Le confesé al huésped del 168 mis peores secretos
—Es la tercera vez que cometés el mismo error.
La rubia que me hablaba con ese tono de reina ofendida era Bárbara, mi jefa. Me encantaría poder decir que es una insoportable, y a veces lo es, pero esta vez la culpa era toda mía.
—Lo siento muchísimo, yo…
—Renata, es la tercera. No la primera ni la segunda. ¿Cuántas veces te pedí que verifiques antes de reservar una suite? Sos demasiado distraída. Si vuelve a pasar, me vas a obligar a despedirte.
—Le prometo que voy a poner más atención.
Trabajo como recepcionista en un hotel que no es de lujo, pero tiene tres suites preciosas que casi nadie reserva porque salen una fortuna. Justamente por eso no suelo revisar dos veces cuando alguien llama para pedir una: es rarísimo que pase. En dos años me equivoqué tres veces, y siempre terminó conmigo al borde de las lágrimas detrás del mostrador.
—Esta es tu última oportunidad —remató Bárbara antes de irse.
Me quedé sola, mordiéndome el labio. Necesito este empleo. Vivir sola a los veintisiete no es nada fácil, y reconozco que me paso un poco con la tarjeta. Mis amigas dicen que gasto demasiado en ropa. ¿De qué sirve trabajar tanto si no puedo darme un gusto de vez en cuando?
Fui al baño, me lavé la cara y me miré en el espejo. Tengo el pelo negro y bien lacio, la piel morena. No me considero una belleza, pero los hombres me gritan barbaridades en la calle por culpa de mi cola, que es bastante grande. A Bárbara, en cambio, le encanta cómo me queda el uniforme ajustado. «Dejalos mirar —suele decirme mientras me roza una nalga—, es bueno para el negocio.»
Si supiera lo lejos que iba a llegar esa frase.
***
Una semana después llegó él. Un hombre alto y atlético, de piel oscura, no más de treinta y cinco años. Hablaba un español fluido pero con un acento marcado, el de alguien que aprendió inglés primero. Se acercó al mostrador con una calma que imponía.
—Tengo una reserva a nombre de Marcus Hale.
Lo recordaba: había llamado el día anterior, yo misma cargué la reserva.
—Bienvenido, señor Hale. Aquí está. Le preparamos la habitación 168, cama individual, tal como pidió.
—Creo que hay un error, señorita —su voz era grave, pero cordial—. Yo pedí la 178. La uso siempre que vengo al país, y tiene cama doble.
Se me heló la sangre. Revisé el sistema con la esperanza de que estuviera libre, pero no: la había ocupado un matrimonio esa misma mañana. Otra vez. Otra vez había metido la pata.
—Le ruego que me disculpe, señor Hale. La 178 está ocupada y no nos quedan habitaciones con cama doble.
—¿Cómo puede ser? Exijo hablar con la encargada.
—Por favor, no —se me quebró la voz—. Si habla con ella me despiden, ya me lo advirtieron. Fue un error mío. Busquemos otra solución, se lo suplico.
Lo pensó unos segundos. No parecía un ogro.
—Mire, quería esa habitación porque planeaba llamar a una dama de compañía. ¿Me entiende? —asentí, colorada—. Puedo arreglarme con la cama chica, pero solo si usted corre con ese gasto.
—Me parece justo. Yo lo cubro —preferí perder algo de plata antes que el trabajo—. Me llamo Renata.
—Encantado, Renata. Llame a este número y pida una pelirroja para las nueve.
***
A las ocho terminó mi turno. Llamé desde el bar del hotel y, cuando la mujer del otro lado me dijo el precio, casi me da un infarto. Era imposible. Corté sin despedirme, presa del pánico. Por segunda vez en el día le había fallado al señor Hale, y esta vez seguro me delataba.
A las nueve menos cinco subí a la 168, decidida a confesarle la verdad.
—Pensé que era la dama de compañía —dijo al abrir.
—De eso vengo a hablarle. No me alcanza el dinero para pagar la chica. Lo siento muchísimo.
