Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Lo que confieso de aquel verano en Valencia

Voy a contarlo tal cual pasó, sin adornarlo, porque si empiezo a maquillarlo pierde la gracia. Marcos y yo llevábamos años jugando a esto, pero aquel verano en Valencia fue distinto. Hacía un calor pegajoso, de esos que te dejan la ropa adherida a la piel, y yo iba provocando desde que pusimos un pie en la ciudad.

Alquilamos un coche pequeño y nos dedicamos a recorrer el centro sin rumbo. Yo llevaba una falda mínima, un top casi transparente que dejaba adivinar los pezones tiesos por el aire acondicionado, una tanga de hilo empapada desde el desayuno y un plug que me había metido en el culo esa misma mañana, en el baño del hotel, con Marcos mirando y untándomelo de lubricante hasta que se coló de un empujón. Cada vez que el coche pasaba por un bache, el plug me apretaba por dentro y se me escapaba un jadeo que Marcos fingía no oír.

—Estás imposible hoy —me dijo Marcos sin apartar la vista de la carretera.

—Para el coche un momento —le pedí.

Saqué un papel del bolso y escribí una nota. No voy a transcribir cada palabra, pero la idea era clara: le decía a quien la leyera que llevaba un plug metido en el culo, que era una turista con ganas, que quería que me follara sin preguntar demasiado y que Marcos, mi marido, esperaba en el coche sabiéndolo todo. Doblé el papel, guardé un preservativo junto a él y bajé del coche antes de arrepentirme.

Si no lo hago ahora, no lo hago nunca.

Había un guardia joven en una esquina, vigilando la entrada de una calle peatonal. Alto, moreno, con esa seguridad de quien sabe que llama la atención y con un bulto marcado bajo el pantalón del uniforme que se le notaba incluso de lejos. Me acerqué, le entregué la nota doblada y el preservativo, y esperé.

Él la leyó despacio. Levantó la vista, me miró de arriba abajo con una calma que me puso la piel de gallina, se detuvo en mis pezones, bajó a la falda y volvió a subir a mi boca. Solo dijo:

—Ven conmigo.

***

Me llevó hasta una tienda de la misma calle, habló un segundo con el dependiente y pidió usar el baño del fondo. Entramos los dos. En cuanto cerró la puerta me sujetó del cuello, sin apretar, solo para que entendiera quién mandaba, y me metió dos dedos en la boca hasta el fondo. Los sacó brillantes de saliva y me los pasó por los pezones por encima del top.

—¿Qué quieres exactamente? —preguntó.

—Lo que dice la nota —respondí—. Sin paños calientes. Fóllame ya.

Me giró contra el lavabo de un tirón, me subió la falda hasta la cintura y se quedó un segundo mirándome el culo. Me bajó la tanga hasta la mitad del muslo, agarró la base del plug y me lo sacó despacio, con un giro final que me hizo apretar los dientes. Soltó un silbido por lo bajo cuando vio cómo me quedaba el culo abierto un instante antes de cerrarse.

—Joder, qué zorrita —murmuró—. Vienes preparada de casa.

Se bajó la bragueta, se sacó la polla —gorda, morena, con la punta ya brillando—, se puso el preservativo y me metió dos dedos en el coño de golpe para comprobar. Estaba chorreando. Se rio por la nariz, se colocó detrás y me la metió de una sola vez, hasta el fondo, sin avisar. Yo me agarré al borde del lavabo y miré nuestro reflejo en el espejo: él detrás, con el uniforme abierto, la mandíbula tensa, embistiendo, y yo con la boca abierta, los pezones marcándose contra la tela mojada, sin saber si el temblor era de dolor o de gusto.

Empezó a follarme rápido y fuerte, agarrándome de las caderas con las dos manos, chocando el pubis contra mi culo con un ruido húmedo que llenaba el baño. Me apartó el pelo para verme la cara en el espejo mientras me la clavaba.

—Mírame —me ordenó—. Mírate cómo te la meto.

Le obedecí. Me obligué a no cerrar los ojos ni cuando notaba que el orgasmo se me iba acumulando en el vientre. Se inclinó, me metió una mano por debajo del top, me estrujó una teta y me pellizcó el pezón mientras seguía moviendo las caderas contra las mías. Me corrí ahí, mordiéndome el labio para no gritar, con el coño apretándole la polla en espasmos que él notó y aprovechó para hundírmela un par de veces más, hasta el fondo, buscándole el ritmo a mi temblor.

