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Relatos Ardientes

La mañana que mi exmujer me pidió algo nuevo

Hacía apenas tres meses que Mariela y yo nos habíamos separado. Por aquellos días yo vivía en un departamento que me había prestado un amigo mientras él trabajaba afuera del país. Era chico pero coqueto, en un piso alto, con una terraza pequeña desde la que se veía media ciudad. Lo curioso de toda separación es que nunca termina del todo, y la nuestra lo demostraba: Mariela aparecía de tanto en tanto con cualquier pretexto, nos acostábamos, cenábamos, nos acostábamos otra vez y se quedaba a dormir. Por la mañana, si había ganas —y casi siempre las había—, repetíamos.

Desde antes de casarnos, cuando todavía éramos novios, le había insistido con algo que ella nunca me concedía. Quería entrar por donde no me dejaba. Y ella, cada vez, se reía y me apartaba la mano. Por ahí no, ni lo sueñes.

La noche anterior a esta historia había salido con unos amigos. Conocí a una chica en un bar, terminamos en mi departamento y a la mañana, tempranito, me las arreglé para despedirla con cariño pero sin demasiada ceremonia. Después me puse a ordenar el desastre que habíamos dejado.

Estaba en plena tarea doméstica cuando me vibró el teléfono. Era ella.

—Buenos días, ¿qué andás haciendo? —escribió.

—Limpiando, ya casi termino —contesté.

—¿Me invitás una copa de vino cuando acabes?

—Claro, vení en un rato.

—Perfecto, en una hora estoy ahí.

Mariela es una mujer hermosa. Hermosísima, si soy honesto. Ojos verdes muy claros, un pecho que en su momento yo mismo le había regalado, delgada, con una cintura que terminaba en unas caderas que siempre me desarmaron. De ahí venían mis ganas, mi insistencia de tantos años.

Se preguntarán por qué demonios nos divorciamos si yo la describo así. La respuesta es simple y no me deja en buen lugar: le puse los cuernos más veces de las que puedo contar. Ella lo intuía, lo sufría en silencio, y un día decidió poner fin. Le costó horrores hacerlo, pero lo hizo. Y sin embargo seguía viniendo.

***

Tenía el departamento reluciente cuando sonó el timbre. Abrí y ahí estaba ella, recortada contra la luz del pasillo. Se había arreglado: una blusa negra abierta hasta el nacimiento del pecho y un pantalón también negro que le marcaba todo. Le serví la copa de vino que había venido a buscar y nos sentamos en el sillón a hablar de tonterías, de la familia, del trabajo, de cosas que ya no nos pertenecían.

En un momento se levantó como para servir más vino. Me sacó la copa de la mano, la dejó sobre la mesa junto a la suya y se dio vuelta hacia mí. Sin decir nada se sentó a horcajadas encima de mí y empezó a besarme. Me besaba con esa urgencia que yo conocía de memoria, mordiéndome el labio, buscándome la lengua.

Le metí las manos debajo de la blusa y le recorrí la espalda, después el pecho. Ella deslizó las suyas entre los dos cuerpos y empezó a desabrocharme el pantalón.

—Cómo me gusta esto —murmuró contra mi boca.

Se bajó del sillón y se arrodilló entre mis piernas. Me liberó con una mano y se inclinó. La miré desde arriba, su cabeza subiendo y bajando, su melena oscura cayéndole sobre la cara. Cuando levantó la vista, sus ojos verdes me buscaron los míos.

—Vamos a la cama —dijo—. Vamos a estar más cómodos.

Fuimos. En el camino nos arrancamos la ropa, dejando un rastro de prendas por el pasillo, besándonos contra la pared, riéndonos como dos adolescentes. Para cuando llegamos a la habitación yo estaba desnudo y ella en ropa interior de encaje negro. Se la quedé mirando un segundo. Estaba espectacular.

Me empujó sobre la cama. Volvió a inclinarse sobre mí mientras subía una pierna y me ofrecía su sexo a la altura de la cara. Primero la besé sobre el encaje, que entre su humedad y mi saliva quedó completamente empapado. Aparté la tela con dos dedos y me dediqué a ella con paciencia, recorriéndola con la lengua, demorándome donde sabía que la volvía loca, mientras le acercaba un dedo a un lugar que nunca me había recriminado tocar. La oía gemir, sofocada.

Apoyó las manos en mis muslos y levantó la cabeza, arqueando la espalda para dejarme trabajar sin estorbos. Ahora sí se la escuchaba con claridad. Sentí cómo se tensaba, cómo todo su cuerpo se preparaba.

—Me corro —dijo con la voz quebrada—. Ay, me corro.

Se separó de mí y se puso en cuatro sobre la cama. Me ubiqué detrás y entré de una sola vez. Empezamos a movernos los dos al mismo tiempo, ella empujando hacia atrás, yo sosteniéndola de la cintura. Mariela siempre fue de orgasmos encadenados, y apenas llevábamos un rato cuando volvió a temblar. Y otra vez después. Mientras tanto yo jugaba con un dedo en su otra entrada, sintiendo el contorno de mi propio cuerpo a través de aquella pared fina.

Estábamos en plena faena cuando giró la cara hacia mí, con el pelo pegado a la frente.

