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Relatos Ardientes

El hombre del que mi hijo no paraba de hablar

Raquel cortaba cebolla en la cocina, pero la mente la tenía en otra parte. Desde hacía semanas, su hijo Adrián no paraba de hablar de Darío: lo guapo que era, lo seguro de sí mismo, la forma en que llenaba una habitación con solo cruzar la puerta. Cada comentario se le clavaba en algún lugar que ella prefería no nombrar, un lugar húmedo entre las piernas que hacía años nadie tocaba.

A mi edad no debería pensar estas cosas.

Tenía cincuenta años y un pasado de domingos en la iglesia y monjas que repetían que el deseo era algo de lo que arrepentirse. «El cuerpo se confiesa, hija», le decían. Pero su cuerpo nunca había aprendido el catecismo. Por las noches, sola en la cama, dejaba que la mano bajara despacio hasta el coño mojado, se abría los labios con dos dedos y se frotaba el clítoris hinchado imaginando a un hombre que ni siquiera conocía, imaginando una polla dura empujándole adentro hasta el fondo. Se metía los dedos, dos, tres, y bombeaba fuerte mordiendo la almohada hasta correrse en su propia mano, empapada. Después se quedaba mirando el techo, con la culpa apretándole el pecho y los dedos todavía pegajosos, hasta que el sueño la rendía.

Esa tarde decidió que estaba harta de imaginar.

***

Adrián trabajaba hasta las ocho. Raquel lo sabía, y por eso eligió esa hora. Se puso un vestido rojo que llevaba años colgado, de los que marcan sin gritar, se perfumó detrás de las orejas y entre los pechos, y decidió no ponerse bragas. Se miró en el espejo más tiempo del que se permitía nunca. La mujer que le devolvió la mirada tenía arrugas, sí, pero también unas tetas todavía firmes bajo la tela roja y una boca que recordaba cómo sonreír con intención.

Darío pasaba casi a diario por la casa. Cuando sonó el timbre, el corazón le dio un vuelco de adolescente y sintió cómo se le humedecía el coño de golpe.

—Hola, Darío. Adrián todavía no llegó, pero pasá, te preparo un café —dijo, apoyándose en el marco de la puerta.

Él la miró un segundo de más. No era ningún tonto: notó el vestido, el perfume, la forma en que ella sostenía la puerta como quien sostiene una invitación.

—Un café no le hace mal a nadie —respondió, y entró.

En el living, Raquel no se anduvo con rodeos. La paciencia se le había gastado hacía rato.

—Mi hijo no para de hablar de vos —dijo, sirviéndole sin que él lo pidiera—. De lo seguro que sos. De cómo mirás. Tengo cincuenta años y curiosidad, Darío. Mala combinación.

Él dejó la taza sobre la mesa sin haberla tocado.

—¿Está segura de lo que está diciendo?

—Hace mucho que no estoy segura de nada —contestó ella, y se sentó a su lado, lo bastante cerca como para que la palabra «no» perdiera sentido.

Fue ella quien acortó el último centímetro. Lo besó con una urgencia que la sorprendió hasta a sí misma, como si llevara treinta años conteniendo el aire. Le metió la lengua hasta el fondo de la boca y él respondió despacio al principio, midiéndola, y después dejó de medir nada. Le sostuvo la nuca con una mano grande y caliente, y con la otra le agarró una teta por encima del vestido, apretándosela sin pedir permiso. Raquel sintió que el suelo se inclinaba y que el pezón se le ponía duro de inmediato contra la palma del hombre.

—Despacio —murmuró él contra su boca—. No hay apuro.

Pero sí lo había. Llevaba media vida de apuro.

Ella le agarró la mano y se la bajó directo entre las piernas, subiéndose el vestido de un tirón. Cuando Darío descubrió que no tenía bragas y que el coño estaba empapado, soltó una risa ronca contra su cuello.

—Mirá vos, la señora venía preparada.

—Callate y tocame —jadeó ella.

***

Le bajó los tirantes del vestido con una lentitud que era casi crueldad. Cuando la tela cedió y las tetas quedaron al aire, Raquel cerró los ojos, esperando el viejo reflejo de la vergüenza. No llegó. Llegó otra cosa: la boca de Darío chupándole un pezón con hambre, mordiéndoselo apenas, mientras con la mano libre le pellizcaba el otro. Ella arqueó la espalda y se le escapó un gemido largo, uno de esos que llevaba décadas guardando.

—Mírame —pidió él, con la boca todavía llena de teta.

