Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Lo que confieso del verano en que llegó Adrián

Lo cuento ahora porque ya pasó suficiente tiempo y porque, si soy sincero, todavía no entiendo del todo cómo un solo hombre fue capaz de desordenarnos la vida a tantos. Yo era el de la tienda de la esquina, el que veía pasar a todo el barrio y creía conocer sus secretos. Hasta que llegó él.

Apareció un mediodía de julio en un coche oscuro y caro, de esos que hacen que la gente se gire en la acera sin querer. Adrián era primo de Rodrigo, un vecino que vivía dos portales más arriba, y venía de fuera, de una de esas ciudades donde la gente parece tenerlo todo. Bajó del coche con un traje claro y una calma que daba rabia, como si el calor no fuera con él.

—Tú debes ser Marcos, el de la tienda —me dijo, tendiéndome la mano—. Rodrigo me ha hablado de ti.

Le devolví el saludo con una sonrisa tensa. Algo en su forma de mirar me dijo, desde el primer segundo, que aquel hombre iba a traer problemas. No me equivoqué.

***

Esa misma noche, Rodrigo organizó una cena para presentarlo. Yo no estaba invitado, pero me enteré después de cada detalle, porque en este barrio las paredes hablan y porque Carmen me lo contó todo más tarde, cuando ya no había nada que esconder.

Carmen era una mujer de poco más de cuarenta, separada, con una elegancia natural que no necesitaba esforzarse. Llevábamos meses con un coqueteo lento, de esos que nunca terminan de arrancar. Y estaba su hijo, Iván, recién entrado en la veintena, despierto, guapo, con una seguridad que a su madre a veces la incomodaba. Los dos fueron a aquella cena. Los dos volvieron distintos.

Adrián los recibió sirviendo un vino que nadie en el barrio sabía pronunciar. Habló de viajes, de ciudades junto al mar, de noches que sonaban a película. No presumía exactamente, me explicó Carmen después, era peor: hacía que todo lo demás pareciera pequeño. Cada vez que se reía, ella sentía que la miraba un segundo de más. Y cada vez que se levantaba a buscar algo, Iván seguía sus pasos con los ojos sin disimular.

—Rodrigo me dijo que aquí la gente sabe apreciar lo bueno —soltó Adrián a media cena, mirándolos a los dos a la vez.

Carmen sintió que se le subía el calor a la cara. Iván se atragantó con el vino. Y Adrián, que se daba cuenta de todo, sonrió como quien ya ha ganado una partida que los demás ni siquiera saben que están jugando.

***

Al día siguiente, Carmen no pudo quitárselo de la cabeza. Me lo confesó semanas más tarde, con la mirada baja, como si todavía le costara reconocerlo. Inventó una excusa tonta, un recado cualquiera, y fue a buscarlo al hotel donde se hospedaba, una suite en lo alto de la ciudad con vistas que cortaban la respiración.

Él abrió la puerta con una bata y una sonrisa que no preguntaba nada.

—Sabía que vendrías —dijo, y se hizo a un lado para dejarla pasar.

—No sé qué hago aquí —murmuró ella.

—Sí lo sabes. Por eso has venido.

Carmen me lo contó despacio, con la voz temblando, porque hasta ese momento no había puesto en palabras lo que le había hecho aquel hombre. Adrián la besó en la boca sin prisa, mordiéndole el labio de abajo hasta hacerle soltar un gemido, y ella sintió que se le doblaban las rodillas ahí mismo, en el recibidor. La empujó contra la pared y le metió la mano por debajo del vestido, directo, sin preguntar, dos dedos abriéndose paso hasta un coño que ya estaba empapado antes de que él lo tocara.

—Mira cómo estás —le susurró al oído—. Has venido mojada de tu casa, ¿verdad?

Ella asintió con los ojos cerrados, porque no podía negarlo. Adrián le bajó las bragas hasta los tobillos y la hizo salir de ellas de una patada. Después se arrodilló ahí mismo, en la moqueta cara de la suite, le levantó una pierna por encima de su hombro y le enterró la lengua entre los muslos. Carmen me contó que tuvo que agarrarse a la lámpara de la pared para no caerse. Que él le chupaba el clítoris despacio, con los labios, y después le metía la lengua entera dentro, y después volvía a subir, y así hasta que ella se corrió la primera vez de pie, temblando, con la mano de Adrián apretándole el culo para que no se moviera.

—Todavía no me he desnudado, cariño —le dijo él, levantándose con la boca brillante—. Esto acaba de empezar.

