Me acosté con dos viejas y aún no sé por qué
No recuerdo sus nombres. Por más años que hayan pasado, sin embargo, he sido incapaz de olvidar sus caras. Y, sobre todo, sus cuerpos.
Todavía hoy no termino de entender qué me empujó a ir a buscarlas, ni cómo me dejé enredar en aquello. Yo, que por entonces era joven, atractivo, y hasta tenía una novia preciosa, cariñosa y risueña, con las carnes firmes, suaves y colocadas exactamente donde correspondía.
No logro explicarme de dónde saqué el valor para acostarme con ellas. Pero el caso es que lo hice.
Y eso que no se trataba de un par de maduras elegantes, atractivas y cuidadas como las de las películas. Nada de eso: eran dos viejas feas, ajadas y desagradables en el sentido más amplio del término.
La menos vieja era un esperpento de piernas flacas, barriga blanda, pechos caídos y aliento a aguardiente. Era, con todo, la más guapa de las dos.
La otra era un pellejo enjuto, lleno de arrugas y verrugas, casi sin pelo, del que asomaban unos pechos de forma y tamaño bastante aceptables que, por el contraste, le daban un aire todavía más monstruoso al resto del conjunto.
Las dos, además, arrastraban ese olor a pescado no del todo fresco y a salmuera de aceitunas que suele acompañar a las ancianas en sus momentos de intimidad. Aunque, la verdad sea dicha, por entonces yo aún carecía de datos suficientes como para hacer un estudio mínimamente serio del asunto.
No sé por qué no salí corriendo de allí en cuanto las vi. No sé por qué me dejé convencer para montármelo con las dos, en lugar de con una. Supongo que en algún rincón escondido incluso para mí mismo se agazapaba una fascinación enfermiza por las ancianas decrépitas. O algo parecido.
A lo mejor en algún pliegue olvidado de mi memoria yacía la imagen de mi abuela saliendo desnuda de la ducha, o agachándose sin ropa interior a recoger unas patatas del huerto, como era costumbre entonces, y ese recuerdo enterrado me atormentaba sin que yo lo supiera y me empujaba a cometer locuras como aquella. Qué sé yo.
O tal vez sea, sencillamente, que soy, he sido siempre y lo seré hasta que cruce al otro lado del río, un guarro, un golfo y un cerdo.
Así, imagino, se explica que aceptara tumbarme en aquella cama desvencijada entre los dos esperpentos. Que dejara que me manosearan y me lamieran por aquí y por allá. Que permitiera que acercaran a mis partes sus bocas desdentadas y me devoraran sin pudor.
La menos vieja lo hacía casi con pereza, aunque el tacto de su lengua resultaba agradable. No tanto el de sus pocos y maltrechos dientes, cuyo roce, por suerte, no llegaba a doler gracias al efecto vagamente anestésico de los vapores del aguardiente. La otra, en cambio, me la chupaba con un ansia que habría sido excitante de haber conservado su dentadura natural, perdida vaya a saber cuándo por enfermedades que prefiero no imaginar. Debo admitir, eso sí, que el vaivén de la dentadura postiza bailando alrededor de mi miembro tieso producía un cosquilleo que, llamémoslo, resultaba interesante.
El cuarto era angosto y olía a cerrado, a ropa guardada demasiado tiempo y a algo dulzón que no supe identificar. Una bombilla amarillenta colgaba del techo, sin pantalla, y proyectaba sombras temblorosas sobre las paredes empapeladas con un motivo de flores descoloridas. Sobre la cómoda había fotografías viejas en marcos de plástico, retratos de gente que ya no estaba, y por un instante me pregunté quiénes habrían sido aquellas dos mujeres antes de convertirse en lo que ahora tenía encima. Pero el pensamiento duró poco, porque enseguida volví a lo mío, que era dejarme hacer.
***
Después, la menos vieja se montó encima de mí y dio cuatro saltos antes de agotarse por completo. Casi se lo agradecí, porque su aliento alcohólico era demasiado potente para un olfato humano normal. Entonces la otra se despatarró, dejando expuesta su entrepierna pelada y húmeda, y me pidió que la penetrara.
Y yo lo hice. Sin dudarlo un instante.
La menos vieja me cambió el preservativo usado por uno nuevo y yo se la metí de un solo empujón a la más anciana. No me explico cómo logré mantener la erección con aquel espectro deshecho ante mí, pero el caso es que la mantuve. Y no a medias, lo justo para salir del paso. No. La cruda verdad es que la tenía más dura que un clavo, y una vez que empecé con el vaivén el instinto que nos empuja a los hombres a rellenar agujeros de toda índole tomó el control de mi persona y me llevó a follármela con bastante energía. Eso sí, procurando mantener la cara lo bastante lejos de la suya como para evitar que intentase darme un beso o cualquier otra muestra de cariño.
