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Relatos Ardientes

Le agradecí en el aula vacía lo que hizo por mí

Estábamos en la recta final del curso de habilitación, esa academia para adultos donde todos llegábamos reventados después de la jornada laboral. Yo cargaba con tres exámenes atrasados y una angustia que no me dejaba dormir: la asignatura de cálculo financiero se me había convertido en un muro. Cada noche salía del aula con la sensación de estar a punto de tirar por la borda meses de esfuerzo y el dinero de la matrícula.

Fue entonces cuando Damián se acercó a mi pupitre. Era uno de esos tipos a los que casi nadie prestaba atención: callado, un poco desaliñado, con un humor extraño que solo entendían dos o tres personas. Hablaba de cómics, de series asiáticas y de cosas que al resto del grupo le resultaban marcianas. Pero era, sin discusión, el más brillante de la clase. El único que terminaba los ejercicios antes de que el profesor acabara de escribirlos en la pizarra.

Traía una carpeta llena de folios impresos. Me la tendió sin demasiada ceremonia.

—Son para ti —dijo, evitando mirarme a los ojos—. Eres de las pocas personas que me trata bien aquí dentro. Te lo has ganado.

Se dio media vuelta antes de que pudiera responder. Abrí la carpeta y casi se me cae al suelo: eran todas las prácticas que me faltaban, resueltas paso a paso, con una letra apretada y anotaciones al margen explicando cada fórmula. Material suficiente para remontar la nota y aprobar.

Las entregué al día siguiente. Una semana después, el profesor publicó las calificaciones y mi nombre figuraba entre los aprobados. Gracias a él. Solo a él.

***

Durante los días siguientes lo observé desde la distancia. Siempre el último en irse, siempre recogiendo sus cosas despacio, como si nadie lo esperara fuera. Yo sabía que le gustaba. Lo notaba en cómo se ponía nervioso cuando me sentaba a su lado, en cómo bajaba la voz al explicarme un concepto, en la manera en que sus dedos tropezaban con el bolígrafo cuando yo me acercaba demasiado.

Y, para mi sorpresa, me descubrí pensando en él más de lo que habría admitido en voz alta. No era guapo en el sentido convencional, pero tenía unas manos largas y cuidadas y una voz grave que solo aparecía cuando se olvidaba de tener vergüenza. Empecé a fijarme en esos detalles durante las clases, mientras el profesor hablaba de amortizaciones y yo lo miraba de reojo a él, preguntándome cómo sería ese hombre callado cuando se soltaba de verdad. Me imaginaba sus dedos largos metiéndose entre mis piernas, su boca callada dedicándose a chuparme el coño con la misma paciencia con la que resolvía integrales. Se me humedecían las bragas en plena clase de solo pensarlo.

Otras veces le había dado las gracias con un café o con un «te debo una» dicho al vuelo. Esta vez sentía que eso no bastaba. Quería agradecerle de otra forma. De una forma que no pudiera devolver con palabras.

La última tarde del curso, cuando el pasillo ya se vaciaba y solo quedaba el zumbido de los fluorescentes, lo alcancé en la salida y le rocé el brazo.

—Ven conmigo un momento.

Lo guié hasta una de las aulas del fondo, las que nunca se usaban a esas horas. Cerré la puerta y eché el pestillo. La luz entraba anaranjada por la ventana, cortada por las persianas, y dibujaba franjas sobre las mesas vacías.

—¿A dónde me llevas? —preguntó, y había en su voz una mezcla de desconcierto y otra cosa que no quiso nombrar.

—Damián, he aprobado casi todo gracias a ti. Y llevo días pensando cómo pagártelo. —Me acerqué un paso—. Pídeme lo que quieras. Lo que sea.

Tragó saliva. Me recorrió de arriba abajo con una mirada que tardó demasiado en volver a mis ojos. Cuando habló, lo hizo casi en un susurro, como quien confiesa algo que lleva mucho tiempo guardando.

—Siempre he querido… verte el coño. Quiero comprobar si es verdad todo lo que imaginé estas semanas. —Hizo una pausa, y se atrevió—. Quiero verte, tocarte, meterte los dedos. Y después chupártelo hasta que te corras en mi boca. ¿Se puede?

Así que no era tan tímido como aparentaba.

—Se puede —respondí—. Puedes hacerme lo que se te antoje.

Llevaba una falda fina de verano. Me apoyé en el borde del escritorio del profesor, me deshice de las bragas sin apartar la vista de él, me las quité de un tirón y las dejé caer sobre la tarima. Me remangué la falda hasta la cintura y abrí las piernas despacio, mostrándole todo. El aire fresco del aula me golpeó el coño mojado y me hizo cerrar los ojos un segundo.

—Joder —murmuró él, con la voz ronca—. Estás empapada.

—Llevo toda la tarde así, pensando en esto —confesé.