—Esto cambia las cosas. Igual, no se preocupe, puede retirarse.
—Espere. No es justo que usted pierda por mis errores. Déjeme ser yo su dama de compañía. Sin costo.
Levantó una ceja.
—¿Tú? Eres muy linda, no lo discuto. Pero me gustan las mujeres con experiencia, y tú no parecés tener mucha.
—Haría lo que fuera. Y no soy ninguna santa, créame.
Me estudió un instante largo y se hizo a un lado.
—Veamos qué tan dispuesta estás. Pasá.
Entré temblando. La cama era estrecha, pero eso no me preocupaba.
—¿Tenés novio, Renata?
—Sí. Vivimos juntos desde hace tres meses —admití. Me dolía la idea de engañarlo, pero conservar mi empleo pesaba más esa noche.
—Te voy a confesar algo —dijo él, aflojándose la camisa—. A mí no me interesa tanto el sexo como que me cuenten. Me excita más escuchar las historias de una mujer que cualquier otra cosa. ¿Estarías dispuesta a contarme las tuyas?
—Sí… claro —respondí, y algo en mí se aflojó. El señor Hale era atractivo, y tenía una manera de hablar que desarmaba.
Se desvistió sin apuro. Tenía el cuerpo de alguien que entrena en serio, los hombros anchos, la piel tensa sobre el músculo. Me pidió que me recostara y que me tocara para él. Me dio vergüenza, pero obedecí. Pasé los dedos despacio, primero sobre los pechos, después más abajo, y para mi sorpresa no tardé en mojarme.
—¿Lo hiciste alguna vez con alguien que no fuera tu novio? —preguntó, sentándose al borde de la cama—. Contame sin dejar de tocarte.
Cerré los ojos y dejé que un recuerdo subiera solo.
***
—Una vez —empecé— fui a una tienda de ropa a buscar un pantalón para salir esa noche. Llegué justo cuando cerraban. El dueño, un hombre de unos cuarenta, canoso pero en forma, accedió a atenderme si elegía rápido. Se llamaba Raúl.
Marcus me escuchaba quieto, los ojos fijos en mí.
—Me probé un pantalón blanco, ajustadísimo, dos talles más chico de lo que creía. Me lo abroché con esfuerzo, sin ropa interior porque me molestaba. Me marcaba todo. Y cuando quise sacármelo, el botón no cedía. No salía de ninguna manera.
—¿Y qué hiciste? —su voz se había vuelto más densa.
—Tuve que pedirle ayuda. Se arrodilló frente a mí e intentó desabrocharlo. Después se puso detrás, me rodeó con los brazos para hacer más fuerza. Yo sentía su pecho contra mi espalda, y enseguida algo más. Empezó a frotarse, disimulando, mientras tiraba de la tela. Cada movimiento brusco le hacía rozarme entre las piernas, y con el pantalón tan ajustado era como si me tocara directamente.
Mientras lo contaba, me metí los dedos sin pensarlo. Marcus se acariciaba despacio, observándome.
—Seguí —murmuró.
—El pantalón se rasgó cuando me agaché. Raúl se hizo el que lo revisaba, pero en realidad me tenía abierta de piernas, tocándome con la excusa de mirar la costura. Yo estaba mojadísima y ya no fingía. Entonces se animó del todo: me bajó lo que quedaba del pantalón, se sacó el suyo y me la metió ahí mismo, contra el mostrador. Lo hicimos en el piso, sobre la alfombra, un largo rato. Me hizo gozar más que mi propio novio.
—¿Y te fuiste así nomás?
—Me regaló dos pantalones de mi talla. Antes de salir le di una última chupada, de despedida —sonreí con la cara ardiendo—. Nunca se lo conté a nadie.
—Sos una caja de sorpresas —dijo Marcus, y se acercó.
***
Lo que siguió me cuesta reconocerlo todavía. Tomó su miembro y me lo ofreció. Incliné la cabeza hacia atrás y lo recibí. Era grueso, firme, con un sabor que no me desagradó. Lo lamí entero, despacio, mientras él me hundía dos dedos. La saliva me chorreaba por la comisura. ¿De verdad estoy haciendo esto?, pensé. Técnicamente era un intercambio por dinero. Yo tenía que pagarle una prostituta y no me alcanzaba, así que la prostituta era yo. Siempre creí que si me ofrecían plata por sexo me ofendería de inmediato. Y mírenme.
