La noche que mi marido me entregó a otro hombre
El mensaje llegó pasada la medianoche y lo leí tres veces antes de atreverme a respirar. Adrián no me preguntaba nada. Me daba instrucciones, una detrás de otra, con esa tranquilidad que tienen los hombres que saben exactamente lo que quieren. «Esta noche tu marido te abre el camino —escribía—. Quiero que llegues al hotel preparada, con las medias de red y el gancho atado al cuello. Cuando te vea, serás mía durante horas.»
Llevaba semanas hablando con él. Empezó como un juego, un chat anónimo donde confesé en voz baja la única fantasía que nunca había dicho en voz alta: que dos hombres me follaran a la vez, que uno me abriera el culo mientras el otro me llenaba el coño, que me usaran como se les antojara. Y ahora ese juego tenía dirección, hora y una lista de cosas que debía hacer.
No puedo creer que vaya a hacerlo.
Me levanté de la cama con las bragas ya húmedas y fui a buscar a Bruno, mi marido, que veía la televisión en el salón con los pies sobre la mesa. Le puse el teléfono delante de la cara sin decir nada. Lo leyó despacio. Sentí cómo se le tensaba la mandíbula y cómo, sin querer, se le marcaba la polla debajo del pantalón de chándal.
—¿Y tú quieres esto? —preguntó al fin, dejando el mando a un lado.
—Quiero que otro hombre me folle mientras tú miras —contesté, mirándolo a los ojos—. Lo quiero desde hace más tiempo del que te imaginas.
Bruno me miró de arriba abajo, como si me viera por primera vez. Luego me tomó de la muñeca y me arrastró hasta el dormitorio sin una palabra más.
***
Esa noche mi marido decidió que la preparación empezaba de inmediato. Me arrancó el camisón contra la pared, me giró de cara al colchón y me bajó las bragas de un tirón. Sentí sus dedos hundirse en mi coño de un solo golpe, dos, tres, moviéndose dentro con esa rabia contenida que le brotaba de saber que me estaba entregando a otro. Me lamió la nuca mientras me abría con los dedos y yo empujaba el culo hacia atrás como una perra.
—Estás empapada, joder —masculló—. Ya se te cae por los muslos.
Me sacó los dedos, se bajó el pantalón y se hundió en mí con una urgencia que no le conocía desde los primeros meses. Su polla me entró hasta el fondo del primer envite y me arrancó un gemido ronco. Me agarró del pelo, me tiró la cabeza hacia atrás y empezó a follarme contra el colchón con embestidas largas y brutales que hacían crujir la cama.
—Pídemelo —gruñó—. Pídeme que te folle más fuerte, zorra.
—Más fuerte, Bruno, no pares, méteme toda la polla, más adentro —le supliqué, mordiendo la sábana.
Me la dio. Me clavó el pubis contra el culo hasta que se me doblaron las rodillas, con una mano me apretaba una teta y con la otra me abofeteó la nalga hasta dejármela roja. La cabeza de su polla me rozaba un punto que hacía tiempo que no encontraba, y sentí subir el orgasmo desde las plantas de los pies. Me corrí gritando, con el coño apretándole la verga en espasmos, y él aguantó dentro para sentirme.
—Conque tengo que dejarte lista para otro —murmuró contra mi nuca, todavía duro dentro de mí—. Será un placer abrirte yo primero. Esta noche te voy a dejar el culo listo para que ese hijo de puta te lo destroce.
Se salió, me giró y me obligó a arrodillarme. Me metió la polla en la boca sin miramientos, empapada de mi propio flujo, y me la hizo tragar hasta la garganta. Yo le agarraba los muslos y aguantaba las arcadas, con los ojos llorosos, mientras él me follaba la cara mirándome desde arriba. Cuando estuvo a punto se salió, me apretó las mejillas y se corrió a chorros en mi lengua y en mis tetas, un semen espeso y caliente que me tragué sin apartar la mirada.
Fui a buscar el plug más grande que teníamos en el cajón y se lo mostré junto al mensaje de Adrián. Bruno sonrió de medio lado, me ayudó a colocármelo con paciencia y lubricante, empujando la punta contra mi ano y girándolo despacio hasta que el anillo se cerró alrededor de la base. Me dejó así el resto de la noche, sintiendo su presencia constante con cada paso que daba por la casa, y cada vez que me cruzaba con él me apretaba el culo para recordarme que aquello estaba dentro.
—Mañana vamos a comprar lo que falta —dijo antes de dormir—. Y vamos a hacerlo bien.
***
Al día siguiente salimos juntos a un sex shop del centro de Sevilla. Yo caminaba con el plug todavía dentro, consciente de él a cada movimiento, con la cara ardiendo cada vez que un dependiente me preguntaba si necesitaba ayuda. Compramos cuerdas de algodón, un par de mordazas, un traje de látex negro que se ajustaba como una segunda piel y un antifaz que no dejaba pasar la luz.
