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Relatos Ardientes

Lo que hacía con el guarda en el tren vacío

De aquel encierro me quedan pocas imágenes que valga la pena recordar. La mayoría son grises: la calle muerta, el barbijo que me dejaba marca en las orejas, el alcohol en gel que me agrietaba las manos. Trabajaba en gastronomía y era de las pocas que todavía tenía que salir, así que mis mañanas empezaban antes que el sol, cuando la ciudad entera seguía durmiendo detrás de sus persianas bajas.

Lo único que esperaba con ganas era el tren. Vacío, silencioso, todo para mí. Me sentaba junto a la ventanilla del primer vagón y miraba pasar los andenes desiertos como si fueran de otro mundo. Ahí nadie me apuraba, nadie tosía cerca, nadie me miraba con sospecha. Solo el traqueteo y yo.

Y estaba Damián.

El guarda del primer turno. Lo conocía de vista desde hacía semanas, de esas en las que pasaba pidiendo el dichoso permiso de circulación con una linterna en la mano. La primera vez ni lo registré. La segunda noté que me sostenía la mirada un segundo de más. La tercera me guiñó un ojo, y yo, sin pensarlo, le respondí igual. Fue un gesto tonto, casi infantil, pero en medio de tanto silencio se sintió enorme.

Así fueron pasando los días. Una mañana, después de revisar mi papel, se inclinó y me dijo algo en voz baja que el ruido del tren se tragó. No le entendí nada. Pero en lugar de pedirle que repitiera, me bajé un poco el barbijo y le sonreí con la boca entera, esa sonrisa que una guarda para muy pocas cosas.

Él entendió.

Dos estaciones después volvió. El vagón estaba completamente vacío, ni un alma había subido en todo el trayecto. Se sentó a mi lado, no enfrente, y empezó a hablarme de cualquier cosa: del frío, del turno largo, de lo raro que era ver la ciudad así. Yo apenas lo escuchaba. Miraba sus manos, grandes, apoyadas sobre las rodillas, y pensaba en cosas que no debía pensar a esa hora de la mañana. Pensaba en esas manos separándome los muslos, metiéndose donde nadie me tocaba desde hacía una eternidad.

—Estás distinta hoy —me dijo, y se fue acercando.

Estaba igual que siempre. Lo distinto era yo por dentro, empapada ya, apretando los muslos para que no se me notara.

Su mano subió despacio, primero a mi rodilla, después al muslo, esperando a cada paso que yo lo frenara. No lo frené. Cuando me rozó por encima del abrigo, dejé caer la cabeza hacia atrás contra el respaldo y cerré los ojos. Él fue directo, sin más rodeos: me desabrochó el pantalón, metió la mano por debajo de la bombacha y se encontró con que yo estaba chorreando. Soltó un gruñido bajo, pegado a mi oído, mientras dos de sus dedos me abrían el coño y empezaban a moverse adentro con una lentitud que me hacía morderme el labio para no gritar. El tren entró en una curva, las ruedas chillaron, y aproveché ese ruido para llevar mi mano a su entrepierna y apretar por encima del pantalón. La tenía dura, dura de verdad, marcándose contra la tela.

—Sacámela —le pedí, ronca, sin abrir los ojos—. Quiero tocártela.

Llegamos a una estación. Esperamos, los dos en tensión, los dedos de él todavía adentro de mí, mi mano todavía sobre su bulto, a ver si alguien subía. El andén estaba vacío. Las puertas se abrieron al vacío y se cerraron al vacío.

Entonces me agarró de la nuca y me besó. Le bajé el barbijo de un tirón, él me bajó el mío, y nos besamos como dos que llevaban meses sin que nadie los tocara. Su lengua, mi lengua, su aliento caliente mezclándose con el mío, sus dedos entrando y saliendo cada vez más rápido de mi coño, el pulgar buscándome el clítoris y encontrándolo hinchado, palpitante. Le bajé el cierre del pantalón mientras él me abría el abrigo y me subía la remera.