Se acercó como si se aproximara a algo frágil. Sus dedos rozaron mis labios con una timidez que contrastaba con lo que acababa de pedirme. Los abría y los cerraba, exploraba cada pliegue con una curiosidad casi reverente, separándome bien para verlo todo. Pasó el pulgar por la entrada y comprobó cómo se le hundía sin resistencia, resbalando en mi humedad. Luego encontró el clítoris y lo presionó con suavidad, midiendo mis reacciones, atento a cada cambio en mi respiración.

—Eres preciosa —murmuró, y por primera vez no apartó la mirada del coño abierto delante de su cara—. Tienes un coño precioso.

Se humedeció el dedo con mis propios jugos y volvió, esta vez con más decisión, trazando círculos lentos sobre el clítoris que me arrancaron un gemido contenido. Yo me agarraba al borde de la mesa para no perder el equilibrio, mientras él me metía primero un dedo y después dos, hundiéndolos hasta el fondo y sacándolos brillantes de flujo. Quién lo hubiera dicho del hombre callado que nadie soportaba en clase.

—Mira cómo chorreas —dijo, enseñándome los dedos empapados antes de volver a metérmelos—. Estás loca por que te folle, ¿verdad?

—Sí —jadeé—. Pero primero cómemelo. Prometiste que ibas a probármelo. No te quedes con las ganas.

No hizo falta repetirlo. Se arrodilló entre mis piernas y acercó la boca con una seguridad que me desarmó. Su lengua recorrió todo el largo del coño de abajo arriba antes de detenerse en el clítoris, aplastándolo contra el paladar y succionándolo con hambre. Lo que había empezado como un agradecimiento se convirtió, en cuestión de segundos, en algo que me nubló la cabeza.

Hundía la lengua entre los labios, la metía en el agujero como si me estuviera follando con ella, y luego subía a succionar el clítoris hinchado, alternando el ritmo con una precisión que no encajaba con su torpeza de minutos antes. Yo gemía cada vez más alto, consciente del silencio del edificio y sin poder evitarlo. Me abrí la blusa de un tirón, me bajé el sujetador y me apreté las tetas, pellizcándome los pezones duros, pidiendo más sin palabras.

—Métemela otra vez —le supliqué—. Los dedos. Fóllame con los dedos mientras me chupas.

Introdujo dos dedos y los curvó hacia arriba, buscando, y los movió dentro de mí mientras su boca seguía trabajando sin tregua sobre el clítoris. Encontró un punto esponjoso que me hizo arquear la espalda contra la pizarra y soltar un gemido que retumbó en el aula. Metió un tercer dedo. Me retorcía sobre el escritorio, con los talones clavados en sus hombros, sintiendo cómo el chapoteo de su mano bombeando dentro de mí se mezclaba con el ruido húmedo de su boca comiéndome el coño.

—Me corro, joder, me voy a correr en tu cara —le avisé, agarrándolo del pelo y aplastándole la cara contra el coño—. No pares, no pares, no pares.

Y no paró. Aguanté todo lo que pude. Cuando ya no fue posible, me corrí con un temblor largo que me sacudió entera, empapándole la boca y la barbilla, con los muslos apretándole las orejas y las uñas clavadas en su cuero cabelludo. Él siguió chupando despacio, tragándose todo lo que le caía, dejando que la última oleada me recorriera. Solo entonces se incorporó con una media sonrisa que no le conocía, la boca y el mentón brillando de mí.

—Sabes de puta madre —dijo, relamiéndose los labios.

***

Tardé unos segundos en recuperar el aliento. Tenía la espalda pegada a la fría superficie de la mesa, las tetas fuera y el corazón todavía golpeándome con fuerza. Cuando por fin abrí los ojos, lo encontré observándome desde abajo, con las mejillas encendidas y una expresión que mezclaba orgullo y deseo. Se limpiaba la barbilla con el dorso de la mano y se chupaba los dedos uno por uno. Supe entonces que la deuda no estaba saldada. Todavía no.

—Siéntate —le ordené, señalando la silla del profesor—. Sácatela.

Obedeció sin rechistar. Se desabrochó el pantalón, se lo bajó hasta las rodillas junto con los calzoncillos y su polla saltó fuera, dura, gruesa, con el glande brillante y una gota de líquido en la punta. Más grande de lo que había imaginado. Me arrodillé entre sus piernas sobre el suelo frío del aula y le sujeté la verga con las dos manos, sopesándola, admirándola un segundo antes de acercar la boca.

Empecé despacio, paseando la lengua a lo largo de toda su extensión, desde los huevos hasta la punta, deteniéndome en el frenillo, donde sabía que más lo enloquecería. Le lamí los cojones uno por uno, me los metí en la boca con cuidado, y volví a subir, sin prisa, dejándole un rastro de saliva por todo el tronco. Le besé el glande, lo lamí en círculos, recogí con la lengua la gota que le asomaba.

