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Relatos Ardientes

Lo que mi boca le hizo a mi jefe esa noche

Había pasado demasiado tiempo desde la última vez que me senté a escribir, y les pido disculpas por la ausencia. Pero acá estoy de nuevo, con ganas de compartirles otra de esas experiencias que todavía me calientan cuando las recuerdo.

Para quienes no me conocen: soy una mujer de poco más de treinta, llevo unos años trabajando en una consultora del centro y tengo una debilidad muy particular. Me fascina el sexo oral, mamar pollas más que recibir, y lo que de verdad me enciende es sentir que alguien usa mi boca como un coño, que me la coge sin pedir permiso hasta correrse hasta el fondo de la garganta. No es algo que cuente en una primera cita, pero es lo que soy. Y esa noche en la oficina lo descubrió alguien que no lo esperaba.

El hombre del que les hablo era uno de los jefes de área, un tipo de unos cuarenta y ocho años, casado, con esa seguridad tranquila que dan los años. Se llamaba Damián. Habíamos salido un par de veces después del trabajo, nada más que unos tragos y charla, conocernos un poco. Pero yo notaba cómo, copa tras copa, las preguntas se volvían más personales. Y notaba, sobre todo, cómo se quedaba mirándome la boca cuando hablaba.

Al principio me hacía la distraída. Le seguía la conversación de trabajo, de los proyectos, de la gente del piso, mientras por dentro registraba cada detalle: la manera en que se demoraba un segundo de más cuando yo me reía, el modo en que bajaba la vista hasta mis labios y volvía a subirla, fingiendo que no lo había hecho. Es una sensación adictiva, la de saberse deseada en silencio. Y yo la estiraba a propósito, sin darle nunca lo que buscaba, dejándolo cocinarse en su propia imaginación.

Yo sabía perfectamente qué estaba imaginando. Y lejos de incomodarme, me divertía. Me gustaba pensar que ese hombre serio, el que daba órdenes con voz pausada en las reuniones, se iba a su casa a hacerse la paja pensando en mis labios rojos apretados alrededor de su verga.

Una tarde me pidió que me quedara un rato más. Esperábamos la confirmación de un cliente importante que solo podía llamar después de su jornada, así que tocaba aguantar hasta tarde. Lo tomé como algo normal, ni se me cruzó otra cosa por la cabeza. Casi todos se habían ido ya; las luces del piso estaban a media potencia y el zumbido del aire acondicionado era lo único que se escuchaba.

Eran cerca de las ocho cuando hicimos una pausa. Nos sentamos en la salita de reuniones con dos cafés, y las preguntas íntimas volvieron, igual que en los bares. Esta vez, sin embargo, fui yo la que llevó la charla hacia donde quería.

—¿Te gusta este tono de labial? —pregunté, ladeando un poco la cabeza.

Era un rojo intenso, carmesí, de esos que dejan marca en todo lo que tocan. Damián se quedó callado un segundo y después soltó los elogios de golpe, que me quedaba cualquier color pero ese en especial, que tenía una boca difícil de ignorar.

—Apuesto a que esa boca hace maravillas —dijo, y lo dijo midiéndome, buscando la puerta abierta.

No iba a desaprovecharla.

—Puede ser —contesté, encogiéndome de hombros—. Tendrías que comprobarlo para saber si te gustan mis travesuras.

No hizo falta nada más. Se inclinó y nos empezamos a besar, despacio al principio y después con ganas. Su mano subió por mi muslo, por encima de la falda, y la otra me apretó una teta por sobre la blusa, buscándome el pezón con el pulgar hasta hacerlo endurecer contra la tela. Lo besé metiéndole la lengua hasta el fondo, sintiendo cómo respiraba más rápido, cómo todo ese control que mostraba en las reuniones se le iba escurriendo entre los dedos. Le mordí el labio de abajo y él dejó escapar un gruñido bajo, agarrándome de la cintura con las dos manos como si estuviera reprimiéndose de tirarme sobre la mesa.