Le saqué la polla de una vez, sin ceremonia. No era enorme, pero estaba dura como una piedra, gruesa, con la cabeza ya brillante de tanto aguantar, y eso me gustó más que cualquier tamaño. Empecé a jalársela despacio, apretando bien, sintiendo cómo latía en mi puño. Él me arrancó el corpiño hacia arriba, me sacó las tetas al aire frío del vagón y bajó la cabeza para mamármelas. Me chupó un pezón, lo mordió, pasó al otro, y yo se la seguía sacudiendo, más rápido, dejando que mi saliva le corriera por el tronco para que resbalara mejor. Se me escapó un gemido que rebotó en el vagón vacío.

—Callate, boluda —me sopló al oído, riéndose—, que nos van a escuchar.

—No hay nadie —jadeé, y le apreté la punta con la palma, restregándosela en círculos.

Sus dedos volvieron a mi coño, ahora tres, forzándome de a poco, y yo empecé a moverme contra su mano, cabalgándole los nudillos ahí, en el asiento, con las tetas afuera y la cabeza para atrás. Fue así como me vine la primera vez, mordiéndome la manga del abrigo para no aullar, apretándole la polla en el puño mientras me sacudían los espasmos. Él no paró de mover los dedos hasta que me quedé sin aire.

Por su respiración entrecortada supe que estaba cerca. Lo apuré con la mano, más rápido, torciendo la muñeca en la punta como me habían enseñado hace años, y le pedí al oído que terminara así, contra mi piel, que quería sentir cómo se corría por mí. Se levantó apenas, yo seguí moviendo la mano bombeándosela con las dos manos ahora, y unos segundos después él se tensó entero y dejó escapar un gemido ronco. Los primeros chorros de semen me salpicaron el vientre, tibios, espesos; el resto le quedó chorreándome entre los dedos. Me quedé quieta, sintiéndolo temblar, apretándoselo hasta la última gota, hasta que volvió a respirar normal.

Me limpié con un pañuelo de papel. Me cerré el abrigo. Me acomodé el barbijo. Dos estaciones más tarde bajé en la terminal y caminé hasta el trabajo con las piernas todavía flojas y la bombacha pegada al coño, repitiéndome que eso no se podía volver a repetir.

***

Se repitió al día siguiente.

Esa vez fui yo la que cambió las reglas. Cuando hizo su pasada habitual, le señalé con la cabeza el último vagón, el de las bicicletas, siempre desierto a esa hora. Me siguió disimulando, primero él, después yo, como dos cómplices en una película mala.

Apenas se cerraron las puertas le abrí el pantalón otra vez. Pero esa mañana no quise usar solo las manos. Me arrodillé en el piso sucio del vagón, sin importarme nada, le bajé el pantalón y el bóxer hasta la mitad de los muslos, y le agarré la polla con las dos manos antes de metérmela en la boca. Se la chupé entera, hasta el fondo, hasta que la punta me golpeó la garganta y me lloraron los ojos. Él se sostuvo de la baranda de las bicicletas, echó la cabeza atrás y soltó el aire de golpe.

—Ay, la puta madre —murmuró—, así, así.

Le hice caso. Empecé a mamársela con ganas, saco y meto, chupando fuerte al salir, dejando que un hilo de saliva me colgara del mentón. Le pasé la lengua por toda la longitud, le lamí los huevos uno por uno, se los metí en la boca mientras le seguía haciendo la paja con la mano. Después volví a la punta, la envolví con los labios y me la dejé llenar la boca hasta que la mandíbula me empezó a doler.

Mientras lo tenía así, yo me metí la mano por dentro del pantalón y me tocaba el clítoris con dos dedos, girando, apretando, excitada de una manera que hacía meses no sentía. El encierro me había secado por completo, y de pronto estaba ahí, de rodillas en un tren, con una polla ajena atragantándome, tocándome yo misma el coño chorreante, sintiéndome más viva y más puta que en todo el año. Él me acariciaba el pelo, me lo agarraba de la nuca y me guiaba el ritmo con firmeza, murmuraba mi nombre como si fuera un secreto sucio.

—Mirame —me pidió—. Mirame cuando me la mamás.

Levanté los ojos sin sacármela de la boca, con la cabeza todavía moviéndose sobre su verga, y él soltó un gemido que se le escapó del pecho. Le encantó verme así, humillada de rodillas, con la boca llena, mirándolo desde abajo como una perra en celo.