Ella abrió los ojos. Y lo miró mientras él le bajaba la mano por el vientre, le abría las piernas sobre el sofá y le hundía dos dedos gruesos hasta el nudillo. Raquel dio un respingo y se corrió un poquito ahí mismo, sin poder evitarlo, apretándole los dedos con las paredes del coño.

—Dios mío —susurró, colorada.

—Estás chorreando —dijo él, y se llevó los dedos a la boca para chupárselos delante de ella—. Cuánto tiempo hacía, ¿eh?

—Demasiado. Callate. No me hables.

Él se rió, se arrodilló entre sus piernas abiertas y le empujó el vestido hasta la cintura. Sin preámbulos le clavó la lengua en el coño, de abajo hacia arriba, un lengüetazo largo y plano que le arrancó a Raquel un grito que tuvo que ahogar con el puño. Darío no tuvo piedad: le separó los labios con los pulgares, le buscó el clítoris y se lo chupó, se lo lamió en círculos, le pasó la lengua entera arriba y abajo mientras le metía dos dedos y los movía adentro con un ritmo obsceno. Le buscó el punto ese, ese hueco esponjoso por dentro del que las monjas nunca habían hablado, y se lo apretó desde adentro mientras seguía chupándole el clítoris. Raquel se agarró del pelo de él con las dos manos y le empujó la cara contra su coño, sin culpa, sin nada.

—Así, así, no pares, no pares…

Se corrió con la boca de Darío enterrada entre las piernas, temblando entera, con los muslos apretándole la cabeza. Se corrió gritando en un cojín que se puso a último momento en la cara, y todavía le seguían llegando los espasmos cuando él se levantó, se bajó el pantalón y le mostró la polla dura, gruesa, pesada, roja en la punta.

—¿Querés esto? —le preguntó, agarrándosela y golpeándosela suavemente contra el coño mojado.

—Metémela —dijo ella, sin reconocerse la voz—. Metémela ya.

Y él se la metió. De una sola estocada, hasta el fondo. Raquel abrió la boca en una O muda, sintiendo cómo esa polla la abría por dentro después de tantísimos años, cómo le llenaba cada rincón. Darío se quedó quieto un segundo, disfrutando, y después empezó a follarla despacio, sacándola casi entera y volviéndola a hundir hasta el fondo, chocándole la pelvis contra el clítoris en cada embestida.

—Más fuerte —pidió ella—. No te cortes conmigo, tengo cincuenta pero no me voy a romper.

Él soltó una carcajada ronca y le agarró las caderas con las dos manos. Y empezó a cogérsela en serio. La embestía duro, rítmico, con la carne golpeándole a Raquel entre las piernas en un chapoteo húmedo que sonaba a pecado en toda la casa. Las tetas de ella rebotaban al ritmo de las estocadas y él se agachaba de vez en cuando a morderle un pezón, a chupárselo, a dejarle marcas rojas en la piel blanca del cuello.

Después la dio vuelta. La puso de rodillas en el sofá, con la cara contra el respaldo y el culo alzado, y volvió a metérsela por detrás. Desde ese ángulo entraba todavía más profundo y Raquel sintió que la polla le tocaba en algún lado nuevo cada vez. Él le dio una nalgada, una sola, seca, y ella se corrió otra vez, mordiendo la tela del respaldo para no despertar al barrio entero.

Lo hicieron en el sofá, con la luz de la tarde entrando de costado y el café enfriándose en la mesa. Darío sabía esperar, sabía leerla, sabía cuándo frenar y cuándo no. Raquel se aferró a sus hombros cuando él la volvió a acostar de espaldas y le pasó una pierna por encima del hombro para hundírsela todavía más adentro. Y por un momento dejó de ser madre, dejó de ser viuda, dejó de ser la chica del colegio de monjas. Fue, sencillamente, una mujer con las piernas abiertas a la que estaban follando bien.

—No pares —le pidió, y él no paró.

El placer la atravesó en oleadas largas. Cuando sintió que él estaba por acabar, ella misma le pidió sin pensar:

—Adentro no. En las tetas. Quiero verte.

Darío la sacó a tiempo, se arrodilló sobre ella y se la meneó un par de veces con la mano, gruñendo, hasta que se corrió en chorros gruesos y calientes sobre sus pechos, en el cuello, en el mentón. Raquel se pasó dos dedos por la piel manchada, sacó una gota de semen y, mirándolo a los ojos, se la llevó a la boca. Cincuenta años y todavía descubriendo cosas.

Se rió después, mordiéndose el labio, riéndose de su propio pudor. Cincuenta años y todavía con miedo a que la oyeran.

