La noche que me exhibí en el antro para mi marido
Hola a todos. Hace tiempo que quería contar esto y nunca me animaba, pero hoy me senté con una copa de vino y decidí escribirlo tal como pasó. A ver qué les parece.
Me llamo Camila y soy una mujer joven que se cuida bastante. Voy al gimnasio casi todos los días, me gusta la ropa ajustada y, sobre todo, la lencería buena, esa que enseña más de lo que tapa. Desde chica disfruté sentirme deseada, aunque durante años solo me atreví a hacerlo de forma virtual. Tenía un perfil en una de esas plataformas donde subía fotos en ropa interior, y era bastante popular. Saberme mirada por desconocidos me mantenía encendida, receptiva, con el coño empapado antes de llegar a casa, con ganas de entregarme a mi hombre. Mi marido era el más feliz con todo eso. ¿A quién no le gusta tener al lado a una esposa que se siente sexy y que llega a la cama chorreando?
Tengo que aclarar algo para que se entienda. No subía esas fotos por dinero ni por likes. Lo hacía porque el cosquilleo de saber que del otro lado había hombres mirándome, imaginándome, cascándosela con mi cara en la pantalla, me encendía como ninguna otra cosa. Apagaba el teléfono, miraba a Mateo dormido al lado y lo despertaba metiéndole la mano en el calzoncillo, agarrándole la polla ya dura entre sueños, montándome encima sin darle tiempo a preguntar nada. Tardé en confesarle el origen de esos arranques. Cuando lo hice, en lugar de molestarse, le brillaron los ojos y esa misma noche me folló contra el lavabo del baño mientras me repetía al oído «puta mía, puta mía».
Lo que nunca imaginé fue hasta dónde me llevaría esa costumbre.
Hace unos meses Mateo, mi esposo, empezó a insistir con una idea nueva. Quería que me mostrara en público, no detrás de una pantalla. Al principio me daba vergüenza, le decía que estaba loco, que cómo se le ocurría. Pero él sabía hablarme al oído, sabía describirme la escena hasta que la vergüenza se mezclaba con otra cosa. Una cosa caliente y nerviosa que me subía por la espalda y me bajaba directo a la entrepierna.
—Imaginate todos esos tipos mirándote, con la verga dura debajo del pantalón, y sin poder tocarte —me decía—. Y vos sabiendo que al final de la noche te vengo a coger yo.
No debería excitarme tanto esto, pensaba. Pero me excitaba tanto que muchas noches, mientras me lo describía, terminaba con sus dedos hundidos en mi coño y la boca abierta contra la almohada para no despertar a los vecinos.
Una noche que teníamos una fiesta nos preparamos para salir. Me tomé un par de tequilas mientras me arreglaba y, con el calorcito del alcohol corriéndome por el cuerpo, decidí que esa era la noche. Saqué del cajón una blusa de satén con tirantes finitos, casi invisibles. Mateo me pidió que omitiera el sostén y, después de dudar un segundo frente al espejo, le hice caso. Los pezones se me marcaban duros bajo la tela, dos puntitos oscuros que cualquiera con ojos iba a notar. Me puse una chaqueta de mezclilla celeste, cortita, de esas que terminan arriba de la cintura. Abajo, una minifalda que apenas me cubría las nalgas. Debajo, una tanga hilo dental que se me metía entre las nalgas y un portaligas sujetando unas medias negras satinadas. Para rematar, tacones de aguja que me estilizaban las piernas.
No solo me veía bien. Me sentía poderosa. Y mojada. Ya estaba mojada antes de salir.
Mateo me abrió la puerta de casa para salir y, en cuanto pasé delante de él, me dio una palmada en el trasero. Una señal de aprobación. En el auto no me soltó las piernas en todo el camino, subiendo la mano cada vez un poco más, hasta que me metió dos dedos por debajo de la tanga y los sacó brillantes de lo empapada que estaba. Se los llevó a la boca sin dejar de mirar la ruta.
—Estás hecha una perra —me dijo, sonriendo—. Y todavía no llegamos.
Tuve que pedirle que parara o no íbamos a llegar a ningún lado.
