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Relatos Ardientes

Confieso lo que deseo cada vez que se arrodilla

Hay cosas que uno solo se atreve a confesar cuando apaga la luz y se queda a solas con su propia cabeza. Esta es una de ellas. Llevo casi nueve años con Marina y, aun así, todavía hay un rincón de mi deseo que nunca le he puesto en palabras. Esta noche estuvo más cerca que nunca de salir a la superficie.

La habitación estaba en penumbra. Solo una lámpara baja en la esquina, de esas que dan más sombra que luz, dibujaba el contorno de su cuerpo. El aire se sentía espeso, cargado de esa anticipación que uno reconoce sin necesidad de hablar. Marina estaba de rodillas sobre la cama, desnuda, con la espalda arqueada y las caderas levantadas hacia mí.

Me quedé un segundo de pie, mirándola. No por estrategia, sino porque había algo casi irreal en cómo la luz le resbalaba por la curva de la espalda hasta perderse más abajo. Cada línea de su cuerpo parecía pensada para hacerme perder la cabeza.

Me acerqué despacio. El corazón me golpeaba el pecho con una fuerza absurda para alguien que conoce ese cuerpo de memoria. Y, sin embargo, ahí estaba, duro y al borde, con las manos temblándome apenas mientras subía a la cama detrás de ella.

Le pasé las palmas por la espalda, de los hombros a la cintura, sintiendo cómo se le erizaba la piel bajo mi tacto. Marina dejó escapar un suspiro largo, de los que dicen «ya, no me hagas esperar» sin pronunciar una sola palabra.

Me acomodé detrás de ella con una lentitud que era pura tortura para los dos. Ella no aguantó mucho: estiró una mano hacia atrás, me buscó y me guió hacia su entrada. Estaba húmeda, caliente, lista. Cuando empecé a entrar, un gemido bajo se me escapó de la garganta sin que pudiera contenerlo.

Avancé centímetro a centímetro. No por técnica, sino porque quería sentirlo todo, cada milímetro de ella cerrándose alrededor de mí. Marina soltó un gemido largo, grave, que llenó la habitación y se quedó flotando en el aire un instante.

—Así —murmuró contra la almohada—. Justo así.

Le recorrí las nalgas con las manos, despacio, saboreando la suavidad tibia de su piel. Le clavé un poco los dedos, lo justo para sentir cómo se estremecía, y subí hasta su cintura para sujetarla con firmeza. Me gustaba esa sensación de tener el control, de marcar yo el ritmo.

Empecé a moverme. Un vaivén lento al principio, medido, calculado para estirar el placer todo lo posible. Marina respiraba pesado, con la boca entreabierta, y cada exhalación entrecortada me decía que iba por buen camino. Sentía cómo su cuerpo se acomodaba al mío, cómo me recibía con cada embestida.

Mis manos resbalaron de la cintura a las caderas, guiándola, gobernando su movimiento. Ella se entregó por completo, confiada, dejando que yo la llevara. Tenía la piel perlada de sudor y la espalda le brillaba en la penumbra con cada vaivén.

Me incliné hacia adelante hasta apoyar el pecho contra su espalda. Le busqué el cuello con los labios, lo besé, lo mordí apenas. Marina gimió distinto entonces, un sonido que era tanto placer como necesidad, una súplica callada de que no parara.

Subí el ritmo de a poco, sin precipitarme. Me detuve un segundo a mirarla: de rodillas, ofrecida, completamente a mi disposición. Esa imagen —ella vulnerable y deseosa al mismo tiempo— me mandó una corriente de excitación que me costó controlar.

Vi cómo estiraba un brazo y agarraba la almohada, retorciéndola con el puño. No hacía falta que dijera nada; su cuerpo entero hablaba por ella. Cada músculo tenso, cada movimiento de caderas saliendo a mi encuentro, era una invitación a ir más hondo.

Sus nalgas se contraían con cada empujón, pidiéndome más fuerza. La piel se le había enrojecido un poco donde mis manos la sujetaban, y esa marca tenue le añadía una intensidad nueva a todo. La sentía aceptarme entera, sin reservas.

De golpe cambié el ritmo. Pasé de aquel vaivén pausado a algo más urgente, más apremiante. La reacción de Marina fue inmediata: sus gemidos se volvieron más altos, más desesperados, llenando la habitación de un deseo que ya no cabía en el silencio.

Le di varias embestidas firmes, cada una más profunda que la anterior. Sentía cómo su cuerpo respondía, cómo se adaptaba a la nueva intensidad sin resistirse. El cambio la empujó a otro nivel, y se le notaba en la voz quebrada.

—Sí, sí... más —susurró, con la voz partida por el deseo—. Estás más duro hoy.

Y después solo un «aaah» largo, prolongado, que delataba hasta dónde la estaba llevando.

Le apreté las caderas con más fuerza, gobernando cada movimiento, llevándola exactamente a donde quería tenerla. Era una de esas noches en las que todo encajaba, en las que el cuerpo del otro responde antes incluso de que uno termine de pensarlo.

Buscando más, Marina llevó una mano a su entrepierna y empezó a tocarse mientras yo seguía penetrándola. Sus dedos se movían con una soltura que solo da la confianza y muchas noches como esta. «Más, más...», repetía entre gemidos, y era imposible ignorar ese ruego.