El vagón olía a metal y a humedad, y cada tanto el tren frenaba en una estación fantasma. En esos segundos de quietud yo me detenía también, conteniendo la respiración con la polla todavía en la boca, atenta a cualquier ruido en el andén. Esa amenaza permanente de que alguien pudiera subir y vernos —una vieja, un policía, cualquiera— era, lo confieso, la mitad del placer. Nunca antes me había animado a algo así. Nunca había imaginado que fuera capaz de arrodillarme en un piso mugriento a chupársela a un desconocido con uniforme.

Faltaba poco para la cabecera, así que lo apuré con la boca, moviendo la cabeza más rápido, chupando más fuerte. Sentí cómo se le hinchaba en la lengua un segundo antes.

—Me vengo —jadeó—, ¿dónde…?

—Adentro —le contesté con la boca todavía llena, y le apreté las nalgas para pegármelo más.

Terminó con un estremecimiento largo, agarrándose fuerte de la baranda para no perder el equilibrio con el vaivén del tren, descargándome chorro tras chorro en la boca. Tragué todo, sin soltarlo, chupándole la punta hasta la última gota, hasta que me apartó porque no aguantaba más las cosquillas. Me levanté, me limpié la comisura con el dorso de la mano y le sonreí.

—Mañana —me dijo, todavía agitado.

—Mañana —le contesté.

Llegamos a destino, bajé y me fui a trabajar sin saludarlo siquiera, con el sabor de él todavía en la lengua. Esa era parte del juego: afuera del vagón no nos conocíamos.

***

El tercer día se atrevió a pedirme lo que los dos veníamos rondando.

—Quiero cogerte —me dijo, así, sin vueltas, y no hizo falta que explicara nada más.

Yo también quería. Tanto que esa mañana hice algo que no estaba bien: llamé al restaurante y dije que tenía síntomas, que me dolía la garganta, que mejor me quedaba aislada por las dudas. Mentí con una facilidad que después me dio un poco de culpa. Pero solo un poco.

Nos bajamos una estación antes de la terminal, en un andén perdido donde no había ni un alma. Caminamos hasta el baño de la estación, esos baños viejos de azulejos despintados que en otra época habrían dado asco y que en ese momento me parecieron el lugar más excitante del mundo.

Trabó la puerta. Nos besamos contra la pared fría, sin apuro por primera vez, sabiendo que esta vez teníamos tiempo. Me sacó el abrigo, la remera, el corpiño, fue bajando hasta dejarme apoyada contra el lavabo. Yo le desabroché el cinturón con dedos torpes de la ansiedad y le bajé el pantalón hasta las rodillas de un tirón.

Me arrodilló primero. Me bajó el pantalón y la bombacha, me dio vuelta contra el lavabo y se agachó atrás mío. Sentí su lengua ahí, entre las nalgas, subiendo desde el ojete hasta el clítoris en una sola pasada larga, y las rodillas se me aflojaron. Me tuve que agarrar del lavabo con las dos manos. Me comió el coño así, por atrás, con la cara hundida entre mis nalgas, chupándome los labios, metiéndome la lengua hasta el fondo, mientras yo miraba nuestro reflejo borroso en el espejo empañado y jadeaba como una loca. Me hizo venir con la boca antes de tocarme siquiera con la verga; me vine derramándome sobre su lengua, temblándole en la cara, con la frente pegada al azulejo helado.

Cuando me levantó y me dio vuelta, todavía me temblaban las piernas. Me sentó sobre el borde del lavabo, me abrió las piernas y se puso entre ellas. Se la agarró y me la pasó por toda la raja del coño, arriba y abajo, restregándome la punta contra el clítoris, empapándose bien, provocándome.

—Metémela ya —le rogué, y le clavé las uñas en la espalda.

Me la metió de una, hasta el fondo, y los dos gemimos a la vez. Me llenó tanto que sentí un pinchazo dulce en el bajo vientre. Se quedó quieto un segundo, adentro, mirándome a los ojos con una sonrisa torcida, disfrutando cómo mi coño se le apretaba alrededor. Después empezó a moverse. Despacio al principio, largo, sacándomela casi entera y volviendo a hundirla hasta los huevos. Yo me colgué de su cuello y le mordí el hombro para no gritar.

—Más fuerte —le dije—. Cogeme fuerte.

