Mi compañera madura me pidió que la acompañara
Después de tres intentos, por fin aprobé las oposiciones a la administración de justicia. Tenía treinta y cuatro años y, tras una década encadenando trabajos mal pagados, decidí jugármelo todo a una plaza fija. El destino que me tocó quedaba lejísimos de mi pueblo, un rincón del interior de Murcia pegado a la raya de Albacete. Me mandaron a Albormeda de la Frontera, en plena provincia gaditana, a más de cinco horas de coche. Aun así, la adaptación fue inmejorable. Caí en un grupo de compañeros que desde el primer día me arrastró a sus planes.
Aterricé en el juzgado en enero de 2019, el año antes de que el mundo se parara. Durante los primeros meses, un par de compañeros me hicieron de guías por toda la ciudad. Una de ellas, Marisol, me alquiló por cuatro duros un piso que la familia de su marido tenía en el centro. Todavía no me creía dónde vivía ni lo que pagaba por hacerlo. Lo disfrutaba casi siempre solo, porque mi novia seguía en el pueblo: trabajaba de cajera en una cadena de supermercados y solo me visitaba los fines de semana que libraba.
Así fueron pasando los meses hasta llegar a mayo, cuando se celebra el gran acontecimiento de la ciudad: la feria. Durante una semana entera, Albormeda se convierte en un hervidero de casetas, farolillos y gente dispuesta a no dormir. No llega al nivel de la de Sevilla, pero es un espectáculo de color y alegría. Desde la primera vez que la viví quedé enganchado, sobre todo porque la viví de la mano de quienes habían nacido allí.
Mientras tanto, mi relación con algunos compañeros se fue estrechando hasta convertirse en amistad de verdad. O en algo más, en el caso de Marisol. Mi casera era una mujer madura de muy buen ver, una morena de raza con un pasado glorioso y un presente todavía más morboso. Decían que en su juventud había sido una auténtica mujer fatal, y entre nosotros se fue cociendo, despacio, una tensión que ninguno de los dos nombraba.
Llegó el viernes de feria, el día en que, por tradición, todo el personal del juzgado iba a comer junto a una caseta. Después de la sobremesa, cada cual se repartía en grupos. Yo, por supuesto, me quedé con el de mis compañeros más cercanos. Entre rebujitos, manzanilla y bailes se nos fue la tarde. Y alguna cosa más.
Hay pocas cosas tan sensuales como un baile por sevillanas bien marcado. Marisol y yo nos arrancamos uno que nos subió la temperatura mucho más arriba de lo prudente. Acabé rodeándole la cintura con los brazos, encarados, con los labios a un par de centímetros de distancia. La situación pedía un beso a gritos, y aquella mujer casi veinte años mayor que yo lo remató con un pico breve que dejó a nuestro público mudo un segundo, justo antes de estallar en una ovación.
Para entonces el alcohol nos había vuelto a los dos bastante irracionales. Ninguna de nuestras parejas estaba allí. Mi novia llegaba al día siguiente, sábado. Y Gonzalo, el marido de Marisol, había pasado un par de horas con el grupo antes de irse, entendiendo que aquello era una quedada de su mujer con los compañeros del trabajo.
Justo después del baile, a Marisol le entraron ganas de ir al baño.
—Las colas son interminables —dijo, abanicándose con la mano—. Acompáñame al aparcamiento, que aprovecho y cojo una cosa del coche.
El descampado junto al recinto ferial hacía las veces de aparcamiento improvisado. Mear en la calle, entre dos coches, a nuestra edad, no es ni cívico ni elegante, pero en este tipo de ferias es más habitual de lo que la gente reconoce. Caminamos esquivando familias y borrachos hasta perdernos entre las filas de coches en penumbra. El bullicio de la música quedó atrás, amortiguado, y solo nos llegaba el zumbido lejano de un generador.
Nos metimos entre dos furgonetas. Marisol se bajó el pantalón y las bragas sin el menor reparo, delante de mí, como si fuera la cosa más natural del mundo. Se agachó y empezó a mear. Yo no aparté la mirada.
Que me pille mirando, me da igual.
No perdí detalle. El chorro caía sobre la tierra seca con un siseo que, no sé por qué, me resultó endemoniadamente excitante. Le vi el coño abierto entre los muslos, la mata oscura recortada contra la penumbra, los labios hinchados brillando de humedad. Ella alzó la vista y me sorprendió observándola.
—¿Nunca habías visto a una madura en estas? —preguntó, con media sonrisa.
—La verdad es que yo también me estoy meando —respondí.
—Pues no te cortes por mí.
