El sillón que armé al revés nos cambió la tarde
Era un sábado después de comer y me dirigí a mi sillón favorito para echarme la siesta de siempre. Me dejé caer con todo el peso del cuerpo, esperando ese hundimiento conocido del cojín, y en su lugar me encontré con el aire.
—Mierda —dije en voz alta, sentado de golpe en el suelo.
—¿Qué te pasa, Andrés? —me preguntó mi mujer, Carla, desde la cocina.
—Nada grave. Me olvidé de que ya no tenemos el sillón.
Era, o mejor dicho había sido, el mueble más cómodo de la casa. Pero se había ido estropeando con los años hasta que el relleno se rindió del todo y lo tiramos hacía apenas unos días. Me había acostumbrado tanto a él que mi cuerpo seguía buscándolo por inercia.
Así que me estiré en el sofá. La ausencia de un sillón no iba a hacerme renunciar a la siesta sagrada del sábado. Me puse cómodo, o lo intenté, pero no había manera de encontrar la postura. Giraba, ponía un cojín bajo la cabeza, lo quitaba, estiraba las piernas sobre el reposabrazos. Nada.
En esas estaba cuando Carla apareció con el teléfono en la mano y una sonrisa que conozco demasiado bien.
—Cariño, encontré el sillón ideal —dijo, y me pasó el móvil.
Era la web del conocido fabricante sueco, ese de los nombres impronunciables. En la pantalla había un sillón que prometía ser una nube. El modelo se llamaba algo así como BEKVÄMSTOL, que según una nota al pie significaba «sillón cómodo» en sueco. Muy original.
—¿Y por qué no vamos ahora y lo compramos? —insistió, mirándome con esa cara que sabe que no puedo rechazar.
No me apetecía nada salir un sábado por la tarde. Pero el sofá me había negado hasta el más mínimo descanso, y la idea de recuperar un sillón cómodo terminó por convencerme.
Os ahorro los detalles del centro comercial: el laberinto de pasillos, las pilas de cajas planas, la cafetería con las famosas albóndigas. Solo diré que tres horas más tarde estaba de vuelta en mi salón con el paquete abierto en el suelo, las instrucciones desplegadas sobre la mesa y un montón de tornillos clasificados por tamaños como si fuera cirugía.
—Yo me doy una ducha rápida, que vengo pegajosa del calor —dijo Carla, y desapareció por el pasillo.
Apreté los últimos tornillos, le di la vuelta a la estructura y… algo no encajaba. Aquello no parecía un sillón.
Lo miré con calma y el error fue evidente: había montado una de las piezas del revés. En lugar de formar la «L» de un respaldo con su asiento, todo quedaba plano, casi como una mesa baja y alargada.
No habría nada que contar si en ese momento no hubiera vuelto ella al salón.
—¿Ya terminaste? Qué rápido. Aunque lo veo un poco raro —dijo, secándose el pelo con una toalla.
—Sí, cariño. Me parece que algo hice mal.
—Vaya manitas que tengo en casa. Compramos un sillón y montas una mesa para la tele.
—Menos guasa y un poco más de ayuda no estaría mal. Me dejaste solo mientras tú te refrescabas. Además, así montado hasta parece cómodo.
Iba a empezar a desmontarlo cuando Carla cruzó el salón y, de un salto, se sentó sobre la estructura tal como había quedado.
Y ahí pasaron dos cosas al mismo tiempo.
La primera: aquel modelo era, según la publicidad, un «sillón articulado con mecanismos hidráulicos de última generación». Al recibir el peso de Carla, los hidráulicos se pusieron en marcha, el centro se hundió, y mi mujer quedó tumbada hacia atrás con la cabeza más baja que las caderas y el culo levantado, como en una camilla inclinada al revés.
La segunda: acababa de salir de la ducha con un vestido veraniego ligero y, en contra de su costumbre, no se había puesto ropa interior.