Y me cogió fuerte. Me embistió contra el lavabo hasta que el espejo tembló, hasta que a mí se me escapaban unos gemidos agudos que rebotaban en los azulejos. El sonido de la piel contra la piel llenó el baño; cada estocada suya sonaba mojada, sucia, deliciosa. Me sacó de ahí en un momento, me dio vuelta otra vez, me dobló sobre el lavabo con una mano en la nuca y volvió a metérmela por detrás, apretándome las caderas con las dos manos. Desde ese ángulo me llegaba todavía más hondo. Me miraba en el espejo y yo lo miraba a él, y en algún momento dejé de pensar en el virus, en el trabajo, en el encierro y en todo lo que me había estado ahogando durante meses. Solo existía esa polla clavándome contra el mármol y el eco de nuestros gemidos en los azulejos.

Sentí que me venía otra vez y le avisé. Me estiró una mano por delante para tocarme el clítoris mientras seguía embistiéndome, y con eso me terminó de volar la cabeza. Me vine gritándole que no parara, apretándole la verga con el coño en espasmos que le arrancaron a él un rugido. Terminó a los pocos segundos, hundiéndomela hasta el fondo, corriéndose adentro en oleadas largas que sentí una por una, mientras me apretaba las caderas con los dedos hasta dejarme marcas.

Nos quedamos un rato así, doblados sobre el lavabo, jadeando, sintiendo cómo su semen empezaba a chorrearme por el interior del muslo cuando por fin la sacó. Después me vestí como pude, me acomodé el pelo frente al espejo sucio, me limpié entre las piernas con papel, y me fui primero. Él se quedó sentado en la tapa del inodoro, todavía sonriendo, con la camisa del uniforme a medio abrochar y la polla mojada colgando.

Esa tarde no fui a trabajar. Estaba «enferma», después de todo. Me quedé en casa, en la cama, tocándome pensando en él, más de lo que me hubiera gustado admitir.

***

La cosa siguió durante un par de semanas más. No todos los días, porque yo cuidaba de no levantar sospechas en el trabajo, pero sí lo suficiente para que ese tren vacío se convirtiera en lo único que me importaba de la rutina. A veces era un beso robado y nada más. Otras veces era una paja rápida entre dos estaciones, o una mamada colgada de la baranda, o coger de parado en el baño de una cabecera con el tiempo justo antes de que llegara el siguiente turno. Aprendimos a leernos con un gesto, a saber con solo cruzar la mirada si esa mañana había ganas o solo cansancio.

Nunca intercambiamos teléfonos. Nunca supe dónde vivía ni si tenía a alguien esperándolo. No hacía falta. Lo nuestro existía únicamente dentro de esos vagones, entre estación y estación, y fuera de ahí éramos dos desconocidos con barbijo que no se debían nada.

Hasta que un día Damián no estaba.

Hubo cambio de turno. El nuevo guarda era un pibe joven, de esos que te miran con demasiada seguridad y poca gracia. También me echó el ojo, también intentó el jueguito de la mirada. Yo le devolví la indiferencia más fría que pude. No era él. No iba a ser él.

De a poco la ciudad empezó a despertarse. Volvió la gente al tren, los vagones se llenaron de nuevo, y aquel paréntesis de silencio en el que todo había sido posible se cerró sin que nadie lo anunciara. A veces, en un vagón repleto, me venía a la cabeza la idea de hacerlo otra vez, de buscar esa adrenalina rodeada de extraños. Nunca me animé.

Todavía no, al menos. Pero esa es otra confesión, y todavía no estoy lista para contarla.

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Comentarios(7)

Gabriel_BA

Que relato, me tuvo pegado de principio a fin. Muy bueno!!!

Xime_lectora

Por favor una continuacion, me quedé con ganas de saber cómo siguió todo

ClaudioMdq

Me hizo acordar a un viaje largo que hize hace años en tren... hay algo en esas horas de madrugada que te saca de la realidad. Muy bien contado

LunaEscondida22

increible!!! qué adrenalina

BeatrizLC

Se me hizo cortísimo, quiero mas :)

Rodrigo_nc

¿Esto es real? lo pregunto en serio porque suena demasiado cinematografico para ser verdad jaja. Si lo es, qué suerte tuviste

DominaLectora

Lo que mas me gustó es cómo construís la atmósfera antes de que pase todo. El tren vacío de noche tiene algo especial que le da otra dimensión a cada detalle. Bien escrito, seguí así

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