—Quiero que me la metas por atrás —dijo—. Quiero que me estrenes. Siempre lo quisiste.

Me quedé un instante quieto, sin creérmelo del todo.

—Está bien —respondí—. Vamos despacio. Primero te preparo.

***

Me levanté y fui al baño a buscar el lubricante. Desde la separación lo usaba más de lo que me gustaría admitir. Cuando volví, ella me miraba por encima del hombro con una expresión que no le conocía: una mezcla de inocencia fingida y picardía.

—Date vuelta y levantá las caderas —le dije.

Le acomodé una almohada debajo para que estuviera cómoda y relajada. Me acerqué a su oído.

—Tranquila. Cada parte de vos me vuelve loco. Esto es todo lo que quiero ahora mismo, con vos.

La besé en el cuello, en la nuca, en la espalda. Le acaricié los hombros, los costados, el pecho que colgaba contra la sábana. Fui bajando con la boca y con las manos, sin apuro, ganando terreno de a poco. Empecé a pasarle un dedo apenas por la entrada, por afuera, acariciándola con suavidad. Bajaba a su sexo, que seguía chorreando, mojaba los dedos y volvía a subir para seguir jugando. De vez en cuando le hundía solo la punta. Ella gemía bajito. Yo le mordía las nalgas con cuidado, se las besaba, y cada vez me demoraba más tiempo en ese lugar nuevo.

Le metí el índice entero y empecé a moverlo despacio. Con la otra mano seguía atendiéndola por delante. La quería tener al borde, aunque ya lo estaba; quería que me suplicara.

Empezó a mover las caderas, subiendo y bajando contra mi mano. Gemía sin contenerse. Estaba lista para más.

Había dejado el frasco abierto a un costado, así que cargué los dedos y los introduje juntos, despacio.

—Mmm —soltó—. Me está gustando.

Esa fue la señal. Dejé de tocarla por delante y me concentré ahí. El lubricante que se le escapaba me terminaba en los dedos, así que en una de las salidas le sumé un tercero. Ella seguía con su murmullo grave, las manos aferradas a las sábanas.

Dejé de moverme. Me ubiqué detrás, me preparé y preparé también su entrada con generosidad.

—Relajate, no te pongas tensa —le dije—. Voy a ir muy despacio.

Apoyé la punta. Tanto lubricante hacía que resbalara, así que me sostuve y volví a apoyarme. Esta vez no resbaló. Empecé a empujar, de a poco, sintiendo cómo cedía. Vi cómo agarraba las sábanas con los puños, pero no se quejó. Llegó el momento más difícil, el de pasar el primer borde. Empujé un poco más firme y entré. Ahí sí hubo una protesta, un gemido distinto, y le dije que se tranquilizara, que no me iba a mover hasta que dejara de dolerle.

Me quedé quieto, esperando. Como no decía nada, fui avanzando milímetro a milímetro, despacio, hasta que estuve completamente adentro. Entonces paré.

—¿Ya está toda? —preguntó con un hilo de voz.

—Sí. ¿Cómo estás?

—Casi no me duele.

Empecé un vaivén lento, saliendo casi por completo para volver a entrar con calma. Le tomó el gusto rápido. A los pocos movimientos volvió a gemir, los hombros hundidos en el colchón, la cara de costado, las caderas en alto, mientras yo la sostenía para que no se me escapara. Le fui dando un poco más rápido, un poco más firme, y los gemidos se transformaron en pequeños gritos.

—Dios, qué bueno —jadeó—. No pares.

—¿Te gusta? —le dije—. Te lo dije siempre.

—Sí, sí, me corro otra vez, no pares.

Se tensó entera. La había tenido tantas veces y de tantas formas, pero juraría que esa fue una de las más intensas. Y yo seguí, y ella conmigo. En un momento empezó a empujar hacia atrás, acompañándome, buscándome, como si quisiera más de lo que yo le daba. Ya no hablaba, solo gemía y gritaba. Estaba a punto de terminar cuando me lo pidió.

—Ya, terminá ya, quiero sentirte.

Y ahí me dejé ir. La sostuve fuerte de las caderas, hundiéndome todo lo que podía, y los dos gritamos al mismo tiempo, sin pudor, sin vecinos que nos importaran.

Me dejé caer sobre su espalda y de ahí a la cama. Estábamos deshechos. La abracé desde atrás y le besé el hombro.

—Qué bueno fue —dijo ella, todavía agitada—. Tenías razón.

Nos quedamos dormidos así, enredados, con la luz de la mañana entrando por la ventana. Cuando despertamos, la cama olía a nosotros, a todo lo que ya no éramos y a todo lo que seguíamos siendo cada vez que cerrábamos esa puerta. Nos duchamos juntos, sin prisa.

Se quedó a cenar. Y a dormir. Y a la mañana siguiente, otra vez, repetimos. Porque hay separaciones que en el papel terminan y en la cama nunca lo hacen del todo.

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Comentarios(2)

TabooWolf

jajaja tremendo!!! ojala los divorcios fueran todos asi de amigables

Romi_23

Me enganché desde el primer parrafo, se nota que es real. Excelente relato!

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