Así que me la saqué y empecé a mear a su lado, a un par de pasos, los dos agachados en aquel descampado a oscuras. Marisol me miraba sin disimulo, con los ojos clavados en mi polla, siguiendo el chorro como si le fascinara. Cuando terminé, no me la guardé. Ella se incorporó, todavía con el pantalón a medio subir, y se acercó.
—Joder —murmuró—, qué contenta tiene que estar tu novia.
No supe qué contestar. Tenía la garganta seca y el corazón golpeándome en las costillas. Me cogió la polla con la mano derecha, sin pedir permiso, y empezó a acariciármela despacio, apretándola con la palma tibia, sintiendo cómo se hinchaba y se ponía dura bajo sus dedos. Se relamió los labios sin dejar de mirarme la mano.
—Está buenísima —susurró—. Mírala, cómo se pone.
Me la meneaba con una lentitud calculada, subiendo y bajando el prepucio, apretando la punta con el pulgar cada vez que llegaba arriba. Yo temblaba. Sentía el aire frío del descampado en los muslos y sus dedos calientes envolviéndome la verga cada vez más rápido.
—¿Quieres que te la coma? —preguntó, mirándome a los ojos.
—Sí —fue lo único que me salió.
***
Lo que pasó después lo recuerdo a trozos, como si el alcohol y la adrenalina me hubieran borrado los bordes, pero los detalles importantes se me quedaron grabados a fuego. Marisol se arrodilló sobre la tierra sin importarle el pantalón ni la feria ni los veinte años que nos separaban. Me miró desde abajo, con la boca entreabierta y los ojos brillantes, y sacó la lengua para lamerme la punta de la polla como si fuera un helado.
—Mmm —gimió—. Qué rica.
Me la lamió entera, de la base a la cabeza, dibujando círculos húmedos alrededor del glande, hundiendo la punta de la lengua en el agujerito. Después bajó y se metió los huevos en la boca, uno a uno, chupándomelos con cuidado, mientras con la mano me seguía meneando el tronco despacio. Yo apretaba los dientes para no gemir demasiado alto.
Cuando volvió a subir, abrió la boca del todo y se la metió entera, cerrando los labios alrededor del tronco y succionando con una técnica que solo da la experiencia. Bajó hasta la garganta de una sola vez, sin arcada, sin parpadeo, hasta que la nariz le tocó mi pubis. Se quedó ahí unos segundos, ahogándose a propósito, con los ojos llorosos mirándome desde abajo.
Suspiré al sentir la presión en la cabeza. Me apoyé con una mano en la chapa fría de la furgoneta para no perder el equilibrio y con la otra le agarré la nuca, hundiéndole los dedos en el pelo. Ella marcaba el ritmo, lento primero, profundo después, hasta el fondo, mirándome cada cierto tiempo con esos ojos oscuros que tantas tardes me habían sostenido la mirada en el juzgado.
—Así, mámamela así —le susurré—. Joder, qué bien lo haces.
Se me sacó la polla de la boca de golpe, con un chasquido, y me la restregó por los labios y por las mejillas, embadurnándose la cara con su propia baba.
—Dime guarradas —me pidió, jadeando—. Dime que soy una zorra. Que soy la casera puta que te mama la polla escondida entre dos coches.
—Eres una zorra —obedecí, con la voz ronca—. Una zorra madura con la boca hecha para chupar pollas. Mira cómo se te cae la baba, Marisol. Cómo te pone tenerla en la boca.
Volvió a tragársela entera. Aceleró, apretando más, ayudándose con la mano, meneándomela a la vez que me la chupaba. Se sacaba la polla, escupía encima, y volvía a metérsela hasta el fondo. La chapa de la furgoneta me quemaba en la espalda de tan fría, y aun así yo estaba sudando.
—Llevo meses imaginándome esto —confesé en voz baja.
Ella no contestó. No podía. Solo aceleró, apretando más, como si quisiera demostrarme que ninguna de mis fantasías le hacía justicia. Con una mano me apretaba los huevos, con la otra se abría el pantalón y se metía los dedos en el coño. La oía chapotear en su propia humedad mientras me la comía.
—Estás empapada —le dije, mirándola desde arriba—. Se te oye. Se te oye desde aquí lo mojada que estás.
Sacó los dedos brillantes de entre sus piernas y me los pasó por los labios, embarrándomelos con su flujo antes de volver a hundirlos en su coño. Me la mamaba con la boca llena de saliva y la otra mano frotándose el clítoris a toda velocidad. Se corrió antes que yo, con la polla dentro de la boca, temblando entera, apretando los muslos, gimiendo con un ronquido apagado que me atravesó la verga como una descarga.