—Tuviste que haber vivido más cosas como esa —dijo, recostándome de nuevo—. Contame otra.
Le hablé del día en que mi ex y un amigo suyo me convencieron, en una casa, calientes los tres, hasta terminar en una situación que jamás imaginé protagonizar. Se lo conté entero, sin ahorrarme nada, mientras él me embestía con una suavidad sorprendente, sin alterar siquiera la respiración. Cada palabra que yo soltaba parecía excitarlo más que el roce de nuestros cuerpos.
—Tú narras de maravilla —me dijo, y me sentí halagada y avergonzada a la vez.
Me puse en cuatro sobre la cama. Él me sostuvo de la cintura y me dio sin pausa, hasta que el placer me borró cualquier culpa. Justo entonces sonó mi celular. Era mi novio.
—Hola, amor… —jadeé.
—¡Mentira que estás trabajando! Hablé con tu jefa, tu turno terminó hace horas. Te noto agitada. ¿Estás con otro?
En una situación normal habría medido mi respuesta. Pero estaba demasiado excitada para mentir.
—Sí. Estoy con un huésped del hotel. Y la estoy pasando muy bien.
Se hizo un silencio largo.
—¿Me estás cargando?
—No, amor. Es la verdad. Y no es la primera vez que te engaño. Sos buena persona, pero yo quiero vivir. Quiero tener historias para contar. Con vos no tengo ni una. No me llames más. Quedate con el departamento; yo me arreglo.
Corté antes de que respondiera. No quería escucharlo. Me sentí, por primera vez en mucho tiempo, completamente libre.
—Señor Hale —dije, abriéndome de nuevo para él—, ¿le conté de la vez que dejé a mi novio por teléfono mientras un desconocido me cogía en un hotel?
—Esa —respondió, hundiéndose hasta el fondo— suena como la mejor historia de todas.
***
A la mañana siguiente desperté con el cuerpo molido y una sonrisa que no me cabía en la cara. Marcus ya se había ido; sabía de sobra que yo había sido la aventura de una noche, y me pareció bien. Me duché, me vestí y fui directo a la oficina de Bárbara.
La encontré hablando por teléfono. Me hizo una seña para que esperara, pero no esperé. Me senté en el borde de su escritorio, justo frente a ella, y le sostuve la mirada. Ella cortó la llamada a mitad de frase.
—¿Y esto? —preguntó, con una sonrisa que tardó en decidirse.
—Una compensación —dije—. Por todos mis errores. Sé que le gusto, y usted tampoco está nada mal. Soy distraída, no lo puedo evitar. Así que cada vez que me mande una macana, esta va a ser mi forma de agradecerle. Y tengo una habitación pagada por el resto del día, por si quiere que estemos más cómodas.
—¿Y tu novio?
—Ya no tengo. No le rindo cuentas a nadie. Salvo a usted.
—Es la mejor noticia que me diste en dos años, Renata.
Esa tarde, en la 168, tuve mi primera experiencia con una mujer. Bárbara llevaba meses fantaseando con ese momento; se le notaba en cada gesto, en la manera en que me recorría como si yo fuera algo que llevaba tiempo deseando. Y yo, que tantas veces había rechazado a otras chicas por miedo o por tonta, me pregunté por qué carajo no lo había hecho antes.
—¿Dónde tenías escondida a esta Renata? —me preguntó después, las dos rendidas y cubiertas de sudor.
—Siempre estuvo ahí —respondí—, detrás del mostrador, esperando permiso para salir. Pero esta ya no vuelve a pedir permiso.
A veces me pregunto si el señor Hale volverá algún día. Me encantaría poder contarle esta historia. Después de todo, fue él quien me enseñó que las mejores confesiones son las que una se anima, por fin, a decir en voz alta.