La llevó a la cama a medio arrastrar, le arrancó el vestido por la cabeza y le quitó el sujetador de un tirón. Carmen se quedó desnuda encima de las sábanas, y me juró que nunca en su vida se había sentido tan mirada, tan revisada, como si Adrián estuviera decidiendo por dónde empezar. Le abrió las piernas con las dos manos y le puso la boca otra vez, esta vez sin pausa, chupándole el coño con la misma seguridad con la que hablaba de todo lo demás. Ella se corrió por segunda vez agarrándole el pelo, con la espalda arqueada del colchón, gritando cosas que no reconocía como suyas.

—De rodillas —le ordenó él después, dejándola caer al suelo.

Carmen se arrodilló entre sus piernas y le abrió la bata. Adrián tenía una polla dura, gruesa, marcada, y ella se la metió entera en la boca de la primera pasada, casi con hambre, como si llevara años esperando aquello y ni siquiera lo hubiera sabido. Él le sujetó la cabeza con las dos manos y le marcó el ritmo, empujándole hasta la garganta, obligándola a mirar hacia arriba mientras se la comía.

—Así, mírame —le repitió—. Mira lo que me estás haciendo.

Ella lo miraba con los ojos llenos de lágrimas de tanto tenerla dentro, y con la baba cayéndole por la barbilla, y le seguía chupando porque no quería que parara. Adrián la levantó del suelo antes de correrse, la tumbó boca arriba en la cama y le separó las piernas de par en par. Le pasó el glande por los labios del coño, restregándoselo, hasta que Carmen le suplicó que se la metiera de una vez.

—Dilo bien —le exigió él.

—Fóllame —jadeó ella—. Fóllame ya, por favor.

Y se la metió entera de una embestida. Carmen soltó un grito que se oyó hasta el pasillo. Adrián se la clavaba hasta el fondo, cada golpe le sacaba el aire, y él le sujetaba las muñecas por encima de la cabeza para que no se moviera.

—Mírame —le pidió otra vez, sujetándole la barbilla con dos dedos—. Quiero ver tu cara cuando te corras.

Y ella lo miró, y se odió un poco por cuánto le gustaba obedecer. Se corrió apretándole la polla con el coño, mordiéndole el hombro para no gritar. Él la dio la vuelta sin sacársela, la puso a cuatro patas y le agarró el pelo como si fueran riendas. La folló así hasta que ella perdió la cuenta de las veces que se corrió, con el culo levantado y la cara aplastada contra las sábanas. Y cuando por fin Adrián se corrió, lo hizo dentro, sin preguntar, gruñendo contra su nuca, y Carmen sintió cada chorro caliente llenándola por dentro y todavía tuvo un último orgasmo encima de aquel.

Cuando salió de aquella suite, con el pelo revuelto, el maquillaje corrido y la ropa interior en el bolso porque no fue capaz de volver a ponérsela, sabía dos cosas: que no había estado nunca con un hombre así, y que aquello solo podía terminar mal.

***

Lo que ninguno sabía todavía era que Iván llevaba toda la noche pensando lo mismo que su madre.

El chico tenía sus propios deseos, esos que en el barrio no se decían en voz alta pero que él nunca había escondido del todo. Y desde la cena, Adrián se le había metido entre las cejas como una idea fija. Así que, sin saber que su madre se le había adelantado por unas horas, se presentó al día siguiente en la misma suite.

—Vaya —dijo Adrián al abrir, divertido—. Parece que esta familia tiene buen gusto.

Iván no se anduvo con rodeos. Le explicó lo que quería con una franqueza que a Adrián le encantó, porque no había nada que le aburriera más que la gente que se hacía la difícil. Lo dejó pasar, le sirvió una copa que el chico ni tocó, y lo tomó de la nuca con una firmeza que no admitía dudas.

—Al suelo —le dijo, sin soltarle el pelo.

Iván se dejó caer de rodillas mirándolo desde abajo. Adrián se abrió el pantalón con una mano y le sacó la polla, ya medio dura, a un dedo de su cara. Le pasó el glande por los labios, despacio, y no se la metió hasta que el chaval abrió la boca por su cuenta.

—Eso es —le susurró—. Chúpamela como se la chupas a los que te gustan de verdad.

Iván me lo contaría después, meses más tarde, sin poder mirarme a la cara, y aun así con una especie de brillo en los ojos que no supo esconder. Adrián le enseñó a comérsela hasta el fondo, sin apuro, empujándole la cabeza cuando quería más, dejándole respirar cuando quería menos. Le hacía sacársela de la boca solo para escupirle encima del glande y volvérsela a meter. Iván le lamía los huevos entre pasada y pasada, con una devoción que no sabía que tenía dentro, y sentía cómo se le ponía la suya durísima dentro del pantalón sin haberse tocado siquiera.

—Levántate y desnúdate —le ordenó Adrián después—. No he acabado contigo.

