Lo que pasó con la hermana de mi novia esa madrugada
No sé bien por dónde empezar a contar esto, porque hasta hoy nadie lo sabe. Lo escribo más para sacármelo de adentro que para presumir, aunque admito que cada vez que lo recuerdo se me pone dura sin pedir permiso. Llevaba dos semanas con la cabeza en otro lado, distraído en el trabajo, cortante con Daniela sin razón aparente. La verdad es que sí había una razón, y se llamaba Mariana, la hermana menor de mi novia.
Había pasado algo entre nosotros poco antes, algo que los dos decidimos no nombrar. Un manoseo en el pasillo que terminó con mis dedos metidos hasta los nudillos en su coño mojado y su boca mordiéndome el cuello para no gritar. Nada más que eso, pero fue suficiente para arruinarme la cabeza. Desde entonces, cada vez que veía a Daniela me sentía culpable y con la verga hinchada al mismo tiempo, una mezcla incómoda que no me dejaba en paz. Trataba de convencerme de que había sido un error, un desliz que no se repetiría. Me duró poco la convicción.
Ese viernes por la tarde, Daniela me llamó al salir de la oficina. Sus padres se iban a una boda en otra ciudad y no volvían hasta el domingo. Me invitó a quedarme a dormir en su casa, a pasar el fin de semana solos. Dije que sí antes de que terminara la frase, y mientras colgaba sabía perfectamente que una parte de mi entusiasmo no tenía nada que ver con ella.
Llegué cerca de las ocho con una botella de vino y unas pizzas. Daniela me abrió la puerta con un beso largo, en pijama corto, contenta de tenerme para ella sola un par de días. Entramos riéndonos, y entonces la vi. Mariana estaba en el sofá de la sala, con unas calzas negras ajustadas que le marcaban el coño como si estuvieran pintadas y una blusa corta que le dejaba la panza al aire, viendo una serie con el control remoto sobre el muslo.
—Hola, cuñado —dijo, y me lanzó una sonrisa de costado que me dejó claro que ella tampoco había olvidado nada.
Esto va a ser un fin de semana muy largo.
Cenamos los tres en la cocina, con la televisión de fondo y el vino abriéndose paso. Daniela se tomó tres copas y se puso cariñosa, con la mano en mi rodilla por debajo de la mesa. Mariana bebía jugo, decía que el alcohol no le gustaba, y cada tanto cruzaba la mirada conmigo un segundo de más. Yo intentaba seguir la conversación de mi novia y fallaba a cada rato.
—Estoy muerta —dijo Daniela al fin, estirándose—. Esta semana fue un infierno. Vamos a dormir.
—Yo me quedo con la serie un rato —contestó Mariana sin levantar la vista—. No los molesto.
Subimos al cuarto de Daniela. Apenas cerró la puerta se colgó de mi cuello y empezamos a besarnos contra la pared. Le saqué la blusa, le chupé los pezones hasta ponérselos duros, le mordí el cuello. Le bajé la bombacha y le metí dos dedos de una, encontrándola ya mojada. Ella jadeó contra mi hombro y me apretó la verga por encima del pantalón.
—Cogeme —me pidió al oído—. Te extrañé toda la semana.
Me bajó el pantalón y se arrodilló, con esa entrega que siempre me había gustado de ella. Se metió la polla en la boca hasta el fondo, la sacó, la lamió despacio de la base a la punta, me agarró los huevos con una mano mientras chupaba. Cerré los ojos y traté de estar ahí, con ella, y por un momento lo logré. Pero cuando le miré la cara y le vi los labios estirados alrededor de mi verga, la que apareció en mi cabeza fue Mariana.