De camino al hotel apenas hablamos. Bruno conducía con una mano en el volante y la otra apoyada en mi muslo, subiendo despacio hasta meterme dos dedos por debajo de las bragas, follándome ahí mismo en el coche mientras yo me mordía los labios y veía pasar los semáforos.
En recepción nos avisaron de que había llegado un paquete a nuestro nombre. Lo subimos sin abrir. En cuanto cerramos la puerta de la habitación, mi marido me empujó contra la pared, me arrancó la falda, me bajó la ropa interior y me sacó el plug de un tirón que me hizo gritar. Se hincó de rodillas y me comió el coño de pie, con la lengua metida hasta dentro, chupándome el clítoris y mordiéndome los labios mayores hasta hacerme temblar. Me corrí en su boca aferrada a su pelo, con las piernas abiertas de par en par. Después me metió tres dedos y me hizo correrme otra vez con la palma golpeándome el pubis. Me colocó de nuevo el plug con el coño chorreando y abrió la caja.
Dentro había un gancho anal de acero, más grande de lo que esperaba, con una bola pulida en el extremo.
—Eso no me va a entrar —dije, mirándolo con una mezcla de miedo y ganas.
—Con lo de esta noche, sí —respondió Bruno—. Yo te dejo preparada. Cuando ese tío te meta la polla en el culo vas a estar tan abierta que ni te va a doler.
***
Trabajó conmigo durante horas, sin prisa. Me tumbó boca abajo, me llenó el culo de lubricante y empezó por un dedo, luego dos, luego tres, moviéndolos en tijera dentro de mí mientras con la otra mano me frotaba el clítoris. Alternaba sus dedos con el plug y con su propia polla, entrando y saliendo despacio, dilatándome milímetro a milímetro. Me habló bajito para que me relajara, con la boca pegada a mi oreja, mientras su verga me abría por atrás con una lentitud enloquecedora. Me folló el culo tres veces esa noche, con paradas largas, sacándomela mojada para volver a metérmela hasta el fondo, hasta que sentí el ano abierto como una boca hambrienta.
A las cinco de la mañana me levanté, me hice un lavado cuidadoso y volví al cuarto con unas medias largas y una tanga diminuta que sabía que le gustaba. Mi marido me recibió con la mirada encendida y la polla otra vez tiesa apuntándome. Me tomó por todo el cuarto, contra el armario, sobre la cómoda, con las tetas aplastadas contra el mármol y las medias enrolladas hasta el muslo. Me montó por detrás, me apartó la tanga y me la metió por el coño primero, luego por el culo, alternando, hasta que se corrió dentro de mí por segunda vez.
Cuando por fin se apartó, sentí algo frío rozar la entrada del culo.
—Respira y relájate —me ordenó.
La bola del gancho fue entrando milímetro a milímetro, con mucho lubricante. Era grande, incómoda, ajena. Bruno la metió y la sacó varias veces, esperando a que mi cuerpo cediera, hasta que por fin la introdujo del todo y enganchó la varilla a un collar que me ciñó al cuello. La postura me obligaba a mantener la espalda recta. Cualquier movimiento me lo recordaba.
Sacó una foto y la envió. Casi al instante llegó la respuesta de Adrián: «Qué bien abierta. Así la quiero.»
—Te falta algo de tu rutina —dijo mi marido, divertido—. Tu yoga. Quiero verte hacer tus posturas con eso dentro.
Está loco. Y yo más, porque le voy a hacer caso.
Justo entonces alguien llamó a la puerta. Bruno abrió. Era Adrián.
—Le mandé la ubicación —confesó mi marido al ver mi cara—. No te toca hasta las ocho. Pero te queremos ver antes.
***
Extendí la esterilla en el suelo y empecé a estirarme delante de los dos. Cada flexión movía la bola en mi interior, y cada movimiento me arrancaba un suspiro que intentaba disimular. Adrián me observaba en silencio, sentado en el borde de la cama, con los codos sobre las rodillas y el bulto de la polla marcado bajo el vaquero.
Cuando abrí las piernas en la última postura, se acercó. Empujó el gancho un poco más adentro y lo giró en círculos, despacio, estudiando mi reacción. Sentí algo que no había sentido nunca, un dolor y un placer en el mismo punto, imposibles de separar. Con la otra mano me apartó la tanga y empezó a tocarme el clítoris con dos dedos húmedos, dibujando círculos rápidos sin dejar de mover el metal dentro. Se agachó y me lamió el coño ahí mismo, con el gancho tirando de mí desde el cuello, mientras me hablaba sucio.
