Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Lo que dejé que hiciera en su sofá esa noche

Nunca pensé que iba a contar esto, y mucho menos por escrito. Pero hay noches que se quedan grabadas en el cuerpo y no en la memoria, y la mía con Mateo es una de esas. La cuento tal como pasó, sin adornos, porque si empiezo a maquillarla pierde justo lo que la hizo inolvidable: que fue real, que fue torpe a ratos, y que me dejé llevar como no me había dejado llevar nunca.

Lo conocía desde hacía meses. Trabajábamos en oficinas del mismo edificio y coincidíamos en el ascensor, en la fila del café, en esas conversaciones cortas que no llevan a ningún lado hasta que de pronto llevan a todos. Esa tarde de viernes nos quedamos hablando en el portal mucho más de lo necesario, y cuando me preguntó si quería subir a su departamento a tomar algo, los dos sabíamos que «algo» no era una copa de vino.

El departamento estaba en silencio, con una sola lámpara encendida en un rincón del salón. Olía a madera y a un perfume amaderado que tardé semanas en sacarme de la cabeza. Me senté en el borde del sofá con la espalda muy recta, como si estuviera en una entrevista, y él se rió de mí en voz baja.

—¿Por qué estás tan tiesa? —preguntó.

—No estoy tiesa —mentí.

Claro que lo estaba. Llevaba toda la semana imaginando ese momento sin admitirlo del todo, y ahora que lo tenía delante no sabía qué hacer con las manos. Él me ofreció una copa y la dejé sobre la mesa sin tocarla. No había subido por una copa y los dos lo sabíamos.

Lo que vino después lo cuento sin rodeos. Acababa de sentir su boca y su urgencia de la forma más íntima que existe, y lejos de calmarme, eso me había dejado con el cuerpo encendido y las ganas multiplicadas. Le mostré la lengua, casi como un desafío, y él se acercó y me besó como si la vida se le fuera en ello.

Sentí su lengua rozar mis labios y buscar la mía. Era un beso suave y húmedo, lento al principio y después cada vez menos paciente. Todavía me excita recordarlo. Nos levantamos como pudimos, sin separar las bocas, y nos volvimos a acomodar en el sofá, pero esta vez fui yo la que quedó acostada boca arriba y él sobre mí.

La posición hacía que sintiera todo. Su peso, su calor, y cómo se ponía duro otra vez presionando contra mi pelvis a través de la ropa. Abrí las piernas y las crucé detrás de su cintura para tenerlo más cerca, para sentir esa presión justo donde la necesitaba. Sus manos buscaron mi cadera y se quedaron ahí, firmes, mientras su boca bajaba a mi cuello.

Se apartó apenas unos centímetros para mirarme.

—Te deseo —dijo, y la voz le salió ronca.

—Hazme lo que quieras —respondí.

Y lo dije en serio. No fue una frase de película ni un permiso a medias. Fue una entrega completa, de esas que solo se dan cuando confías en que la otra persona va a hacerte sentir bien y no te importa perder un poco el control.

Se incorporó para quitarse la ropa. Lo hizo sin prisa, mirándome mientras yo lo miraba a él, y cuando quedó desnudo volvió a recostarse sobre mi cuerpo. Pero esta vez no se detuvo en el cuello. Su boca empezó a bajar, despacio, dejando un rastro tibio sobre mi piel.

Me levantó la blusa por encima de los senos. Sentí su lengua en la curva del pecho, después en el costado, después más abajo. Una humedad distinta empezó a crecer entre mis piernas con cada beso. Yo gemía bajito, casi sin darme cuenta, con los ojos cerrados y las manos buscando algo a lo que aferrarme.

Pasó la lengua sobre mi ombligo y un escalofrío me recorrió entera. Me sujetaba las caderas con una firmeza que no era brusca pero tampoco me dejaba escapar, y yo no quería escapar a ningún lado. Sus manos estaban en todas partes a la vez; yo era pura sensación, no podía parar de retorcerme. Estaba tan fuera de mí que ni siquiera registré el momento exacto en que me quitó el resto de la ropa. Cuando volví en mí, me di cuenta de que estaba casi desnuda, con solo una prenda fina cubriéndome, y que él se había apartado un poco para mirarme.

—Eres preciosa —dijo—. Una diosa.

Me sonrojé como una adolescente, lo cual era ridículo a esas alturas, pero no pude evitarlo. Había algo en cómo lo decía que me hacía creerlo.

***

Bajó la cabeza hasta quedar muy cerca de donde yo más lo deseaba. Tan cerca que sentía su aliento sobre la tela. Ya no aguantaba, quería sentir su tacto de una vez, pero Mateo tenía otros planes. Jugaba conmigo. Me hacía esperar a propósito, y aunque eso era una tortura, era una tortura que me gustaba, así que lo dejé jugar.

