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Relatos Ardientes

Lo que hice en el taller no se lo conté a nadie

Me llamo Daniela y tengo treinta años. Soy divorciada, sin hijos, y vivo con mi madre en un barrio tranquilo de Guadalajara. Cuento esto porque hace mucho que cargo con la historia y nunca se la he confesado a nadie. Ni a mis amigas, ni mucho menos a mi familia. Es algo que pasó, que disfruté más de lo que admito en voz alta, y que cambió la idea que tenía de mí misma.

Llevaba poco más de un mes trabajando en una agencia pequeña, en una zona residencial a la que no llegan los camiones. Al salir tenía que caminar varias cuadras hasta la avenida para tomar el transporte. Durante dos semanas hice siempre el mismo recorrido, hasta que un día, por puro aburrimiento, decidí cortar por unas calles distintas. Había casas separadas por terrenos baldíos, una tienda en la esquina y, un poco más adelante, un taller mecánico con el portón abierto.

La primera vez que pasé, había un hombre recargado en la barda. Blanco, fornido, de unos cuarenta y tantos, con una camiseta gris manchada de grasa y un cigarro entre los dedos. No le presté demasiada atención hasta que lo dejé atrás y lo escuché.

—Qué bien caminas, preciosa.

No volteé. Apreté el paso y puse cara de fastidio, como cualquier mujer haría. Pero unos metros después me sorprendí sonriendo sola. Hacía meses que nadie me miraba así, y mi cuerpo lo notó antes que mi orgullo.

Esa noche no me lo pude sacar de la cabeza. Me acosté pensando en la voz de ese desconocido, en lo simple y directo que había sido. Llevaba demasiado tiempo sin estar con nadie. Me divorcié de Andrés porque bebía y porque, cuando dejó de beber, decidió que prefería a otra. Desde entonces no había vuelto a sentirme deseada, y de pronto un hombre al que ni siquiera conocía había encendido algo que yo creía apagado.

***

Al día siguiente desperté con una idea fija. No era amor, ni siquiera curiosidad: era pura rabia mezclada con ganas. Quería sentirme dueña de mi cuerpo otra vez, decidir yo con quién y cómo. Me metí a bañar y me tomé mi tiempo, frotándome la piel despacio, dejándome la imaginación suelta. Para cuando salí, ya había decidido lo que iba a hacer.

Guardé en el bolso una blusa blanca escotada y unos jeans que me quedan tan ajustados que parecen una segunda piel. Al trabajo fui vestida normal, discreta, como cualquier otra mañana. Pero el día se me hizo eterno. No dejaba de imaginar la escena, de inventar diálogos, de adelantarme a cada paso. Me costaba concentrarme en las pantallas y en los correos.

Salí cuando ya casi no quedaba nadie. Me encerré en el baño que está junto a la puerta y me cambié. Me solté el cabello, me retoqué el labial rojo y me puse el perfume caro que Andrés me había regalado el último año que estuvimos juntos. Usarlo esa tarde era parte de mi pequeña venganza: oler a lo que olía cuando hacíamos el amor, pero para entregarme a otro.

Caminé las cuatro cuadras con el corazón a mil. Cada paso me apretaba la ropa y me recordaba lo que iba a hacer. Antes de llegar miré hacia los lados para asegurarme de que nadie me viera, me bajé un poco el escote y respiré hondo. No me reconocía. ¿De verdad voy a hacer esto?, pensé. Y la respuesta, vergonzosa y clara, era que sí.

El hombre estaba en el mismo lugar, como si me hubiera estado esperando. Caminé despacio, fingiendo buscar algo en el bolso, y cuando pasé frente a él lo escuché soltar un suspiro entre dientes.

—Hoy vienes todavía más guapa —dijo.

Me detuve. Junté coraje y volteé.

—¿En serio? Ayer también me dijiste algo al pasar —contesté, con una sonrisa que dejaba claro que no estaba molesta.

Se quedó callado un segundo, como midiendo si lo estaba regañando.

—No te preocupes, lo tomo como un cumplido —seguí—. Aunque, si quieres, mejor me lo dices adentro y me invitas algo de tomar.

Tragó saliva. Vi cómo cambiaba su cara, cómo entendía que aquello iba en serio.