—Joder, qué boca tienes —jadeó, con la nuca apoyada en el respaldo.

Bajé hasta la base y subí de nuevo, esta vez chupando con fuerza al retirarme, haciendo hueco con las mejillas. Mis manos hacían el resto: una masturbándole la base con saliva, la otra jugando con los huevos. Él me acariciaba el pelo con una ternura que chocaba con la situación. Me lo metí en la boca por fin, entero, hasta que noté la punta chocarme contra la garganta y las lágrimas asomándome a los ojos. Aguanté, tragando saliva alrededor de la polla, notando cómo se le entrecortaba la respiración, cómo se aferraba al borde de la silla con los nudillos blancos.

Empecé a subir y bajar rápido, con la boca cerrada apretándolo, sacando ruidos húmedos que retumbaban en el aula vacía. Entonces me apartó el pelo de la cara con cuidado y me levantó la barbilla, obligándome a mirarlo con su polla todavía metida entre los labios.

—Mírame mientras me la chupas —pidió—. No apartes los ojos.

Obedecí. Y había algo en sostenerle la mirada, con la verga hundida en mi boca hasta el fondo, que lo encendía más que cualquier otra cosa. Su mano firme en mi nuca empezó a marcar el ritmo, primero suave, después más exigente, follándome la boca sin miramientos. Yo me dejé llevar, dejando que embistiera, sin apartar nunca los ojos de los suyos, leyendo en su cara cada uno de los efectos que provocaba. Le caía la saliva por la barbilla, se me corría el maquillaje, y me daba igual.

—No sabes la de veces que me he hecho una paja pensando en esto —confesó entre jadeos, empujándome la cabeza—. En tu boca, en tu coño. Nadie como tú.

La sacó un momento para dejarme respirar y me abofeteó suavemente los labios con ella, restregándomela por la cara. Yo saqué la lengua y él me la apoyó encima, mirándome con una hambre nueva. Volvió a metérmela y yo volví a chupar, más rápido, apretando los cojones en la palma de la mano, notándolos tensarse.

—Me voy a correr —avisó, con la voz rota—. Dime dónde.

—En la cara —le contesté, sacándomela un segundo—. Córrete en mi cara.

Lo sentí tensarse, a punto. Yo seguí bombeándole la polla con la mano mientras le lamía el glande con la punta de la lengua. Cuando ya no pudo más, gimió ronco y estalló, disparándome la primera corrida en la mejilla y los labios, la segunda en la lengua que yo mantenía fuera para recibirla, y las últimas sobre las tetas. Un gemido largo, sucio, que retumbó en el aula vacía. Yo me quedé allí, arrodillada, empapada de su semen, sintiéndome poderosa de un modo que no había sentido en mucho tiempo.

Me pasé un dedo por la mejilla, recogí una gota espesa y me la chupé mirándolo a los ojos. Después me incliné otra vez y le limpié la polla con la boca, sin prisa, apurando las últimas gotas, mientras él me miraba como quien no termina de creerse lo que acaba de pasar.

—Qué manera de dar las gracias —dijo, casi riendo, todavía sin aliento.

—Te lo merecías —respondí, relamiéndome.

***

Nos vestimos en silencio, acomodándonos la ropa, alisándonos el pelo frente al reflejo oscuro de la ventana. Me limpié la cara con un pañuelo, me subí el sujetador, me abroché la blusa. Las bragas mojadas me las guardé en el bolso; salí sin ellas debajo de la falda. Cuando abrí el pestillo y salimos al pasillo, lo hicimos como si nada hubiera ocurrido, como dos compañeros que se despiden al final de un curso.

Nadie supo nunca lo que pasó aquella tarde en el aula del fondo. Damián siguió siendo el hombre callado al que pocos prestaban atención. Pero cada vez que me cruzaba con él por la academia y me dedicaba esa media sonrisa tímida, yo sabía exactamente lo que escondía detrás: la boca que me había comido el coño hasta hacerme correr, y la polla que me había llenado la cara de semen sobre la silla del profesor.

Aprobé el curso, sí. Pero lo que de verdad me llevé de aquellos meses no fue el certificado. Fue la certeza de que las personas más silenciosas suelen guardar los deseos más sucios, y que a veces el mejor agradecimiento es el que se da con la boca llena, sin decir una sola palabra.

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Comentarios(7)

LucasDelV

increible!!! me engancho desde la primera linea

ValePBA

Que bueno, esperando la segunda parte ya!!!

NadiaR_08

Me recuerdo de algo parecido que vivi, aunque no salio tan bien jajaja. Muy bueno el relato

Carlos_Lector

Buenísimo. Corto pero dice todo.

SebasNoche

Lo que mas me gusta es como construye la tension sin apurarse. Se siente real, no forzado. Ojala haya mas historias asi.

Tomás_BA

hay continuacion? quede con ganas de leer mas

MiriamV09

Dios que historia... me dejo sin palabras

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