***
Llegamos a un antro al que nunca había ido. Desde la entrada noté cómo los hombres giraban la cabeza para verme. Me dio algo de vergüenza, así que me colgué del brazo de Mateo para que se notara que no estaba sola. Aun así, alcancé a ver a varios con la boca entreabierta, siguiéndome con la mirada como si nunca hubieran visto a una mujer. Supongo que con el vaivén de las caderas la falda dejaba ver el borde de la tanga y el remate de las medias. No voy a fingir humildad: tengo el culo redondo y firme gracias a tanto ejercicio, y esa noche lo estaba luciendo entero.
Ya adentro, Mateo fue a buscar las bebidas y yo me quedé sola al borde de la pista, moviéndome despacio al ritmo de la música. Los tipos que pasaban me desnudaban con los ojos. Podía sentir cómo recorrían cada centímetro, cómo se detenían en las tetas sueltas bajo la blusa, cómo bajaban al culo y se quedaban ahí. Eso me asustaba un poco. Y me mojaba mucho.
Quizás me vestí demasiado provocativa, pensé. Pero a la vez sentía un cosquilleo en la panza que no me dejaba quedarme quieta, y sabía que si me pasaba la mano por la entrepierna iba a encontrar la tanga hecha una sopa.
Al verme sola, empezaron a acercarse. Unos solo saludaban con timidez. Otros me ofrecían un trago o me invitaban a bailar. Y los más atrevidos se pegaban un segundo a mi oído al pasar para soltarme alguna grosería linda, de esas que te hacen sonrojar y sonreír al mismo tiempo. Uno me susurró que me quería comer el coño ahí mismo. Otro me pasó la mano por la cintura como al descuido y me la dejó un instante de más sobre el nacimiento de las nalgas. Estaba nerviosa, sí, pero también tan encendida que sentía el calor bajarme por los muslos.
Lo que terminó de prenderme fue descubrir a Mateo. Desde la barra, con una bebida en cada mano, observaba toda la escena con una sonrisa pícara. No estaba celoso. Estaba fascinado. Le devolví la sonrisa y me moví un poco más, esta vez para él, invitándolo a venir.
Cuando se acercó me entregó los tequilas y me los tomé de golpe. El alcohol terminó de soltarme. Empezamos a bailar abrazados y sentía cómo la falda se me subía cada vez que él me agarraba de la cintura, dejando el culo a la vista de todos. Los veía casi babeando cuando girábamos, pero ya no me molestaba. Al contrario. Mateo tenía la cara de un chico al que le acaban de dar el mejor regalo, y su verga durísima presionándome la cadera me dejaba clarísimo que todo esto lo tenía incluso más caliente que a mí.
—Mirá cómo te miran —me dijo al oído, mordiéndome el lóbulo—. Todos quieren metértela. Todos quieren lo que es mío.
Me pegué más contra su bulto y le froté el culo lento, dejándole sentir hasta dónde llegaba mi entusiasmo. Él bajó una mano y, escondida entre nuestros cuerpos, me la metió por debajo de la falda. Me pasó dos dedos por encima de la tanga empapada y soltó una risita ronca.
—Estás chorreando, amor. Estos hijos de puta te tienen chorreando.
***
Pusieron algo más movido y seguimos bailando, ahora con más ganas. Los giros seguramente mostraban todavía más de lo que yo quería, pero el pudor ya se había ido a dormir hacía rato. Como había varias parejas en la pista, cada tanto rozaba o chocaba con alguien. Sentí más de una mano pasar por mi culo, apretarme una nalga y soltarla rápido, y algún cuerpo pegarse al mío por detrás con una erección disimulada rozándome. Preferí atribuirlo a la casualidad. La verdad es que no me molestaba para nada. La verdad es que cada mano anónima me subía un grado más el termómetro entre las piernas.