De modo que Carla quedó atrapada en aquel artilugio, con el vestido escurrido hacia la cintura, las piernas entreabiertas por la postura y todo su sexo a la vista, justo a la altura de mi cara.
—Anda, ayúdame a levantarme —pidió entre risas, todavía sin darse cuenta del cuadro que tenía delante.
Iba a hacerlo. De verdad que iba a darle la mano. Pero su sexo me estaba llamando a gritos. Así que, en lugar de tirar de ella, me arrodillé entre sus piernas, saqué la lengua y la pasé despacio, de abajo arriba, por el exterior de sus labios.
El suspiro que soltó me dejó claro que iba por buen camino. Repetí el recorrido, esta vez más lento aún, ahora de bajada. Otro suspiro me confirmó que podía seguir, y empecé a lamer arriba y abajo con calma, que es como a ella le gusta para entrar en calor.
—Mira que eres... —murmuró, pero ya no hablaba de levantarse.
Cuando llevaba unos cuantos lametones, ella bajó las manos y se separó los labios con dos dedos. Sabe que me vuelve loco verla abrirse así para mí, y es la señal de que puedo ir más allá.
Mi lengua empezó a recorrer cada pliegue, a empujar en la entrada y a subir y bajar, pero esquivando el clítoris a propósito. Lo bueno se hace esperar.
Carla movía la pelvis buscando mi boca, intentando que la rozara donde más quería, y yo seguía retirándome apenas un milímetro cada vez. Mientras tanto, todo empezaba a humedecerse y a palpitar bajo mi lengua. Los suspiros se volvieron más seguidos, una respiración entrecortada que delataba lo cerca que estaba.
Cuando consideré que ya era hora, acerqué la punta de la lengua y, solo con la punta, rocé su clítoris por primera vez.
—Aaah... me estás matando. Sigue, sigue así —dijo con la voz quebrada.
No contesté. Tenía la boca ocupada. Tenía que lamer, tenía que succionar, tenía que hacer vibrar la lengua justo ahí, sin presionar de más, como ella necesita.
No paraba de mover las caderas. Acerqué entonces los dedos por primera vez. Pasé el índice y el corazón por sus labios para mojarlos bien y los introduje despacio, sin pausa, hasta el fondo. Carla arqueó la espalda dentro del sillón, el cuerpo entero le temblaba, y supe que estaba a un paso del final.
Empecé un vaivén lento con los dedos, ganando velocidad poco a poco. La lengua, coordinada, le trabajaba el clítoris en pequeños círculos. El ritmo subía, los suspiros se amontonaban, hasta que estalló con un grito que debieron escuchar todos los vecinos del bloque.
Fui retirando los dedos con cuidado mientras ella cerraba las piernas y seguía convulsionando, atrapada en el dichoso sillón inclinado.
—Joder con la mesa para la tele —dije, y los dos soltamos una carcajada en medio del jadeo.
Normalmente, después de correrse, Carla necesita unos minutos de tregua, y suele ser el momento de los abrazos y los besos lentos. Pero esta vez fue distinto. Me acerqué a su cara, que seguía muy baja por la postura, y cuando iba a agacharme para besarla me detuvo poniéndome la mano encima del pantalón, justo sobre la erección que ya no podía disimular.
—Necesito verla. Sácala —susurró, todavía con el pecho agitado.
En un par de movimientos me quité la ropa y volví a acercarme a ella, que seguía con ligeros temblores. Dejé mi sexo a la altura de su mano. Lo acarició y empezó una masturbación suave, lenta, casi de reconocimiento. Enseguida aceleró, y me quejé.
—Está muy seca, me vas a hacer daño así.
—Ven aquí, que la lubrico yo —dijo con una sonrisa pícara.
Con su postura tan extraña no sabía bien cómo colocarme, pero tras un par de intentos encontré el ángulo. Ella tenía la cabeza muy baja, casi colgando del borde del asiento hundido, así que me acerqué desde atrás y llevé mi sexo hasta su boca.