El chico se quitó la ropa a tirones. Adrián lo miró de arriba abajo, sin prisa, dando la vuelta a su alrededor como si estuviera comprando algo. Le pasó la mano por el pecho, por el estómago, y bajó hasta agarrarle la polla y masturbársela dos, tres veces, marcándole quién mandaba ahí.

—Boca abajo en la cama —le dijo—. Y separa las piernas.

Iván obedeció temblando. Adrián le abrió las nalgas con las dos manos y le pasó la lengua entre ellas, sin previo aviso, de abajo arriba. El chico se agarró a las sábanas con los dos puños y soltó un gemido ronco que no había soltado en su vida. Adrián se lo comió por detrás con una paciencia que era casi cruel, metiéndole la lengua, después un dedo, después dos, abriéndolo poco a poco mientras le masturbaba la polla por debajo con la otra mano.

—¿Es tu primera vez así? —le preguntó, sin dejar de moverse dentro.

—Sí —jadeó Iván contra la almohada.

—Buen chico. Te va a doler un momento y después no vas a querer que pare.

Se puso el condón que sacó del cajón de la mesilla, se untó bien y se la metió despacio, muy despacio, aguantándole las caderas para que no se escapara. Iván apretó los dientes en la primera embestida y soltó un grito grave en la segunda. Adrián le habló al oído todo el tiempo, guiándolo, susurrándole que se relajara, que confiara, que él sabía lo que hacía. Iván obedeció cada palabra. Cuando entró del todo, el chico ya no podía ni hablar. Adrián empezó a follárselo con un ritmo constante, sujetándole de la cintura, y le masturbaba la polla en el mismo compás, sacándole gemidos cada vez más agudos.

—Córrete cuando yo te diga —le ordenó.

Iván aguantó como pudo. Aguantó los minutos que Adrián le hizo aguantar, con la cara aplastada contra el colchón y la polla goteando de puro deseo. Cuando Adrián sintió que se iba, le dio un tirón del pelo hacia atrás y le dijo al oído «ahora», y el chico se corrió a chorros sobre las sábanas al mismo tiempo que sentía a Adrián empujar hasta el fondo dentro de él, gruñendo, terminando dentro del condón con dos, tres embestidas brutales.

Se dejó caer boca arriba con el pecho agitado, todavía sin creerse lo que acababa de pasar. Y comprendió que jamás se conformaría con menos.

—La próxima vez —le dijo Adrián, encendiendo un cigarrillo junto a la ventana— quizá no vengas solo.

Iván no entendió la frase entonces. La entendería pronto.

***

Porque Adrián, que coleccionaba caprichos como otros coleccionan relojes, propuso una noche distinta. Una de esas en las que las reglas que rigen el barrio se quedan en la puerta. Convenció a Rodrigo, que nunca le decía que no a su primo, y entre los dos lo organizaron en el apartamento de arriba.

Madre e hijo llegaron por separado, sin saber del todo qué iban a encontrarse, cada uno con la certeza incómoda de haber estado allí, en aquella suite, días antes. Cuando se cruzaron las miradas, hubo un instante de vergüenza compartida que Adrián disolvió con una sola frase.

—Aquí nadie juzga a nadie —dijo, sirviéndoles una copa a cada uno—. Esta noche solo hay deseo.

Lo que pasó después me lo contaron a trozos, los dos por separado, y siempre con la voz un poco rota. Carmen e Iván nunca se tocaron entre ellos; eso no. Adrián lo tenía claro desde el principio y lo dejó dicho en voz alta: dos camas en la misma habitación, en paredes opuestas, y una regla única, que ninguno cruzara al otro lado. Y así fue.

A Carmen se la llevó Adrián a la cama de la izquierda. La desnudó de pie, delante de todos, sin dejarle esconder nada, y la tumbó boca arriba. Le abrió las piernas y volvió a comérsela como aquella primera tarde, con la lengua enterrada en el coño y los dedos dentro, hasta que ella se corrió mordiendo la almohada para no gritar el nombre de su hijo por error, porque sabía que estaba ahí, al otro lado del cuarto. Después Adrián se puso encima y se la folló despacio primero, y a lo bestia después, agarrándola de las caderas, embistiéndole con un ritmo que la hacía rebotar contra el colchón. Carmen se corrió tres veces sin que él parara.

Del otro lado, Rodrigo se ocupaba de Iván. El chico estaba a cuatro patas encima de la cama, con la cara hundida entre las sábanas, y Rodrigo lo montaba por detrás con la calma callada de quien lleva toda la vida guardándose ese deseo. Le agarraba el pelo, le apretaba el cuello con una mano y le folleaba el culo con embestidas lentas y profundas, mientras con la otra mano le masturbaba la polla al chico. Iván se mordía el puño para no llamar a su madre, para no soltar ninguna palabra que rompiera el pacto, y aun así se le escapaban gemidos que Carmen oía perfectamente al otro lado del cuarto.

