Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La silueta que entró en mi salón aquella noche

Hay confesiones que uno arrastra durante años sin atreverse a darles forma. Esta es una de ellas, y todavía no sé si la cuento para librarme de su peso o para revivirla una vez más. La casa estaba en silencio esa noche. Yo me había quedado dormido en el sofá con el televisor encendido, esa luz azulada que tiembla contra las paredes cuando ya nadie la mira.

Me desperté con una presencia. No con un ruido: con una presencia, esa certeza animal de que ya no estás solo en una habitación. Abrí los ojos y solo distinguí una forma en la penumbra, recortada por el parpadeo del aparato. Una silueta de pie, inmóvil, desnuda. No dije nada. Ella tampoco.

Se arrodilló frente a mí sin una palabra y tiró de mi pantalón y de mi ropa interior con una decisión que no admitía preguntas. Yo levanté las caderas para facilitárselo, como si una parte de mí ya supiera, ya esperara, ya hubiera consentido mucho antes de despertar.

Empezó suave. Su boca se cerró sobre la punta, que ya llevaba un rato endureciéndose, y sus labios hicieron una ventosa lenta y precisa. La lengua jugueteaba con el frenillo, con esa carne sensible que palpitaba cada vez con más urgencia. No me dejaba entrar entero, todavía no. Solo el glande, atrapado entre sus labios, mientras chupaba, lamía y tiraba en una succión que me arrancó el primer gemido de la noche.

De vez en cuando alzaba la vista y me miraba a los ojos. No podía verle bien la cara en la oscuridad, pero sentía esa mirada como una mano más sobre la piel. Después volvía a su tarea, concentrada, como quien se entrega a algo largamente deseado.

La saliva se acumulaba en la punta y se mezclaba con mi propio fluido. Entonces abrió más la boca. La lengua se retiró y dejó que el cuerpo entero se hundiera en profundidad. Sus labios ciñeron el tronco, la lengua se pegó caliente y húmeda a la parte de abajo, y todo en mí volvió a palpitar con una ansiedad que no recordaba haber sentido en mucho tiempo.

Subía y bajaba despacio. Echaba la cabeza atrás dejando un rastro de saliva sobre la piel ardiente, y volvía a hundirse hacia adelante con un sonido húmedo hasta encontrar el fondo de su boca. Lo hacía sin prisa, como si tuviéramos toda la noche por delante y ningún motivo para apresurarnos.

Sus manos, que hasta entonces solo habían servido para bajarme la ropa, entraron en juego. Una se cerró sobre el tronco, caliente, firme. La otra se empapó de la saliva que goteaba y bajó a acariciar el resto, y al sentir ese contacto se me escapó un estremecimiento. Ella respondió con un sonido grave, una risa breve y contenida que vibró a través de su boca y me recorrió entero como una segunda ola de placer.

***

Su cabeza subía y bajaba cada vez más rápido. Notaba sus pechos rozarme las piernas al ritmo de la mamada, los pezones endurecidos arrastrándose apenas sobre mis muslos. Conocía esos pechos. Sabía que si los apretaba, si los mordía, si los atrapaba con las manos, ella se deshacía. Pero esa noche no quería interrumpirla. Quería ver hasta dónde pensaba llevarme.

La succión me enloquecía. Tiraba de la piel, comprimía cada vena, exigía algo que aún no estaba listo para entregar. Una mano acompañaba el vaivén de sus labios, apretando hacia arriba y aflojando al bajar hasta tocar su propia boca. La otra me estaba volviendo loco: sopesaba, masajeaba, jugaba con una lentitud calculada que me tensaba la espalda contra el respaldo del sofá.

De pronto la boca se detuvo. Se deslizó hacia abajo en un beso largo y continuo a lo largo del tronco. Sentí la lengua salir, llegar hasta la raíz, lamer, mientras la mano no dejaba de moverse aprovechando toda la saliva que había vertido. Bajó más. Un escalofrío salvaje me recorrió cuando su boca caliente se cerró sobre el resto, abrasadora, succionando, la lengua acariciando y tensando la piel.

Después un vaivén lento de un lado a otro, lamiendo, subiendo de nuevo hasta la punta para recoger las gotas transparentes y volviendo a descender. Esa vez bajó más. Me apartó suavemente con la mano y siguió bajando, y noté su lengua en un punto donde nunca creí que el placer pudiera doler de gusto. Sentí que se me partía la columna. Sus dos manos no paraban.

Una de ellas abandonó su sitio y me empujó un muslo a un lado. Supe lo que buscaba. Me escurrí un poco sobre el sofá y le facilité el camino. Su lengua bajó aún más, exploró, se atrevió, presionó. Escuchaba sus labios besar, chupar, su aliento derramarse contra la piel más sensible mientras la otra mano seguía recorriéndome de arriba abajo sin tregua.

***

Y volvió arriba de golpe. Sus labios se abrieron, gimió al calzarse de nuevo todo el tronco y empezó a ganar terreno con cada movimiento. Una mano se perdió un instante. La otra seguía abajo, jugando, hasta que uno de sus dedos presionó despacio y terminó entrando en mí. Su boca chupaba con fuerza, con decisión, como quien reclama algo que considera suyo por derecho.

