Publiqué un anuncio absurdo y una desconocida respondió
Voy a empezar esta confesión explicando en qué punto estaba mi vida, porque sin ese contexto nada de lo que pasó después tendría sentido.
Por un cambio de trabajo había terminado viviendo solo en Valencia, en un piso que todavía olía a pintura. Mis días eran calcados: salía de la oficina, volvía a casa, cenaba cualquier cosa frente al portátil y me iba a la cama para repetirlo todo a la mañana siguiente. Sin amigos en la ciudad, sin planes, sin nadie que me esperara despierto.
Era un jueves cuando llegué pasadas las ocho, agotado y sin ganas de nada. El único objetivo de la noche era el de siempre: ver algo de porno un rato y dormir. Encendí el ordenador, abrí las páginas de costumbre y me dispuse a pasar las imágenes sin demasiada atención.
Entonces apareció un vídeo distinto.
Una mujer le hacía un beso negro a un hombre de complexión parecida a la mía, lento y profundo, como si tuviera todo el tiempo del mundo. No sé explicar por qué, pero algo encajó en mi cabeza con un chasquido. Yo tenía que probar eso.
No tengo demasiada experiencia con las mujeres, así que lo primero que se me ocurrió fue pagar. Me metí en webs de contactos buscando alternativas, anuncios de chicas que mencionaban el servicio casi de pasada, entre otras diez cosas. La sola idea de que una desconocida entrara en mi casa y se pusiera a ello sin preguntar nada me ponía cachondo de una forma que no recordaba desde hacía mucho.
Esa noche acabé delante del ordenador haciéndome una paja de campeonato, imaginando cada detalle. Una mujer cruzando mi puerta, arrodillándose sin mediar palabra, su lengua trabajando mientras yo me corría sobre su cara. Con esa fantasía en la cabeza me dormí tranquilo.
Así pasaron dos o tres semanas. El problema fue que imaginarlo dejó de bastarme. La fantasía se gastaba cada noche un poco más, como una foto que pierde color de tanto mirarla.
***
Llegó el puente de mayo, un fin de semana largo en el que por fin podía plantearme hacer algo distinto a trabajar. Estaba decidido a contratar a una profesional y terminar con la obsesión de una vez. Mandé un par de mensajes que nunca tuvieron respuesta. Cuando ya daba el fin de semana por perdido, vi en una de aquellas páginas un botón en el que no había reparado: «Publica tu anuncio».
Era una apuesta perdida de antemano, pero qué más daba. ¿Qué podía perder?
Escribí algo muy breve, casi avergonzado de mí mismo:
«Chico de Valencia obsesionado con recibir beso negro busca a una mujer a la que le obsesione darlo. Buenos ratos juntos, sin compromisos».
Le di a enviar y di el viernes por terminado. Para mi sorpresa, el sábado por la mañana tenía quince mensajes en aquel correo nuevo. Los abrí uno a uno con el corazón acelerado y se me cayó el alma a los pies: todos eran de hombres. Ni una sola mujer.
Comprendí que la partida estaba perdida. Cerré el correo, lo dejé olvidado y volví a mi rutina de siempre: trabajar, gimnasio, una paja rápida y a dormir.
***
Unas tres semanas después, un sábado al volver del gimnasio, entré en aquella cuenta solo para vaciarla y revisar ofertas de las marcas que me interesaban. Y ahí estaba.
Un correo de alguien que firmaba como «Marina37». El asunto era una sola palabra: «Yo misma». El cuerpo del mensaje estaba vacío.
¿Yo misma? ¿Sería otro hombre intentando aprovecharse de mi obsesión? ¿Por qué no había escrito nada más? Me retumbaban demasiadas preguntas en la cabeza, pero por supuesto contesté.
«Hola, Marina, me alegra mucho haber recibido tu correo. Cuando dices "yo misma", ¿quieres decir que serías tú la persona dispuesta a pasar buenos ratos conmigo? A mí me encantaría. Espero saber más de ti».
Lo envié con cero esperanzas de que aquello fuera real. La respuesta llegó al móvil casi al instante.
«Hola, Adrián. Soy una mujer casada con los mismos gustos que tú. Si aceptas, necesito que entiendas algo: no puedo involucrarme en nada personal. Valoro demasiado mi vida como para arriesgarla, así que no cruzaríamos ni una palabra. Te mando un audio para que compruebes que soy una mujer de verdad y que hablo en serio».
Debajo había un mensaje de voz. Lo escuché tres veces. Era, sin ninguna duda, la voz de una mujer: grave, tranquila, segura de sí misma. Se presentaba y dejaba claras las ganas que tenía.
