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Relatos Ardientes

El albornoz del suegro siempre entreabierto

Lucía tenía veintitrés años y un cuerpo que llamaba la atención hiciera lo que hiciera. Pechos altos y firmes que tensaban la tela de cualquier camiseta de tirantes, cintura estrecha y unas caderas anchas que terminaban en un culo grande, redondo y duro. La piel blanca, lisa, marcada solo por una fina línea de bronceado en la parte alta de la espalda. Lo sabía y, durante mucho tiempo, no le había dado importancia.

Vivía desde hacía medio año con Iván, su novio, y con Don Esteban, el padre viudo de él. Era un hombre de cincuenta y seis años, corpulento, de hombros anchos y manos endurecidas por décadas de trabajo en el puerto. Tenía una costumbre que a Lucía la incomodaba desde el primer día: deambulaba por la casa con un albornoz azul marino raído, siempre entreabierto, sin nada debajo.

—Es el calor del verano —decía él, encogiéndose de hombros cuando ella desviaba la mirada.

Pero Lucía no se lo creía. Sabía perfectamente lo que era una excusa. Sus ojos la seguían cada vez que cruzaba el salón, deteniéndose en el vaivén de sus nalgas cuando subía las escaleras, en el rebote de sus pechos cuando se agachaba a recoger algo. Lo notaba como se nota el calor de una lámpara encendida: sin verlo, en la piel.

Durante esos seis meses, Lucía había aprendido a moverse por la casa con una especie de coreografía defensiva. No se agachaba si él estaba cerca. Se ponía una bata sobre el pijama para bajar a desayunar. Cerraba la puerta del baño con pestillo aunque Iván estuviera en casa. Y sin embargo, había algo que no terminaba de reconocer ni para sí misma: que cada una de esas precauciones le hacía pensar en él más de lo que quería. Que a veces, sin proponérselo, comprobaba si la estaba mirando. Y que cuando no lo hacía, sentía una punzada absurda de decepción.

Lo había comentado una sola vez, de pasada, con su mejor amiga. «Tu suegro es un viejo verde, déjalo», le había dicho ella entre risas. Lucía se había reído también. Pero esa noche, en la cama, mientras Iván dormía de espaldas, se había descubierto despierta, con la mente en sitios donde no debía estar.

Aquella mañana de sábado, Iván había salido a las siete para un turno extra. La casa quedó en silencio, solo el rumor del agua corriendo en el fregadero. Lucía lavaba los platos del desayuno con los auriculares puestos, moviendo las caderas al ritmo lento de una bachata. El sol entraba por la ventana y le calentaba los brazos. Llevaba el pelo largo y negro suelto, cayendo en ondas sobre la espalda, y las gafas de montura fina le resbalaban un poco por la nariz cada vez que se inclinaba.

Y se inclinaba mucho. Frente al fregadero, los leggings grises se estiraban hasta el límite, dibujando cada curva: la línea profunda entre las nalgas, el modo en que la carne se separaba al arquear la espalda. No llevaba ropa interior, y el contorno era brutalmente explícito. Pensaba en la lista de la compra, en la colada, en nada. No oyó llegar a Don Esteban.

***

Él la observaba desde el pasillo, medio oculto tras la puerta entreabierta. Llevaba un rato así. La verdad es que no podía apartar la vista de ese culo proyectado hacia atrás, ofrecido sin querer, mientras ella tarareaba ajena a todo. El albornoz le colgaba flojo de los hombros y, debajo, ya estaba duro solo de mirarla.

Respiró hondo. Le llegó el olor a jabón mezclado con el perfume barato de vainilla que ella usaba. Dio un paso descalzo sobre el linóleo, después otro. El corazón le martilleaba en el pecho como hacía años que no le pasaba.

Cuando estuvo a un metro, Lucía sintió el cambio en el aire. Calor, olor a hombre, una presencia densa a su espalda. Intentó girarse, pero ya era tarde. Don Esteban la atrapó por las caderas con las dos manos, los dedos hundidos en la carne sobre el elástico de los leggings.

—Quieta —susurró contra su nuca, el aliento caliente y ronco.

Lucía jadeó. Los auriculares cayeron al suelo y el agua siguió corriendo, salpicándole los antebrazos.

—Don Esteban… por favor, Iván…

—Iván no está —la cortó él, pegando la pelvis contra su culo. El albornoz se abrió del todo y ella sintió, a través de la tela fina, el grosor caliente deslizándose entre sus nalgas, duro como una barra de hierro—. Llevo meses viéndote menear esto delante de mí. Cada día. ¿Creías que no me daba cuenta?

Una mano le subió rápida hasta el cuello, justo debajo de la mandíbula, obligándola a arquear la espalda. La otra bajó, metiéndose por dentro de los leggings, palpando la carne desnuda. Lucía tembló. Sus pezones se endurecieron al instante bajo la camiseta, traicionándola antes de que su cabeza pudiera decidir nada. Intentó resistirse, pero él era mucho más fuerte.