—Mira cómo chorreas, guarra. Todo esto es para mí. Este coño esta noche es mío y este culo también.
El orgasmo me llegó de un sitio que ni sabía que existía. Me sacudí entera sobre la esterilla, con la boca abierta y sin voz, mientras él seguía chupándome hasta que le empujé la cabeza porque no aguantaba más.
—¿Te ha gustado? —preguntó, ajustando de nuevo el gancho a mi collar.
—Sí —respondí, sin aliento.
Me ató las manos a la espalda con una cuerda que llevaba en el bolsillo y me llevó a rastras contra un mueble. Sacó un vibrador que acopló entre mis piernas con una cinta, apretándolo contra el clítoris, y luego se sacó la polla. Era gruesa, más gruesa que la de Bruno, con la punta ya brillante. Me agarró del pelo y me la metió en la boca de una sola vez, hasta la garganta. Me follaba la cara sin miramientos mientras el vibrador me hacía correrme una y otra vez, contracciones seguidas que me hacían atragantarme con su polla.
—Traga hasta la última gota —me advirtió cuando notó que estaba a punto.
Se corrió en mi boca a chorros calientes que me llenaron la lengua, el paladar, la garganta. Me tragué todo sin apartarme, con los ojos llorosos y los labios manchados, mientras él me sostenía la cabeza para que no soltara ni una gota.
—Nos vemos en cuarenta minutos —dijo, recogiendo su chaqueta—. Sé puntual.
Y se fue.
***
Bruno me quitó el gancho para comprobar que estaba bien. Lo estaba. Me colocó algo más suave para el trayecto, me ayudó con las medias de red y volvió a ponerme el gancho antes de cubrirme con un abrigo largo. Bajamos al coche y nos dirigimos a la otra dirección, la del mensaje original.
Antes de tocar el timbre me ató las muñecas y me vendó los ojos. Oí la puerta, sentí que me quitaban el abrigo y unos labios encontraron los míos. Me empujaron contra la pared y me levantaron los brazos por encima de la cabeza, sujetándolos a algo metálico. Unas manos, no supe de quién, me arrancaron la tanga y me abrieron las piernas. Me retiraron el gancho y, en su lugar, noté el avance lento de una máquina que se abría paso en mi interior. Cuando estuvo profunda, empezó a moverse sola, con un ritmo mecánico y despiadado que me llenaba el coño hasta el fondo una y otra vez. Gemí. Me pusieron una mordaza de bola en la boca y el ritmo de la máquina se aceleró. Me corrí colgada de las muñecas, con las piernas temblando, y aun así la máquina siguió, sacándome un segundo orgasmo detrás del primero.
Cuando por fin me destaparon los ojos, comprendí dónde estaba. Una sala equipada de arriba abajo: bancos, arneses, cadenas, varias máquinas de las que no había visto ni en fotos, potros con correas, un aro suspendido del techo. Bruno estaba a un lado, vigilándome, con la polla marcada bajo el pantalón.
—¿Quieres seguir? —me preguntó, acercándose para asegurarse.
—Sabes lo que me gusta y lo que no —contesté—. Confío en ti. Cuídame, y si no puedo más, te lo digo.
—Está bien —respondió, y me dio un beso en la frente que valía más que cualquier contrato.
***
Adrián apareció y me indicó que lo siguiera. Me ató boca abajo sobre una camilla larga, con las piernas separadas por unas barras y el culo levantado. Colocó un vibrador contra mi clítoris y una máquina contra mi coño, y se hundió por detrás con fuerza, metiéndome la polla en el culo hasta la base de un solo golpe. Grité contra la camilla. Empezó a follarme con embestidas secas y profundas, agarrándome de las caderas, mientras la máquina me martilleaba el coño desde abajo. Estaba doblemente penetrada, llena por los dos lados, con el vibrador chupándome el clítoris.
—Así te quería, con las dos bocas llenas —jadeaba él contra mi espalda—. Aprieta ese culo, zorra.
Me llevó al borde y me dejó ahí, suspendida, sin permitirme caer. Cada vez que estaba a punto de correrme apagaba el vibrador y frenaba las embestidas, y yo lloraba de rabia contra la camilla, moviendo el culo hacia atrás para buscarlo. Cuando sintió que ya no aguantaba, se salió, sustituyó su cuerpo por el gancho de nuevo y me dejó descansar unos segundos que me supieron a años.
Me desató de la camilla y, por primera vez en toda la noche, fui yo quien tomó la iniciativa. Lo empujé contra la pared, le bajé el pantalón y le comí la polla arrodillada, saboreando mi propio culo en su verga, chupándosela entera con las dos manos en sus muslos. Cuando lo tuve durísimo me monté sobre él y marqué mi propio ritmo, primero contra la pared, rebotando el coño en su polla, después en el suelo, cabalgándolo con las manos apoyadas en su pecho, después sobre uno de los bancos, moviendo las caderas en círculos hasta que sentí subir otro orgasmo largo y sordo que me dejó sin fuerzas. Luego le pedí que esperara.
