Lo que pasó en el sofá antes del segundo asalto
Lo cuento tal como pasó, sin adornarlo de más, porque la verdad es que aquella noche no teníamos pensado nada. Habíamos cenado tarde, una de esas cenas que se alargan con la última copa de vino y una conversación que no va a ningún lado. Tú llevabas la camisa que tanto me gusta y yo llevaba toda la noche mirándote sin disimulo. Cuando apagamos la luz de la cocina y pasamos al salón, ya sabía que no íbamos a subir al dormitorio.
Nos sentamos en el sofá, uno frente al otro, y la conversación se cortó sola. Hay un momento en el que dejas de hablar porque las palabras sobran, y ese momento llegó cuando me pusiste la mano en el muslo y me miraste de esa forma que no admite preguntas.
—¿Y si nos quedamos aquí? —dijiste.
Como si hiciera falta preguntarlo.
La ropa fue cayendo entre besos torpes, los míos buscando tu cuello, los tuyos buscando mi boca. Ya desnudos en el sofá nos besamos como si nuestras bocas estuvieran en guerra: las lenguas entrelazadas, los labios apretándose, mordiscos pequeños que dejaban marca. No era ternura, era hambre. Llevábamos toda la cena conteniéndolo y ahora salía de golpe.
Mis manos empezaron a recorrerte sin orden, como si quisieran abarcarte entera de una vez. La izquierda subió hasta tu pecho, acariciando, apretando, jugando con ese piercing que tanto me excita cada vez que lo rozo. Pellizqué uno de tus pezones y gemiste contra mi boca. Lo volví a hacer y el gemido se repitió, más hondo, más impaciente.
Gemías porque mi mano derecha no se quedaba quieta. Bajó por tu vientre hasta encontrarte empapada, y entonces empecé a frotar despacio, apretando con la palma, marcando un ritmo que tú seguías con las caderas sin darte cuenta. Subía y bajaba desde tu vientre hasta abajo, presionando cada vez que pasaba por el punto exacto, y cada pasada te arrancaba un temblor pequeño que recorría todo tu cuerpo.
Me regalaste un mordisco en el labio mientras ponías los ojos en blanco. Yo no paraba. Te tocaba por dentro y por fuera al mismo tiempo, y tus gemidos fueron dejando de ser gemidos para convertirse en gritos que tratabas de controlar sin conseguirlo del todo. Apretabas la mandíbula, intentabas tragarte el sonido, pero se te escapaba igual.
—No te calles —te dije al oído—. Estamos solos.
Y dejaste de callarte.
Mi boca bajó hasta tu pecho y se entretuvo ahí, lamiendo, chupando, saboreando, jugando otra vez con el piercing porque sabía lo que te hacía. Tú ya no podías controlar nada. Arqueaste la espalda, elevaste la cintura buscando más contacto, y noté en la forma en que se tensaba todo tu cuerpo que estabas a punto.
Entonces hice lo que más me gusta hacer.
Me detuve.
Aparté la mano, separé la boca, y me quedé quieto mirándote. Esa pausa te frustra y te excita a partes iguales, y lo sé porque me lo has dicho mil veces. Lo que más te desespera es que sabes lo que viene después. Abriste los ojos, me buscaste con una mezcla de rabia y deseo, y soltaste un suspiro largo que era casi una protesta.
—Eres un cabrón —dijiste, pero sonreías.
—Lo sé.
Te tumbé despacio en el sofá, con la cabeza apoyada en el reposabrazos, y te separé las piernas con suavidad. Volví a acariciarte, lento esta vez, sintiendo lo mojada que estabas, dibujando círculos sin prisa donde antes había ido tan rápido. Tú levantabas las caderas buscándome, impaciente, y yo me tomaba mi tiempo a propósito.
Cuando mi boca tomó el relevo de los dedos, ya no gemías: gritabas. Te comí con las mismas ganas de la otra vez, sin contención, lamiendo, chupando, hundiendo la lengua, alternando el ritmo para mantenerte siempre al borde sin dejarte caer. Sentía cómo te tensabas, cómo intentabas retrasar el momento y no podías.
Esta vez no me detuve.
Te corriste con un grito que llenó todo el salón. Levantaste las caderas apretándote contra mi boca y yo no dejé de lamerte, prolongando los espasmos hasta que cada uno te recorría como una descarga. Tus temblores me estaban poniendo a mil; no recordaba haber estado tan duro en mucho tiempo. Seguí hasta que bajaste la cadera y me empujaste la cabeza, separándome, porque ya no aguantabas más.
Me besaste con la misma violencia de antes, todavía agitada, todavía temblando, y me dijiste contra los labios:
—Ahora tú.