De un tirón le bajó los leggings hasta medio muslo. El aire frío de la cocina le golpeó la piel desnuda. Don Esteban le separó las nalgas con los pulgares y soltó un gruñido grave.

—Mírate. Apuesto a que Iván nunca te ha tocado aquí.

Lucía negó con la cabeza, las mejillas ardiendo. Era verdad, y odiaba que él lo supiera. Él ya se escupía abundantemente en la palma y se untaba de arriba abajo, sin prisa, como quien se prepara para algo largo. Después apoyó el glande contra ella y empezó a presionar.

—Respira hondo —dijo, la voz más baja—. Despacio.

El primer empujón fue lento e implacable. Lucía gritó, pero el sonido se ahogó contra la mano que él le puso en la boca. Hubo una resistencia, y luego un ceder húmedo, y la cabeza entró, estirándola hasta un límite que no sabía que tenía. Un dolor ardiente le subió por la espalda, y al mismo tiempo una plenitud densa, obscena, que la hizo gemir contra sus dedos.

Don Esteban no paró. Avanzó centímetro a centímetro, abriéndose camino, mientras ella respiraba a bocanadas por la nariz. Cuando llegó a la mitad, Lucía ya tenía los ojos húmedos. Y entonces, sin que su cabeza diera la orden, sus caderas empujaron hacia atrás.

—Ahí está —dijo él, soltándole la boca para agarrarle los pechos por debajo de la camiseta—. Lo querías. Lo estabas pidiendo desde el primer día.

Le pellizcó los pezones, duros como guijarros, retorciéndolos entre los dedos. Después embistió hasta el fondo de una sola vez. Lucía soltó un grito gutural, mezcla de dolor y de algo que se parecía demasiado al placer. Se aferró al grifo con las dos manos, los nudillos blancos.

Empezó a moverse con un ritmo salvaje. Cada retirada la dejaba abierta y ardiente; cada entrada era un golpe seco que le hacía temblar toda la carne. El sonido era obsceno: el choque de la piel contra la piel, el gorgoteo del agua que seguía corriendo, los gemidos de ella, que ya ni intentaba contener. Las nalgas rebotaban contra el vientre de él con cada embestida.

Don Esteban le levantó una pierna y se la apoyó en el borde del fregadero, abriéndole más el ángulo. Entró más profundo, rozando puntos que nadie le había tocado nunca. Lucía cerró los ojos. La vergüenza se mezclaba con el placer hasta que ya no sabía distinguirlos.

—Mírate —jadeaba él, el sudor goteándole por el pecho—. En la cocina de tu novio, con el suegro hasta el fondo. Te vas a correr, ¿verdad? Dilo.

Lucía sollozó, sin fuerzas para mentir.

—Sí… sí, me corro…

El orgasmo la golpeó como un tren. Todo su cuerpo se contrajo en espasmos, apretándolo desde dentro como un puño. Don Esteban rugió, acelerando, los músculos de los muslos tensos. Con un último empujón se hundió hasta la base y se descargó dentro de ella, una pulsación tras otra, el calor extendiéndose por sus entrañas.

Se quedaron así unos segundos, los dos jadeando, encajados, el agua todavía corriendo. Después él salió despacio. Lucía sintió el reguero tibio resbalándole por el muslo.

Don Esteban se cerró el albornoz con calma, como si nada hubiera pasado, y le dio una última palmada en la nalga que le dejó una marca roja.

—Limpia la cocina —dijo, la voz aún ronca—. Y la próxima vez no te pongas nada debajo. Me gusta más así.

Salió del comedor arrastrando los pies, y el albornoz volvió a quedarle entreabierto a la espalda.

Lucía se quedó allí, temblando, apoyada en la encimera, con el grifo todavía abierto. Cerró el agua por fin. Se subió los leggings despacio, sintiendo cómo la tela se le pegaba a la piel húmeda. Tendría que ducharse antes de que Iván volviera. Tendría que recoger los auriculares del suelo, secar las salpicaduras del fregadero, comportarse como si fuera un sábado cualquiera y guardar aquello en el mismo cajón donde llevaba meses escondiendo todo lo demás.

Y, sin embargo, mientras se miraba en el reflejo oscuro de la ventana, no se sentía culpable. Se sentía despierta por primera vez en meses. Va a volver a pasar, pensó. Y lo peor de todo era que lo deseaba.

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Comentarios (6)

Tomas_88

Excelente!!! me engancho desde el primer parrafo, no pude parar de leer.

MarisolB

Por favor una segunda parte, no me puedo quedar sin saber como termina esto. Muy bueno!

Fabio_Lectura

Lo lei de un tiron, muy bien construida la tension. Me gusto bastante.

PatiCba

jajaja no me lo esperaba para nada, tremendo!!

Marcelo_Cba

Me trajo a la memoria una situacion parecida en casa de la familia de mi ex. Esa incomodidad que describes la conoci en carne propia, aunque la historia no llego tan lejos jaja. Muy bien contado, se siente autentico.

KarinaMza

Y entonces que paso?? lo deja asi y uno queda con la curiosidad, necesito la continuacion!!

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