Cuando terminó, se la sacó, se quitó el condón, lo anudó y lo tiró. Me pasé yo misma la mano por la espalda buscando aire, con el coño palpitando y las piernas flojas. Le pedí otro preservativo y más, y me lo dio con una media sonrisa. Apoyé las palmas contra la pared azulejada, arqueé la espalda, abrí las piernas y le dije que no parara hasta que yo se lo pidiera.

Me obedeció. Esta vez me la metió por el coño y luego, sin sacarla del todo, me la sacó y me la puso en el culo, presionando despacio, aprovechando que el plug me había dejado abierta. Entró entera con dos empujones firmes. Solté un gemido largo que rebotó contra los azulejos.

—Así, guarra —me susurró al oído—, así te gusta.

Me la metió por el culo hasta que se corrió por segunda vez, aguantándose la respiración, agarrado a mi cadera con tanta fuerza que al día siguiente me salieron cuatro dedos morados. Después me colocó el plug otra vez con un cuidado que contrastaba con todo lo anterior, me subió la tanga, me alisó la falda con la palma y me anotó su número en la nota.

—Por si vuelves a Valencia —dijo, y se fue.

***

Volví al coche con las piernas temblando y el plug oprimiéndome cada paso. Marcos me miró con esa media sonrisa que pone cuando ya sabe la respuesta.

—¿Y bien? —preguntó.

—Quiero más. Aparca ahí y echa el asiento para atrás.

Lo hizo. Metió el coche en un callejón sombreado detrás de una obra, echó el respaldo hacia atrás y se abrió la bragueta sin apartarme la mirada. Me pasé al asiento del conductor y me senté a horcajadas encima de él. Me arranqué la tanga a un lado con dos dedos y le agarré la polla, ya dura, la froté un segundo contra mis labios mojados y me la clavé de un empujón. Solté todo el aire de golpe.

—Todavía la tienes goteando —dijo Marcos apretando los dientes—. Está caliente por dentro.

—Cállate y déjame —le contesté.

Empecé despacio, moliéndole el pubis con el mío, mordiéndole el labio, dejando que me llenara y me vaciara al ritmo que me daba la gana. Le agarré la mano y me la llevé al cuello. Marcos me apretó lo justo, como sabe, mientras con la otra mano me subía el top y me chupaba una teta. Aceleré. El coche se movía sobre las ruedas, yo me subía y me hundía sobre él sin contemplaciones, con el plug rozándome por dentro cada vez que bajaba.

—Voy a correrme —jadeó.

—Ni de coña —le dije.

Le levanté, le empujé el pecho contra el respaldo y bajé la cabeza. Le lamí la polla entera, de la base a la punta, mojada de mí. Me la metí en la boca hasta atragantarme un poco, la saqué, escupí, la volví a tragar. Él me enredó la mano en el pelo y marcó él el ritmo, empujándome despacio hacia abajo. Cuando le noté el temblor en los muslos, redoblé, chupando y bombeando con la mano al mismo tiempo, y se dejó ir en mi boca con un gruñido ahogado. Me tragué lo que pude y el resto lo dejé caer por la comisura, mirándolo a los ojos.

—Tienes un problema —me dijo después, riéndose, mientras yo me recolocaba la ropa.

—Tú eres parte del problema —le contesté, pasándole el pulgar por la boca para limpiarle una gota que no era suya.

***

Esa noche fuimos a cenar a un restaurante cerca del puerto. Había un camarero jovencísimo, con cara de no haber roto un plato en su vida, y en otra mesa un hombre mayor de traje claro que no me había quitado los ojos de encima desde que entramos. Marcos lo notó. No dijo nada, pero lo notó.

Escribí otra nota mientras él pedía el vino. La misma idea de siempre, con un final distinto: «Te espero en el baño, con el culo listo». Se la deslicé al camarero al pasar y me levanté sin mirar atrás.

El chico tardó en aparecer. Cuando llegó estaba muerto de vergüenza, las manos le temblaban un poco al cerrar el pestillo. Le agarré la corbata, le di un beso húmedo que le hizo abrir los ojos como platos, y me lo bajé todo yo. Le desabroché el pantalón, le bajé el calzoncillo y le encontré la polla ya empinada, más pequeña que la del guardia pero preciosa, jovencita y limpia. Le puse el condón con la boca —el pobre casi se cae para atrás— y lo senté en la tapa del inodoro.

—Quédate quieto —le dije—, que yo me encargo.