Eran dos mundos paralelos que solo se rozaban en el aire caliente y en el sonido. Nadie miró al otro lado. Nadie giró la cabeza. Pero cada uno oía al otro correrse, y esa era exactamente la escena que Adrián había orquestado desde la cena, y él lo sabía, y por eso sonreía mientras se corría dentro de Carmen mordiéndole el hombro.

—Esto no se lo contamos a nadie —jadeó Carmen en algún momento, cuando todo terminó y estaban los cuatro tirados, empapados, sin fuerzas.

—A nadie —repitió su hijo, sin mirarla.

Y así fue, durante años. Hasta hoy.

***

A mí me llegó el rumor por un vecino chismoso, de esos que disfrutan más contando que viviendo. Me hirvió la sangre. No por moral, que conste, sino por orgullo herido: Carmen me gustaba de verdad, y saber que aquel forastero la había tenido sin esfuerzo me dolió más de lo que esperaba.

Fui al hotel hecho una furia. Me crucé con ellos dos en el pasillo, saliendo de la suite con esa cara de quien acaba de cometer un pecado delicioso.

—¿Se puede saber qué hacéis? —les solté.

—Marcos, lo siento —dijo Carmen, todavía con la respiración entrecortada—. No es lo que crees… o sí, pero no es contra ti.

Entré en la habitación dispuesto a partirle la cara a Adrián. Él me recibió tranquilo, sirviéndose otra copa, sin la más mínima intención de pelear.

—No te los he robado, Marcos —me dijo con una calma que me desarmó—. Nadie le pertenece a nadie. Vinieron porque quisieron. Igual que se irán cuando quieran.

Lo odié por tener razón. Le propuse, en mi soberbia herida, una especie de duelo absurdo: que decidieran ellos, que dijeran a quién preferían. Adrián aceptó encogiéndose de hombros, como si le diera exactamente igual el resultado, y esa indiferencia fue su mayor victoria.

Ganó él, claro. Esa noche ganó él. Yo me marché con la cola entre las piernas y la promesa estúpida de que aquello no se iba a quedar así.

***

Pero los hombres como Adrián nunca se quedan. Esa es la trampa.

Una semana después se subió a su coche oscuro y desapareció igual que había llegado, sin una despedida, sin un mensaje, dejando atrás un barrio entero alterado y dos corazones más rotos de lo que ninguno quería admitir. Carmen e Iván vinieron a mi tienda al día siguiente, ojerosos, con esa tristeza de quien ha probado algo demasiado grande y se ha quedado sin nada.

—Se fue sin decir nada —murmuró Carmen, y por primera vez en mucho tiempo me dejó verla de verdad, sin máscara—. Nos usó como a juguetes.

—Os usó —corregí con suavidad— porque le dejasteis. Yo nunca os habría tratado así.

Iván, que siempre había sido el más orgulloso, bajó la cabeza.

—Ya lo sabemos, Marcos.

No voy a presumir de lo que vino después. Solo diré que aquella tarde cerré la tienda antes de hora, que hubo una larga conversación en la trastienda y que, poco a poco, entendieron lo que Adrián jamás les ofreció: alguien que se quedaba. No fui el más deslumbrante que pasó por sus vidas. Pero fui el que seguía allí cuando el polvo se asentó.

A veces todavía pienso en él, en aquel verano, en cómo bastó un hombre y un coche caro para recordarnos lo frágil que es todo lo que creíamos firme. Y entonces miro a mi alrededor, miro lo que construimos después, y me digo que quizá su mayor lección fue involuntaria: lo brillante deslumbra, pero lo que se queda es lo que de verdad importa.

Esa es mi confesión. No la cuento con orgullo ni con vergüenza. La cuento porque pasó, porque fue real, y porque hay cosas que uno solo logra entender años después, cuando ya es tarde para cambiarlas y demasiado pronto para olvidarlas.

Ver todos los relatos de Confesiones

Valora este relato

Comentarios(7)

NadiaSol77

Que relato mas adictivo!!! Lo lei de un tiron sin poder parar.

MatiasQuilmes

Por favor seguilo, quede con ganas de saber como termina todo esto.

LectoraAvida

La introduccion me engancho enseguida. Esos personajes que llegan y lo cambian todo sin pedir permiso son los que mas me gustan.

VeranoDe90

Me recordo a un verano de esos que uno jamas olvida. Bien escrito, se siente cercano.

PatricioZ

Jajaja y el barrio entero... me imagino el revuelo que armo ese tipo. Muy bueno!!

SofiaArgenta

Ese Adrian da una sensacion rara, de amarlo y odiarlo al mismo tiempo. Gran personaje, de los que te quedan dando vueltas.

Marce_leer

Buenisimo!! segui escribiendo

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.