Me puse el traje de látex que habíamos comprado, un traje ceñido con aberturas en el coño, el culo y los pezones, y salí a su encuentro transformada en otra persona.
—Me pediste un juego de roles —le dije, recorriéndolo con la mirada—. Aquí estoy. ¿Qué quieres hacerme?
Me ató a una silla con las piernas abiertas, sujetas a los reposabrazos, y acopló una máquina detrás de mí que me penetraba por el culo, y otra delante que me llenaba el coño. Dos vergas mecánicas moviéndose a ritmos distintos, con mis pezones pellizcados por unas pinzas que él iba tirando de vez en cuando. No sé cuánto tiempo estuvo funcionando. Perdí la cuenta de los orgasmos. En algún momento llegué a mi límite de verdad, hice la señal que habíamos acordado y mi marido apareció al instante. Paró las máquinas, me sacó los consoladores despacio, me soltó las pinzas y las cuerdas, y me bajó de la silla. Me sostuvo y me dejó respirar contra su pecho.
—Cógeme tú, cógeme entre los dos —le pedí a Adrián cuando recuperé el aliento—. Pero no más máquinas. Esta vez os quiero a vosotros. Los dos dentro a la vez.
***
Miré el reloj de la pared: pasadas las diez. Habían cumplido y mucho con sus horas. Bruno me abrazó por la espalda, me apartó el pelo de la cara y me besó la sien.
—¿Nos vamos? —murmuró.
En lugar de responder, le metí la mano en el pantalón, le agarré la polla y me llevé los dedos a la boca chupándolos como si fueran su verga. Hice un gesto a Adrián para que se acercara y repetí lo mismo con él, sacándosela y saboreando la punta con la lengua. Quería terminar a mi manera, marcando yo el final de la noche.
Le pedí a mi marido que tomara la cuerda y me atara a un banco, a cuatro patas, con las rodillas separadas y el culo bien arriba, igual que en aquel vídeo que Adrián tanto mencionaba en sus mensajes. Lo hizo despacio, asegurando cada nudo, mientras el otro hombre se colocaba detrás de mí y me lamía el coño y el culo alternando, preparándome. Bruno se puso delante y me metió su polla en la boca. Adrián me embistió por detrás por el coño, con Bruno follándome la garganta al mismo ritmo. Un vaivén doble, mi cuerpo empujado de uno al otro, sintiéndolos duros por los dos extremos.
Luego cambiaron. Bruno se colocó debajo de mí, tumbado boca arriba, y me montó por el coño mientras Adrián se hundía en mi culo desde atrás. Los dos dentro a la vez, tal y como había pedido. Al principio me abrieron con cuidado, esperando a que me acostumbrara, pero yo empujé las caderas hacia abajo para que entraran del todo y solté un gemido largo cuando sentí las dos vergas rozándose a través de la fina pared de carne que las separaba. Empezaron a moverse contratiempo, uno entrando mientras el otro salía, llenándome sin descanso.
—Follarme más fuerte, más, no paréis, os quiero a los dos dentro, corredme dentro los dos —les supliqué, con la voz rota.
El orgasmo me arrasó desde el vientre hasta la coronilla, un espasmo largo que me hizo gritar contra el hombro de Bruno. Ellos siguieron, alargándome el clímax, hasta que sentí a Adrián correrse dentro de mi culo con un rugido, chorros calientes que me llenaron por dentro, y a Bruno segundos después en mi coño, aferrado a mis caderas. Me quedé quieta entre los dos, con el semen de ambos escurriéndoseme por los muslos, temblando.
Adrián jugó todavía con mis sentidos hasta el final, atándome de mil maneras, suspendiéndome del aro del techo con las piernas abiertas, bajándome al suelo para volver a lamerme el coño con el semen goteando, hasta que ya no supe dónde terminaba mi cuerpo y empezaba el placer.
Cuando todo acabó, me quedé tendida entre los dos, agotada, vacía y extrañamente entera. Bruno me desató con el mismo cuidado con el que me había atado, me limpió con una toalla templada, me envolvió en una manta y me sostuvo hasta que dejé de temblar.
De aquella noche en Sevilla me despedí con el cuerpo molido, el coño y el culo doloridos y la certeza de haber tocado por fin el fondo de mi propia fantasía. No me arrepiento de nada. Encontré mis límites, y descubrí que mi marido era el único capaz de acompañarme hasta ellos sin soltarme la mano.