Me subí encima, me metí su polla en el coño con la mano y empecé a moverme yo. Le agarré la cara y le hice mirarme las tetas mientras rebotaba sobre él. Le duró tres minutos, si acaso. Me di cuenta por cómo se le tensaron los muslos y cómo agarró el borde del inodoro con las dos manos. Se corrió con la cara enterrada entre mis pechos, temblando entero. Casi me da ternura. No se lo reproché. Le di las gracias, le pasé la mano por el pelo, le puse otra nota en la mano y le pedí que se la entregara al señor de la mesa de enfrente.

El hombre sí sabía lo que hacía. Entró sin decir palabra, echó el pestillo, dejó la chaqueta doblada sobre la cisterna y se me acercó despacio. Me miró de arriba abajo, me metió un dedo en la boca, luego dos, y me los sacó para meterlos entre mis piernas y comprobar cómo estaba.

—Empapada —dijo—. Y con el plug puesto. Bien.

Dejó que yo marcara el primer movimiento, que le desabrochara el cinturón y le sacara una polla gruesa, mucho más gruesa que las dos anteriores, con las venas marcadas. Se la chupé un rato, arrodillada en el suelo del baño, con él sujetándome la nuca sin prisa, hasta que estuvo bien empapada de saliva. Entonces me levantó, me puso contra la pared, me subió una pierna y me la metió en el coño de una embestida que me hizo dar un gritito.

—Sujétate de ahí —me ordenó, señalando la barra de la toalla.

Le obedecí. Me la clavó con una firmeza que el camarero ni había rozado, empujándome contra los azulejos con cada embestida, mordiéndome el cuello, apretándome la teta por debajo del top. Me la sacó, me giró, me hizo apoyar las manos en el lavabo y me la volvió a meter desde atrás, agarrándome de la cadera con una mano y del pelo con la otra, tirándome la cabeza hacia atrás.

—Así se folla a las guarras como tú —me dijo bajito, al oído—. Con clase.

Me corrí otra vez, apretándole la polla con el coño, y él se sostuvo aún un minuto más, marcándome un ritmo lento, profundo, hasta que se dejó ir dentro del preservativo con un jadeo contenido. Cuando acabó, se la sacó despacio, se limpió con un pañuelo, tiró el condón, me colocó el plug él mismo, me alisó la falda como si nada hubiera pasado, me arregló el pelo con las dos manos y me dijo:

—Un placer, guapa.

***

Volví a la mesa. Marcos cortaba su filete como si tal cosa.

—¿Cómo va eso? —preguntó sin levantar la vista.

—Bien abierto —respondí, y los dos nos reímos como dos críos.

El hombre del baño se sentó en la mesa de enfrente. No dejamos de mirarnos durante el postre. Al rato se acercó, apoyó las manos en nuestra mesa y dijo que quería más, que no había tenido bastante, que le gustaría verme llenar. Miré a Marcos. Él se lo pensó dos segundos, sacó una tarjeta del bolsillo y anotó la dirección de un hotel a un par de calles del nuestro.

—Dentro de media hora —le dijo Marcos—. Y trae a quien quieras, si te apetece.

El hombre asintió. Yo, por mi cuenta, le mandé un mensaje al guardia joven de la tarde. Respondió enseguida: que podía venir con un amigo. Le dije que sí. Cuantos más, mejor.

***

El hotel era discreto, de esos que no preguntan. Marcos pidió la habitación y, cuando subimos, me desnudó él mismo: me sacó el top, me bajó la falda, me dejó solo con la tanga y el plug puestos. Me ató las muñecas con un pañuelo a la pata de una mesa baja, me obligó a quedarme de rodillas, con el culo en pompa y las tetas colgando. Repartió preservativos por toda la habitación y puso las reglas en voz alta para cuando llegaran los demás: siempre con protección, siempre con el plug puesto entre turno y turno, y una hora de tiempo, ni un minuto más.

Llegaron primero el hombre del restaurante, luego los dos jóvenes juntos —el guardia y su amigo, otro chaval de la comisaría—, y no se hicieron de rogar. El del restaurante se colocó delante y me metió su polla en la boca antes de decir hola. La chupé arrodillada, con las manos aún atadas, mientras oía cómo los otros dos se desnudaban detrás de mí. Le noté al guardia por las manos: me agarró del culo, me sacó el plug con un giro y me la metió por el coño estando yo así, atada, con otra polla en la boca.

Lo que vino después lo recuerdo a trozos. Doble penetración con el guardia por detrás y el hombre delante, embistiéndome los dos a la vez, jugando al ritmo. El amigo del guardia esperando de pie a un lado, masturbándose despacio, mirando. Marcos me soltó las manos en algún momento para que yo pudiera moverme entre ellos, y me pasé al amigo, que me la metió sentado en el sillón mientras yo me la clavaba encima suyo dándoles la espalda a los otros dos. Ellos aprovecharon: el guardia me la metió por el culo por primera vez sin plug de por medio, apretando con paciencia hasta que me abrí para él, mientras el otro me llenaba la boca por delante.