Había un hombre en particular que no me quitaba los ojos de encima. Alto, de barba corta, apoyado contra una columna con un trago en la mano. No se acercaba, no me decía nada. Solo me miraba bailar con una calma que me ponía más nerviosa que todos los demás juntos. Cada vez que giraba lo encontraba ahí, esperando, como si tuviera todo el tiempo del mundo. En un momento crucé los ojos con él un segundo de más y sentí que se me secaba la boca mientras el coño se me volvía a inundar. Me lo imaginé rompiéndome la tanga de un tirón, arrodillándome, obligándome a chuparle la polla ahí mismo, contra la columna, con todo el antro mirando.
Me pegué a Mateo y le hablé al oído.
—Hay uno que no deja de mirarme.
—Ya sé —me contestó, divertido—. Lo vengo viendo hace rato. Se la está aguantando el tipo. ¿Te gusta?
No le respondí. Me daba miedo lo que podía llegar a decir si me escuchaba la verdad. En vez de eso me di vuelta entre sus brazos, le di la espalda y seguí bailando contra él, dejando que el de la barba se llevara la imagen completa: mi culo restregándose contra la bragueta de mi marido, sus manos apretándome las tetas por encima de la blusa, mis pezones marcados como dos balas. Mateo me apretó las caderas con las dos manos, me hundió los dedos en la carne y sentí su risa caliente en mi cuello.
—Se te está poniendo tan dura como a mí, mirá —me susurró—. Y vos, con la tanga hecha un desastre. Sos mi puta preferida.
Más tarde fuimos al baño. El de mujeres estaba lleno, así que me tocó esperar en un pasillo angosto. Ahí los hombres que iban entrando y saliendo se pegaban a mi cuerpo más de la cuenta al pasar. Uno me apoyó descaradamente la mano en la cadera para «pedir permiso». Otro me pasó rozando por delante y sentí clarito el bulto contra mi cadera. Quizás por eso le dicen «tocador», pensé, y me reí sola.
Entre lo prendida que estaba y los tequilas, mi cabeza empezó a armar una película. Me imaginé que uno de esos desconocidos me acorralaba contra la pared del pasillo, me subía la falda, me arrancaba la tanga de un tirón y me metía la lengua en el coño sin decir palabra. Me lo imaginé lamiéndome de abajo hacia arriba, chupándome el clítoris hasta hacerme temblar las rodillas, mientras yo le agarraba la cabeza y me la apretaba contra la entrepierna. Después, sin darme tiempo, me daba vuelta, me apoyaba la mejilla contra la pared fría y me clavaba la verga hasta el fondo de una sola estocada. En la película tenía barba corta y olía a ese trago oscuro. Sentí que me humedecía sin remedio, tanto que noté el hilito bajarme por la cara interna del muslo. Tuve que apretar las piernas y respirar hondo para no perder la compostura en plena fila.
Lo más perturbador no era la fantasía en sí. Era darme cuenta de que, si en ese momento hubiera aparecido Mateo y me hubiera dicho «andá, está esperándote en el baño de hombres, abrile el pantalón y chupásela», no sé si habría dicho que no. Y esa duda, esa sola duda, me asustó tanto como me prendió.
Cuando por fin salí, ya no aguantaba más.
—Vámonos a casa —le dije a Mateo, tomándolo de la camisa y refregándole la mano contra el bulto por encima del pantalón—. Necesito tu verga ya.
No hizo falta repetirlo. Pagamos y salimos casi corriendo.
***
Apenas cruzamos la puerta de casa me lancé sobre él. Le arranqué la camisa haciendo saltar dos botones y lo empujé contra la pared del pasillo. Lo besé como si quisiera comérmelo, chupándole la lengua, mordiéndole el labio, mientras le desabrochaba el cinturón con manos torpes. Le bajé el pantalón y el bóxer de un tirón y su polla saltó afuera, gruesa, roja, palpitando de tanto haberse aguantado toda la noche.
Me arrodillé ahí mismo, sobre la baldosa de la entrada, sin importarme la falda ni las medias. Le agarré la verga con las dos manos y me la metí en la boca hasta el fondo. Lo escuché gemir arriba mío, agarrándome del pelo, guiándome el ritmo. Se la mamé como una desesperada, dejando que se me llenara la boca de baba, escupiéndosela sobre el glande, chupándole los huevos, volviendo a tragármela entera hasta que se me saltaron las lágrimas.
