Lo que hicimos en el coche al volver de la fiesta
Aquella noche de viernes fuimos a la fiesta de aniversario de unos amigos, en un salón a las afueras, lejos de casa. Yo ya sabía cómo iba a terminar la velada en cuanto vi la mesa: copas largas, botellas de vino tinto abiertas y un camarero que rellenaba sin preguntar. El vino me hace algo. No me emborracha tanto como me suelta, me calienta por dentro, me quita la vergüenza que cargo el resto de la semana.
Mi marido, Damián, me conoce de memoria después de tantos años. Durante la cena no me quitó el ojo de encima. Cada vez que el camarero se acercaba con la botella, yo levantaba la copa, y él notaba cómo se me iban encendiendo las mejillas y se me aflojaba la mirada.
—Te están haciendo efecto —me dijo al oído, medio en broma.
Ni te imaginas cuánto.
En vez de frenarme, me sacó a bailar. Y eso fue su error, o su acierto, según se mire. En la pista, pegada a él, aprovechaba cada giro para rozarle con la cadera, con el muslo, con la mano. Sentía cómo respondía debajo de la tela del pantalón, cómo se ponía duro de a poco, y eso me prendía todavía más que el vino.
—¿Qué haces? —me preguntó, fingiendo que no le gustaba.
—Nada —contesté, mordiéndome el labio—. Bailar contigo.
Aguanté hasta que ya no pude. Cansada de bailar pero con la cabeza ardiendo, me acerqué a su cuello y le dije que nos fuéramos, que ya había tenido suficiente fiesta para una noche. Damián entendió el tono. Se despidió de los anfitriones a las apuradas, casi tropezándose, y me agarró de la mano para salir.
El salón quedaba a una buena media hora de casa por carretera. En cuanto subimos al coche y arrancó, me incliné hacia él.
—Maneja despacio —le pedí—. No tengo ninguna prisa en llegar.
Él me miró de reojo, todavía sin entender del todo. No tenía la menor idea de lo que estaba por pasar.
***
Apenas dejamos atrás las luces del estacionamiento y nos metimos en la carretera oscura, le puse la mano en la pierna. Subí despacio, sintiendo el calor de su muslo bajo mis dedos, hasta que llegué a la hebilla del cinturón. Le bajé el cierre del pantalón sin decir una palabra y lo liberé para tenerlo todo a mi disposición.
—¿Aquí? —preguntó, y la voz le salió más ronca de lo que pretendía.
—Tú sigue manejando —le dije.
Me agaché sobre él y empecé despacio. Primero solo con la lengua, rozando apenas la punta, dibujando círculos lentos sin metérmela en la boca. Quería que se desesperara. Lo sentí endurecerse del todo en cuestión de segundos, y él se puso nervioso por un instante, mirando por los espejos.
—Nos pueden ver —murmuró.
—Entonces busca por dónde nadie nos vea.
Damián tomó la primera salida hacia unas calles secundarias, mal iluminadas, casi sin tráfico. Esa parte de él que se hacía el prudente desapareció en cuanto entendió que yo no iba a parar. Mientras él manejaba con las dos manos aferradas al volante, yo le pasaba la lengua de arriba abajo, lenta, demorándome en cada centímetro, sin tragármela todavía.
Con la otra mano le acariciaba debajo, despacio, sintiendo cómo se le tensaba todo el cuerpo. Para entonces el pantalón ya lo tenía caído hasta las rodillas y él apenas podía disimular la cara de placer frente al parabrisas. Cada bache, cada freno suave, lo sentía en la boca.
Y entonces, en una recta larga y vacía, me la tragué entera, hasta el fondo. Damián soltó un suspiro largo y apretó el volante.
—Así, mi amor, no pares —me pidió en un hilo de voz.
No paré. Subía y bajaba con un ritmo que iba marcando yo, no él. Cada vez que lo tomaba completo lo apretaba con fuerza, succionando, y notaba cómo le temblaban las piernas, cómo se le iba el pie del acelerador sin querer. Yo conocía cada reacción suya, sabía exactamente dónde apretar y dónde aflojar para dejarlo al borde sin dejarlo caer.
Mientras tanto, con los dedos jugaba más abajo, en esa zona que él nunca admitiría en voz alta que le gusta tanto. Lo conozco. Sé lo que disfruta aunque le dé pudor reconocerlo, y sé cuánto me gusta a mí descubrirlo perdiendo el control poco a poco.
***
En una de esas, lo sentí tensarse de golpe, a punto de terminar. Me retiré justo a tiempo. No era el momento, todavía no. Lo dejé respirando agitado, con la cara girada hacia mí en una súplica muda que decía «trágatelo», pero yo negué con la cabeza y le sonreí.