Hubo un rato en que dos me sostuvieron en el aire agarrada por los muslos, una polla dentro del coño, otra dentro del culo, un tercero esperaba de pie con la suya en la mano para relevar, y yo solo pensaba que no quería que terminara. Me corría en cadena, sin darme cuenta de dónde acababa un orgasmo y empezaba el siguiente. Cuando cambiaban de turno, me colocaban el plug entre uno y otro sin decírmelo, respetando las reglas de Marcos al pie de la letra.

Lo importante, y por eso lo cuento, es que Marcos no me quitó los ojos de encima ni un segundo. Tenemos una señal, una mirada concreta, para cuando quiero que todo pare. Él la vigila siempre. Conoce mi límite mejor que yo, y esa noche, aunque parezca lo contrario, fue el más prudente de todos.

Cuando sonó la alarma del móvil, los tres se fueron yendo, vistiéndose en silencio, con esa cortesía rara que aparece siempre al final. Antes de que el guardia saliera, lo agarré del brazo. Todavía tenía la polla medio empinada colgándole del pantalón sin abrochar.

—Una última, y duro —le dije.

Me lo concedió. Me tumbó sobre la mesa baja, me abrió las piernas, se colocó un condón nuevo y me la clavó por el coño con toda la fuerza que le quedaba, apoyando una mano en mi vientre para hundirla más. Terminó dentro del preservativo con la cara pegada a mi cuello, jadeando mi nombre, aunque no sé cómo sabía mi nombre. Después se vistió, me guiñó un ojo y se marchó. Marcos cerró la puerta, me sacó el plug, me metió en la bañera, me lavó con una paciencia infinita —cada dedo, cada muslo, cada pliegue— y nos volvimos a nuestro hotel a dormir. Yo estaba sensible, dolorida y profundamente feliz.

—Qué suerte tengo de pasar la vida contigo y con tus aventuras —me dijo en la oscuridad.

***

Llevaba días hablando por mensajes con un hombre de aquí, de Valencia. Un dominante de verdad, de los que saben lo que hacen. Me había contado sus experiencias, todas de mundo BDSM, y a mí se me iba la cabeza solo de leerlo. Marcos le escribió: que se pasara al día siguiente por el hotel, que no trajera nada, que me tendría a su disposición.

—Allí estaré —respondió—. Para darle a esa zorra lo que está pidiendo.

Me desperté temprano y me puse a hacer yoga, en tanga y con el plug, como casi cada mañana. Marcos se levantó a verme con un té en la mano. Cuando terminé, me sujetó de las caderas sin avisar, me arrancó la tanga, me sacó el plug y me la metió por detrás ahí mismo, con las piernas abiertas sobre la esterilla, sin condón porque somos nosotros, agarrándome de las tetas mientras me embestía. Nos corrimos casi a la vez, yo con la frente pegada al suelo, él vaciándose dentro con un gruñido bajo. Empezamos el día como solíamos.

Luego me preparé. Un body de látex con las cremalleras estratégicas —una en el coño, otra en el culo—, un plug vibratorio en el ano, un vibrador con arnés apretado contra el clítoris, un abrigo ligero por encima para cruzar el vestíbulo. Marcos llevaba los mandos en el bolsillo. Cada dos minutos, mientras subíamos en el ascensor del otro hotel, apretaba un botón y yo tenía que agarrarme a la barra para no doblarme.

Fuimos a la habitación. Me colocó en la entrada con las manos atadas a la espalda, una mordaza de bola roja que dejaba la boca abierta y goteando, y un cartel colgado al cuello que no pienso repetir aquí.

***

El amo llegó puntual. Marcos lo recibió, comprobó que no traía nada, le entregó los mandos y le explicó las reglas y mi señal de parada. Después se apartó, como siempre, a vigilar desde un sillón en el rincón.

El hombre subió la intensidad de los vibradores al máximo desde el primer minuto. Me miró temblar contra la puerta sin tocarme, disfrutando de verme aguantar. Cuando ya no pude más y las rodillas empezaron a fallarme, me agarró del pelo, me arrastró de rodillas hasta el centro de la habitación y me obligó a mirar hacia arriba. Se sacó la polla y me la metió en la boca abierta por la mordaza, follándome la garganta al ritmo que le daba la gana, con los vibradores a tope entre las piernas. Me corrí así, atada, con su polla ahogándome, sin poder respirar del todo.