Diez minutos. Diez minutos eternos arrodillada entre dos coches, con la música de la feria de fondo y el miedo a que alguien apareciera multiplicando cada sensación. Aguanté todo lo que pude, mordiéndome los nudillos, pero el final llegó de golpe, intenso, casi doloroso. Sentí los huevos apretarse, la corriente subir por el tronco, y le avisé con un gruñido:
—Me corro. Marisol, me corro en tu puta boca.
Ella apretó los labios alrededor del tronco y succionó todavía más fuerte, tirando de la corrida hacia dentro. Me corrí a chorros dentro de su boca y ella no apartó la cara. La primera descarga le llenó el paladar; la sentí atragantarse un segundo, tragar, y volver a apretar para sacarme la siguiente. Chorro tras chorro, mientras me temblaban las piernas y yo le empujaba la cabeza contra el pubis sin querer. Se lo tragó todo, hasta la última gota, y cuando pensó que ya no quedaba nada me exprimió el tronco con los dedos, de la base a la punta, para lamer la última perla blanca que asomó por el agujero.
Se levantó despacio, con las rodillas manchadas de tierra, y se limpió la comisura con el dorso de la mano. Todavía tenía un hilo de mi semen colgándole del labio inferior. Se lo recogió con la lengua sin dejar de mirarme.
—Esto no ha pasado —dijo, recomponiéndose el pantalón, subiéndose las bragas por encima del coño empapado.
—Esto no ha pasado —repetí, todavía sin aire, guardándome la polla con dedos torpes.
Nos miramos un segundo de más. Los dos sabíamos que era mentira.
***
Volvimos al recinto procurando aparecer por separado, con esa torpeza evidente de quien cree que disimula. Yo llegué primero; ella, un minuto después, retocándose el pelo. Y entonces, justo cuando creía que lo peor del corazón ya había pasado, vi lo que menos esperaba.
Gonzalo había regresado.
El marido de Marisol estaba en mitad del grupo, achispado y feliz, riéndose a carcajadas de algo que contaba un compañero. En cuanto vio aparecer a su mujer, se le iluminó la cara y fue directo hacia ella con los brazos abiertos.
—¡Aquí está mi reina! —exclamó.
La agarró por la cintura y le comió la boca delante de todos. Marisol intentó esquivarlo, ladeó la cara haciéndole una cobra discreta, pero él insistió y acabó besándola en los labios. Yo me quedé petrificado, con el vaso de rebujito a medio camino de la boca, mirando aquel beso sin poder evitarlo.
Esos labios. Esos labios todavía saben a mi corrida.
Fue el segundo más extraño de toda la noche. Una mezcla imposible de culpa, vértigo y un morbo que me avergonzaba reconocer. Gonzalo no sabía nada, claro. Estaba besando a su mujer con la lengua todavía impregnada de mi semen, pasándole el brazo por los hombros como si tal cosa. Para él, su mujer acababa de volver de coger algo del coche con un compañero de confianza. Siguió contando su historia, ajeno por completo, mientras Marisol buscaba mi mirada por encima de su hombro y, sin que nadie lo notara, se mordía el labio una última vez y se pasaba la lengua por los dientes, como paladeando lo que le quedaba de mí en la boca.
***
Mi novia llegó al día siguiente, como estaba previsto. La llevé a la feria, le presenté a mis compañeros, bailamos, brindamos y me reí de las mismas bromas de siempre. Marisol estaba allí, del brazo de Gonzalo, impecable, saludándome con la cordialidad exacta de una casera y una compañera de trabajo. Nadie habría imaginado nada. Ni mi novia, que charlaba con ella tan tranquila. Ni Gonzalo, que me ofreció un puro. Ni los demás funcionarios, que seguían comentando lo bien que bailábamos las sevillanas.
Aquello no se repitió. Marisol y yo mantuvimos durante meses una correción profesional intachable, como si hubiéramos firmado un pacto de silencio sin necesidad de palabras. Solo de vez en cuando, en los pasillos del juzgado, nuestras miradas se cruzaban un instante más de lo necesario y yo volvía a oír, dentro de mi cabeza, el siseo de aquel chorro sobre la tierra seca, el chapoteo de su boca en mi polla, y el rumor de la feria de fondo.
Nunca se lo conté a nadie. Hasta hoy. Y todavía me pregunto si ella, en su casa, junto a Gonzalo, recuerda aquella noche tantas veces como yo, y si cuando le mama la polla a su marido piensa en la mía.





