tipo seguro de hacía cinco minutos.
—Sí —dije—. Estoy bien.
Y era verdad. Estaba rara, sí, con el corazón todavía golpeando fuerte, el coño latiéndome sin haber tenido lo mío, y la cabeza llena de preguntas sobre mí misma. Pero bien.
—Si no querés que vuelva a venir, lo entiendo —agregó—. Hablo con tu viejo, le invento cualquier cosa.
—No hace falta —contesté—. Seguí viniendo. Como siempre.
Me miró un segundo, asintió, y se agachó a buscar al perro, que se levantó por fin de su rincón moviendo la cola, ajeno a todo. En la puerta se dio vuelta una última vez.
—La próxima, si me dejás, te toca a vos —dijo, con esa media sonrisa de nuevo—. Te la quiero comer entera. Y después cogerte hasta que no puedas caminar.
No le respondí. Cerré la puerta y me quedé apoyada contra ella un rato largo, escuchando cómo se alejaban sus pasos y el tintineo de la correa, con las piernas apretadas y una mano ya metida por dentro del pijama, terminando yo lo que él había dejado a medias.
Volvió, claro. Siguió viniendo tres veces por semana, puntual, profesional delante de mis padres, sin un gesto fuera de lugar. Y yo aprendí a fingir tan bien como él. Pero esa promesa que dejó en la puerta todavía está ahí, flotando, cada vez que lo cruzo y me saluda con la cabeza como si nada.
No fue mi única experiencia con alguien bastante mayor que yo. Pero esa, la del paseador, la tarde que estaba sola y lo dejé pasar por un vaso de agua, es la que no me saco de encima. Quizás porque fue la primera vez que descubrí, de verdad, hasta dónde era capaz de llegar yo sola, sin que nadie me empujara.
Eso es todo. O casi. Lo otro, lo de la próxima vez, es para otra confesión.