—Claro que sí, reina. Pásale. ¿Qué se te antoja?

—Unas cervezas frías, y nos las tomamos los dos —dije, jugando con un mechón de mi cabello.

Salió casi corriendo a la tienda de la esquina. Mientras tanto, eché un vistazo al taller. La fachada estaba sucia, llena de rayones y de carteles despintados. Adentro había dos autos a medio reparar, el piso de tierra, una tina con gasolina y una brocha, cubetas de grasa, botes de aceite y, en el centro, una mesa de metal cubierta de herramientas. Olía a aceite quemado, a llantas viejas y a algo dulzón que no supe identificar. Era el lugar menos romántico del mundo, y por eso mismo me ponía.

Volvió con las cervezas, destapó una para cada uno y me la dio con una galantería torpe que me hizo gracia.

—Me llamo Daniela, pero dime Dani —le dije—. ¿Nos podemos tutear? Para estar más en confianza.

—Como tú quieras, preciosa. Yo soy Ramón.

Bebí rápido. Necesitaba que el alcohol me soltara, que me quitara el último resto de vergüenza. Nos quedamos de pie, recargados en la mesa de metal como si fuera una barra, porque no había una sola silla limpia. Hablamos de tonterías: de su trabajo, de mi oficina, de por qué había empezado a pasar por esa calle. Con cada trago me sentía más suelta, más segura, más dispuesta.

—¿Eres casado? —pregunté.

—Lo soy. Muchos años ya, con hijos grandes. ¿Y tú?

—Divorciada, hace poco. Mi ex bebía y, encima, me fue infiel. Por suerte no tuvimos hijos.

—Qué tonto —dijo, mirándome de arriba abajo—. Tener a alguien como tú y echarlo a perder.

Me reí, halagada, y bebí otro trago. Ya sentía la cara caliente y la cabeza ligera.

—Mira, te voy a ser sincera —dije, bajándole una octava a la voz—. Llevo meses sin estar con nadie. Y hoy no vine por la cerveza.

***

Ramón se quedó inmóvil un instante, como si no creyera lo que oía. Le pedí que cerrara el portón. Me excitaba la idea de que alguien pudiera escucharnos, pero no quería arriesgarme a que pasara alguien de mi trabajo. Bajó la cortina metálica con un chirrido y volvió a mi lado.

—¿Y ahora qué, Dani? —preguntó, con la voz ronca.

Por toda respuesta me quité la blusa, despacio, mirándolo a los ojos. Me temblaban un poco las manos, pero no de miedo. Me quedé en sostén frente a él, y vi cómo se le encendía la mirada. Me acerqué y le puse un dedo en el cuello.

—Huele —le dije—. Acércate más.

Pegó la nariz a mi piel y respiró hondo. Sentí su aliento bajar por mi cuello y se me erizó todo el cuerpo.

—Hueles increíble —murmuró—. Me dan unas ganas tremendas de comerte.

Me solté el sostén y lo dejé caer. Él no esperó más. Me tomó de la cintura y me besó los pechos con una urgencia que me arrancó un gemido, succionándome, mordiéndome apenas, mientras sus manos manchadas de grasa me marcaban la piel. Esa idea —la de quedar manchada, usada, en un lugar así— me prendió más que cualquier otra cosa. Pensé en Andrés, en lo que diría si me viera, y eso me empapó por dentro.

Lo detuve un momento, me arrodillé y le solté el cinturón. Le bajé el pantalón despacio, alargando el momento, disfrutando de la cara de impaciencia que ponía. Lo tomé con las manos y empecé a recorrerlo con la lengua, sin prisa, mirándolo. Después me lo metí entero a la boca. Él me agarró del cabello y marcó su ritmo, y yo me dejé llevar, salivando, jadeando, hasta que tuve que apartarme para respirar.

—Ya no aguanto —le dije, levantándome—. Te quiero adentro.

—No traigo condón —advirtió.

—No importa. Cuido eso por mi cuenta —contesté, pensando en el dispositivo que mi ginecóloga me había puesto medio año atrás.

Me quité los jeans con calma, frente a él, y me dejé puestos los tacones. Ramón apartó de un manotazo las herramientas de la mesa de metal, me cargó de las nalgas y me sentó sobre la superficie fría y manchada. La grasa me ensució la piel, y en lugar de molestarme me excitó todavía más. Me recosté boca arriba, él me jaló hasta la orilla y me abrió las piernas.