—Ojalá tuviéramos toda la noche —murmuró contra mi oreja—. Hace mucho que me llamás la atención.

Miré la hora. Eran las ocho y media. Nos quedaba media hora antes de la llamada, y media hora me alcanzaba de sobra para lo que tenía en mente.

—Podríamos jugar algo rápido antes de las nueve —le propuse, mirándolo a los ojos—. Confía en mí, te va a gustar.

No tenía idea de lo que le estaba ofreciendo.

Aceptó un poco desconcertado, sin terminar de entender. Entonces me bajé de la silla, me arrodillé frente a él sobre la alfombra de la salita y me recogí el pelo en una coleta con la liga que siempre llevo en la muñeca. Ese gesto lo dijo todo. Vi en su cara el momento exacto en que comprendió, esa mezcla de incredulidad y deseo. La coleta significa que voy en serio, que quiero tener el pelo fuera de la cara porque sé que me la van a coger de la boca.

Se desabrochó el cinturón y bajó el cierre del pantalón. Cuando se sacó la polla, tuve que reconocer que era más grande de lo que había imaginado bajo esos trajes impecables: gruesa, pesada, con las venas marcadas por debajo y la cabeza ya un poco húmeda de tanto aguantársela. Sin apurarme, la tomé con la mano, la sopesé, la apreté en el puño de arriba abajo, lento, sintiendo cómo la piel se corría sobre el glande hinchado. Damián dejó escapar un sonido grave, contenido, como si le diera vergüenza disfrutarlo tan rápido.

—Ya estás mojando —le dije por lo bajo, pasándole el pulgar por la punta y untándome el líquido preseminal en los labios como si fuera brillo—. Se ve que hacía falta.

Cuando ya la tenía dura como una piedra en la mano, me acerqué y empecé con besos suaves, apenas rozando la piel con la boca. Y ahí estaba la gracia: con ese labial rojo carmesí, cada beso dejaba una marca nítida. Le besé el glande, después el costado, después le bajé la lengua hasta la base y le lamí los huevos también, de abajo hacia arriba, prolija, dejándole el labial estampado en cada centímetro. En pocos segundos tenía toda la verga manchada de huellas rojas, como si le hubieran hecho un mapa con la boca, y verlo así, marcado por mí, me prendió todavía más. El coño se me había empapado por dentro de la bombacha y yo lo sentía apretarse solo cada vez que él gemía. Sus gemidos se fueron volviendo menos disimulados.

—Dios —susurró, agarrándose del borde de la mesa con los nudillos blancos.

Abrí la boca despacio y dejé que entrara solo la punta. Le cerré los labios justo detrás del glande y empecé a hacer círculos con la lengua sobre el frenillo, sin prisa, disfrutando la manera en que se tensaba cada músculo de su cuerpo. Le chupé solo la cabeza, tirando con la boca como si fuera una piruleta, y saqué la lengua para lamerle el borde antes de volver a metérmela.

—Qué delicia —dijo, y eso que recién empezaba.

La saqué de la boca, junté un buen buche de saliva y la dejé caer sobre la punta, despacio, sin dejar de mirarlo a los ojos. El hilo blanco le resbaló por toda la verga hasta los huevos, y yo lo repartí con la mano, masajeándoselo lento de arriba abajo mientras seguía chupándole solamente la cabeza. Fue como si nunca le hubieran hecho algo así. Cerró los ojos con fuerza y soltó un quejido entrecortado que retumbó en la salita vacía. Me encantó tener ese poder, ser yo la que estaba al mando aunque estuviera de rodillas con la boca llena de polla.

—Mirá cómo te chorrea —le dije, sonriéndole con los labios brillantes—. Toda babeada para vos.