El correo seguía:
«Las condiciones son simples. Yo iré donde tú me digas. Sin mediar palabra, te desnudarás y te abrirás de piernas para que pueda comerte el culo, metiéndote bien la lengua hasta que te corras. La segunda condición es que acabarás en mi cara, pero no podrás tocarme en ningún momento. Si lo aceptas, mándame una foto tuya y un audio para escucharte. Un beso».
No podía ser. Leí aquellas líneas una y otra vez, buscando la trampa. No la encontré. Le mandé una foto y grabé un audio torpe, con la voz temblándome un poco.
Y entonces, silencio. Pasaron los días sin una sola respuesta. No entendía nada, pero lo cierto es que la obsesión se me había disparado hasta un punto que ya no controlaba.
***
Mes y medio después llegó otro correo. Recuerdo perfectamente que era miércoles.
«Hola, Adrián. Si todavía quieres hacerlo, dame una dirección donde pueda estar el sábado a las siete de la tarde. Un beso».
No sabía si fiarme. Llevaba semanas dándolo por imposible y de pronto tenía que decidir en caliente. Pero las ganas pudieron más que la sensatez. Le contesté con la dirección de mi casa y mi número de teléfono.
En cuanto le di a enviar, me arrepentí a medias. Borré todos los correos, los enviados y los recibidos, como si eliminarlos diluyera el riesgo de que todo fuera un engaño. Fueron los tres días más lentos de mi vida.
***
Sábado, las 18:53. Sonó el telefonillo y el corazón me dio un vuelco. Abrí el portal sin preguntar quién era y corrí a la ventana para verla cruzar desde la entrada de la urbanización hasta mi portal.
No podía creerlo. Una mujer en vaqueros, ligeramente entrada en carnes, atractiva, con una americana oscura, gafas de pasta y un gesto serio que no admitía bromas. ¿Era ella de verdad?
Recordé sus condiciones. Me limité a desnudarme allí mismo, en el recibidor. Volvió a sonar el telefonillo y abrí la puerta del piso, dejándola entornada, lo justo para que no resultara extraño si pasaba algún vecino. Después me tumbé en la cama y esperé.
La oí entrar. Pasos firmes por el salón. Asomó a la habitación, me miró de arriba abajo sin un solo gesto de complicidad y volvió a salir. La escuché dejar el bolso sobre la mesa y quitarse la americana. Cuando regresó, llevaba solo una blusa fina que dejaba adivinar un sujetador de encaje negro.
Se acercó a la cama sin decir nada, igual que había prometido. Cogió la almohada y, con un gesto seco de la mano, me indicó que levantara las caderas para colocármela debajo. Obedecí sin pensar. Estaba en sus manos y los dos lo sabíamos.
Se tumbó boca abajo entre mis piernas y acercó la cara. Cuando noté su lengua bajar despacio, recorriendo todo el camino hasta donde yo llevaba semanas imaginando, supe que aquello no iba a durar mucho.
Trazaba círculos, subía y bajaba, se hundía en mí con una lengua que parecía no tener fin. Al mismo tiempo, con una mano me hacía una paja lenta y constante, tan medida que pensé que ojalá no se detuviera nunca. No mediaba palabra. No me miraba. Solo cumplía, con una precisión que me volvía loco.
Ahí estaba mi fantasía, exactamente como la había imaginado durante meses, y aun así ni de lejos había previsto disfrutarla tanto. Tenía a una desconocida comiéndome el culo en mi propia cama sin haber cruzado una sola palabra conmigo.
Cuando estaba a punto de correrme, la miré a los ojos por primera vez. Y encontré los suyos esperándome, como si supiera de antemano lo que iba a pasar. Se escupió en la mano sin dejar de mirarme, se incorporó un poco y volvió a masturbarme, esta vez mucho más rápido, pegándose mi polla contra la cara.
El placer me subió tan rápido que se me escapó un gemido ronco. Justo entonces bajó el ritmo y me dejó acabar despacio, llenándole la cara como no recordaba haberlo hecho jamás.
Sin una palabra, se levantó. La oí lavarse en el baño, recoger sus cosas y vestirse. Antes de salir, asomó por última vez a la habitación, me sostuvo la mirada un segundo y dijo lo único que pronunció en toda la tarde:
—Te escribiré para concretar el próximo día.
Y se marchó.
Me quedé tumbado en la cama, con la almohada todavía bajo las caderas y el corazón a mil, preguntándome si de verdad había pasado o me lo había inventado de tanto desearlo. Tres semanas atrás era un tipo aburrido que repetía la misma rutina cada día. Ahora esperaba, con una mezcla de miedo y deseo, un correo de una mujer cuyo nombre real ni siquiera conocía.
Y, que Dios me perdone, no veía la hora de que llegara.