Entonces escuché otro sonido. Un chapoteo leve, rítmico. Se estaba tocando ella misma mientras me la chupaba y me penetraba con el dedo. Estaba tan excitada que la sentí estremecerse pronto; su boca vibró en un gemido ahogado a mi alrededor hasta que casi gritó, deshaciéndose en un orgasmo rápido que se había buscado sola, sin soltarme.

No se detuvo. El dedo entrando y saliendo, la otra mano apretando, la boca llevándome cada vez más hondo, reteniéndome ahí hasta el límite, dejando caer una saliva espesa y volviendo a intentarlo. Acercó su mano empapada de su propio placer a mis labios y me ofreció lamerla sin dejar de chupar. Lo hice. Sabía dulce y salado a la vez, denso, con la promesa de mucho más.

Mis manos se aferraron a los brazos del sofá. Empezaba a palpitar entero y ella tenía que estar notándolo. El dedo se hundía sin piedad, la mano libre volvía a masturbarme con exigencia el tronco mientras la palma de la otra apretaba reclamando la cosecha. Y llegó.

Un escalofrío me subió por la espalda. Sentí que se me taponaban los oídos, como si el cuerpo entero pidiera refuerzos por toda la columna. Ese segundo extático, esa pequeña muerte, ese instante suspendido en el que justo antes de derramarse el tiempo se reduce a nada: la vida, la muerte, el universo, o quizá solo ese sofá. No sé si las manecillas del reloj seguían girando. Después una, dos, tres palpitaciones y empecé a vaciarme en latigazos que me hicieron gemir y apretar contra su boca.

Ella la abrió del todo y la sentí tragar, despacio, su mano ordeñándome con una suavidad casi reverente. La otra abandonó mi cuerpo para acariciar lo que quedaba, sin dejar de presionar ese punto entre las piernas que aún latía. Cuando creí que me faltaba el aire, cuando pensé que el abandono se apoderaría de mí, ella no cedió.

***

Siguió chupando con más fuerza, gimiendo alrededor del tronco, sin permitir que la sangre se retirara. El placer se volvió casi doloroso, hipersensible, y luego se transformó en una segunda erección, más intensa, más despierta que la primera.

Me sacó de la boca, pastosa, y por fin habló:

—Dame más… dame más, por favor —dijo sin separar apenas los labios de la piel.

Mis dedos se clavaron en el brazo del sofá. Ella se irguió sobre las rodillas, atrajo el tronco hacia su boca y dejé escapar un gemido cuando vi deslizarse un hilo lento de saliva sobre la punta, lubricándola para lo que venía. Su boca cayó entera, hasta la raíz, hasta el fondo. Sentí su respiración en mi piel mientras lo retenía ahí, inmóvil, sin soltarme la mano que volvía a apretar.

Y se masturbó otra vez. La escuché empaparse, gemir, hasta que se corrió de nuevo, y su orgasmo desencadenó el mío. El tren descarrilando otra vez, las palpitaciones, el vértigo. Esa vez se apartó suavemente y me dirigió hacia su mano abierta. Una me ordeñaba, la otra lo recogía todo, sin prisa, mientras yo gemía y luchaba por respirar. Solo cuando hube terminado, cuando creí que tenía que pelear por cada bocanada de aire, se puso en pie.

De nuevo desnuda, una sombra en la oscuridad. Abrió las piernas, despacio, pasó una sobre las mías y se sentó justo frente a mí, que respiraba con dificultad. Sin dejar de mirarme, empezó a lamerse el semen de la mano. La lengua salía en pasadas largas, los labios chupaban la palma, los dedos desaparecían uno a uno dentro de su boca.

Pero todavía quedaba un poco. Un hilo pesado cayó despacio, casi a cámara lenta, sobre mi pecho. Lo sentí resbalar. Entonces ella se inclinó y lo recogió con la lengua, esa misma lengua que había estado por todas partes, y siguió el rastro hacia arriba, por el cuello, por la barbilla, hasta besarme. Un beso denso, espeso, borracho de sexo y de noche.

Sabía a eso, a todo lo que acababa de pasar, pero también a su propia excitación y a la promesa muda de que aquello no terminaba ahí. Se separó. Me miró a los ojos en la penumbra. Su cabello recogido, rojizo, brillaba apenas con la luz del televisor.

Y entonces lo dijo, con una sonrisa que aún hoy me persigue:

—¿Te ha gustado, papá?

Ver todos los relatos de Confesiones

Valora este relato

Comentarios(5)

LautaroBA

excelente!!! me quedo con ganas de leer mas

Julieta_Cba

Que comienzo... quede pegada a la pantalla. Por favor seguí con esto!

NoraCf_07

Me recordo algo que me paso hace un tiempo, esa sensacion de que el otro ya sabe todo sin que vos digas nada. Muy bien narrado, de verdad.

CuriosoRM

Me pregunto quien era esa silueta, si alguien conocido o no. Ese misterio es lo que mas me atrapo del relato

Lectora_intensa

La atmosfera que lograste desde las primeras lineas es increible. Se siente la tension en cada palabra

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.