A esa altura yo ya estaba completamente caliente, empapada. Me la metí entera, hasta la mitad primero, después un poco más, sintiendo cómo la cabeza me tocaba el fondo del paladar. La saqué, la volví a meter, marqué un ritmo lento que le hacía perder los ojos hacia atrás. Le chupaba a cada bajada, hundiendo las mejillas, y le apretaba los huevos con la mano libre, jugándoles suavecito con los dedos. Damián tenía los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás, conteniéndose para no correrse antes de tiempo. Pero yo no quería que se contuviera. Yo quería que perdiera el control del todo.

Quería que me la garchara la boca. Así que le tomé la mano y me la guié hasta la nuca, dejándosela ahí, dándole permiso sin palabras. Tardó un momento en entender, pero cuando lo hizo, algo cambió en él. Apoyé las manos en la espalda, entrelazadas como una nena castigada, y me entregué a que fuera él quien marcara el ritmo con mi cabeza.

—Así, despacio —dijo entre dientes, y empezó a guiarme.

Los dedos se le cerraron en el pelo, agarrando la coleta como si fuera una manija, y empezó a moverme, primero con cuidado, midiéndome, hundiéndome hasta la mitad, sacándome, hundiéndome un poquito más cada vez. Cuando comprobó que yo lo recibía todo sin quejarme, le agarró confianza y empezó a cogerme la boca en serio, con embestidas parejas que me hacían chocar la nariz contra su vientre. Me decía cosas al oído, frases sucias que de día jamás habría imaginado en su boca.

—Sos una diabla, Mariana —murmuraba—. Mirá cómo te la comés. Sos una puta rica, eso es lo que sos.

Yo solo obedecía, dejándolo llegar hasta el fondo de la garganta, sintiendo cómo la cabeza de la polla me pasaba la campanilla y se me cortaba el aire por un instante en cada movimiento. Cada vez que me la enterraba entera hacía un ruido gutural, ese gluc-gluc obsceno que sale cuando una traga en serio, y a él eso lo enloquecía. Esa sensación, la de quedarme sin respiración por completo y recuperarla justo después con una bocanada, era exactamente lo que más me gustaba del mundo. Estaba flotando. La saliva se me escapaba por las comisuras, me caían hilos hasta el escote, me lloraban los ojos por el esfuerzo y no me importaba nada. Sentía el rímel corriéndoseme y me daba igual. Que me arruinara la cara. Para eso estaba ahí.

Después de un rato así, se detuvo y me la sacó de la boca de un tirón. Estaba empapada, brillante, con el rojo del labial corrido por todas partes mezclado con la saliva. Me sostuvo la barbilla con dos dedos y me observó, agitado, como si recién entendiera con quién había estado trabajando todos esos meses. Con la otra mano se golpeó la verga contra mi mejilla, contra los labios, dejándome más restos brillantes en la piel.

—¿Te gusta esto, no? —me preguntó, con la voz ronca—. Te gusta que te trate así, decime.

—Me encanta —le contesté, sacando la lengua y ofreciéndosela plana como una plataforma—. Seguí. Usame.

Sonrió de costado y me la volvió a meter, esta vez sin dejarme hacer absolutamente nada, manejándome a su antojo. Me agarró la cabeza con las dos manos, una a cada lado, y se puso a cogerme la boca a un ritmo constante, cada vez más profundo, cada vez menos delicado. Yo escuchaba mis propios ruidos, los golpes húmedos, sus gruñidos, y me sentía usada exactamente como yo había querido desde el primer trago en aquel bar.

Perdí la noción del tiempo. No sé cuántos minutos estuvimos así, él manejándome el ritmo y yo dejándome llevar, pendiente solo de su respiración y del calor de la mano en mi nuca. La salita olía a café frío y a algo más, a esa mezcla densa a sexo, a saliva y a semen contenido que se arma cuando dos personas se sueltan. Por la ventana se veían las luces de los edificios de enfrente, oficinas vacías idénticas a la nuestra, y la idea de que cualquiera podría asomarse y verme de rodillas mamándole la polla al jefe me caldeaba todavía más. Metí una mano bajo la falda, me corrí la bombacha a un lado y me toqué el clítoris mientras él seguía cogiéndome la boca. Estaba tan mojada que los dedos me resbalaban solos, y aprovechaba cada empujón que me hacía tragar para apretarme más el clítoris con la yema.

