Acepté la fantasía que mi marido tanto me pedía
Me llamo Renata, tengo treinta y tres años y mido apenas un metro cincuenta y dos. Cuento esto porque todavía me cuesta creer que lo hice, y porque escribirlo es la única manera de volver a sentir lo que sentí esa tarde sin que nadie me juzgue por ello.
Antes de Esteban tuve relaciones cómodas, tibias, de esas que se apagan sin que una se dé cuenta. Con él fue distinto desde el principio. Probamos cosas, hablamos sin vergüenza, descubrimos juntos lo que nos gustaba. Él tiene un fetiche con los pies que encaja perfecto con mi lado dominante, ese que aparece cuando la situación lo pide. Y, sin embargo, también disfruto lo contrario: que me manejen, que me usen, que me lleven al límite.
Un día Esteban me confesó algo que llevaba tiempo guardándose. Quería verme en la posición más sumisa posible, con un desconocido. Le salió de golpe ese costado voyerista que yo intuía pero que nunca había puesto en palabras.
—Quiero verte disfrutar con otro hombre —me dijo una noche, casi en un susurro.
La idea no me molestó. Me dejó pensando, eso sí. Le pedí tiempo para asimilarlo, y él, a partir de esa noche, no perdió una sola oportunidad de volver al tema. En la cama era insistente, sabía que con la calentura encima sería más fácil que cediera. No voy a negarlo: cada vez que lo mencionaba, mi deseo crecía. Quería intentarlo. Pero soy buena en mi papel y me hice de rogar. Hasta poder sacar mi propia ventaja.
***
Una tarde llegué más temprano del trabajo. Me quité todo y me puse una camisa suya, sin nada debajo. Cuando él entró por la puerta, le serví un trago, lo llevé hasta el sillón y, sin decir una palabra, me arrodillé frente a él.
Le bajé el cierre y empecé a dedicarle la mejor mamada de su vida.
—Vaya… ¿a qué debo este recibimiento? —preguntó con la voz ya entrecortada.
Levanté la cabeza apenas lo suficiente para mirarlo a los ojos.
—Lo pensé bien. Decidí que sí quiero cumplir tu fantasía.
—¿Lo dices en serio?
—Completamente. Creo que va a ser algo interesante para los dos.
—Gracias, de verdad. Eres increíble.
Volví a bajar la boca un momento y después me detuve.
—Hay condiciones —dije.
—Las que quieras, pero sigue, por favor.
Justo lo que esperaba. Lo tenía donde quería tenerlo.
—La primera: no va a ser nadie de nuestro círculo. Ni un conocido, ni un amigo de un amigo, ni alguien que pueda llegar a cruzarse con gente que nos conozca. Un completo extraño.
—De acuerdo, estoy de acuerdo.
—La segunda: solo va a ser oral. Puedo tragar cuando termine, pero nada más allá de eso. Nada.
—Sí… ¿algo más? —dijo, apenas conteniéndose.
Le di una lamida lenta y seguí.
—La tercera: tiene que pasar los exámenes médicos correspondientes. Y lo elijo yo. Tú te encargas de conseguir candidatos, nada más. ¿Entendido?
—Perfecto. Si no hay nada más, por favor, no te detengas.
Sonreí contra su piel. Faltaba la mejor.
—Ah, casi lo olvido. Desde hoy, y hasta el día del encuentro, no tienes derecho a terminar otra vez. Ni una sola.
—¿Estás loca? Eso es imposible, sabes que no puedo.
—Entonces no hay trato —dije, y me aparté unos centímetros.
—Está bien, está bien… pero ni una condición más.
—Trato hecho.
Se levantó del sillón y, sin avisar, me la metió a su ritmo, a su gusto. Se me llenaron los ojos de lágrimas, me costaba respirar, pero estaba más excitada de lo que recordaba haber estado nunca. Lo disfruté cada segundo.
En un descuido lo volví a sentar. Me até el pelo, me escupí en las manos y empecé a masturbarlo despacio, mirándolo desde abajo.
—Dime una cosa —murmuré—. ¿Te excita la idea de verme con otro en la boca?
—Muchísimo.
—¿No te va a molestar ver una verga ajena usando mi boca?
—No. Me excita imaginarlo.
—¿Y si me gusta más que la tuya?
—No me importaría. Quiero que disfrutes.
Apreté un poco el ritmo.
—¿Y cómo quieres que se la haga? Dímelo.
—Como nunca. Quiero que lo hagas disfrutar como nadie. Que parezcas una experta.
—¿Sí? —bajé la voz hasta convertirla en un hilo—. ¿Quieres ver cómo me llenan entera?
—Sí, quiero.
—Espero que sepas lo que pides. Una vez ahí, no vamos a poder dar marcha atrás.
—Sigue, sigue…
Lo masturbé con las dos manos, abrí la boca y, casi al instante, sentí cómo se vaciaba. La cantidad me sorprendió. Se notaba cuánto lo había excitado el simple hecho de que yo aceptara.
Me levanté, le di un beso en la frente y le pedí que empezara a buscar. Que reuniera la información y que ya organizaríamos el resto.
***
Un par de días después me entregó una especie de informe. Varios hombres, distintas edades, distintos físicos. Lo había tomado en serio, eso me gustó.