***

Lo que Raquel no sabía era que Adrián se había olvidado el teléfono.

Volvió a media tarde, abrió la puerta con su llave y oyó algo que no supo nombrar hasta que se asomó al living. Su madre, con las tetas al aire y la corrida todavía brillando en la piel. Darío, con la polla afuera y las manos en las caderas. La imagen lo dejó clavado en el umbral, con las llaves todavía colgando del dedo.

Porque Darío no era un vecino cualquiera. Darío era suyo. Llevaban tres meses viéndose a escondidas, tres meses en que Adrián le había chupado esa misma polla en el baño de un bar y se la había dejado meter en su propia cama, y había cometido el error de hablar de él en casa, de presumir de su hombre como un chico enamorado, sin imaginar que su entusiasmo encendía algo del otro lado de la mesa.

—Mamá. —La voz le salió rota.

Raquel se incorporó de un salto, tapándose con el vestido, blanca como el papel bajo las manchas de semen que se apuraba a limpiarse con la tela.

—Adrián, hijo, esperá, dejame…

—¿Con él? —Adrián no gritaba; era peor, le temblaba todo—. De todos los hombres del mundo, ¿con él?

Darío, en cambio, tuvo el descaro de no inmutarse.

—Tranquilos los dos —dijo, guardándosela y abrochándose el cinturón con una calma que daba ganas de borrarle de la cara.

—Callate —le escupió Adrián, y por una vez Raquel estuvo de acuerdo con su hijo.

El chico salió sin dar un portazo, que hubiera sido más fácil de soportar. Cerró la puerta con cuidado, como quien se va de un velorio. Raquel se quedó con el vestido apretado contra el pecho, y la culpa, puntual al fin, volvió a sentarse a su lado.

***

Quien lo arregló todo, sin proponérselo, fue Sergio.

Sergio tenía la ferretería de la esquina y una historia con Raquel que venía de mucho antes que Darío. Encuentros sueltos, sin promesas, de esos que ella también escondía. Cuando se enteró por el chisme del barrio de lo que había pasado, golpeó su puerta al día siguiente.

—Vengo a meterme donde no me llaman —avisó, apoyado en el marco con las manos en los bolsillos—. Ese tal Darío. Tené cuidado.

—¿De qué hablás? —Raquel se cruzó de brazos, todavía dolida.

—De que se coge a medio barrio. Lo vi el sábado en el bar de la avenida, muy pegado a una mujer que no eras vos ni era tu hijo. —Sergio la miró con una mezcla de pena y franqueza—. No te lo digo para lastimarte. Te lo digo porque vos valés más que ser una marca en la lista de un tipo así.

Raquel sintió el comentario como una piedra en el estómago. No por celos: por dignidad.

—Yo siempre te traté bien —agregó Sergio, más bajo—. Vos sabés.

Sí que lo sabía. Y por primera vez en meses pensó que tal vez el deseo no tenía por qué venir siempre envuelto en peligro.

***

Esa noche, Raquel hizo algo impropio de ella: salió a buscar la verdad. Se puso un abrigo sobre el camisón y caminó hasta el bar de la avenida. No tardó en encontrarlo. Darío estaba en la barra, riéndose con una mujer joven, la mano apoyada en su cintura con la naturalidad del que ya lo hizo cien veces.

No se quebró. Al contrario: sintió que algo se le acomodaba por dentro.

Al día siguiente lo encaró en la puerta de su casa, sin dejarlo pasar.

—Te vi anoche en el bar.

—Raquel, eso no fue nada, vos sos…

—Yo no soy nada tuyo —lo cortó, con una calma que la sorprendió—. Le rompiste el corazón a mi hijo y a mí me cogiste un domingo a la tarde. Se terminó. No vuelvas.

Darío abrió la boca para insistir, pero ella ya estaba cerrando la puerta. Por dentro, sin culpa esta vez, se sintió más liviana que en años.

***

Lo de Sergio llegó solo, sin estrategia, que es como llegan las cosas buenas. Una tarde él volvió con la excusa de un destornillador que ella nunca le había pedido, y se quedó. La besó en la cocina, contra la mesada todavía con olor a cebolla, y Raquel se rió por primera vez en semanas mientras él la levantaba en brazos como si no pesara los años que pesaba.

La sentó en la mesada y le abrió las piernas ahí mismo. Le levantó la pollera de la falda, le arrancó las bragas de un tirón —con las dos manos, sin preguntar— y se agachó a comerle el coño entre los cuchillos y el frutero. La lengua de Sergio era distinta a la de Darío: más paciente, más golosa, como si de verdad le gustara estar ahí y no tuviera ningún apuro. Le chupó los labios uno por uno, le metió la lengua adentro y la sacó lento, le buscó el clítoris con la punta y se lo mimó en círculos hasta que Raquel empezó a temblar y a tirarle del pelo canoso.