Su sexo, a qué negarlo, no estaba mal. Lo notaba a través del látex finísimo, caliente y resbaladizo. Sus pechos rebotaban como flanes de carne temblorosa con cada embestida, y ella gemía sin parar.
—Sí, sí, eso, así —me decía, relamiéndose los labios marchitos con una lengua no menos marchita.
La menos vieja, agazapada a mi espalda, me acariciaba las nalgas y jadeaba, no sé si fingiendo excitación o ahogándose con el calor agobiante del cuarto, echándome encima su aliento húmedo y apestoso a alcohol barato.
Todo aquello me asqueaba profundamente y, al mismo tiempo, me excitaba de un modo extraño y enfermizo que todavía hoy, tras tantas y tan variadas aventuras de cama —y de sofá, y de asiento trasero, y de baño público—, me deja ligeramente perplejo. Tanto es así que no tardé demasiado en correrme, y de forma bastante intensa y placentera, dentro de aquella mujer.
***
Ella también había llegado al final, acompañando el clímax con grandes voces guturales y con unos espasmos violentos que hacían temblar todo dentro de su cuerpo. Por un momento temí, cosas de la edad, que le diera un infarto fulminante, dejándome a las puertas de la necrofilia y con una serie de explicaciones complicadísimas que ofrecer a enfermeros, policías y forenses.
Pero no solo no estaba muerta, sino que tenía toda la intención de seguir. Después de terminar la faena me costó quitármela de encima, porque al parecer le había quedado cuerda para rato, y no hacía más que pellizcarme las nalgas con dedos huesudos y lanzarme certeros lengüetazos al pecho, supongo que para animarme a un segundo asalto que, pasados ya los efectos del inesperado calentón y recuperado al menos en parte el sentido de la estética, nunca llegó.
Cuando salí de aquella casa no acababa de creerme lo ocurrido. No podía dejar de bendecir mentalmente al inventor de los preservativos, fuera quien fuera, ni de rezar para que aquellas dos no me hubieran contagiado ninguna porquería.
Y, sin embargo, aquella misma noche me masturbé recordando la estrafalaria experiencia. Durante un par de semanas, cada vez que hacía el amor con mi adorada novia, se me colaba en plena faena la imagen de aquella vieja estremeciéndose conmigo. El caso es que, en el fondo y por razones que entonces no comprendía, me había gustado revolcarme con aquellos dos despojos.
***
Me había gustado lo suficiente para que no fueran, ni de lejos, las dos últimas viejas con las que me acostaría.
Volví a buscarlas un mes más tarde. Me dije que sería la última vez, que solo quería entender qué demonios me pasaba, que después de aquello cerraría el asunto para siempre. Me lo dije mientras subía la escalera oscura, mientras llamaba a la puerta, mientras la menos vieja me abría con la misma sonrisa hueca de la primera noche.
Lo que descubrí en aquellos meses es que la atracción no siempre tiene que ver con la belleza. A veces tiene que ver con el morbo, con lo prohibido, con esa parte de uno mismo que prefiere mantener a oscuras y que, sin embargo, da los gritos más fuertes. Yo era joven, lo tenía todo, y aun así regresaba una y otra vez a aquel piso que olía a humedad y a cazuela vieja, a dejarme devorar por dos ancianas que la sociedad había decidido enterrar mucho antes de tiempo.
Con el tiempo dejé de ir. Conocí a otras mujeres, mayores también, algunas casi tan ajadas, otras solo experimentadas. Aprendí que en cada una había una historia, un hambre acumulada, una urgencia que ninguna mujer joven me ofrecía. Aprendí que el deseo de las señoras a las que nadie mira es un deseo limpio, sin cálculos ni vanidades, desnudo en el sentido más honesto de la palabra.
Nunca se lo conté a nadie. Ni a mi novia de entonces, ni a las que vinieron después, ni a los amigos con los que uno presume de conquistas. Era un secreto demasiado sucio, demasiado mío. Y, como todos los secretos sucios, también el más fiel.
Hoy, cuando me miro en el espejo y veo las primeras arrugas, los pelos blancos, la piel que empieza a rendirse, pienso en aquellas dos mujeres sin nombre y entiendo, por fin, lo que entonces no comprendía. Que un día yo seré el viejo. Que un día también yo desearé con la misma ansia desesperada de los que ya no tienen nada que perder.
Y que, si alguien lo bastante guarro, lo bastante golfo y lo bastante valiente decide entonces acostarse conmigo, ojalá disfrute de mí la mitad de lo que yo disfruté, sin merecerlo, de aquellas dos viejas a las que jamás supe dar las gracias.