—Puta —me decía—. Puta hermosa, así te querían ver todos esos, así, con mi verga en la boca.
Sacó su polla de mi boca con un chasquido, me levantó de un tirón por debajo del brazo y me dio vuelta contra la pared. Me subió la falda de un manotazo, esa falda que tantos habían querido levantar esa noche, y me arrancó la tanga literalmente, rompiéndomela por un costado. Le escuché tomar aire cuando vio el estado en el que estaba.
—Mirá cómo estás, por dios. Estás inundada.
Me pasó dos dedos por la raja de arriba abajo, juntando todo el jugo, y me los metió después en la boca para que me chupara mi propio sabor. Yo temblaba apoyada contra la pared, con el culo levantado, las medias satinadas brillando bajo la luz del pasillo, rogándole por lo bajo que me lo metiera de una vez.
—Metémela, Mateo, por favor, metémela ya.
Me la clavó de golpe, hasta el fondo, sin preámbulos. Grité contra la pared. Empezó a follarme durísimo, con las dos manos aferrándome las caderas, embistiendo tan fuerte que sentía sus huevos chocarme el clítoris a cada estocada. La pared del pasillo temblaba con cada golpe. Yo me apoyaba con las palmas abiertas, echando el culo hacia atrás para recibirlo mejor, y le escuchaba los gruñidos animales cada vez que se hundía entero.
—¿Te gustó que te miraran, eh? ¿Te gustó ser la puta de la pista? —me gruñía, dándome palmadas en el culo entre embestida y embestida—. Decime que te gustó.
—Sí, me gustó, me encantó, seguí, seguí, no pares.
Me sacó la polla, me dio vuelta y me levantó en brazos. Me clavó otra vez contra la pared, sosteniéndome de las nalgas, y volvió a metérmela así, en el aire, mientras yo le clavaba los tacones en la parte de atrás de los muslos. Le mordía el hombro para no gritar, sentía cada centímetro de su verga entrando y saliendo, el ruido húmedo de mi coño empapado tragándoselo entero. Me miraba a los ojos, muy de cerca, y yo veía en él la misma cara del hombre de la columna, del desconocido de mi fantasía, de todos los tipos que esa noche me habían desnudado con la mirada. Se me juntaban todos en uno solo.
Me vine así, con las piernas trabadas alrededor de su cintura, apretándole la polla por dentro con espasmos que me sacudieron entera. Un grito ronco se me escapó contra su cuello. Él aguantó unos segundos más, folándome sin piedad mientras yo me deshacía, hasta que me sacó de golpe, me bajó al piso y me obligó a arrodillarme otra vez. Se cascó la verga dos veces sobre mi cara con la mano y me llenó la boca, los labios y las tetas de leche caliente y espesa, jadeando mi nombre como si se le fuera la vida.
Fue intenso, rabioso, distinto a todo lo que hacíamos hacía mucho tiempo. Me encantó cada segundo.
Después, tirados en la cama recuperando el aliento, con la piel todavía pegajosa, le confesé lo que se me había cruzado por la cabeza en la fila del baño. Le conté la fantasía del desconocido contra la pared, del tipo lamiéndome primero y clavándomela después, esperando que se riera o que se pusiera celoso.
Lo que dijo me dejó sin palabras.
—¿Y si la próxima vez —dijo despacio, acariciándome la espalda mientras me pasaba la lengua por un pezón todavía sensible— elegís a uno de esos tipos, se la chupás delante mío y te la dejás meter mientras yo miro?
Me quedé en silencio un buen rato, con el corazón latiéndome fuerte y el coño, increíblemente, empezando a palpitar otra vez. No supe qué contestar.
Para mí, hasta ahora, todo eso no era más que una fantasía. Creo que con esa noche llegué a mi máxima aventura. Pero ya no estoy tan segura de cuál es mi límite. Quizás repita la experiencia más adelante. Y quién sabe si, con unos tequilas de más y la mirada de Mateo encima, no me anime a arrodillarme frente a un desconocido y abrirle el pantalón con los dientes.
Por ahora, lo dejo acá. Gracias por leerme.