La levanté y la tiré sobre la cama. Le abrí las piernas y le pasé la lengua por el coño, chupándole el clítoris con la boca entera hasta que empezó a temblarme contra la cara. Después me subí encima y se la metí entera de una sola embestida. Daniela gimió con la cabeza hacia atrás, me clavó los talones en el culo, me pidió más fuerte. La cogí a fondo un buen rato, cambiando de postura, con ella arriba, después en cuatro, y terminó agotada, con mi corrida chorreándole por el muslo, y se durmió casi enseguida, pegada a mi pecho, con la respiración lenta. Yo me quedé mirando el techo, despierto, escuchando el silencio de la casa.
***
Cerca de las dos de la mañana me levanté con la excusa de ir al baño y bajar por un vaso de agua. Era verdad a medias: tenía sed, pero también tenía la esperanza de que el resto de la casa no estuviera tan dormido como parecía. Bajé descalzo, despacio, evitando el escalón que siempre crujía.
Había luz en la cocina.
Mariana estaba ahí, de pie junto a la mesada, en un pijama mínimo, sirviéndose un vaso de agua como si me hubiera estado esperando. La camiseta de tirantes apenas la cubría y se le transparentaban los pezones duros, y una bombachita blanca que se le metía entre las nalgas por atrás. Se giró al oírme y no pareció sorprendida en absoluto.
—¿No podías dormir, cuñado? —preguntó, y dejó el vaso sobre la mesada sin tomar un sorbo.
—No —admití, y di un paso hacia ella—. Y creo que vos sabés muy bien por qué.
Se rio bajito, una risa que era más invitación que burla. En lugar de retroceder, se dio vuelta y se apoyó en el borde de la mesada, arqueando apenas la espalda y sacando el culo hacia atrás. El gesto fue tan deliberado que no dejó lugar a dudas. Esto lo planeó desde que subimos.
Me acerqué por detrás. Pegué el cuerpo al suyo y le clavé la verga ya dura contra las nalgas, sin ninguna disimulación. Sentí el calor de su piel a través de la tela fina. Olía a crema y a algo dulce, y ese aroma me terminó de desarmar. Le aparté el pelo del cuello con la nariz y le hablé al oído, en voz muy baja.
—Si seguimos con esto, no hay vuelta atrás.
—La otra vez me dejaste con ganas —contestó ella, girando apenas la cabeza—. Me hiciste acabar con los dedos y te fuiste. Estuve dos semanas cachonda por tu culpa. No vine a la cocina a tomar agua.
Le pasé las manos por las caderas, por la cintura, y las subí hasta las tetas por debajo de la camiseta. Se las apreté, le pellizqué los pezones entre el índice y el pulgar, y ella dejó escapar un suspiro que se le atragantó a la mitad. Le bajé una mano y la metí por dentro de la bombachita. La encontré empapada, tan mojada que los dedos se me deslizaron solos entre sus labios.
—Mirá cómo estás —le susurré al oído mientras le acariciaba el clítoris en círculos—. Ya estabas así antes de que bajara.
—Hace horas —admitió, apretando la boca para no gemir—. Desde que te fuiste al cuarto con ella. La escuché, escuché todo. Pensé en vos cogiéndomela y me toqué acá abajo, sentada en el sofá.
La besé en el hombro, en la nuca, mientras ella echaba la cabeza hacia atrás y se apretaba contra mi verga. El miedo a que Daniela bajara hacía todo más intenso, cada sonido de la casa se volvía una alarma, y aun así ninguno de los dos quería parar.
La hice voltearse y la senté en el borde de la mesada. Le arranqué la camiseta por arriba de la cabeza y le dejé las tetas al aire, chiquitas y firmes, con los pezones parados apuntándome a la cara. Le agarré una con la boca y se la chupé entera, mordiéndole la punta, mientras con la otra mano seguía trabajándole el coño por encima de la tela. Ella me agarró la cabeza con las dos manos y me apretó contra su pecho.