***
Me empujaste el pecho para que apoyara la espalda en el sofá y te colocaste de rodillas a mi lado. Volviste a besarme, aunque más que un beso era una caricia con los dientes, una promesa de lo que ibas a hacer. Empezaste a descender por mi cuello, sin prisa, mordiéndome la piel, dejándome claro que ahora mandabas tú.
Llegaste a mi pecho y te entretuviste con mis pezones mientras tu mano derecha bajaba a acariciarme. Me tocabas despacio, de arriba abajo, marcando un ritmo lento que era una tortura calculada. Sabías perfectamente lo que hacías. Yo ya estaba al límite solo de mirarte, y tú apenas habías empezado.
Seguiste bajando por mi vientre y ahí te paraste. Levantaste la cabeza y me miraste sin dejar de mover la mano, despacio, observando cómo me deshacía. No voy a aguantar nada, pensé. Y tú lo sabías, por eso sonreías.
—Aguanta un poco —dijiste con la voz baja—. Quiero que te corras en mi boca.
No esperaste respuesta. Bajaste la cabeza y me tomaste entero, despacio, hasta que casi desaparecí por completo. Luego subiste, lento, y al llegar arriba me acariciaste la punta con la lengua, un roce mínimo que me hizo levantar las caderas sin querer. Repetiste eso varias veces, no sé cuántas, mi cabeza ya no llevaba la cuenta de nada.
Gemí y te agarré la cabeza con la mano izquierda, no para guiarte sino porque necesitaba sujetarme a algo. Tú seguías a tu ritmo, ignorando mi prisa, bajando y subiendo, alternando la boca con la mano, deteniéndote a lamer y volviendo a empezar. Cada vez que creía que tenía algo de control, lo perdías de un golpe con un movimiento nuevo.
—Voy a correrme —avisé—. No puedo más.
En vez de parar, aumentaste el ritmo y la profundidad. Lo notabas tan bien como yo, sentías que el orgasmo ya venía, y entonces, sin sacarme de tu boca, deslizaste la mano hasta más abajo y apretaste justo en el punto que terminó conmigo. No pude retener nada.
Me corrí dentro de tu boca con una fuerza que me dejó sin aire. Un primer chorro, otro, uno más pequeño. Y tú no te apartaste, no aflojaste, te quedaste hasta estar segura de que no salía nada más. Solo entonces fuiste subiendo despacio, y al llegar a la punta me diste un lametón y después un beso suave. Di un último espasmo. Me miraste a los ojos. Y tragaste.
—Joder —fue lo único que pude decir.
Te reíste con esa risa baja que se te pone cuando estás satisfecha de ti misma, y con razón.
***
Te tumbaste a mi lado y nos besamos otra vez, ahora sin tanta fuerza, un beso lento de los que dicen «ha estado bien» sin necesidad de palabras. Tenías la cabeza apoyada en mi hombro y yo te pasaba la mano por la espalda, despacio, sintiendo cómo se nos iba normalizando la respiración a los dos a la vez.
Nos quedamos así un rato largo, charlando de tonterías, con la tele encendida de fondo sin que ninguno la mirara de verdad. Es uno de mis momentos favoritos: ese después en el que todavía estás caliente pero ya relajada, en el que cualquier cosa que diga te hace reír y la piel sigue sensible al menor roce.
—¿Qué piensas? —me preguntaste, porque me notaste la sonrisa.
—Nada bueno —contesté.
—Eso espero.
Y la verdad es que no pensaba en nada bueno. Mientras te acariciaba el muslo y notaba cómo respondías otra vez con un escalofrío, ya estaba calculando el segundo asalto. No quería el sofá esta vez. Quería llevarte a la mesa del salón, sentarte en el borde, ponerte como llevaba toda la cena imaginando.
—Dame diez minutos —dije.
—¿Para qué?
—Para la mesa.
Sentí cómo te tensabas contra mí, no de miedo sino de anticipación, y supe que la noche no había terminado ni de lejos. Te mordiste el labio inferior, esa costumbre que tienes cuando algo te gusta y no quieres admitirlo todavía, y te apretaste un poco más fuerte contra mi costado.
—Que sean cinco —dijiste.
Y nos quedamos ahí, esperando, viendo la tele sin verla, preparando el segundo asalto en silencio. Lo cuento porque a veces las mejores noches son estas: las que no se planean, las que empiezan en un sofá sin intención de llegar a ninguna parte y terminan siendo justo lo que necesitabas. No hubo dormitorio, no hubo plan, no hubo nada premeditado. Solo nosotros dos, el salón a oscuras y unas ganas que no se agotaban con un solo asalto.
Lo que pasó después, en la mesa, es otra historia. Pero esa también la cuento otro día.