Cuando lo sentí cerca, cuando su respiración se volvió un jadeo desordenado y sentí que la verga se le hinchaba todavía más en la boca, se apartó y se puso a acariciarse con el puño a centímetros de mi cara, rápido, apretado, con la punta apuntándome directo.

—Quedate así —pidió, casi sin voz—. Con la boca abierta. Dejame mirarte.

Saqué la lengua y esperé, con la cara levantada hacia él, los ojos entornados, ofreciéndome como un plato. Lo escuché soltar un gemido largo, contenido durante demasiado tiempo, y después sentí el primer chorro de corrida caliente cruzarme la mejilla, después otro en la frente, otro en la lengua, otro en el mentón. Por la cantidad, por cómo salía en tandas gruesas y espesas, era evidente que hacía rato que no se dejaba ir de esa manera. Cerré la boca sobre la punta para chuparle las últimas gotas y se las tragué mirándolo, dejándole ver cómo la corrida me bajaba por la garganta. Después le lamí la verga entera de abajo hacia arriba, limpiándosela, sacándole el último resto. Se quedó quieto unos segundos, recuperando el aire, con una mano todavía apoyada en mi hombro y la otra todavía flojamente aferrada a la polla.

Levanté la vista y le sonreí, todavía de rodillas, con la cara pintada de blanco y rojo.

—Entonces, dime —dije, pasándome un dedo por la mejilla para recoger un hilo de semen y llevármelo a la boca—. ¿Mi boca hace ricas travesuras o no?

—Sos una diosa —contestó, riéndose entre el cansancio—. Andá a refrescarte que en cualquier momento llaman.

Me levanté y fui al baño del piso a arreglarme. Me tomé mi tiempo frente al espejo, retocándome, recuperando la compostura de la consultora seria que todos conocían. Me lavé la cara, me acomodé el pelo, me repinté los labios de ese mismo rojo carmesí que le había dejado toda la polla marcada. Todavía sentía el gusto del semen en el paladar y el latido entre las piernas de mi propio orgasmo mordido en silencio. Para cuando volví, el labial estaba impecable de nuevo y nadie habría adivinado nada.

El cliente llamó a las nueve y un minuto, puntual. Damián atendió con su voz de siempre, pausada y profesional, mientras yo tomaba notas como si no hubiera pasado nada. Pero cada tanto nos cruzábamos una mirada por encima de la pantalla, y los dos sabíamos que esa puerta ya estaba abierta. Que esto, casi con seguridad, lo íbamos a repetir, y que la próxima vez no me iba a conformar con la boca.

Hasta acá mi relato. Tengo que confesar que me puse muy caliente al revivirlo para contárselos, así que espero que lo hayan disfrutado tanto como yo. Me encantaría leer sus comentarios sobre lo que pasó esa noche. Pronto vuelvo con más. Mientras tanto, les dejo unos besos, y ustedes deciden dónde ponérselos.

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Comentarios(7)

Gaston_lector

increible como atrapa desde la primera línea. Muy bueno!!!

Adriana_noche

Por favor continualo, no puede quedar ahi. Quede con muchas ganas de mas

Ramiro_K

excelente!!! sigue escribiendo, este tipo de confesiones son las mejores

ClaudinaBaires

Me recordó a algo parecido que viví hace años en una oficina. Lo contás tan bien que te transporta de verdad. Gracias por compartirlo

Florencia_LT

Lo lei de un tiron. Me gusto mucho como manejaste la tension del comienzo, eso es lo que mas me atrapo. Espero leer mas confesiones asi, se sienten genuinas.

Pato_MDF

Hay segunda parte o quedó ahí?

NocturnaMR

Las confesiones siempre tienen ese algo especial que los relatos inventados no tienen. Muy bien narrado, felicitaciones

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