Le arranqué la bombachita de un tirón y la dejé desnuda sobre la madera fría. Me arrodillé entre sus piernas, me las eché sobre los hombros y le hundí la cara en el coño. Estaba tan mojada que se me llenó la boca al primer lengüetazo. Le chupé los labios uno por uno, le metí la lengua adentro, después le agarré el clítoris con los dientes suavecito y se lo trabajé con la punta de la lengua hasta que empezó a retorcerse.
—Tapame la boca —jadeó, agarrándome del pelo—. Tapame la boca que me voy a acabar.
Le subí una mano y le apreté la palma contra los labios. Ella me la mordió, me lamió los dedos, se los metió en la boca y los chupó como si fueran mi verga. Yo seguí abajo, comiéndole el coño con hambre atrasada de dos semanas, hasta que sentí cómo se le tensaba todo el cuerpo. Se vino a los pocos segundos, con los muslos apretándome la cabeza, temblando entera sobre la mesada, ahogando el grito contra su propia mano.
—Todavía no terminé con vos —le dije, levantándome y limpiándome la boca con el dorso de la mano.
La bajé de la mesada, la di vuelta y la doblé sobre el mármol, con el pecho apoyado y las piernas firmes en el suelo. Le separé las nalgas con las dos manos y le miré el coño abierto y brilloso, y me tuve que morder los labios para no soltar una puteada. Le pasé la punta de la verga por los labios, arriba y abajo, sin meterla, y ella empezó a empujar hacia atrás buscándome.
—Metémela —me suplicó en un hilo de voz—. Por favor, no me hagas esperar más.
Se la clavé de una sola vez, hasta el fondo. Mariana ahogó un gemido largo contra su propio brazo y se le arqueó la espalda. Estaba tan estrecha y tan mojada que casi me acabo ahí mismo. Me quedé quieto un segundo, respirando, sintiendo cómo el coño le latía apretándome la polla.
—Despacio —pidió, girando la cara sobre el mármol—. Así, despacio, que si te apurás grito.
Le hice caso. Empecé a moverme lento, sacándola casi entera y volviendo a entrar hasta los huevos, controlando cada empuje, atento a su respiración para no pasarme. Con una mano le sostenía la cadera y con la otra le tapaba la boca cuando los gemidos amenazaban con escaparse demasiado fuerte. Ella me lamía la palma, me mordía los dedos, empujaba el culo hacia atrás buscando más. La tensión de cogérmela en silencio, de jugar con el límite de despertar a su hermana a unos metros, lo volvía todo eléctrico.
—Es más rica que la de tu hermana —le susurré al oído, inclinándome sobre su espalda—. Más apretada. Más cochina.
—Decímelo otra vez —jadeó, girando la cara—. Decime que soy mejor.
—Sos mejor —le dije, embistiéndola más fuerte—. Cogés mejor. Mojás más. Me tenés loco desde el pasillo aquel.
Subí el ritmo de a poco, siempre midiendo. Le pasé la mano libre por el vientre, bajé hasta encontrarle el clítoris otra vez y empecé a frotárselo mientras seguía metiéndosela por atrás. Sentí cómo el cuerpo se le tensaba, cómo temblaba contra la mesada, cómo apretaba los muslos alrededor de mi mano. Se vino así, mordiéndose el antebrazo para no gritar, sacudiéndose entera, y el coño se le cerró sobre mi verga con tanta fuerza que por poco no me arrastra con ella.
—Todavía no —me dije más a mí mismo que a ella, y aflojé un segundo para recuperar el control, apretando la base de la polla con los dedos.
La saqué, la giré y la senté otra vez sobre la mesada, de frente. Quería verle la cara. Le pasé los brazos por debajo de las rodillas y la atraje hacia el borde, abriéndosela toda. Ella se agarró del borde del mármol con las dos manos, se acomodó y me guio la verga hacia adentro con la mirada clavada en la mía. Volví a entrar de un envión y ella dejó caer la cabeza hacia atrás, con la boca abierta en un jadeo mudo. Le agarré el pelo de la nuca, le tiré la cabeza hacia adelante y la obligué a mirarme mientras la cogía.