—Todavía no —le advertí—. Sigue manejando.
Él soltó una risa nerviosa, frustrado y excitado a partes iguales. Como yo llevaba un vestido corto, aprovechó un semáforo en rojo para meter la mano y apartarme a un lado la tela del tanga. Me acarició por encima primero, despacio, y después me penetró con los dedos. Yo estaba empapada, tan mojada que me daba vergüenza y me encantaba a la vez.
—Mírate cómo estás —me dijo, encantado de devolverme un poco de mi propio juego.
Tuve que morderme la mano para no gemir en plena calle. Quería que me la metiera ahí mismo, me moría por sentirlo, pero los dos sabíamos que no se podía, no en el coche en movimiento, no con la cabeza tan caliente y tan pocas neuronas funcionando. Así que volví a agacharme sobre él y seguí.
Esta vez fui más generosa. Lo tomaba completo, lo sostenía, lo soltaba para lamerlo entero y volvía a empezar. Disfrutaba de cada sonido que se le escapaba, de cómo intentaba mantener la vista en la carretera mientras todo su cuerpo me pedía que no me detuviera.
Cuando ya faltaban pocos kilómetros para casa, supe que había llegado el momento. Lo tomé de un solo movimiento, hasta el fondo, y apreté el ritmo. Damián trató de avisarme, hizo el ademán de querer apartarme con la mano, pero no lo dejé. Esa noche quería todo.
Lo sentí terminar, caliente, y me lo tragué poco a poco, sin soltarlo, hasta la última gota. Él solo atinaba a respirar entrecortado, con una mano en el volante y la otra hundida en mi pelo, repitiendo mi nombre como si no se lo creyera.
Me incorporé despacio, me limpié la comisura del labio con el dorso de la mano y lo miré.
—Qué rico, mi amor —le dije.
—¿Te lo… te lo tragaste? —preguntó, todavía aturdido, mirándome de reojo entre la carretera y yo.
—Hasta la última gota.
Le di un beso largo en los labios. Él sonrió, con esa cara de satisfacción y de incredulidad que tenía cuando algo lo superaba.
—Cuando lleguemos a casa te doy tu premio —me prometió, todavía sin saber que el premio ya me lo había cobrado yo.
Mientras él se acomodaba el pantalón y yo me arreglaba el vestido, sentía el muslo húmedo, los nervios todavía a flor de piel. La calle de casa apareció más rápido de lo que hubiera querido.
***
Aparcamos en silencio. Los niños ya dormían desde hacía rato, así que entramos sin hacer ruido, conteniendo la risa como dos adolescentes que vuelven tarde. Nos dirigimos al cuarto de puntillas, cerrando la puerta con cuidado.
Para cuando Damián terminó de bajarse el pantalón, yo ya no llevaba nada puesto. No hubo preámbulos, no hacían falta: veníamos calientes desde la carretera. Me penetró de un solo golpe, y sentirlo entrar completo después de tanta espera fue una delicia que me arrancó un gemido que tuve que ahogar contra su hombro.
Nos quedamos así un momento, sin movernos, él dentro de mí y yo abrazándolo con fuerza, disfrutando solo de la sensación de tenerlo, de saber que toda esa tensión de la noche había sido para esto. Después empezó con movimientos lentos, profundos, de esos que duelen rico y que una no quiere que terminen nunca.
El primer orgasmo me llegó casi sin avisar, con él apenas moviéndose. Tenía las piernas temblando, todo el cuerpo encendido por las horas de juego. Damián lo notó y aceleró, más fuerte, más hondo, buscándome la mirada en la penumbra del cuarto.
—Juntos —le pedí en un susurro—. Quiero que terminemos juntos.
Y eso hicimos. Lo sentí venirse al mismo tiempo que yo, los dos conteniendo el ruido por los niños, aferrados el uno al otro como si se nos fuera la vida en ello. Nos quedamos quietos, sudados, respirando fuerte, sin querer separarnos.
Terminamos enredados entre las sábanas, agotados y felices, y nos dormimos así, pegados, sin decir nada más. No hizo falta.
A la mañana siguiente, mientras desayunábamos y los niños correteaban por la cocina, Damián me buscó la mirada por encima de su taza de café y sonrió de medio lado. No dijo nada. No hacía falta. Los dos sabíamos que aquella había sido una de esas noches que una guarda para recordar, y que en el fondo los dos esperábamos repetir pronto, igual o mejor.
Lo confieso sin culpa: a veces, basta una copa de más y un trayecto largo de vuelta a casa para recordar por qué, después de tantos años, lo sigo eligiendo a él.