Podría parecer incómodo, pero era justo lo contrario. Ella estaba recostada sobre un sillón nuevo y mullido, en esa «L» involuntaria que yo había montado por error. Yo, de pie, quedaba exactamente a la altura perfecta. Lo fui introduciendo despacio hasta dejarlo alojado en su boca, y empecé a entrar y salir con suavidad mientras ella me acariciaba con las dos manos.
Poco a poco fui ganando ritmo. Cuando me retiraba, ella paseaba la lengua por toda la longitud. Cuando volvía a entrar, me acariciaba con los dedos. Yo le sostenía los pechos, jugaba con sus pezones, tirando apenas de ellos.
Me detuve un momento.
—¿Por qué la sacas? —protestó.
—¿Estás bien así? Te la he metido bastante.
—Sí, en esta pose no me molesta nada. Tú sigue. Si me paso de incómoda, te doy una palmada.
Esa es nuestra señal de siempre: una palmada en el muslo o en el culo cuando voy demasiado profundo o demasiado rápido. Volví a entrar, esta vez probando a llegar un poco más adentro. No hubo palmada. Si ella estaba bien, yo estaba mejor.
Fui aumentando la velocidad y la profundidad al mismo tiempo. Cuando quise darme cuenta, estaba entrando del todo, sin reservas. Me quedé quieto un instante, y entonces sí llegó la palmada.
—¿Estás bien? —pregunté, retirándome enseguida, preocupado.
—Cof, cof —tosió un par de veces—. Sí, todo bien. Solo déjame respirar de vez en cuando. Pero sigue, no me molesta para nada.
Menos mal. Por un segundo pensé que se había enfadado. Volví a entrar despacio, me aseguré de no pasarme, y la dejé respirar cada pocos movimientos. Repetí la operación varias veces, encontrando un ritmo que a los dos nos funcionaba.
—Dios, me encanta —no pude evitar decir en voz alta.
Cuando me retiraba, ella tenía la cara perlada de humedad, pero no parecía molestarle en absoluto. Al contrario: volvía a buscarme con ganas. En una de esas, apoyó las manos en mi culo y empezó a marcarme ella el ritmo: más rápido, más adentro.
Aunque lo nuestro de las posturas cruzadas es frecuente, había algo que casi nunca hacíamos: yo no solía terminar en su boca. Decía que no le terminaba de gustar el sabor. Siempre me retiraba un poco antes y acababa sobre sus pechos.
—Me voy a correr —avisé, empezando a apartarme.
Pero ella apretó las manos contra mi culo, marcándome que no lo hiciera, que siguiera. Esa tarde quería que terminara dentro, y no tardé en hacerlo. Sentí los espasmos recorrerme entero mientras ella hacía el esfuerzo de tragar. Una novedad más en una tarde llena de ellas. Me fui retirando como pude, porque las piernas apenas me sostenían.
Acabé sentado en el suelo, con la espalda contra el sofá y la respiración hecha pedazos. Me arrastré hasta su cara y la besé sin pensarlo. Nunca lo había hecho así, justo después. Era un sabor extraño, sí, pero ella lo había aceptado sin rechistar, y no era tan distinto de cuando yo la besaba a ella después de correrse en mi boca.
Fui recuperando el aliento poco a poco. Me levanté, le di la mano y, entre risas, la ayudé a salir de aquel sillón inclinado que seguía con sus hidráulicos a media asta.
—¡Joder con el mueble! —dijo ella, peinándose con los dedos.
—Voy a escribirles a los suecos para que le cambien el nombre. Que lo llamen LOVESTOL, el sillón del amor.
—Y que corrijan las instrucciones de montaje —añadió Carla, mordiéndose el labio—. Las que traen están claramente mal.
Al día siguiente lo desmonté y lo armé como Dios manda. Quedó perfecto, cómodo, exactamente como prometía la web. Pero os confieso una cosa: cada vez que me siento en él a echar la siesta del sábado, no es precisamente el sueño lo primero que me viene a la cabeza.