Bajé una mano y le separé las nalgas con suavidad, descubriendo la vista que en secreto me vuelve loco. Cada curva perfectamente dibujada, y entre ellas ese punto pequeño y prohibido que siempre me había despertado algo que nunca terminé de confesarle.

Ver mi sexo apareciendo y desapareciendo entre sus nalgas era hipnótico, una especie de danza que nos arrastraba a los dos hacia el mismo borde. Sentía cómo se tensaba y se relajaba con cada embestida, cómo la respiración se le volvía cada vez más irregular.

Mis movimientos se hicieron más intensos, respondiendo a esa demanda muda. Cada empujón más hondo, más fuerte, los dos al filo. Sus gemidos se mezclaban con mis gruñidos y armaban entre los dos una especie de música cruda que rebotaba en las paredes.

Marina nunca me ha dejado ir más allá, nunca me ha permitido ese otro camino. Y, sin embargo, la idea me ronda desde hace años. Esta noche, con ella así, la fantasía volvió con más fuerza que de costumbre.

—Ya... ya me corro —avisó, con la voz hecha jirones—. Dame más... ya, ya...

Empezó a moverse ella contra mí, buscando su propio orgasmo con una urgencia que me encendió todavía más. Decidí dejarme llevar por ese cambio: me quedé quieto y le cedí la iniciativa. Ya no era yo quien marcaba el ritmo; era ella la que me usaba a su antojo.

Y en ese cambio de roles encontré mi oportunidad. Apoyé el pulgar sobre su ano y lo acaricié apenas, en círculos lentos. La sensación la recorrió entera; la sentí estremecerse bajo mi mano. Me humedecí el dedo y volví a presionar, esta vez con un poco más de intención.

Ella, perdida en su propio placer, seguía moviéndose, metiéndome dentro una y otra vez. El calor húmedo cerrándose a mi alrededor era casi demasiado. Y entonces, sin que se diera cuenta del todo, mi pulgar cedió la resistencia y entró apenas un poco.

Marina llegó al clímax con una intensidad que la dejó temblando. Le fallaron las piernas, las sentí ceder debajo de ella. Dejó de moverse, agotada, y soltó la cabeza pesada sobre el colchón, jadeando, con la respiración entrecortada y la espalda subiendo y bajando.

Aproveché ese instante para retomar yo el ritmo, despacio, moviéndome apenas dentro de ella. Quería estirarle el orgasmo, prolongarlo, que cada embestida fuera más una caricia que un golpe. Ella gemía bajito, todavía sacudida por las réplicas del placer.

Mientras me movía, no podía dejar de mirar mi dedo, todavía ahí, en ese terreno que nunca me había sido del todo concedido. La imagen me prendía por dentro, le añadía una capa más a mi propia excitación. Sentía cómo su cuerpo se acostumbraba a esa presencia mínima.

Mi orgasmo se fue armando despacio, una ola que crecía y amenazaba con romper. Con un último empujón me dejé ir. El cuerpo entero se me sacudió con la fuerza de la descarga. La combinación de mi dedo en ella y la visión de su cuerpo rendido me llevó a un final hondo, casi mareante.

Y mientras me vaciaba dentro de ella, la cabeza se me llenó de esa vieja fantasía. Algún día no sería mi pulgar. Imaginé la resistencia inicial, la tensión, y después la entrega completa. Me imaginé sus nalgas abriéndose para mí, aceptándome donde nunca me han dejado entrar.

La sola idea de poseerla así, de recorrer ese último rincón de su cuerpo que sigue siendo un territorio cerrado, me llena de un deseo difícil de explicar. Quiero verla de rodillas, inclinada, ofreciéndomelo sin reservas, igual que esta noche pero un paso más allá.

La fantasía se vuelve más nítida con cada vez que lo pienso. Puedo imaginar la presión, el calor, la intimidad distinta de ese encuentro. Quiero escuchar sus gemidos y saber que también lo disfruta, que se entrega del todo, que esa última frontera deja de existir entre nosotros.

Después nos quedamos en silencio, ella boca abajo y yo a su lado, recuperando el aire. Le pasé la mano por la espalda húmeda, sin decir nada. Marina giró la cabeza, me miró con una media sonrisa cansada y volvió a cerrar los ojos, ajena a lo que me daba vueltas por dentro.

Y yo me quedé ahí, mirando el techo, con la pregunta de siempre atascada en la garganta. ¿Creéis que algún día me lo permitirá? Quizá baste con animarme a confesárselo en voz alta. Quizá la próxima vez que se arrodille frente a mí, en lugar de callarme, me atreva por fin a pedírselo.

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Comentarios (6)

NormaBA

Increible!! me dejo pensando todo el dia. Muy bien escrito

Patricio77

Una segunda parte por favor!! quede con muchas ganas de saber como termina esto

FedeMontoya

Me senti identificado con cada palabra. Hay cosas que cuesta decirlas aunque llevemos años con la misma persona, y eso se nota en cada linea del relato.

Cris_conf

Buenisimo. Esa tension que describes se siente de verdad, no hace falta decir todo para que el lector lo entienda.

Clara_Bsas

Ay, esto me recordo a algo parecido que viví hace un tiempo... los deseos que uno guarda por miedo o por verguenza. Se nota que es una confesion de verdad.

LectoRealMdq

excelente!!!

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