—Miráme —le ordené—. Miráme la cara mientras te cojo.
Ella me miró, con los ojos entrecerrados y la boca floja, mordiéndose el labio de abajo. Yo la embestía cada vez más fuerte, olvidándome ya del ruido, del piso de arriba, de todo. Las tetas le rebotaban con cada empujón y las nalgas le golpeaban contra el mármol. Se aferró a mis hombros, escondió la cara en mi cuello y me clavó las uñas en la espalda. Así, mirándonos de a ratos, era distinto, más íntimo y más prohibido a la vez.
—Esto no puede volver a pasar —le dije, sin convicción ninguna, mientras me movía.
—Mentiroso —respondió ella, con una sonrisa entre el placer y el cansancio—. Sabés que va a volver a pasar. Vas a volver a meterme la verga cada vez que puedas.
Y tenía razón. Esa certeza, lejos de frenarme, me empujó hasta el final. Sentí que ya no aguantaba, que dos semanas de imaginarme exactamente esto me estaban alcanzando todas juntas. La cogí a fondo, con embestidas cortas y profundas, sintiendo cómo los huevos se me apretaban.
—Me voy a acabar —le avisé en un susurro contra su oído—. ¿Adentro o afuera?
—Adentro —jadeó, apretándome más fuerte con las piernas—. Acabame adentro, no me importa nada.
Le clavé la verga hasta el fondo y solté todo, chorro tras chorro, con la cara enterrada en su cuello y los dientes mordiéndole el hombro para no soltar un grito. Sentí cómo la corrida me salía con fuerza y le llenaba el coño, mientras Mariana temblaba pegada a mí y me susurraba puteadas al oído. Terminé así, abrazado a ella sobre la mesada de la cocina, con el corazón golpeándome como si fuera a salirse del pecho y la verga todavía adentro, latiendo, chorreando lo último dentro de ella.
***
Nos quedamos quietos un rato, recuperando el aire, todavía enredados. La casa seguía en silencio. Le besé el hombro y ella me acarició la nuca, en un gesto extrañamente tierno para lo que acabábamos de hacer. Cuando por fin salí de adentro suyo, un hilo blanco le bajó por el muslo y ella se lo limpió con dos dedos, se los llevó a la boca y me miró mientras los chupaba.
—Tenés que subir antes de que se despierte —murmuró.
—Ya sé.
Ninguno de los dos se movió enseguida. Limpiamos en silencio, acomodamos los vasos, pasamos un trapo por la mesada, borramos cualquier rastro como dos cómplices que ya saben cómo se hacen estas cosas. Antes de soltarme, Mariana me agarró de la muñeca y me guio la mano de vuelta entre sus piernas, para que sintiera cómo seguía chorreando.
—Mañana, cuando ella salga a comprar, subís a mi cuarto —dijo, y no era una pregunta—. Y me la volvés a meter. Toda la mañana si hace falta.
Asentí. Subí la escalera evitando otra vez el escalón que crujía y me acosté al lado de Daniela, que seguía durmiendo profundamente, ajena a todo, con una mano estirada hacia el lado vacío de la cama. Me quedé mirándola en la penumbra, con la verga todavía pegajosa por dentro del pantalón del pijama y la culpa ya no tan honesta como debería, porque por dentro lo único que hacía era contar las horas que faltaban para la mañana.
Sé que lo que cuento no me deja bien parado. Sé que tarde o temprano esto va a estallar, que una mentira así no se sostiene para siempre, que voy a terminar perdiendo a las dos. Lo sé y aun así no hice nada por evitarlo. A veces el deseo es más fuerte que el sentido común, y yo, esa madrugada en la cocina, con la mano de Mariana guiándome la verga hacia su coño, elegí el deseo sin pensarlo dos veces. Lo único que tengo claro es que, si pudiera volver atrás, probablemente lo volvería a hacer.