Primero usó la boca. Su lengua entró en mí con una habilidad que no esperaba de un hombre así, recorriéndome entera, deteniéndose justo donde debía. Yo me acariciaba los pechos mientras una corriente me subía por la espalda. Cuando sentí que no podía más, lo aparté.

—Ahora sí —le dije—. Cógeme.

Me subió las piernas a los hombros, me sujetó de las caderas y me penetró de una sola vez, hasta el fondo. Solté un gemido tan fuerte que estoy segura de que se escuchó en la calle. Era más grande que cualquiera con quien hubiera estado, y esa posición no me dejaba ningún rincón sin alcanzar. Empezó a moverse con fuerza, sin tregua, y la mesa rechinaba con cada embestida.

—¡Más rápido! —le pedí entre jadeos—. ¡Así, no pares!

Sentí el orgasmo subir como una marea, lento y luego de golpe. Se me contrajo el vientre, me temblaron las piernas sobre sus hombros y se me escaparon las lágrimas, no de dolor, sino de algo que no sé nombrar. Plenitud, quizá. La sensación de ser, por fin, solo deseo. Él siguió un poco más hasta que se vació dentro de mí con un jadeo ronco, apretándome contra él.

***

Pensé que ahí terminaba todo, pero Ramón no había tenido suficiente. Me bajó de la mesa con cuidado, porque yo apenas me sostenía, y empezó a besarme el cuello y la espalda. Sus manos bajaron y me abrió las nalgas, jugando con un dedo donde no me lo esperaba. Me miró, preguntando sin palabras.

—¿Te animas? —le dije, con un hilo de voz y un poco de miedo a parecer demasiado.

—Desde que te vi pasar la primera vez —contestó.

Saqué del bolso el lubricante que, lo confieso, había metido por si acaso. Me incliné sobre el cofre de uno de los autos, con los pechos pegados al metal frío y la espalda arqueada, abriendo las piernas con los tacones puestos. Me sentía exhibida y dueña de la escena al mismo tiempo. Él me preparó despacio, con paciencia, y cuando entró lo hizo midiendo la fuerza, atento a cada sonido que yo hacía.

Dolió, claro que dolió, pero era exactamente lo que quería. Le pedí que no parara, que fuera más hondo, y mis gritos se mezclaron con el ruido de los autos pasando del otro lado del portón. En algún momento me preguntó si estaba bien, y le dije que sí, que me gustaba justo así. Siguió hasta que también él terminó, abrazándome por la espalda, temblando, vaciándose mientras yo apretaba el filo del cofre con las dos manos.

Nos quedamos quietos un rato, recuperando el aire. Me ayudó a enderezarme, me dio un beso lento, casi tierno, tan fuera de lugar que me hizo reír.

—Gracias, Dani —dijo—. Hacía mucho que no la pasaba así.

—Gracias a ti —contesté, y lo decía en serio.

Me vestí con la ropa discreta de la mañana, porque no podía llegar a casa como una bomba. Él me miró ponérmela y sonrió, entendiendo que toda la otra ropa había sido solo para él. Me despedí prometiendo volver sin avisar, sin saber si lo cumpliría.

Caminé hasta la parada con las piernas flojas y una calma que no sentía desde hacía meses. Esa noche me acosté sin bañarme, desnuda entre las sábanas, oliendo todavía a grasa y a deseo. No me sentía culpable ni sucia. Por primera vez en mucho tiempo, me sentí completamente mía. Y esa, supongo, es la verdadera confesión.

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Comentarios (6)

GustavoNoc

que relatazo!!! me dejo sin palabras

Florencia_R

Por favor seguí contando, me quede con muchas ganas de saber cómo termino todo eso

SoniaCH_22

me encanto como lo contaste, se siente muy autentico. se nota que es algo que realmente viviste

veranico82

me recordo a algo que viví hace unos años, esa sensacion de caminar hacia algo sabiendo que no deberías... increible que lo hayas podido poner en palabras

XiomaraLP

y cómo fue después? jaja muero de curiosidad, no nos dejes así

Beto_Sur

el titulo ya te atrapa y después el relato no defrauda. bien ahi

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