Dos me llamaron la atención. Un hombre de piel oscura, de unos cuarenta y dos años, de mirada tranquila. Y un joven de veinticuatro, recién llegado del extranjero. Me decidí por el joven. Siempre me ha gustado el acento de por allá, y algo en su fotografía me hizo imaginar la escena con demasiada claridad.
Esteban se encargó de todo. El chico vivía en otra ciudad y venía solo para esto. Reservamos una habitación en un hotel del centro. La idea era llegar nosotros antes; él aparecería más tarde, y yo lo recibiría en el cuarto.
Me tomé un par de tragos antes de que llegara, porque estaba nerviosa de verdad. Esteban ya había acomodado el sillón desde donde pensaba mirarlo todo, en una esquina, lo bastante cerca para no perderse nada. Yo estaba sentada en el borde de la cama, con las piernas cruzadas, escuchando mi propia respiración.
Sonó el teléfono de la habitación. Recepción confirmaba a nuestro invitado. Menos de cinco minutos después, golpearon la puerta.
Esteban abrió y yo me quedé sin aire. Era perfecto. Alto, atlético, con una sonrisa que parecía ensayada y a la vez genuina. Me saludó con dos besos en la mejilla, me dio un abrazo cuidadoso, casi caballeroso, y a Esteban le entregó una botella como pequeño detalle de cortesía.
—¿Cuál es el protocolo? —preguntó, mirándome a mí.
—Yo tomo la iniciativa —respondí—. Después llevas tú el ritmo.
Le pedí que se sentara en la cama, le indiqué a Esteban su lugar en el sillón y me metí al baño.
Me desvestí. Me puse una bata negra, corta y transparente, que no dejaba absolutamente nada a la imaginación, sin nada debajo. Me hice una cola alta. Me miré un segundo en el espejo y respiré hondo.
Cuando salí, al chico le brillaron los ojos. Se puso de pie, me hizo dar una vuelta lenta y me llenó de halagos.
—Bueno —dije, recuperando el control—, creo que vamos a empezar con lo planeado, ¿no?
—Adelante, cuando quieras —contestó.
Me giré hacia mi marido.
—¿Estás listo, amor?
—Adelante. Estoy ansioso —dijo Esteban desde su rincón.
Me arrodillé y empecé a frotar por encima de la tela. Sentí cómo se formaba un bulto duro, exigente.
—Vaya, ¿qué sorpresa me tienes aquí? —dije.
—Sácalo y averígualo —respondió, con una seguridad que me erizó la piel.
Lo desabroché, le bajé el pantalón y me llevé la verdadera sorpresa. Era grande, gruesa, con las venas marcadas, y al sostenerla con la mano se notaba el contraste entre mi piel pálida y la suya. Podía tomarla con las dos manos y aun así no cubrirla del todo.
—Te quedaste muda —dijo—. ¿Ya te arrepentiste?
—Claro que no. Solo me sorprendiste.
Empecé a masturbarlo despacio y todavía creció un poco más, hasta quedar completamente dura. Intenté llevármela a la boca, pero no estaba acostumbrada a ese tamaño. Apenas me entraba la punta.
—Ánimo —dijo—. Demuestra que puedes.
Me tomó de la nuca, con firmeza pero sin brusquedad, y en ese momento pude meter un poco más. La mandíbula me dolía por el esfuerzo, los ojos empezaron a llorarme. Me aparté, respiré profundo, lo miré y, esta vez sola, sin que nadie me empujara, volví a forzarme. Poco a poco logré meter más de la mitad. Con una mano le acariciaba el resto, con la otra me tocaba a mí misma.
—Oye, amigo —le dijo a Esteban sin dejar de mirarme—, vaya mujer que tienes en casa. Parece que llevaba tiempo esperando algo así.
Esas palabras, dichas por un desconocido, me molestaron y me encendieron al mismo tiempo. Empecé un vaivén cada vez más profundo, metiéndome dos dedos a la vez. Llegué a un orgasmo que me recorrió de arriba abajo y saqué la verga de la boca solo para gemir, para que Esteban escuchara hasta dónde había llegado.
—¿Te gusta, amor? —jadeé hacia el sillón—. ¿Te gusta ver a tu mujer así?
—Me encanta —respondió con la voz tomada—. Sigue.
—Dale el gusto, entonces —intervino el chico, divertido.
Me escupí en las manos y volví, ahora a dos manos, jugando con todo en mi boca. Estaba perdida. Tenía unas ganas inmensas de pedirle más, de romper mis propias reglas, pero el trato era claro: solo oral. Y una palabra es una palabra.
Estuve más de veinte minutos así, hasta llegar otra vez al borde, hasta empezar a sentir el cansancio en la mandíbula y en las rodillas.
—Dámela ya —supliqué—. Termina, por favor.
—¿Cansada tan pronto? —se rió—. Vamos, abre grande y pídelo.
—Sí. Dámela, dámela toda.
Se masturbó frente a mí, y en cuestión de minutos terminó con una intensidad que no esperaba. Lo primero cayó en mi boca; el resto, en mi cara. La cantidad era increíble. Recogí todo con los dedos, me lo llevé a la boca y lo dejé limpio con la lengua.
Se vistió, se despidió con la misma educación con la que había llegado y nos dejó solos.
Esteban se levantó del sillón con una mirada que yo conocía muy bien. Pero eso, lo que pasó después de que cerró la puerta, es otra historia que quizá cuente otro día.