—Buena zorra —me dijo—. Sigue.

Me arrastró hasta la cama, me bajó la cremallera del culo del body, me quitó el plug vibratorio y me penetró con condón por el ano, muy despacio, dejándome sentir cada centímetro. Al mismo tiempo dejó el vibrador del clítoris a tope. Me llevó al borde una y otra vez y me mantuvo ahí, sin dejarme respirar del todo, apartándose cuando notaba que el orgasmo se me acumulaba, volviendo a embestir cuando el temblor bajaba. Me vendó los ojos con su corbata. A partir de ese momento todo fueron sensaciones sueltas: un latiguillo fino en las nalgas, una barra vibratoria apoyada donde menos lo esperaba, dedos en el coño mientras me follaba el culo, un orgasmo detrás de otro hasta que perdí la cuenta y empecé a babear sin darme cuenta.

—Vas a quedar bien abierta —me dijo al oído—, y vas a dártelas todas.

Hubo un momento en que pensé que no aguantaba, y entonces aflojó, me pasó una mano por el pelo, casi con cariño. Otro en que creí que iba a parar, y entonces volvió con todo, con dos dedos y la polla a la vez, estirándome. Jugaba con los tiempos como un músico. Marcos se acercó una sola vez, me apartó la venda lo justo para mirarme a los ojos y preguntarme en silencio si estaba bien. Le hice la señal de que sí, tres parpadeos. Solo entonces se retiró.

Cuando se le acabó el tiempo, el amo se corrió por fin dentro del condón, sin sacármela del culo, apretando los dientes, y se quedó ahí un segundo respirándome en la nuca. Después me colocó un plug grande, más grande que el mío, para dejarme abierta como había prometido, me desató despacio, me quitó la mordaza con cuidado, me limpió la barbilla con el pulgar y se despidió con una formalidad casi tierna, como si las últimas horas no hubieran existido.

***

Después se fue, y Marcos tardó un buen rato en soltarme del todo. Me revisó entera, me masajeó las muñecas, me dio agua a sorbos pequeños. Cuando estuvo seguro de que estaba bien, me llevó a la bañera otra vez. Esa es la parte que la gente no ve y que para mí es la más importante: lo que viene después.

—Estás muy sensible —me dijo, pasándome la esponja por la espalda.

—Me duele todo —confesé—. Y lo volvería a hacer mañana.

Y lo hicimos, más o menos. Los días siguientes salimos a caminar por las afueras, entre pinos, con el guardia y el hombre del restaurante. Aquello fue distinto, más relajado, más de risas que de látigos, aunque el guardia me la metió una tarde contra un pino cuando los otros se adelantaron, rápido y sonriendo, y el hombre del restaurante me pidió una mamada en un mirador y se la di sin discutir. Me bañé en una poza de agua fría que cortaba la respiración, y de eso me acuerdo más que de cualquier otra cosa: del frío en los pezones, del sol entre las hojas y de lo absurdamente contenta que estaba.

***

Pasaron unos días y llegó el final del viaje. No dejaba de pensar en el amo. Le escribí una última nota antes de irnos, con mis condiciones por delante —nada de daño real, solo placer, y mi señal siempre por encima de todo— y una sola petición: que me dejara, otra vez, como solo él sabía dejarme, con el culo abierto y el coño temblando.

Respondió que allí estaría.

Y esto es lo que confieso de aquel verano en Valencia. No espero que nadie lo entienda del todo. Marcos y yo sí lo entendemos, y al final, en una pareja, eso es lo único que hace falta.

Ver todos los relatos de Confesiones

Valora este relato

Comentarios(9)

DiegoMR7

excelente!!!

LectorAndaluz

Tremendo relato, se siente real de principio a fin. Muy bien contado.

Marce_BsAs

Por favor continuacion!! me dejo con ganas de saber como siguio todo

CeciMendoza

Ese verano en Valencia... me hizo recordar unas vacaciones que yo tuve hace años. La tension del momento esta perfectamente descripta, se te mete adentro.

Santi_rdr

¿Hay segunda parte? No puedo creer que termina ahi jajaja

Facu_Reads

Lo del preservativo me mato jajaja que atrevida. Ojala todos tuvieramos ese coraje.

Roxii22

Me encanto como esta escrito, se nota que es real. Sigue compartiendo!!!

VeroD_Lee

La categoria Confesiones tiene cada joyita... este en particular te engancha desde la primera linea y ya no podes soltar. Muy bueno.

LoboSolitario87

Chapeau por el gesto, no cualquiera tiene esa determinacion. Mas relatos asi por favor!!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.