Sentí su lengua pasar apenas por la cara interna del muslo, rozando el borde de la última prenda que me quedaba. Se me escapó un sonido que no sabía que podía hacer. Después la apoyó sobre la tela, justo encima, sin tocarme la piel todavía, y esa presión amortiguada me volvió loca. Estaba empapada y él lo notaba.

—Por favor, no me hagas esto —supliqué.

Fue lo único que conseguí articular. No sé si le pedía que parara o que siguiera; creo que ni yo lo sabía. Lo que sí sé es que él lo interpretó como una invitación.

Me levantó la cadera con una mano y, con una lentitud deliberada, deslizó la prenda hacia abajo.

—Me encanta que estés así —murmuró.

Cuando por fin sentí su lengua directamente sobre mí, sin nada de por medio, tuve que morderme el labio para no gritar. Recorría cada centímetro con una calma que contrastaba con la urgencia que yo sentía. Frotaba de un lado a otro, hundía la lengua para encontrar el punto exacto y volvía a subir. Cada movimiento era distinto al anterior, como si estuviera leyendo mis reacciones y ajustándose a ellas.

Me aferré al respaldo del sofá con una mano y con la otra a su pelo. No para guiarlo, sino para sostenerme, porque sentía que me deshacía. La tensión que había estado creciendo desde el primer beso llegó a un punto que ya no podía contener. Apreté las piernas casi por instinto, con su cara en medio, y aun así él no se detuvo. Al contrario.

El primer orgasmo me llegó así, con la respiración entrecortada y el cuerpo arqueado contra su boca. Fue largo, profundo, de esos que parecen no terminar nunca. Sentí cómo seguía con la lengua mientras yo temblaba, prolongando la sensación hasta el límite de lo soportable.

Pensé que pararía para dejarme respirar. No lo hizo. Apenas se me pasó el primer temblor, volvió a empezar, y mi cuerpo, que debería haber estado agotado, respondió como si todo recomenzara. La excitación volvió a subir, distinta esta vez, más densa, casi dolorosa de tan intensa.

Me corrí una segunda vez, todavía más fuerte, apretándolo contra mí con las dos manos y sin importarme nada más en el mundo. Escuché un gemido que tardé en reconocer como mío.

***

Cuando por fin se separó, me quedé tendida sobre el sofá tratando de recuperar el aliento, con el pecho subiendo y bajando y la piel cubierta por una capa fina de sudor. Él se incorporó y me observó en silencio, con una media sonrisa, mientras yo me reponía de todo lo que acababa de pasar. Esa mirada me encendió de nuevo, aunque parecía imposible que me quedaran ganas de algo más.

—No me mires así —le dije, sin fuerzas.

—¿Así cómo?

—Así, como si fueras a empezar otra vez.

Su sonrisa se ensanchó. Sin decir una palabra me hizo girar con una suavidad firme y me acomodó de rodillas sobre el sofá, con los brazos apoyados en el respaldo y la espalda arqueada. Sentí el aire fresco en la piel y, detrás de mí, su presencia caliente y cercana. Entendí lo que venía y, lejos de asustarme, lo deseé con una claridad que me sorprendió a mí misma.

Estaba completamente entregada, sin pudor, sin ganas de fingir que esto no era exactamente lo que había querido desde que subí a ese departamento. Apoyé la frente sobre mis manos y respiré hondo, dispuesta a dejarme hacer todo lo que él quisiera.

Lo que pasó después es otra historia, una que quizá me anime a contar otro día. Por ahora me basta con confesar esto: nunca me había sentido tan deseada ni tan libre como esa noche, en el sofá de un hombre que apenas conocía, descubriendo que entregarse del todo también es una forma de tomar el control. Y si he aprendido algo, es que las mejores noches no son las que planeás, sino las que te atrevés a no detener.

Ver todos los relatos de Confesiones

Valora este relato

Comentarios(8)

Cami_lectora

increible... se me hizo cortisimo

DieguiNoche

Por favor una segunda parte, esa noche tiene que tener mas historia. Quede sin poder dormir jaja

Vane_nw

madre mia que relato!!!

Martina_SBA

Me recordó algo que viví yo, esa sensacion de entregarse sin condiciones es unica. Muy bien narrado.

FacuCba27

el titulo me atrapo desde el primer segundo, eso ya dice todo

ManuelaB

Lo lei dos veces y la segunda todavia me gusto mas. Tenes una forma de narrar muy natural, como si lo estuvieras contando en persona. Espero el proximo!

Curioso_MX

¿Fue una sola noche o hubo algo despues? me quedé con esa duda jaja

RosaLuna

Las confesiones son mi categoria favorita y este no decepciona para nada. Felicitaciones!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.