—Vení, vení acá —jadeó ella, tirándole de la camisa.

Se bajó de la mesada, le desabrochó el pantalón y le sacó la polla, más chica que la de Darío pero gorda y bien parada. Se arrodilló en las baldosas de la cocina y se la metió entera en la boca, chupándosela con hambre, mirándolo desde abajo. Sergio le agarró la cabeza con las dos manos y la dejó hacer, gimiendo por lo bajo, sin empujar, dejándola a su ritmo. Ella se la mamó despacio, chupando la punta, lamiéndosela desde la base hasta arriba, escupiéndole encima para que resbalara mejor. Le agarró las bolas con una mano y se las masajeó, sin dejar de chupar.

—Levantate, no me quiero correr todavía —murmuró él.

La levantó, la dio vuelta contra la mesada y se la metió por atrás, con las bragas todavía enredadas en un tobillo. Raquel se agachó apoyando los codos en la madera, arqueó la espalda y le ofreció el culo, y él la cogió con embestidas largas, profundas, agarrándole las caderas con las dos manos. Con una mano le rodeó el cuerpo por delante y le buscó el clítoris, y se lo frotó al mismo ritmo en que se la metía por atrás.

Fue distinto. Sergio no buscaba demostrar nada; buscaba que ella la pasara bien, y eso, descubrió Raquel, era infinitamente más excitante que cualquier alarde. La conocía. Sabía dónde y cómo. Le mordió el hombro, le susurró al oído «así te gusta, ¿no?, así te gustaba siempre», y ella se entregó sin esconder un solo sonido, sin morderse la mano, riéndose y gimiendo a la vez en una mezcla nueva que se sentía, por fin, a su medida.

Se corrió apoyada en la mesada de la cocina, con la polla de Sergio adentro y sus dedos en el clítoris, gritando el nombre de él sin importarle nada. Él se corrió al toque, adentro, gruñéndole en el cuello, y se quedaron los dos apoyados ahí, temblando, con las piernas flojas, riéndose como dos adolescentes que acaban de hacer una travesura.

Se fueron a la cama después, y volvieron a coger, esta vez despacio, ella arriba, moviéndose a su ritmo, dejándose mirar entera bajo la luz sin apagar. Se corrió otras dos veces esa tarde, en silencio la primera, gritando la segunda.

—¿En qué pensás? —le preguntó él después, los dos quietos, el techo de testigo.

—En que me pasé media vida con culpa por algo que era tan simple —respondió ella.

***

Con Adrián costó más, claro. El perdón nunca llega tan rápido como el deseo.

Tardó una semana en volver a sentarse a la mesa de su madre. Comieron en silencio un rato largo, hasta que él dejó el tenedor.

—No puedo creer que te hayas acostado con Darío —dijo, sin levantar la vista.

—Yo tampoco —admitió Raquel—. Y lo siento, hijo. No por mí, sino por vos. No supe verte.

Adrián suspiró largo.

—Por lo menos los dos tuvimos el buen gusto de dejarlo —murmuró, y se le escapó media sonrisa a su pesar.

—El mismo mal gusto y el mismo buen tino —contestó ella.

Se rieron los dos, cansados, y en esa risa cabía todo el perdón que ninguno sabía cómo pedir con palabras. Afuera caía la tarde, igual que aquella en la que todo se había desordenado. Pero esta vez Raquel no sentía culpa. Sentía, por raro que sonara después de cincuenta años, que recién empezaba a aprender a vivir en su propio cuerpo.

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Comentarios(7)

PatoRosario

Tremendo relato!! me enganche desde la primera linea y no pude parar

LuciaMdz_25

Que bien escrito, se siente completamente real. De los mejores de confesiones que lei en mucho tiempo

GatoNegro99

increible!!!

Fernanda_Nocturna

Por favor una segunda parte!! quede con ganas de saber como termino todo despues

Mariela_Sur

Me recordo a una situacion parecida que vivi yo hace unos años... la culpa y el deseo juntos son una combinacion dificil de resistir jaja. Muy bueno

Rodrigo_Fer

Jaja a los cincuenta recien empieza lo mejor al parecer. Muy disfrutable, gracias por compartirlo

LectorMaduro

Que tension tan bien manejada desde el principio. Se nota que es una confesion real, no inventada

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